El Hospital Bernet siempre ha sido un lugar de segundas oportunidades… pero también de secretos que nunca sanaron.
Después de años lejos, Claudia Borges regresa para trabajar como interina, acompañada de su pequeña hija. Todos creen que la niña es hija de Agustín Murillo, su novio fallecido en un accidente.
Todos… menos alguien.
El doctor Osmán Bernet, hermano gemelo de Agustín, carga con un estigma que no merece: fue señalado como el villano de la historia, el que “arruinó” la relación de su hermano, el que siempre estuvo un paso detrás. Pero solo él conoce la verdad… o parte de ella.
Porque aquella noche en que Agustín la abandonó enferma, fue Osmán quien la cuidó.
Fue Osmán quien la sostuvo bajo el agua tibia.
Fue Osmán quien escuchó su llanto, su fiebre, su ruego…
Y fue a él a quien Claudia entregó su cuerpo sin saber que no era Agustín.
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El Mensaje. 19
El pasillo era sólido en ese lugar. “Prohibido el paso”, decía un letrero en la pared. Un área totalmente desolada.
Pero no todos tenían prohibido entrar ahí.
El vibrar de su teléfono lo hizo inclinar la cabeza; al sacarlo, levantó la vista y vio la sombra de alguien pasar.
—Qué extraño…
Apresuró el paso, pero al doblar en una esquina lo perdió de vista. Había varios accesos, las escaleras de emergencia y el ascensor permanecía quieto; no se había ido por ahí.
¿Quién era?
Pensó que probablemente sería alguien del personal de limpieza.
Mientras esperaba el ascensor, leyó el mensaje:
Hay secretos que no deben salir a la luz. Detenla. No dejes que investigue más…
El mensaje se borró apenas fue leído. El número era desconocido.
—Una advertencia… —murmuró—. Debe ser de mi padre.
Sonrió con ironía.
¿Será que en el fondo sabe la verdad?, se preguntó.
En esta vida hay caminos inciertos, caminos como el que tomó Claudia el día que le robaron el auto y terminó herida.
Así es la vida: una mala decisión puede cambiar el rumbo de la historia.
Osmán también había seguido un camino equivocado. Uno que ahora intentaría corregir. Para empezar, debía fortalecer un lazo…
Uno que lo había atrapado desde el primer momento.
Din… don…
El Señor Ezequiel abrió la puerta y se encontró nuevamente con Osmán.
—Mi hija no ha llegado a casa —dijo al verlo.
—Lo sé. Está en urgencias, pero no se alarme —esta vez fue cuidadoso. Recordó que él no podía llevarse fuertes impresiones.
—¿Qué le sucedió a mi hija?
—Su herida se infectó un poco. Nada de qué preocuparse —mintió, pensando en la salud del anciano.
—Ya veo… volverá pronto… —la mirada de Ezequiel se posó en su nieta—. Ella la necesita. Mi Claudia no se ha sentido bien.
En ese momento, Osmán entró sin ser invitado.
—Naty, ven acá…
No sabía qué decirle, solo quería tenerla cerca.
—Señor… —la niña obedeció y se acercó despacio.
Osmán se agachó hasta quedar a su altura.
—Tu mami no vendrá hoy, pero si quieres, mañana te llevo a verla. Puedes quedarte todo el día.
—Sí quiero. Quiero ver a mi mamita.
La niña se acercó tanto que Osmán sintió el impulso de abrazarla. Pero se contuvo, tragó grueso y solo estiró la mano para acariciarle el cabello.
—Mañana paso por ti y por tu abuelo para que la vean —añadió, quizá más para tranquilizar a Ezequiel que a sí mismo.
—Muchas gracias, doctor.
Ezequiel tenía algo atorado en la garganta. Desde el día que lo vio en el hospital no había podido dejar de pensar en él. Aquella vez se preocupaba por la vida de la niña… pero también por ese joven, y por su nombre, que le confirmó que no era Agustín.
—Hay algo que quiero preguntarte… —añadió el viejo—. ¿Eres hermano de Agustín?
—Creo que la pregunta sobra. Agustín elevó una ceja, y tensó la mandíbula. Por desgracia, me parezco mucho a él.
Osmán nunca lo había negado: era el gemelo de Agustín. Fue su destino.
—Lo sospeché… —Ezequiel bajó la mirada.
—No se preocupe, señor. No soy como él ni como mi padre. La evidencia está en que he cuidado de su hija —se puso de pie—. De hecho, estoy dispuesto a cuidarlos y protegerlos.
—Eso te convierte en el tío de la niña… Al parecer Ezequiel no puso cuidado a lo último que dijo el doctor.
—¿Tío…?
Un frío recorrió el cuerpo de Osmán; su piel se erizó.
—Sí… su tío —respondió entre dientes.
Natalia era su hija. No necesitaba una prueba para saberlo: su corazón se lo gritaba y, su instinto también.
—Doctor, entonces nos vemos mañana.
Ezequiel había cambiado un poco su actitud al saber que compartía la misma sangre que Agustín y el señor Patrick.
—Nos vemos mañana.
Osmán volvió a acariciar el cabello de la niña y salió con prisa. Entró a su auto y pensó.
—Su tío… cómo no…
¿Acaso no ve que ella es idéntica a mí?
Los celos fluyeron como un río desbordado. Si se hablaba de parecidos, Agustín y él eran idénticos… pero con corazones y sentimientos completamente distintos.
Lejos de allí, Claudia abrió los ojos.
—¿Qué sucedió? —preguntó, aún aturdida.
—Llegaste con la herida expuesta —Silvia se acercó y tomó sus signos vitales.
—Ya veo… sucedió cuando Manuel frenó de golpe. ¿Él está bien?
—Digamos que sí —respondió Silvia con ironía—. El doctor Osmán se molestó mucho por su irresponsabilidad.
—¿Discutieron?
Claudia intentó incorporarse.
—Aún no puedes —Silvia inclinó un poco la cama—. No discutieron, pero el doctor Osmán lo golpeó duro.
—¿Qué clase de cavernícola es?
—Uno que se preocupa por usted. Nunca lo había visto así. Se quedó aquí un buen rato… dijo que regresaría, pero…
Silvia guardó silencio.
—¿Hay algo más? —Claudia lo percibió.
—El doctor no ha descansado. Se ve muy cansado.
—Ya veo…
Claudia observó la vía por donde corría la sangre.
—Otra vez aquí… serán más días sin trabajar.
—No te preocupes. Osmán entró en ese momento.
—Por ahora solo te pido que pienses en tu familia.
El joven no mencionó a su hija delante de Silvia, no podía hacerlo, por lo tanto, le dijo.
—Silvia, ¿nos puedes dejar solos? Gracias por cuidarla.
los padres nunca deben tener favoritos 😭😭😭😭😭😭