Me contrato para traducir el corazón de su amante.
Terminé enamorándome de él.
Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.
Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.
Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.
Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.
Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...
Caeleen seguirá amando a otro.
Y él habrá perdido todo.
NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL PALCO.
El estadio era una bestia de acero y concreto que rugía con la energía de diez mil aficionados. Azren, guiado por un asistente personal de Caeleen, subió por ascensores privados hasta un palco cerrado con cristal insonorizado. El contraste era brutal: afuera, el caos ensordecedor del juego; adentro, un silencio climatizado y la vista panorámica perfecta de la cancha.
Caeleen ya estaba allí, de pie frente al cristal, con una sudadera del equipo. No se volvió cuando Azren entró.
—Siéntate —dijo, sin mirarlo. Su atención estaba clavada abajo, en la cancha, donde los jugadores calentaban. Su propio reino.
Azren se sentó en uno de los lujosos butacones. Desde allí, veía la nuca de Caeleen, la línea tensa de sus hombros bajo la tela. También veía, en un palco similar al otro lado de la cancha, una figura familiar. Darius. Solo, con un abrigo claro, observando el campo con expresión impasible. León no estaba con él. Era una declaración.
El partido comenzó. Azren, que había visto docenas de partidos de Caeleen en la televisión, nunca había sentido la potencia física real de su juego. Verlo en directo, a través del cristal que amortiguaba los gritos pero no la velocidad, era otra cosa. Caeleen era un torbellino controlado. Cada movimiento era explosivo, cada pase un misil guiado, cada anotación una afirmación de dominio. La multitud coreaba su nombre, y él, en su elemento, era un dios indiferente.
Pero Azren notó algo. En los descansos breves, cuando Caeleen se secaba el sudor y bebía agua en el banquillo, sus ojos ámbar no miraban a las gradas rugientes. Se alzaban, buscando y encontrando el palco de enfrente. Buscando a Darius. Y luego, como un añadido, se desviaban hacia Azren, en su propio palco, como para confirmar una presencia. No era una mirada cálida. Era una verificación táctica. Los dos están aquí. Los dos me ven.
En el tercer cuarto, con su equipo aventajando cómodamente, Caeleen ejecutó una jugada que hizo enmudecer incluso al palco insonorizado. Un robo de balón en defensa, una carrera en solitario por toda la cancha, evitando a dos defensores con fintas imposibles, y un mate que hizo temblar el tablero. Fue pura arrogancia atlética. La ovación fue atronadora.
Mientras la multitud enloquecía, Caeleen, en lugar de celebrar con sus compañeros, miró directamente hacia su palco. No a Darius. A Azren. Sostuvo su mirada por dos segundos largos, un destello de triunfo crudo y desafiante en sus ojos. No era el "mírame" dirigido a un amante. Era el "míralo" dirigido a un testigo. Esto es lo que soy. Esto es por lo que me desean.
Fue en ese momento que Azren, a través del cristal, vio a Darius ponerse de pie en su palco. Su perfil pálido estaba sereno, pero había una determinación nueva en su postura. Tomó su teléfono, escribió algo rápido, y luego se volvió y abandonó el palco, desapareciendo por la puerta trasera antes de que terminara el partido.
El mensaje de Darius llegó al teléfono de Azren un minuto después:
"Ya vi el espectáculo. Mi estudio. Mañana, 5 PM. Ven solo. Trae valor."
Era una convocatoria. Una declaración de que el juego había cambiado de escenario. Darius ya no reaccionaba con flores o ira de salón. Estaba pasando a la ofensiva.
El partido terminó con una victoria aplastante. Caeleen apareció en el palco unos veinte minutos después, ya duchado, con ropa de calle. Olía a jabón fresco y a energía contenida.
—¿Lo viste? —preguntó, sin saludar, refiriéndose obviamente a su jugada.
—Todo el estadio lo vio —respondió Azren.
—Él se fue temprano —dijo Caeleen, y no había decepción en su voz, sino curiosidad intensa. —¿Por qué?
Azren dudó. No quería darle a Caeleen el mensaje de Darius. Era su propio frente de batalla ahora. —No lo sé. Tal vez tenía un compromiso.
Caeleen lo miró, escéptico. Sabía que estaba ocultando algo. Pero en lugar de presionar, asintió lentamente. —Mañana. Almuerzo con mis padres. A las 2. No llegues tarde.
Era una orden, pero también una forma de mantenerlo cerca, de reafirmar el control después de que Darius hubiera hecho un movimiento inesperado. Azren asintió.
—Caeleen —dijo, mientras este se disponía a salir—. ¿Por qué me hiciste venir hoy? ¿De verdad solo para que él me viera?
Caeleen se detuvo en la puerta. Se volvió, y por un instante, en sus ojos ámbar agotados por el partido pero aún alertas, Azren creyó ver un atisbo de algo parecido a la honestidad.
—Para que tú lo vieras a él —respondió Caeleen—. Para que entendieras lo que está en juego. Lo que él elige ignorar cuando se esconde en su estudio. Esto —hizo un gesto amplio hacia la cancha vacía que se veía a través del cristal— es mi mundo. Y es real. Lo otro… es un sueño que él tiene miedo de despertar. Ahora lo sabe. Y tú también.
Se fue, dejando a Azren solo en el lujoso palco vacío. El eco de los gritos había desaparecido, reemplazado por el zumbido del aire acondicionado. Caeleen tenía razón. Había visto dos mundos hoy: el mundo de poder y gloria tangible de Caeleen, y el mundo de belleza y retiro de Darius. Y ambos mundos se estaban chocando, con él en el medio.
Mañana tendría que enfrentarse a Darius en su territorio. Y luego, fingir normalidad con los padres de Caeleen. Ya no era un peón ni un incendiario. Era un diplomático en una guerra de tres bandos, y cada movimiento podía desencadenar el armagedón emocional que todos, en el fondo, parecían estar esperando.
Al salir del estadio, la noche era fría. Miró el mensaje de Darius otra vez. "Trae valor." No sabía si lo tenía. Pero sabía que, después de hoy, después de ver el fuego en el que se había metido desde tan cerca, ya no podía retroceder.