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Me Casé Con La Hija De Un Millonario

Me Casé Con La Hija De Un Millonario

Status: Terminada
Genre:Dominación / Equilibrio De Poder / Venderse para pagar una deuda / Romance / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 9

El sótano del museo era un laberinto de tuberías de cobre y hormigón visto que contrastaba brutalmente con el mármol del piso superior. El aire era pesado, cargado de ese olor a polvo antiguo y humedad estancada que suele habitar los cimientos de la historia. Li estaba allí, encogido en una silla metálica bajo la luz cruda de un fluorescente que zumbaba como un insecto moribundo.

Me detuve frente a él. La linterna de metal pesaba en mi mano como un ancla. Li levantó la vista, y lo que vi en sus ojos fue una súplica que me revolvió las entrañas. No era solo miedo a la muerte; era el miedo a ser borrado por alguien que compartía su misma sangre de callejón.

—Elías... —susurró, con un hilo de sangre corriéndole por la barbilla—. No lo hagas, hermano. Yo no diré nada. Me iré lejos, lo juro. Manuel no sabrá nada de esto.

Me quedé en silencio, con el dedo rozando el interruptor de la linterna. En ese momento, yo no era Julian Vane, pero tampoco era del todo Elías Solo. Era una sombra atrapada entre dos mundos, un impostor que acababa de descubrir que el precio de la seda se pagaba con el silencio de los muertos.

Estaba a punto de hablar, de buscar una salida que no implicara romperle el cráneo a mi pasado, cuando el sonido de unos pasos lentos y rítmicos resonó en el pasillo. La puerta de seguridad se abrió con un quejido metálico.

No era Araxie. Era Maximilian Vesper-Zandrón.

Entró solo, sin sus habituales gorilas. Se quitó los guantes de piel y los guardó en el bolsillo de su abrigo largo. Su presencia llenó la habitación de inmediato, desplazando el aire y reduciendo a Li a una insignificancia absoluta.

—Retírate, Julian —dijo Maximilian. Su voz era una vibración baja que parecía venir del suelo mismo—. He decidido que este asunto requiere mi toque personal.

—Señor, Araxie me pidió que me encargara... —empecé, tratando de ganar tiempo, de entender el juego.

—Araxie tiene un talento innato para la estrategia, pero aún es joven para entender la carnicería —me cortó, acercándose a Li—. Ella cree en las soluciones limpias. Yo creo en las soluciones definitivas.

Maximilian se detuvo frente a Li. Lo observó durante un minuto eterno, con la misma curiosidad con la que un entomólogo observa a una cucaracha que ha invadido su despacho. Li estaba paralizado, temblando de tal forma que la silla vibraba contra el suelo.

—Así que... Elías Solo —pronunció Maximilian, saboreando el nombre como si fuera un vino agrio—. El cobrador de Don Manuel. El hombre que, según este... individuo, es el verdadero rostro bajo tu traje a medida, Julian.

Me quedé inmóvil. El sudor empezó a empapar el cuello de mi camisa de seda.

—Se lo digo yo, jefe —balbuceó Li, buscando una última oportunidad de salvarse del verdugo—. Él es un infiltrado. Lo conocemos de toda la vida. Manuel lo daba por muerto, pero está aquí, robándole a usted...

Maximilian levantó una mano, y Li se calló al instante. Luego, el viejo magnate se giró hacia mí. Sus ojos eran dos abismos de acero frío.

—Dime, Julian... ¿conoces el origen de la fortuna Vesper-Zandrón? —preguntó, con una calma que me heló la sangre—. El mundo cree que mi abuelo fue un visionario del ferrocarril. La verdad es que era un ladrón de caballos que sabía cuándo disparar y cuándo callar. No construimos este imperio siendo santos. Lo construimos sabiendo quién es útil y quién es una carga.

Maximilian sacó una pistola de cañón corto de un bolsillo oculto de su chaqueta. No era un arma de matón; era una pieza de ingeniería plateada, discreta y letal. La puso sobre la mesa, justo al lado de mi mano.

—Si este hombre dice la verdad —continuó Maximilian—, tú eres un fraude que ha burlado mi seguridad y la de mi hija. Si miente, es un loco que ha insultado a mi familia. En ambos casos, Julian, alguien tiene que morir esta noche para que el orden se restablezca.

Sentí que el suelo se inclinaba. Maximilian no estaba allí para interrogar a Li. Estaba allí para ponerme a prueba a mí.

—Toma el arma —ordenó Maximilian.

Mis dedos se cerraron sobre la empuñadura fría de la pistola. El peso era perfecto. Li empezó a sollozar, un sonido animal, patético, que llenaba la habitación de una miseria insoportable.

—¡Elías, por favor! —gritó Li, retorciéndose en la silla—. ¡Recuerda el orfanato! ¡Recuerda cuando compartíamos el pan!

—Tienes dos opciones, muchacho —dijo Maximilian, dándome la espalda para mirar hacia la pared de hormigón—. Puedes dispararle a él y demostrarme que Julian Vane ha nacido de verdad, que eres capaz de sacrificar tu pasado para asegurar tu futuro con nosotros. O puedes intentar dispararme a mí. Pero te advierto: si eliges lo segundo, la policía encontrará dos cadáveres de "donnadies" en este sótano y mañana el sol saldrá como si nada hubiera pasado.

El silencio fue absoluto. Podía oír el latido de mi propio corazón, un tambor sordo que marcaba el final de mi vida anterior. Miré a Li. Vi en él todo lo que yo había sido: el hambre, el miedo, la lealtad mal pagada. Y luego miré el reflejo de mi traje en el cristal de la puerta.

Araxie me había dicho que Elías Solo estaba muerto. Maximilian quería que yo mismo apretara el gatillo de su ejecución.

Levanté el arma. Mi mano no temblaba, y eso fue lo que más me asustó. Me di cuenta de que, en el fondo, yo ya me había cansado de ser el que recibía los golpes. Me había cansado de oler a gasolina y de vivir de las migajas de hombres como Manuel.

—Lo siento, Li —susurré.

—¿Elías? —susurró él, con los ojos desorbitados.

—Elías no está aquí —dije.

Apreté el gatillo.

El sonido fue seco, contenido por el silenciador, pero en mi cabeza resonó como el fin del universo. Li se desplomó hacia un lado, con la silla y todo. No hubo drama, ni últimas palabras poéticas. Solo el cuerpo inerte de un hombre que había cometido el error de recordar cuando todos los demás querían olvidar.

Maximilian se giró lentamente. Miró el cuerpo de Li y luego me miró a mí. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. Se acercó y me quitó el arma de las manos con una suavidad paternal.

—Bienvenido a la familia, Julian —dijo, poniéndome una mano en el hombro—. Ahora sé que eres exactamente lo que mi hija necesita. Un hombre que entiende que el poder no se pide, se toma sobre los restos de quien intenta detenerte.

Maximilian sacó un pañuelo de seda y me limpió una pequeña mota de sangre que me había saltado a la mejilla.

—Limpia esto. Mis hombres se encargarán del resto. Mañana, Julian, empezaremos a hablar de negocios de verdad. Negocios de los que ni siquiera Araxie conoce todos los detalles.

Salió del sótano con la misma elegancia con la que había entrado. Me quedé solo con el cadáver de Li. El fluorescente seguía zumbando. Me miré las manos. Estaban limpias, pero sentía que nunca volverían a estarlo.

Había matado al hombre que sabía quién era yo, pero al hacerlo, me había convertido en algo que Maximilian podía controlar. O eso creía él.

Subí las escaleras, cruzando de nuevo el umbral hacia el mundo del mármol y el champán. Cuando encontré a Araxie en el salón, ella me miró fijamente. Vio algo en mis ojos que no estaba allí antes. Una oscuridad que ya no era prestada.

—¿Está hecho? —preguntó ella en un susurro.

—Está hecho —respondí.

Ella asintió, satisfecha, y volvió a sonreír a los invitados. Yo, en cambio, busqué una copa de whisky y me la bebí de un trago. El cansancio me golpeó de nuevo, pero ahora era un cansancio de plomo. Me casé con el apellido de esta gente mucho antes de poner un anillo en el dedo de nadie. Me casé con su crueldad, con su vacío y con su sangre.

Y lo peor de todo es que, por primera vez, me sentía como si estuviera en casa.

1
Sandra Salvador
historia interesante y cautivadora
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