Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 18: El aroma de lo que pudo ser
La sala de juntas del club privado donde se celebraban los eventos más exclusivos de la ciudad había sido transformada en un cuartel general de bodas. Muestras de telas, catálogos de flores, carpetas con presupuestos y una maqueta a escala del salón principal ocupaban cada centímetro de la larga mesa de caoba. A la cabeza, la wedding planner, una mujer de unos cuarenta años llamada Silvia Lombardi, con una carpeta negra que contenía la vida de los demás entre sus páginas. A su derecha, Elena Torres, la madre de Alejandro, impecablemente vestida, con una lista en la mano y la expresión de quien no piensa ceder en nada. A su izquierda, Sofía Guerrero, la madre de Adrián, más tranquila, más observadora, con esa mirada que últimamente parecía ver más allá de lo evidente.
Y en los extremos de la mesa, como dos piezas que no acababan de encajar en el tablero, Alejandro y Adrián.
Alejandro llevaba veinte minutos mirando el reloj a escondidas. Tenía una reunión a las cuatro, otra a las cinco y media, y un informe que revisar antes de la cena. Cada minuto que pasaba en esa sala era un minuto perdido, un agujero en su productividad, una molestia. Su madre lo había obligado a venir.
—Es tu boda, Alejandro. Tienes que opinar.
—No me importa el color de las servilletas.
—Pues finje que te importa. Por la imagen.
Y ahí estaba. Fingiendo.
Al otro lado de la mesa, Adrián tenía la vista fija en su teléfono, respondiendo correos de su estudio. Tenía tres proyectos en marcha, una reunión con Diego a las seis, y una lista interminable de cosas que hacer. Cada minuto que pasaba en esa sala era un minuto robado a su vida, a su trabajo, a su futuro.
Pero estaba ahí porque su madre le había pedido que viniera. Porque todavía no había tenido el valor de decir "no quiero esta boda". Porque, en el fondo, todavía no sabía qué quería.
—Bien —dijo Silvia Lombardi, con esa voz profesional que llenaba la sala sin esfuerzo—. Vamos a repasar los puntos clave. Desde el principio quedamos en que Adrián quería supervisar personalmente la decoración del salón principal. ¿Ha habido algún cambio?
Adrián levantó la vista del teléfono, por un momento, se quedó en blanco. La decoración del salón. En su otra vida, había pasado semanas obsesionado con eso. Bocetos, moodboards, reuniones interminables con floristas y decoradores. Quería que todo fuera perfecto, quería que Alejandro viera lo mucho que se esforzaba.
Ahora le parecía tan lejano, tan vacío.
—Yo... —empezó, pero su madre intervino con suavidad.
—Adrián ha estado muy ocupado con su estudio. Quizá podríamos simplificar.
—No —dijo Elena Torres, con firmeza—. La boda tiene que ser perfecta, es el evento del año. Si Adrián no puede encargarse, contrataremos a alguien.
Adrián sintió el aguijón. "Si Adrián no puede encargarse". Como si él fuera un estorbo, un problema, alguien que no está a la altura.
—Puedo encargarme —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Solo necesito saber qué se ha decidido hasta ahora.
Silvia Lombardi asintió y comenzó a desplegar muestras sobre la mesa. Telas, colores, texturas, una explosión de posibilidades.
—La propuesta inicial es una combinación de tonos neutros con detalles en dorado. Clásico, elegante, pero tenemos varias opciones. —Señaló una muestra de seda color marfil—. Esta sería la base para los manteles y luego...
Adrián la escuchaba, al principio sin interés, solo cumpliendo, pero algo empezó a cambiar cuando sus ojos se posaron en las muestras.
El marfil era bonito, sí, pero ¿y si combinaba con un tono más cálido? ¿Y si en lugar de dorado, usaba cobre? Más moderno, más orgánico. Y las flores... las flores podían ser un punto de color, pero sin estridencias, algo que dialogara con la luz del atardecer, porque la ceremonia era a las seis de la tarde en verano, y esa luz...
—¿Y si...? —dijo, casi sin darse cuenta.
Todos lo miraron.
Adrián dudó un instante. Luego, como si un dique se hubiera roto, las palabras empezaron a salir.
—El marfil está bien, pero si usamos un tono crudo, más natural, y combinamos con detalles en cobre en lugar de dorado, la luz del atardecer lo va a favorecer mucho más. Y las flores... —se levantó, fue hacia la maqueta, señaló—. Aquí, en la entrada, podríamos hacer un arco de flores silvestres, nada demasiado estructurado, algo que parezca que ha crecido ahí. Y luego, en las mesas, centros bajos con velas y flores del mismo tono, para que no compitan con las vistas.
Silvia Lombardi asintió, tomando notas.
—¿Y los colores?
—Blanco, crudo, toques de terracota; algo cálido, acogedor. No quiero que parezca una boda de catálogo. Quiero que parezca... —buscó la palabra—. Nuestra.
La palabra flotó en el aire. "Nuestra". Alejandro la oyó y, por un momento, algo se movió en su interior. Pero no era la palabra, era la forma en que Adrián la había dicho. Con seguridad, con convicción. Con esa pasión que nunca le había visto.
Adrián siguió hablando. De texturas, de luces, de cómo la disposición de las mesas podía influir en la experiencia de los invitados. Hablaba con las manos, señalando, dibujando formas en el aire. Sus ojos color miel brillaban con una luz nueva, y su cuerpo, antes tan contenido, se movía con una libertad que Alejandro no reconocía.
Y entonces, sin que Adrián se diera cuenta, su aroma cambió.
No fue un cambio brusco, fue un deslizamiento, una evolución. El jazmín que siempre lo había caracterizado, ese olor dulce que a Alejandro le resultaba empalagoso, demasiado sumiso, demasiado infantil, empezó a mezclarse con otra cosa. Una nota más cálida, más especiada. Canela.
El aroma de Adrián ya no era el de un omega que suplica atención. Era el de alguien que se sabe valioso, que ocupa su lugar. Que existe sin pedir permiso.
Alejandro lo olió antes de ser consciente de que lo estaba oliendo. El sándalo y cuero de su propia feromona, siempre tan controlada, tan medida, reaccionó sin permiso. Se volvió más denso. Más dominante. Más... presente.
Fue un instante, una fracción de segundo. Su cuerpo respondió a ese aroma nuevo, a ese Adrián que no conocía, con un interés primario, instintivo, que no pasaba por su cerebro racional. Alejandro sintió el cambio y lo reprimió al instante. Apretó la mandíbula, controló su respiración, ordenó a su cuerpo que volviera a su sitio. La feromona se replegó, obediente, pero ya era tarde.
Adrián lo había notado.
Se quedó quieto, a medio gesto, con una muestra de tela en la mano. Sus ojos se encontraron con los de Alejandro por primera vez en mucho tiempo y en ellos había algo nuevo: sorpresa. Desconcierto. Una pregunta que no se atrevía a formular.
¿Había sido real? ¿Ese instante de respuesta? ¿Esa chispa de interés en la mirada del alfa más frío de la ciudad?
O había sido un espejismo, un deseo antiguo disfrazado de realidad.
El silencio se alargó un segundo más de lo necesario. Las madres no notaron nada. Silvia Lombardi seguía tomando notas, ajena a la corriente subterránea que había cruzado la mesa.
—¿Adrián? —dijo su madre—. ¿Sigues?
Adrián parpadeó. Volvió a la realidad.
—Sí, sí. Perdón. —Se obligó a sonreír, a retomar el hilo—. Decía que... las flores. Algo silvestre, nada demasiado estructurado.
Siguió hablando, pero su mente ya no estaba en las flores. Estaba en ese instante, en esa respuesta. En ese aroma a sándalo que por un momento se había vuelto más denso, más intenso, más... interesado.
Y no sabía qué hacer con eso.
Alejandro, por su parte, había vuelto a su máscara pero algo había cambiado. Ya no miraba el reloj, ya no pensaba en la reunión de las cuatro. Su mirada, sin que él pudiera controlarlo del todo, se posaba una y otra vez en Adrián. En la forma en que sus manos se movían al hablar. En el brillo de sus ojos. En ese aroma nuevo, ese jazmín con canela que se colaba en sus fosas nasales como una pregunta incómoda.
¿Cuándo había cambiado? ¿Cuándo se había convertido en esto? ¿En alguien que habla con pasión, que ocupa espacio, que existe sin pedir disculpas? Y lo más inquietante: ¿por qué ahora, por primera vez, le resultaba atractivo?
No era un pensamiento que pudiera permitirse, no era un sentimiento que cupiera en su mundo ordenado. Así que lo apartó. Lo guardó en una caja mental y cerró la tapa.
Pero la caja tenía una Grieta. Y por esa grieta, el aroma a jazmín y canela seguía colándose.
La reunión terminó una hora después. Las madres se despidieron con besos y promesas de enviar correos. Silvia Lombardi recogió sus muestras con la satisfacción de quien ha conseguido lo que quería. Y Alejandro y Adrián se quedaron un momento en la sala, solos, incómodos.
—Me voy —dijo Alejandro, cogiendo la chaqueta.
—Sí, yo también.
Se miraron un instante. Luego desviaron la mirada.
—Adrián.
—¿Sí?
Alejandro dudó. No sabía qué iba a decir, no sabía qué quería decir.
—Lo de la decoración... —buscó las palabras—. Estaba bien. Lo que has dicho.
Adrián lo miró, sorprendido.
—Gracias.
Otro silencio.
—Bueno, nos vemos —dijo Alejandro, y salió antes de poder arrepentirse.
Adrián se quedó solo en la sala, rodeado de muestras de tela y catálogos de flores. El aroma a sándalo aún flotaba en el aire, mezclado con el suyo propio. Se llevó la mano al pecho, sin saber muy bien por qué. El corazón le latía con fuerza.
—No —susurró—. No voy a volver a caer.
Pero mientras decía eso, recordaba el instante. Esa fracción de segundo en que la feromona de Alejandro había respondido a la suya. Esa chispa de interés en sus ojos.
Y se preguntó, por primera vez en mucho tiempo, si tal vez, solo tal vez, había algo más detrás de esa coraza de hielo.
Luego negó con la cabeza, cogió su teléfono y salió.
Fuera, la tarde empezaba a declinar. La luz era dorada, exactamente como la había descrito. La luz del atardecer que bañaría su boda. Su boda, de la que ya no estaba tan seguro.
Esa noche, en su apartamento, Alejandro no podía concentrarse en los informes. El aroma a jazmín y canela le perseguía. No era un recuerdo consciente, era una presencia, un cosquilleo en la nariz, una pregunta sin respuesta. Cogió el teléfono y escribió un mensaje a Carlos:
"¿Tú crees que la gente puede cambiar?"
Lo miró un momento. Luego lo borró. No podía permitirse esas preguntas. No podía permitirse esas dudas.
Apagó el teléfono y se obligó a trabajar, pero el aroma seguía ahí. Y en el fondo de su pecho, algo que no sabía nombrar empezaba a removerse.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕