Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 12: El proyecto soñado
...~Adrián~
...
La mañana había empezado como cualquier otra: con Valeria entrando al estudio con dos cafés y una sonrisa, con los bocetos del apartamento de la pareja joven desplegados sobre la mesa, con la lista interminable de tareas que crecía más rápido de lo que podían tacharlas.
Adrián llevaba una hora revisando las muestras de tela para la casa de veraneo cuando el ordenador hizo ping. Un correo nuevo. Otro más.
Iba a ignorarlo, como ignoraba la mayoría mientras estaba en modo trabajo, pero algo le hizo clic. El remitente: Clínica Dental Sonrisas. El asunto: Propuesta de reforma - Aceptación.
El corazón le dio un vuelco.
Abrió el correo con manos temblorosas. Las palabras bailaron delante de sus ojos durante un segundo eterno. Luego, todo cobró sentido:
"Estimado Adrián, nos complace informarle que hemos elegido su propuesta para la reforma integral de nuestras instalaciones. Adjuntamos el contrato para su revisión. Quedamos a la espera de poder comenzar cuanto antes..."
—Valeria.
La voz le salió rara, como si no fuera suya.
—¿Jefe?
—Ven. Ven aquí.
Valeria se acercó, el ceño fruncido, con esa expresión de "¿qué pasó ahora?". Adrián giró la pantalla hacia ella.
Ella leyó. Parpadeó. Leyó otra vez.
—¿Es... es la clínica? ¿La grande? ¿La de tres plantas?
—Sí.
—¿La que presentaste hace un mes? ¿La que decíamos que era imposible porque hay mil estudios compitiendo?
—Esa misma.
Valeria abrió la boca. No salió nada. Luego soltó un grito tan agudo que Adrián se llevó las manos a los oídos, riendo.
—¡Lo conseguimos! ¡JEFE, LO CONSEGUIMOS!
Se abrazaron en medio del estudio, saltando como niños, mientras los bocetos del apartamento volaban por los aires y las muestras de tela se deslizaban al suelo. Fue un momento ridículo, maravilloso, completamente inapropiado para la hora que era y la cantidad de trabajo pendiente.
Cuando por fin se separaron, Valeria tenía los ojos brillantes.
—Es el proyecto más grande que hemos tenido nunca —dijo, casi en un susurro—. Jefe, esto es... es enorme.
Adrián asintió. Todavía no podía creerlo.
Se sentó, releyó el correo una vez más. Luego otra. Las palabras seguían ahí, no era un sueño.
—Tres plantas —murmuró—. Recepción, diez consultorios, sala de espera, zona de esterilización, despachos... —Hizo cálculos mentales—. Valeria, esto son meses de trabajo. Muchos meses.
—¿Y los otros proyectos?
—Siguen. El apartamento de la pareja, las dos casas de veraneo, el local comercial... todo sigue.
Se miraron. La magnitud de lo que acababa de pasar empezaba a hacerse real.
—No vamos a dar abasto —dijo Valeria, y no era una queja, era una constatación.
—Lo sé.
—Vamos a necesitar ayuda.
—Lo sé.
—Gente. Más gente.
Adrián se reclinó en la silla. Por un momento, el estudio se desdibujó a su alrededor. Y sin querer, su mente viajó atrás.
---
...Flashback...
Ocho años atrás, universidad
Adrián tenía diecinueve años y una depresión que no sabía nombrar.
Estudiaba Economía porque su padre lo esperaba, porque un Guerrero no podía dedicarse a "pintar paredes", porque su vida ya estaba escrita y él solo tenía que seguir el guión. Las clases eran grises, los compañeros distantes y él pasaba los días en una niebla de apatía que no entendía.
Hasta que un día, en la cafetería de la facultad, un chico se sentó a su lado sin pedir permiso.
—Tienes cara de estar pensando en otra cosa —dijo el chico, con una sonrisa enorme y una bandeja llena de comida—. Cuéntame.
Adrián lo miró, confundido.
—¿Qué?
—Que cuentes. Llevo semanas viéndote por aquí, siempre solo, siempre con esa cara de funeral. Algo te pasa. Suelta.
Y Adrián, sin saber por qué, soltó.
Habló de la carrera que no quería, de las expectativas familiares, de la sensación de ahogo. El chico escuchó sin interrumpir, comiendo patatas fritas con una mano y asintiendo con la cabeza.
Cuando terminó, el chico sonrió.
—Me llamo Diego. Y tú necesitas un amigo.
Así empezó todo.
Diego era un alfa enorme y ruidoso, de esos que llenan las habitaciones con su risa. Estudiaba la misma carrera, pero a él no parecía importarle; iba a lo suyo, aprobaba sin esfuerzo y vivía la vida con una intensidad que Adrián envidiaba. Se hicieron inseparables. Diego lo protegía de las bromas pesadas, lo sacaba de fiesta cuando se encerraba demasiado, le recordaba que había vida más allá de las notas y las obligaciones.
Fueron los mejores años.
Hasta que apareció Alejandro.
Adrián conoció a Alejandro en un evento familiar y su mundo se redujo a él. Las llamadas a Diego se espaciaron, las quedadas se cancelaban, los mensajes quedaban sin respuesta. No era consciente de lo que hacía; solo sabía que necesitaba estar disponible por si Alejandro lo llamaba, por si surgía algo, por si...
Por si.
Diego aguantó un tiempo. Luego, un día, dejó de llamar.
Adrián no lo culpó. Él había sido un mal amigo, un pésimo amigo, un amigo que había cambiado migajas de atención de un alfa que ni lo miraba por la lealtad de alguien que lo quería de verdad.
Qué idiota había sido.
Fin del flashback
__ __ __
Adrián volvió al presente. El estudio seguía en silencio, los planos seguían sobre la mesa, pero ahora había algo más: una determinación nueva.
Cogió el teléfono. Buscó el número de Diego, ese que había guardado durante meses sin atreverse a usar, y escribió:
"Hola, Diego. Soy Adrián. ¿Sigues vivo? Me gustaría verte, si tienes tiempo. He sido un pésimo amigo y quiero pedirte perdón. Y también necesito tu ayuda. Pero primero, el perdón."
Lo leyó una vez. Le pareció demasiado directo, demasiado vulnerable, pero también era verdad.
Lo envió antes de arrepentirse.
—¿Jefe? —Valeria lo miraba con curiosidad—. ¿Todo bien?
—Sí. —Sonrió—. Solo estaba pensando en un amigo. Un amigo al que había perdido.
Valeria asintió, sin preguntar más. Era buena en eso.
El teléfono vibró. La respuesta de Diego llegó diez minutos después:
"Mariposita! Claro que sigo vivo. Dónde y cuándo. Y no te preocupes por lo de antes, ya sabía que volverías. Siempre vuelven los que valen la pena."
Adrián sintió un nudo en la garganta.
Diego. Siempre Diego. El único que incluso después de haberlo perdido, estaba dispuesto a recibirlo con los brazos abiertos.
Escribió:
"¿Mañana a las ocho? En el bar de siempre."
"Allí estaré. Y prepárate, que tengo ganas de darte un abrazo de esos que duelen."
Adrián sonrió y por primera vez en mucho tiempo, sintió que pasara lo que pasara con Alejandro, con Sergio, con todo, al menos una cosa estaba bien.
Había recuperado a su amigo.
—Bueno —dijo en voz alta, volviendo a los planos—. Vamos a trabajar.
—¿Y lo de contratar gente? —preguntó Valeria.
—Sí. —Adrián la miró, y esta vez su sonrisa era más amplia—. Empieza a mirar currículums y habla con esa amiga tuya de la universidad, la que trabaja en estudios grandes. A veces conocen a gente joven que busca oportunidades.
—Hecho.
Valeria se sentó frente a su ordenador y empezó a teclear. Adrián la observó un momento. La chica tenía veintidós años, recién salida de la carrera, y ya estaba a punto de convertirse en algo así como su segunda al mando. Era increíble lo que podía cambiar la vida en unos meses.
Miró a su alrededor. El estudio, con sus paredes blancas y sus ventanales, con el desorden creativo de muestras y bocetos, con la luz de la mañana entrando a raudales. Su estudio. Su vida. Construida por él, para él. Y ahora, además, con un amigo recuperado.
El teléfono vibró otra vez. Diego, por supuesto:
"Por cierto, Mariposita, ¿qué ayuda necesitas? Cuenta ya, que me tienes en ascuas."
Adrián rió. Escribió:
"Números. Finanzas. Un proyecto grande que me ha salido y necesito no meter la pata."
"Ahí estaré, con calculadora y abrazos. Es lo que hago."
Adrián guardó el teléfono y volvió a los planos. La clínica. Los apartamentos. Las casas de veraneo. Y ahora, Diego.
Todo estaba cambiando y por primera vez, el cambio no le daba miedo.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕