Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
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EL PALCO.
El estadio era una bestia de acero y concreto que rugía con la energía de diez mil aficionados. Azren, guiado por un asistente personal de Caeleen, subió por ascensores privados hasta un palco cerrado con cristal insonorizado. El contraste era brutal: afuera, el caos ensordecedor del juego; adentro, un silencio climatizado y la vista panorámica perfecta de la cancha.
Caeleen ya estaba allí, de pie frente al cristal, con una sudadera del equipo. No se volvió cuando Azren entró.
—Siéntate —dijo, sin mirarlo. Su atención estaba clavada abajo, en la cancha, donde los jugadores calentaban. Su propio reino.
Azren se sentó en uno de los lujosos butacones. Desde allí, veía la nuca de Caeleen, la línea tensa de sus hombros bajo la tela. También veía, en un palco similar al otro lado de la cancha, una figura familiar. Darius. Solo, con un abrigo claro, observando el campo con expresión impasible. León no estaba con él. Era una declaración.
El partido comenzó. Azren, que había visto docenas de partidos de Caeleen en la televisión, nunca había sentido la potencia física real de su juego. Verlo en directo, a través del cristal que amortiguaba los gritos pero no la velocidad, era otra cosa. Caeleen era un torbellino controlado. Cada movimiento era explosivo, cada pase un misil guiado, cada anotación una afirmación de dominio. La multitud coreaba su nombre, y él, en su elemento, era un dios indiferente.
Pero Azren notó algo. En los descansos breves, cuando Caeleen se secaba el sudor y bebía agua en el banquillo, sus ojos ámbar no miraban a las gradas rugientes. Se alzaban, buscando y encontrando el palco de enfrente. Buscando a Darius. Y luego, como un añadido, se desviaban hacia Azren, en su propio palco, como para confirmar una presencia. No era una mirada cálida. Era una verificación táctica. Los dos están aquí. Los dos me ven.
En el descanso, alguien llamó a la puerta del palco.
Azren se volvió, esperando ver a algún miembro del equipo, a algún relaciones públicas. Pero la persona que entró no llevaba acreditación ni uniforme.
Era León.
Vestía una chaqueta de cuero negra sobre una camisa gris, vaqueros oscuros, botas. Nada del traje impecable de abogado. Parecía otro hombre. Más joven. Más libre. O quizás solo era que, por una vez, no llevaba el peso de la espera sobre los hombros.
—¿Se puede? —preguntó, con una sonrisa irónica, como si ya supiera la respuesta.
—León —dijo Azren, sorprendido—. ¿Qué haces aquí?
—Vi que tenías palco VIP. Me colé. —Se sentó a su lado sin esperar invitación, estirando las piernas con una despreocupación que resultaba casi insultante—. Es broma. Caeleen me dio acceso. Bueno, su asistente. Caeleen no sabe que estoy aquí. Supongo que no le hará gracia.
—Entonces, ¿por qué has venido?
León se encogió de hombros. Sus ojos claros se fijaron en la cancha, donde los jugadores calentaban para el segundo tiempo.
—Porque quería verte la cara mientras juega. Porque quería ver si de verdad sientes algo por él o solo estás jugando. Porque quería... —Hizo una pausa, buscando las palabras—. Porque quería estar cerca de alguien que no me mire como si fuera parte del mobiliario.
Azren no supo qué decir.
—Mira —continuó León, señalando hacia la cancha—. Ahí está. El rey. Haciendo lo que mejor sabe hacer. Y al otro lado, Darius, mirando. Siempre mirando. Y nosotros dos aquí, en medio, como los únicos que entendemos que esto no va de baloncesto.
—¿De qué va, entonces?
León lo miró. Directo. Sostenido.
—De poder. De posesión. De dos hombres que llevan años queriendo lo mismo y ninguno está dispuesto a soltar primero. Y nosotros... nosotros somos los que pagamos el precio.
Azren sintió el peso de esas palabras.
—No pedí estar aquí —dijo.
—Nadie pide estar aquí... —respondió León—. Pero aquí estamos. Y ya que estamos, mejor estar juntos que solos, ¿no crees?
Azren lo miró. Vio al hombre de la cafetería, al del apartamento, al que había dicho "cuando todo esto termine, invíteme a un café". Vio también algo nuevo: una determinación tranquila, una aceptación de su papel en esta guerra.
—Gracias —dijo Azren.
—¿Por qué?
—Por venir. Por no dejarme solo en esto.
León sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real.
—No me lo agradezcas todavía. A lo mejor resulta que soy un espía de Darius y vengo a sabotear tu coctel de emociones.
—¿Lo eres?
—No. —León negó con la cabeza—. Darius no tiene espías. Solo tiene sombras. Y yo estoy harto de ser una sombra.
El segundo tiempo comenzó. La conversación se detuvo, pero la compañía permaneció. Azren sintió, por primera vez en mucho tiempo, que no estaba completamente solo.
En el tercer cuarto, con su equipo aventajando cómodamente, Caeleen ejecutó una jugada que hizo enmudecer incluso al palco insonorizado. Un robo de balón en defensa, una carrera en solitario por toda la cancha, evitando a dos defensores con fintas imposibles, y un mate que hizo temblar el tablero. Fue pura arrogancia atlética. La ovación fue atronadora.
Mientras la multitud enloquecía, Caeleen, en lugar de celebrar con sus compañeros, miró directamente hacia su palco. No a Darius. A Azren. Sostuvo su mirada por dos segundos largos, un destello de triunfo crudo y desafiante en sus ojos. Esto es lo que soy. Esto es por lo que me desean.
—Vaya —murmuró León a su lado—. Eso no era para Darius. Eso era para ti.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque conozco esa mirada. Es la misma que pone cuando quiere que alguien sepa que lo está mirando. Y hoy, ese alguien eres tú.
Azren sintió un escalofrío.
—No sé qué significa —dijo.
—Yo tampoco —admitió León—. Pero Es nuevo. Y en este mundo, lo nuevo siempre es peligroso.
Fue entonces cuando Azren, a través del cristal, vio a Darius ponerse de pie en su palco. Su perfil pálido estaba sereno, pero había una determinación nueva en su postura. Tomó su teléfono, escribió algo rápido, y luego se volvió y abandonó el palco, desapareciendo por la puerta trasera antes de que terminara el partido.
El mensaje de Darius llegó al teléfono de Azren un minuto después:
"Ya vi el espectáculo. Mi estudio. Mañana, 5 PM. Ven solo. Trae valor."
León lo leyó por encima de su hombro. No hizo comentarios. Solo soltó un silbido bajo.
—Te ha declarado la guerra —dijo.
—¿Y tú qué harías?
León tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era grave.
—Iría. Pero no solo. —Lo miró directamente—. Llévame con él.
—¿A ti?
—A mí. —León asintió—. Darius no espera verme. Y eso puede ser útil. Además... —sonrió, una sonrisa triste—. Hace tiempo que no hablo con mi marido... Creo que es hora de recordarle que existo.
Azren lo miró un largo momento. Luego asintió.
—De acuerdo.
El partido terminó con una victoria aplastante. Caeleen apareció en el palco unos veinte minutos después, ya duchado, con ropa de calle. Olía a jabón fresco y a energía contenida. Al ver a León, se detuvo en seco.
—Rivas —dijo, con un tono que no era hostil pero tampoco cálido—. No sabía que tenías invitación.
—Me la conseguí. —León se levantó, enfrentándolo con una calma que sorprendió a Azren—. Quería ver el partido. Y quería hablar con Azren. No sabía que necesitaba tu permiso.
Caeleen lo miró un momento. Luego, inesperadamente, esbozó una media sonrisa.
—No lo necesitas. —Se volvió hacia Azren—. ¿Lo viste?
—Todo el estadio lo vio —respondió Azren.
—Él se fue temprano —dijo Caeleen, y no había decepción en su voz, sino curiosidad intensa—. ¿Por qué?
Azren dudó. León estaba allí, observando. No quería mentir delante de él.
—No lo sé —dijo al fin—. Tal vez tenía un compromiso.
Caeleen lo miró, escéptico. Sabía que estaba ocultando algo. Pero en lugar de presionar, asintió lentamente.
—Mañana. Almuerzo con mis padres. A las 2. No llegues tarde.
Luego miró a León.
—¿Tú vienes?
León parpadeó, sorprendido.
—¿A comer con tus padres?
—No. A lo que sea que estén planeando. —Caeleen se encogió de hombros—. Si vas a estar en esto, mejor que te vean. Que sepan que existes. No solo como el esposo de Darius. Como algo más.
León lo miró un largo momento. Luego asintió.
—De acuerdo... —esbozó una triste sonrisa.
Caeleen se fue. Azren y León se quedaron solos en el palco vacío.
—Esto se está volviendo muy complicado —dijo Azren.
—Sí. —León sonrió—. Pero por primera vez en años, no me aburro.
Salieron juntos del estadio. La noche era fría. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos.
—Mañana a las 5 —dijo León—. Paso a recogerte. Vamos a ver a mi marido.
—¿Y si no le gusta que vayas?
—No le va a gustar. —León se subió el cuello de la chaqueta—. Pero hace tiempo que dejé de hacer solo lo que le gusta a Darius.
Se despidieron con un gesto. Azren lo vio alejarse, perderse entre las luces de la calle.
Miró el mensaje de Darius otra vez. "Trae valor."
No sabía si lo tenía. Pero sabía que, después de hoy, después de ver el fuego en el que se había metido desde tan cerca, ya no podía retroceder.
Y por primera vez, no iba a hacerlo solo.