Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 17 Reencontrarnos
Cyran y Seraphina dormían abrazados, envueltos en la calma que sigue a la tormenta de la pasión. La luna se colaba por la ventana de aquel pequeño departamento, muy lejos del palacio, muy lejos de todo.
—Amor, ¿lo podemos hacer de nuevo? —susurró ella mientras lo abrazaba con fuerza, su voz aún ronca por los gemidos de horas antes.
Él sonrió, con el cabello desordenado cayendo sobre su frente y el cuerpo aún bañado en sudor. Abrió un ojo con picardía.
—Pero ya lo hicimos cuatro veces, Será.
—Es que me gusta mucho —respondió ella mordiéndose el labio inferior, esa costumbre que a él lo volvía loco.
Cyran rió bajo y, sin mediar palabra, levantó la sábana para cubrir a ambos. La atrajo hacia sí entre besos y caricias, sus risas fundiéndose hasta volverse gemidos de pasión una vez más.
Mientras ellos vivían su luna de miel particular, Adriel caminaba por los pasillos silenciosos de la biblioteca pública. Sus dedos recorrieron los lomos de los libros hasta detenerse en uno en particular.
El Príncipe Obsesivo y la Dama que Huye.
Lo reconoció al instante. Sus manos temblaron al sostenerlo.
—Ahora sí —murmuró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Todo será como debía ser.
Salió corriendo, con el libro apretado contra el pecho. Llegó a su habitación, cerró la puerta con seguro y encendió las velas. El hechizo requería concentración, requería odio, requería el amor que le habían arrebatado.
Comenzó a recitar.
En el departamento, Cyran soñaba. Habían cocinado juntos las pastas favoritas de ella, habían reído, habían hecho el amor hasta quedar exhaustos. Ahora dormía con Seraphina en sus brazos, sintiendo su respiración acompasada contra su pecho.
Pero el sueño se tornó oscuro.
Sintió un vacío, un tirón, una energía que lo absorbía sin piedad. Quiso aferrarse a ella, quiso gritar su nombre, pero su voz se perdió en la nada.
Cuando despertó de golpe, estaba en su habitación.
Pero no era su habitación.
Era el palacio real. Los cortinajes pesados, el olor a incienso, el frío de la piedra. Miró sus manos: limpias, sin las pequeñas quemaduras de cocinar. Miró a su alrededor: vacío.
—No... —susurró—. Por favor, no.
Se levantó de golpe, tambaleándose. Reconoció cada rincón. Este era su cuarto en el palacio. Este era el mundo del que había escapado.
Este era el mundo donde Seraphina lo odiaba.
—¡No! —gritó, y su propio eco le devolvió el sonido.
Cayó de rodillas, luego se desplomó contra el suelo. Las lágrimas brotaron incontenibles, quemándole las mejillas.
—¡Será! —su grito rasgó el silencio del alba—. ¡Seraphina!
Golpeó el suelo con los puños, una y otra vez, hasta que la piel se le desgarró y la sangre manchó las baldosas.
—Después de todo lo que luché —sollozaba entre hipidos—. Todo lo que luché por tener su amor...
Los golpes continuaron, rítmicos, desesperados, mientras su llanto se volvía aullido.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Majestad! —gritó una sierva al verlo en el suelo, encogido, bañado en lágrimas y sangre—. ¡Ayuda! ¡Algo le sucede al príncipe Cyran!
Sus pasos se perdieron por el pasillo mientras corría a buscar auxilio.
Cyran, solo otra vez, levantó la mirada hacia el techo dorado.
—Te encontraré —susurró con voz rota—. Aunque me odies. Aunque tenga que cruzar mundos otra vez. Te encontraré, Será.
Mientras tanto En otro lugar del reino
Adriel abrió los ojos y todo era como antes.
Estaban en el mundo de la novela. Ahora todo sería como debía ser, pensó mientras una sonrisa torcida se formaba en sus labios.
Pero algo en él había cambiado por completo. Ya no era el conde dulce que enamoró a Seraphina en las páginas originales, ese caballero de sonrisa amable y modales perfectos. Ese Adriel había muerto en el mundo real, viendo a la mujer que amaba en brazos de otro.
Ahora estaba lleno de emociones humanas, demasiado humanas. Envidia. Celos. Odio. Y sobre todo, rencor.
—Preparen el carruaje —gritó a su siervo cuando salió de la habitación, su voz más cortante que nunca.
—Sí, conde —respondió el hombre, sorprendido por el tono.
Adriel subió al carruaje sin esperar ayuda. Ni siquiera notó el amanecer hermoso que teñía el cielo de naranja. Solo veía rojo.
—Al palacio de Seraphina —ordenó—. Y rápido.
Mientras tanto, en una ala distante del reino, Seraphina despertó.
La habitación daba vueltas. Se llevó una mano a la frente, mareada, confundida. Pero cuando la confusión se disipó, una sonrisa inmensa iluminó su rostro.
Recordaba.
Recordaba las risas, la pasta que cocinaron juntos, las cuatro veces, las sábanas revueltas, los besos, los gemidos, los "te amo" susurrados en la oscuridad.
—¿En dónde estoy? —murmuró.
Cuando logró despejar su mente, se dio cuenta. Los cortinajes, los muebles, el olor a incienso. Su habitación. Pero no la del departamento. Esta era...
—No —susurró, incorporándose—. ¿Cómo es posible que haya vuelto? —preguntó mirándose las manos.
Entonces Cyran vino a su mente.
—¡Cyran! —comenzó a gritar—. ¡Cyran!
Salió corriendo de la cama, el camisón de seda blanca flotando detrás de ella. Abrió la puerta de golpe.
Las criadas que pasaban por el pasillo se detuvieron en seco. La miraron como si hubiera enloquecido. Todos sabían que Seraphina odiaba al príncipe heredero, que siempre huía de él, que se escondía cuando lo veía llegar.
Ahora lo buscaba.
—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó Berta, su dama de compañía, apareciendo desde las escaleras.
—Berta —Seraphina se aferró a ella—. Necesito ver a Cyran. Al príncipe. ¿Dónde está?
Berta la miró con preocupación. Luego suspiró.
—Señorita... su padre ha dado órdenes. Todos nos quedamos en la parte en que usted huyó con Adriel, antes de la boda con Cyran. Su padre está furioso. La deshonra...
—¿Qué? —la interrumpió Seraphina, sin entender.
—Lo siento, señorita —dijo Berta con firmeza—. El señor, su padre, dijo que no puede salir del palacio.
Seraphina sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué? —repitió—. ¿Por qué?
—Lo siento —Berta bajó la mirada—. Órdenes son órdenes.