Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 19: El Peso del Silencio
La cena transcurrió bajo una cúpula de cristal invisible. El único sonido era el tintineo de los cubiertos contra la porcelana y el eco lejano de la lluvia golpeando los ventanales de la mansión. Julian estaba sentado en la cabecera, con la mirada fija en su copa de vino, envuelto en esa amargura inteligente que lo hacía parecer inalcanzable.
Yo comía en silencio, con la espalda recta y la barbilla alta, tal como él me había exigido. Mi piel aún conservaba el rastro de la harina y la sal de mis lágrimas, pero por fuera, era la esposa perfecta. Sin embargo, por dentro, la humillación del almuerzo con Elena y la frialdad de Julian durante el día seguían ardiendo.
—¿No tienes nada que decir? —preguntó de repente. Su voz barítona rompió el silencio de forma abrupta, demandante.
—He aprendido que en esta casa el silencio es lo que más valoras, Julian —respondí sin levantar la vista.
Escuché cómo dejaba los cubiertos con una lentitud peligrosa.
—El silencio es una herramienta, Benerice. Pero el tuyo esta noche se siente como una acusación.
No respondí. Me limité a terminar mi copa de agua y me puse en pie.
—Si me disculpas, estoy cansada. Ha sido un día largo.
Subí las escaleras sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Me encerré en nuestra habitación, pero no encendí la luz. Me quedé de pie frente a la ventana, observando la ciudad a lo lejos, sintiéndome más sola que nunca. El contrato, la culpa por Isabella, mi propia entrega… todo pesaba demasiado.
Unos minutos después, la puerta se abrió. No hubo necesidad de preguntar quién era; la fragancia a sándalo y la energía dominante que llenó la estancia lo delataron. Julian se acercó por detrás, pero no me tocó. Se quedó allí, como una sombra poderosa a mis espaldas.
—No me gusta que me des la espalda cuando te estoy hablando —murmuró, su voz ronca y cargada de una amargura que esta vez no iba dirigida a mí, sino a él mismo.
—Entonces deja de darme motivos para querer esconderme —susurré, sintiendo que las lágrimas amenazaban con volver.
Él suspiró y, por fin, sus manos me rodearon la cintura. Me pegó a su cuerpo, y pude sentir el calor de su pecho a través de la fina seda de mi camisón. Su contacto no era rudo esta vez; era posesivo, pero con un matiz de una necesidad desesperada que me puso la piel de gallina.
—Hoy fui un bastardo —dijo contra mi oído, y la confesión sonó como si le costara la vida pronunciarla—. Lo de Elena… no debí permitir que te hablara así. Pero verte allí, tan callada, me recordó por qué siempre te consideré el eslabón débil.
—¿Y qué esperabas? No soy como tú, Julian. No sé morder para defenderme.
Él me giró con firmeza para que lo mirara. En la penumbra, sus ojos azules brillaban con una intensidad salvaje. Me tomó del rostro con ambas manos, sus pulgares acariciando mis pómulos con una delicadeza que contrastaba violentamente con su naturaleza dominante.
—Entonces deja que yo muerda por ti —sentenció, su mirada bajando a mis labios—. Pero no vuelvas a llorar en una cocina por lo que yo te hago sentir. Si tienes dolor, entrégamelo a mí.
Me besó. Esta vez no hubo la agresividad de la oficina ni la frialdad del contrato. Fue un beso lento, cargado de un deseo que intentaba compensar su falta de palabras dulces. Sus manos bajaron por mi espalda, reclamando cada centímetro de mi piel con una urgencia que me hizo olvidar mi dolor.
Me llevó a la cama, y mientras se deshacía de su ropa con movimientos rápidos y varoniles, no dejó de mirarme. Había algo diferente en él; seguía siendo el lobo, el hombre amargado y difícil, pero en la intimidad de las sábanas, su rudeza se transformaba en una pasión que buscaba protegerme de su propia sombra.
—Anoche fuiste un descubrimiento —susurró, su cuerpo cubriendo el mío mientras sus dedos se entrelazaban con los míos sobre la almohada—. Y hoy, maldita sea, Benerice, solo puedo pensar en que eres lo único puro que me queda en este infierno.
Su entrega fue más pausada, más atenta. Julian buscó mi placer con una insistencia que me hizo sentir, por primera vez, que yo era más importante para él que cualquier balance o recuerdo de Isabella. En la oscuridad de nuestra habitación, la chispa de nuestra unión se volvió constante, un fuego que nos mantenía a salvo del frío que él mismo sembraba durante el día.