Décimo primer libro de la saga colores
El capitán Albert Mercier, un lord arruinado de Floris emprenderá un viaje al mar a una misión de alto riesgo hacia una tierra desconocida, (Polemia) un reino helado donde se topara con Mermit, una nativa arisca que desafiará su destino.
¿Podrá el amor superar las barreras del entendimiento? Descúbrelo ya.
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24. Un lirio a cambio
...ALBERT:...
Visité la embarcación con mi madre, los marineros me saludaron mientras pasábamos por la cubierta, mientras ella anunciaba un retiro momentáneo, aunque muchos se quejaron, otros se alegraron un poco por poder ir a visitar a sus familiares.
El barco de mi madre era oscuro, con velas blancas.
Algo bueno salió de todo lo que vivió, ser atacada por una mujer indentica a ella y luego puesta en un barco, expuesta a un peligro, solo por tener la mala suerte de toparse con esa infeliz que aprovechó el gran parecido para robarle la vida.
Perdí mis años conviviendo con la arpía que me llevó por un mal camino, mientras que mi verdadera madre se encontraba explorando el mundo en un barco.
Tal vez no pude estar con ella durante mi crecimiento, pero el reencuentro logró en mí un cambio significativo, Alondra me enseñó todo lo que sabía sobre navegar y fue así como me sentí útil.
— ¿Y tú padre cómo se encuentra? — Preguntó mientras íbamos al mercado.
Le ayudé a cargar su equipaje.
Ella insistió en ir caminando para echar un vistazo a la ciudad y el puerto.
— Vive en Slindar, no he hablado con él.
— No hemos concretado la separación formal — Comentó.
— ¿Hace falta? — Pregunté mientras nos deteníamos en la plaza.
Se quedó pensativa.
— Llevo años separada de Álvaro, un papel no haría la diferencia, tal vez, formalmente sí, pero hace rato que la sociedad se olvidó de nosotros y es preferible.
Tocó mi hombro y seguimos caminando.
Mi madre pudo volver antes, lo intentó, pero al ver que nadie notó su ausencia se sintió desplazada, no podía culparla, todos aceptamos el cambio frío cuando la falsa Alondra se apropió de la vida de mi madre.
Y ella presenció como nosotros convivíamos sin extrañar su anterior yo.
Personalmente, yo si extrañaba la dulzura que me mostró de niño y siempre sospeché de que algo no estaba bien, hasta que recordé lo que ví de pequeño y fue cuando la careta de esa mujer se cayó.
Ni siquiera nos preocupamos en investigar porque eran tan parecidas, nadie quiso hacerlo, pues esa mujer nos trajo tanto sufrimiento, sobre todo a mi hermana Tiffany.
Ella no hubiese pasado por todo lo que vivió si yo hubiera hablado a tiempo sobre lo que ví de niño.
Ni yo mismo lo creía.
Fue una suerte encontrar a mi madre de nuevo y descubrir que seguía siendo buena persona.
— Mi padre aceptará lo que quieras.
— Sé que en parte no fue su culpa ¿Cómo podría serlo? Ella era idéntica a mí en todo.
— No en todo, esa mujer era despreciable — Dije y me observó sonriente.
— Así como maldigo también agradezco muchas cosas de esa mujer.
— Lo sé, aunque no puedo achacar toda la responsabilidad a ella, yo debí...
— No digas esas cosas, eras un niño, ven, volvamos a casa.
Sonreí, asintiendo con la cabeza.
...****************...
— ¡No! — Gritó Mermit cuando terminé de pisotear las flores — ¡Malo! — Me lanzó una mirada dolida y furiosa.
Ella no entendía, puede que le gustaran las flores, pero no podía aceptarlas, a excepción de las mías.
Me enojaba que se pusiera tan felíz con un gesto de ese idiota.
Salí del salón envuelto en un enojo incontrolable.
¿Cómo se atrevía Farrell a venir a mi casa en mi ausencia y a pretender a Mermit?
Jamás permitiría que ese sujeto estuviera cerca de ella y que además, tuviera intenciones, no de las buenas, estaba seguro de eso.
— Albert ¿A dónde vas? — Preguntó mi madre cuando volví al vestíbulo, ella estaba con Aliz y la ama de llaves.
Ni siquiera pude contestar.
Salí de la casa y volví a la ciudad.
Llegué al club del infeliz e hice ademán de entrar.
— Oiga, no se permite pasar, a menos que sea socio — Dijo el guardia.
— Soy socio — Gruñí, dando un paso.
Se atravesó.
— No, usted no es socio, conozco a todos los socios del club.
— Necesito hablar con tu jefe.
— Él no está, el club abre a las siete de la noche, tendrá que esperar si quiere hablar.
Me marché para ir a la tienda de Dayanara, cruzando el mercado como un torbellino.
Entré a la tienda.
— Bienvenido — Dijo Dayanara, al escuchar la campanilla, estaba organizando unos bolsos, pero al elevar su mirada se sorprendió — ¡Albert!
— Dayanara, disculpa que haya venido hasta acá...
— ¿Qué deseas? — Preguntó y me acerque al mostrador — Quieres un bolso para Mermit o... Buscas algo para ti.. Tengo mochilas de viaje, para papeles importantes y también tengo una nueva adquisición — Se acercó a una de las repisas, tomó un monedero — Este lo puedes llevar sujeto a la correa.
— No vine por bolsos.
Se giró con lentitud.
— ¿Por qué viniste?
— ¿Aquí está tu hermano? — Apreté mi mandíbula.
— ¿Mi hermano? — Se desconcertó — ¿Por qué lo buscas?
— No tengo tiempo para explicar... Necesito hablar con él.
Hablar no era lo que precisamente haría.
— Está arriba, iré a decirle — Dijo, muy extrañada, se marchó por un corredor trasero y observé como subía las escaleras.
Apreté mis puños.
No podía perder la cordura.
Farrell salió del corredor, su hermana venía tras él.
— Vaya sorpresa, no pensé que Albert Mercier necesitara hablar conmigo, a menos que sea para unirse a mi club — Dijo, detrás del mostrador.
Me estiré, Dayanara soltó un grito de sorpresa cuando lo tomé del cuello y tiré hacia adelante.
— Sabes perfectamente a lo que vine, no fue por tu maldito club lleno de metiches como tú, vine a advertirte que dejes en paz a Mermit — Dije, enseñando los dientes.
— Ah, no sé de qué hablas...
— ¡Albert, suéltalo! — Exigió su hermana, saliendo del mostrador para detenerme.
— ¡Estuvo en mi casa en mi ausencia solo para tener la osadía de pretender a mi protegida de forma inadecuada! — Tiré más de su cuello.
Dayanara se quedó observando entre nosotros.
— ¡No fue inapropiado! — Alzó sus manos — ¡La institutriz estaba presente, haciéndole de chaperona, en ningún momento me quedé a solas con Mermit!
— ¡Entraste, sabiendo que no estaba presente y eso dice mucho de ti!
Sostuvo mis muñecas.
— ¡El mayordomo me dejó entrar y yo acudí al salón porque sabía que estaba acompañada, necesitaba saber como se encontraba después del accidente a caballo! — Gruñó y resoplé.
— ¡Pudiste preguntarme si tanto querías saber!
— No ibas a decirme, era mi deber como caballero ir a visitarle y llevarle flores.
— ¡Flores que son igual de inapropiadas que tú!
— ¡No, ella las aceptó con gusto y eso significa que corresponde a mi atención! — Me retó con la mirada.
— ¡Mermit desconoce lo que significa aceptar flores, así que no te hagas ideas equivocadas!
— Sé que no viniste a reclamar por honor — Masculló — Solo lo haces porque sientes algo por ella y te pregunto ¿Lo qué hice fue más inapropiado que un tutor deseando a su protegida?
— ¡Cierra la boca! — Elevé mi puño para pegarle — ¡No te atrevas a decir cosas que no son!
— ¡No, Albert, no le pegues! — Dayanara me sostuvo del brazo.
Lo solté a regañadientes, retrocedió y se tocó el cuello.
— No hice nada malo, solo mostré mi interés abiertamente.
— No tienes buenas intenciones — Espeté.
— Si las tengo, Mermit es diferente y eso me gusta. Hice todo como debía, te dejé en claro mis pretensiones y fui a tu casa a presentarme...
— Eso no significa que tengas buenas intenciones, Mermit no está disponible, ni para ti, ni para otro hombre, ella no estará expuesta a sujetos de tu calaña — Gruñí y puso los ojos en blanco.
— Tus intereses salen a flote.
— Lo que sienta no es asunto tuyo.
— Yo seré paciente, esperaré a que Mermit éste lista — Dijo y apreté mis puños.
— Te romperé la cara si sigues insistiendo — Lo señalé con mi dedo — No tienes mi permiso y jamás lo tendrás.
— Quiero oír de su boca un rechazo, de otro modo, no haré caso a tus palabras.
— No permitiré que te acerques a ella.
Solo por respeto a Dayanara y a su tienda, me marché.
...****************...
— Hijo, me tenías muy preocupada, saliendo así tan furioso — Dijo mi madre cuando entré a la casa.
Traje algo mejor que un ramo de flores, una planta de lirio floreado, las flores eran rosa pálido.
Adelaida estaba en el vestíbulo con ella.
— Estoy bien, solo tenía que arreglar un asunto.
— ¿Y lo hizo? — Preguntó Adelaida.
— No estoy seguro.
— Ya la institutriz me contó parte de lo sucedido — Mi madre me evaluó — ¿En serio hay un sujeto pretendiendo a Mermit?
— Así es, pero no tiene buenas intenciones.
— Ella no está lista para relaciones — Cortó Adelaida, mi madre le dió una mirada de reojo, luego volvió su atención a mí y a la planta.
— Eres su tutor, solo tu puedes decidir lo mejor para ella — Frotó mis brazos.
Asentí con la cabeza.
— ¿Dónde está Mermit?
— En el salón, demasiado incontrolable, le expliqué que no podía aceptar flores de hombres porque eso significaba más que un obsequio — Lanzó una mirada juzgadora a mi matero.
— Es solo una planta, así no se marchitará — Dije, tenso ante su expresión.
— Sigue empeñada llorando por las flores que usted pisoteó, le duele más el que haya hecho daño al ramo — Dijo Adelaida, un poco conmovida — Es muy inocente.
— Intentaré consolarla.
— Tenga cuidado, con lo que expliqué puede interpretar que usted también tiene intereses — Dijo, frunciendo el ceño — Hace mal, la va a malcriar, una caja musical, un perro y ahora una planta.
— Opino lo contrario, cada cosa que le doy alimenta su aprendizaje.
— Es un detalle lindo de tu parte — Mi madre me elogió.
Marché al salón.
Mermit estaba tocando lo que quedaba de las flores, tratando de repararlas sobre la mesa, estirando sus pétalos marchitos y dañados.
— Mermit — Dije, llevando el matero detrás de mí para ocultarlo de su presencia.
Ella me ignoró.
— Perdón.
Me evaluó de reojo, enojada.
— No puedes ponerte así por unas flores, tarde o temprano se terminan marchitando — Dije y fruncí el ceño — Además, el que te regaló ese ramo no es más que un idiota, no debes aceptar otro obsequio de su parte — Entornando una expresión enojada, señalé el ramo — Tuve mis motivos para enojarme, no quiero que te pongas feliz con ramos de otros.
Ella me evaluó, haciendo ruido con la nariz debido al lloriqueo.
— Malo.
Hice un gesto dramático de dolor.
— Prefiero que me llames tonto a malo, eso me duele más — Llevé una mano a mi corazón, llamé su atención.
Tocó las flores dañadas.
— Flores no... — Intentó hablar, buscando las palabras, me emocioné al ver su esfuerzo — No culpa... Me gustan flores.
— Lo sé, tienes razón, pero es malo aceptar flores de otro hombre que no sea yo — Me señalé y ella limpió sus mejillas — Las mías son las que debes aceptar.
Se quedó callada.
Saqué mi mano de detrás de mí, mostrando la planta.
Se sorprendió al verla.
— Para ti — Dije, tendiendo la planta a ella.
La sostuvo con cuidado, sosteniendo la maceta, observó las hojas y la flor.
— Así no se daña — Comenté — Te va a durar más.
— ¿Mía? — Preguntó y asentí con la cabeza.
Sonrió abiertamente, dando brincos.
— Mía — Rió, emocionada, abrazando el maceta.
— Cuidado, si la dejas caer se rompe — Le advertí y la dejó con cuidado en la mesa — Son unos lirios.
— Lirios.
— Sí, cuídala.
— ¿Comida? — Preguntó, mordiendo la punta de su dedo.
— No, agua, sol y abono — Dije, enseñando tres dedos.
— Agua, sol, abono — Repitió.
— Pero, poco de cada uno.
Se acercó y me abrazó.
Correspondí al abrazo, girando su cuerpo mientras ella reía.
— Gracias, Albert.
Me observó mientras la sostenía en mis brazos.
Le sonreí.
La emoción en sus ojos aceleraba mi corazón.
Tenía miedo de que Mermit pudiera cambiar su forma de mirarme, no quería dejar de ser especial para ella, aún no sabía si lo que sentía por mí era más que admiración y dependencia.
No quería pensar que ella en su desconocimiento me viera como si me amara, cuando tal vez no era así.
Me dió un beso, callando mis pensamientos.
— No quiero viajar, ni dejarte sola — Dije, tocando sus manos — Pero, tal vez así puedas avanzar más en tus lecciones.
Mermit detalló mi expresión, tratando de comprender mis palabras.
Farrell estaría rondando y eso no me iba a dejar tranquilo.
Podía llevarme a Mermit a un viaje, pero eso sería egoísta, ella aún necesitaba aprender mucho y en el mar yo no podría cuidarla, darle la misma atención, tendría una tripulación nueva y no sabía como iban a reaccionar con una mujer a bordo.
Tendría que marchar solo, confiaba en que si ella me amaba a su manera, no me olvidaría tan fácil.