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LA NOCHE DE LAS BRUJAS

LA NOCHE DE LAS BRUJAS

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Dragones / Brujas / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Cattleya_Ari

En el imperio de Valtheria, la magia es un privilegio reservado a los hombres y una sentencia de muerte para las mujeres. Cathanna D’Allessandre, hija de una de las familias más poderosas del imperio, creció bajo el yugo de una sociedad que exige de ella sumisión, silencio y perfección absoluta. Pero su destino estaba sellado mucho antes de su primer llanto: la sangre de las brujas corre por sus venas, y su sola existencia es la llave destinada a abrir la puerta que traería de vuelta a un poder oscuro que siempre se había creído una simple leyenda.






Este libro contiene material explícito y potencialmente perturbador. Las escenas presentadas pueden resultar incómodas o desencadenar reacciones en ciertos lectores. Las acciones y perspectivas de los personajes son ficticias y no representan las opiniones del autor. La decisión de continuar la lectura se realiza bajo la completa responsabilidad del lector.

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CAPÍTULO 015

⚠️ Advertencia de contenido

Este texto contiene referencias a violencia y temas psicológicos que pueden resultar sensibles para algunas personas lectoras. Se recomienda discreción y cuidado al continuar.

08 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra

Día del Último Aliento, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

Cathanna se quitó un mechón rebelde del rostro con una mano, y con la otra, se acomodó la falda lisa de tela. Sus botas pisaban las hojas secas del suelo mientras avanzaba con paso perezoso. Al llegar al lugar, Cathanna sacó la espada oculta en su bota negra, la misma que su padre le había dado hace unos meses, que tenía la admirable capacidad de aumentar o disminuir su tamaño según la necesidad requerida.

Después de observarla por unos segundos, comenzó a practicar, dejando que la frustración se filtrara en cada movimiento. Varios minutos después, Taris apareció detrás de ella, con los brazos cruzados, observando la brusquedad de todos sus movimientos. No hizo ningún ruido que pudiera desconcentrarla, solo analizó su cuerpo, cuidadosa.

—Pensé que venías conmigo para entrenar sobre el aire, no con la espada —comentó al fin, acercándose con una expresión neutral.

Cathanna se giró hacia ella, bajando la espada.

—Ya sabes cómo es mi padre, Taris —dijo, con frustración—. Insiste en que debo aprender a usarla. Ni siquiera sé por qué motivo.

—Tus clases de control del aire son tu prioridad en este momento. —Puso la mano en su hombro y le quitó varias hojas—. Tienes que subir al siguiente nivel si no quieres quedarte atrás.

Cathanna asintió con la cabeza, despacio, guardando la espada en su bota de un movimiento casi mecánico. No podía, ni quería darse el lujo de ser la única miembro de su familia incapaz de controlar su propio don. Su madre era una simple humana, sin nada especial en su sangre —a excepción de esa intensa fragancia que emanaba de sus rojas venas—, pero eso no la hacía menos fuerte que los demás, aunque pocas veces lo demostraba por el miedo al que dirían las malas lenguas. En cambio, su padre era un hechicero extremadamente poderoso, capaz de invocar magia sin la necesidad de usar un objeto. Calen era un Elementista de fuego, mientras Cedrix estaba aprendiendo magia para ingresar al Colegio de Magia Florium pronto. El resto de la familia también poseía dones excepcionales, aunque rara vez los manejaban.

—No es solamente mover el aire, Cathanna —explicó Taris, arreglando sus brazos con movimientos delicados y una sonrisa leve—. Se trata de escucharlo. Sentirlo en todo tu cuerpo. Recuerda que es tu aliado, no algo que solo usas una vez y luego desechas en la basura.

Cathanna arrugó el rostro, asintiendo de arriba abajo con la cabeza, mientras Taris terminaba de acomodar sus brazos, como lo indicaba en el libro de Elementistas de aire que estaba encima de la mesa de piedra. Se obligó a respirar con calma, sintiendo la paz fluir por sus venas, y entonces el viento respondió. Elevó sus brazos con ayuda de Taris, y una ráfaga de aire en espiral comenzó a formarse a su alrededor, levantando las hojas secas del suelo y remolinos de polvo.

—Lo estás haciendo increíble, Cathanna —reconoció Taris, volviendo a sonreír apenas—. Sin embargo, querida, debes tener más control sobre tus movimientos. No estás buscando una tormenta, sino precisión. Mantén la calma. Sin presiones. Nadie te está correteando.

Cathanna apretó los dientes con fuerza, intentando moldear el aire, tal como Taris se lo había explicado con pequeños ejemplos. Le resultaba complicado, frustrante incluso, pero cuando por fin logró tomarle el hilo, la corriente se dirigió hacia donde estaba Taris, mirándola con una severidad inquietante. Antes de que Taris pudiera destruirla, Cathanna la elevó hacia el cielo y, por un breve instante, el aire pareció moverse con la fuerza y la voluntad de un ser humano.

—¿Ya lo estoy haciendo bien o sigo siendo una inútil? —examinó con tosquedad, relajando los brazos.

Taris asintió con la cabeza, desconcertada por el tono de voz.

—Mucho mejor, Cathanna. Sin embargo, aún te hace falta más para ser realmente buena. —Se acercó a ella—. El viento no es solo una de las fuerzas más importantes que rigen nuestro mundo; también es voluntad. Cuando empieces a entenderlo como lo harías con una persona herida, no tendrás que darle órdenes porque él sabrá lo que quieres y solo lo hará.

—Lo tendré en cuenta, Taris. —Inclinó la cabeza en una reverencia.

Taris era, sin duda, la maestra de aire más poderosa que había tenido el gusto de conocer en sus pocos años de vida. Entendía perfectamente por qué sus padres la escogieron a ella para ser su tutora y no a otra persona. Poseía una paciencia que no muchos tenían.

—Vamos a continuar. Cathanna. —Sonrió, dejando ver sus dientes blancos apenas torcidos—. Llegó el momento de enseñarte Levitación.

—Pensé que sería dentro de unas semanas —murmuró ella, con un gesto de confusión y emoción al mismo tiempo—. ¿Por qué ahora?

—Creo que es un buen momento para que aprendas. —Avanzó hacia la mesa con Cathanna siguiéndola de cerca—. Si logras unir estas dos técnicas, serás mucho más poderosa, no solo para protegerte de caídas, sino también para atacar a tus enemigos.

Cathanna se sentó frente a ella, tomando uno de los libros que le brindó, el cual contaba con dibujos sobre técnicas y la historia de la creación de ellas.

—La Levitación no es solo cuestión de empujar el aire bajo tus pies —explico Taris, tomando un libro—. Si lo haces de esa manera, perderás estabilidad y terminarás impactando en el suelo en segundos.

—Entonces, ¿cómo se supone que lo haga?

—Como te dije antes, debes sentir el viento correr por tu cuerpo, sin forzamientos. Te pongo un ejemplo más sencillo: imagina que el viento es como un río invisible que fluye a tu alrededor. —Acompañó sus palabras con un gesto de manos, dibujando el movimiento en el aire—. Si se crea una corriente lo bastantemente densa bajo tu cuerpo, por supuesto que te sostendrá, pero si no la equilibras, simplemente te inclinarás y terminarás cayendo. —Señaló el dibujo de una persona flotando en el libro—. Mantén la presión bajo tus pies, estabiliza el aire a tu alrededor y usa ráfagas suaves para moverte. No tienes que luchar contra la gravedad, solo debes permitir que ella te ignore, Cathanna.

—Eso suena complejo —musitó Cathanna, dejando caer la cabeza en la mesa, soltando un suspiro dramático—. No sé si podré hacerlo.

—Claro que no lo harás si eres pesimista. —Taris se puso de pie, extendiéndole una mano—. Vamos a intentarlo. Yo confío en ti.

Cathanna torció los labios, dudando un momento, y tomó la mano de Taris para levantarse del banco. Se colocó frente a ella, cruzando apenas los brazos. Tras unos segundos de observarla en silencio, empezó a imitar cada uno de sus movimientos. Sus pies se despegaron del suelo de manera brusca, y así mismo cayó nuevamente, soltando un gemido fuerte de dolencia mientras se llevaba la mano a la frente.

—¡No puede ser! —se quejó, frotándose la cabeza.

—Pudo haber sido peor —dijo Taris, ayudándola a ponerse de pie de un movimiento—. Todos los Adeptos pasan por esto en su primer ejercicio de Levitación. —Pasó las manos detrás de su espalda recta—. Vamos a intentarlo dos veces más y después te ayudaré con la espada.

Cathanna soltó un suspiro frustrado, pero asintió. Se acomodó, inhaló profundo y cerró los ojos, tratando de sentir la magia en su interior. Se concentró en la sensación de ligereza, en la idea de que el suelo no era su hogar, sino una prisión de la que debía escapar rápido.

—Sé que puedes hacerlo —animó Taris, aplaudiéndole.

Por un momento, su cuerpo respondió. Sus pies se separaron del suelo nuevamente, apenas unos centímetros. El cosquilleo en su pecho le dijo que estaba funcionando, que iba a lograrlo. Pero entonces, una ráfaga de duda cruzó su mente. «¿Y si caigo otra vez?» La pregunta bastó para romper su concentración. Su cuerpo perdió la leve ingravidez y, con un sonido sordo, aterrizó de golpe sobre sus rodillas.

—¡Maldita sea! —gruñó, frotándose las piernas adoloridas.

Taris sonrió con calma y le tendió una mano de nuevo. En Cathanna, se recordaba así misma cuando estaba comenzando a aprender el dominio del aire. Era su padre su tutor en ese tiempo, y aunque él tenía paciencia, ella lograba sacarlo de quicio.

—Último intento —dijo Taris, riendo bajo, lo suficiente para que ella no escuchara—. Y luego veamos si con la espada tienes mejor suerte.

—Me voy a romper una parte del cuerpo, Taris. —Dio un paso con dificultad—. Corrijo: Ya me rompí una parte.

—Estás aprendiendo. Es normal que sucedan ese tipo de cosas.

Así pasaron los minutos, tan letales y eternos. El suelo parecía enamorado de ella, pues no quería dejar que el aire la reclamara como suya. La frustración era notable en Cathanna, por la manera tan brusca en que pasaba la mano por su rostro. Por un momento pensó en rendirse y darse la vuelta al castillo, pero el deseo de aprender era más fuerte. Después, sacó la espada y la giró rápido en su mano mientras Taris alzaba la suya, formando una espada hecha de remolinos de viento. Los labios de Cathanna se abrieron, por la sorpresa que tenía.

—Vamos a ver qué tan buena eres con la espada.

Cathanna agarró con fuerza la empuñadura cálida. Desde que empezó a practicar con la espada, había deseado tener un enfrentamiento con Taris, ya que sabía que ella poseía conocimiento en el arte de la lucha, aunque no amara demostrarlo públicamente.

El viento rugió hambreado cuando el primer ataque de Taris llegó, pero Cathanna se movió con rapidez hacia un lado, dejando que la espada cortara el aire que la cubría. Curvó una ceja, y una sonrisa ladina apareció en sus labios. Segundos después, lanzó un ataque en dirección a Taris, quien elevó su espada, provocando una fuerte honda que arremolinó el aire a su alrededor y, rápido, las dejó encerradas.

Cuando Cathanna pensó que iba a ganar, su pierna resbaló hacia delante y su espalda impactó contra el suelo, sacándole un gemido ahogado. Sin embargo, no se dio el tiempo para lamentarlo, ya que Taris la obligó a girar rápido hacia un lado, evitando así que la espada que bajaba a gran velocidad se clavara directamente en su corazón.

—No esperaba que tuvieras tanta prisa en matarme, Taris —expresó Cathanna con una sonrisa tensa—. Mira qué sorpresa me has dado hoy.

—Si fuera en serio, ya lo habría hecho hace minutos. —Taris extendió su mano a ella—. Hoy has estado mucho en el suelo, Cathanna. ¿No quieres que te consiga un anillo y así contraes nupcias con él?

—No creo que la tierra pueda darme hijos, pero gracias por ser tan considerada conmigo. —Dejó escapar una risa suave, burlona, también.

—¿De verdad quieres tener hijos? —examinó Taris mientras volvían a sentarse en la mesa—. No digo que sean feos ni nada, pero… es un paquetón, Cathanna. Educar a un ser humano para que no sea un imbécil es más difícil de lo que parece. Te lo digo yo, que ya tengo dos.

—Mmm… sé que no va a ser fácil —admitió ella, con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos—. No creo que haya nacido para ser la madre perfecta ni nada relacionado, pero… es uno de mis más grandes sueños. Sería hermoso compartir la vida con alguien que salió de mi vientre. Alguien que sea parte de mí, aunque no me pertenezca.

—Entonces, embarázate cuanto antes.

—Eso me dice mi familia que haga.

—No importa lo que quiera tu familia. La decisión debe ser tuya.

Cathanna se pasó una mano por su nariz húmeda justo cuando ese familiar olor que había percibido horas antes llegó a sus fosas nasales con intensidad. Recorrió el lugar con la mirada, buscando sin éxito al hombre que desprendía aquella fragancia deliciosa, pero no encontró a nadie, solo la mirada curiosa de Taris en ella, esperando una respuesta. Frunció el ceño, agitando la cabeza y sonrió a Taris.

A pocos metros de ella, oculto entre los árboles, Zareth acomodaba la capucha negra en su rostro. Segundos después, se recostó en el tronco, cruzándose de brazos, fastidiado de tener que estar en ese lugar.

Llevó la mirada al rostro cansado de Cathanna, analizando sus expresiones con más curiosidad de la necesaria. La había seguido desde que salió del castillo, manteniendo una distancia exagerada, lo suficiente para que ni por error ella sospechara que él estaba ahí.

Se relamió los labios, dejando caer la cabeza contra el árbol.

   Un segundo después, la volvió a alzar, dirigiendo la mirada hacia ella. Cathanna sonreía mientras hacía movimientos exagerados con las manos, explicándole algo a Taris que parecía arrancarle carcajadas.

   Zareth entrecerró los ojos, sintiendo una punzada extraña en el pecho.

Unas horas después, Cathanna llegó al castillo y se dirigió a su habitación para meterse en el agua caliente. Relajó los músculos al sumergirse por completo, cerrando los ojos. Comenzó a tararear una canción mientras pasaba la esponja por su cuerpo con una fuerza automática. Luego de varios minutos, salió arrastrando los pies, bostezando. Se sentó frente al espejo, sonriéndole a Selene, quien le devolvió la sonrisa. Sus manos fueron secando el cabello de Cathanna para luego pasarle el peine y, por último, amarrarlo con dos trenzas.

Cuando la última de ellas salió de la habitación, Cathanna se acomodó en la cama lista para dormir. Justo en ese momento la puerta se abrió, revelando la figura imponente de su abuelo. Su corazón se detuvo por un instante. Se incorporó con brusquedad. La respiración se le volvió entrecortada y sus ojos se nublaron por unos segundos. Efraím no tardó en cerrar la puerta con seguro detrás de su espalda.

—Vengo a conversar contigo, Cathanna —expresó, caminando hacia ella con una lentitud exasperante, y se sentó en el borde de la cama, elevando la mano hacia su rostro—. ¿Cómo te encuentras, mi chiquilla?

—Abuelo… —murmuró Cathanna, encogiendo las piernas, tensa—. Ya me voy a dormir. Estoy cansada por el entrenamiento con Taris.

—¿Entrenamiento, dices? —Una sonrisa macabra se dibujó en su rostro, de esas que decían más que mil palabras—. Nunca me gustó esa idea de que te pusieran a entrenar. No es propio de una mujer decente.

La frente de Cathanna se arrugó.

—¿Por qué no, abuelo? —curioseó ella, intentando sonar segura.

—Porque eso no sirve de nada, Cathanna —sentenció, moviéndose sobre su lugar hasta quedar peligrosamente cerca—. A ti deberían enseñarte cosas más útiles… más acordes a una mujer de tu linaje. Como aprender a complacer a un hombre. Como ser una buena mujer.

—Abuelo, yo…

—Pero eso de entrenar. —Movió la cabeza de un lado al otro, negando—. No me parece, aunque… si te portas bien… podría pensarlo.

El mundo se detuvo y un zumbido recorrió cada espacio de la habitación. Cathanna tragó saliva, sintiendo una presión incómoda en el pecho que le prohibía la entrada al aire. Terminó de pegar las piernas temblorosas a su pecho mientras sus manos se aferraban con fuerza a la sábana blanca que cubría la cama. Por unos segundos, pensó en salir corriendo, pero el miedo la dejó paralizada en su lugar.

Efraím continuó hablando con ese tono letal que volvía el ambiente más opresivo e incómodo. Tal vez no era consciente de ello —o quizá simplemente prefería ignorarlo—, pero Cathanna sí lo era. Lo sentía en el cuerpo, en cada célula, en cada hueso. Lo sentía en sus ojos húmedos, en su corazón agitado, en su garganta seca. Lo sentía bien.

La mano de Efraím rozó su mejilla con una suavidad escalofriante que le envió descargas por todo el cuerpo. Sus miradas se encontraron durante varios segundos que, para ella, se sintieron como una eternidad. Segundos en los que vio su vida desfilar ante sus ojos con una sonrisa grande y un punto final. Y entonces lo entendió: el peligro era real, una vez más. Un sonido sordo estalló en su cabeza al tiempo que se incorporaba de golpe de la cama. Corrió hacia la puerta, con el corazón errático, pero no llegó demasiado lejos. Efraím la sujetó del cabello con una fuerza inhumana y la lanzó al suelo sin miramientos.

Aquel golpe le arrancó el aire de los pulmones en una sola exhalación, y el mundo giró, violento. El gélido suelo la devolvió a la realidad con una crudeza bestial. Intentó incorporarse, apoyar las manos para ponerse de rodillas, pero el tirón en su cuello cabelludo la obligó a soltar un gemido ahogado, a quedarse inmóvil, a lloriquear.

—No corras, Cathanna —murmuró él, con una calma que daba más miedo que un grito—. No entiendo por qué siempre te comportas así.

Cathanna cerró los ojos con fuerza, tragándose el pánico que le quemaba los órganos y amenazaba con romperla por dentro. Su cuerpo reaccionaba antes que su agitada mente: músculos tensos, manos temblorosas, junto con ese instinto primitivo suplicándole que sobreviviera. Pensó en su madre. En su padre. En Selene. En todo lo que aún no había tenido la oportunidad de disfrutar. No quería morir.

—No me hagas nada —suplicó, tomando con ambas manos su brazo, tratando, sin suerte, que él dejara su cabello en libertad—. Dé… déjame.

La mano de Efraím le tapó la boca, ahogando los gritos, mientras que con la otra le subía el vestido del pijama hasta quedar en su cintura. Ella negó varias veces, con los ojos bien abiertos y, reuniendo el poco aire que le quedaba, le dio una patada en la entrepierna. Efraím soltó una maldición entre dientes, perdiendo por completo el equilibrio.

Cathanna rodó sobre sí misma y se arrastró lejos de él, hacia la puerta que, en ese momento, parecía la entrada hacia un lugar seguro. No miró detrás de su espalda, tampoco se permitió pensar. Solo se levantó cuando sus piernas dejaron de temblar lo suficiente como para sostenerla. Logró salir, sintiendo que todo a su alrededor giraba con velocidad, y sus manos tomaron una manija, la giraron de forma torpe, y ella se adentró en una habitación, soltando todo el aire acumulado.

Cerró los ojos, dejándose caer al suelo, en pánico. En ese momento, una mano se aferró a su hombro. Una mano fría. Una mano que parecía el fin del mundo. Cathanna tardó unos segundos en reaccionar, y entonces apartó la mano de un manotazo. Cuando levantó la mirada, se encontró con los ojos preocupados de Calen sobre los suyos.

—¿Cathanna? —murmuró Calen, confundido—. ¿Qué pasó?

Cathanna negó con rapidez, bajando la mirada hacia sus manos, que temblaban de forma incontrolable y las apretó, duro. Quería decir algo, cualquier cosa, aunque fuera en un susurro, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta como clavos. Un sollozo escapó de sus labios, luego otro, más fuerte, hasta que las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, empapando la tela arrugada de su pijama.

Calen se arrodilló frente a ella, sin saber qué hacer, intentando buscar sus ojos, pero Cathanna evitó su mirada, incapaz de sostenerla.

—No me toques —susurró Cathanna, con la voz rota—. No quiero.

Calen se detuvo al instante, levantando las manos.

—Está bien, no lo haré —afirmó con suavidad, torciendo los labios—. Pero mírame, por favor. Mírame y dime lo que te ha sucedido, Catha.

—No puedo —dijo entre sollozos ahogados—. No quiero ver a nadie ahora. Tengo mucho miedo de que me haga algo malo. No quiero. No.

—¿Qué pasó? —insistió Calen—. ¿Por qué estás así?

Cathanna no respondió. Se colocó las manos en la cabeza, tapándose los oídos. La puerta sonó varias veces, como si alguien quisiera tumbarla. Cathanna la miró, alarmada. Luego llevó la mirada a Calen, quien se encontraba viéndola, ajeno a ese ruido estruendoso.

—No le abras la puerta, te lo suplico. —Le tomó los brazos, desesperada, respirando con dificultad—. ¡Por favor, no lo hagas! ¡No!

—¿De qué… estás hablando?

—No abras la puerta. —Sus ojos terminaron en la puerta que se movía con brusquedad. Saltó en su lugar al escuchar un golpe más fuerte—. No lo hagas. Quiere hacerme daño. Deja que la siga tocando.

—Hermana… nadie está tocando la puerta —reveló, confundido.

Cathanna parpadeó rápido, negando con la cabeza mientras se aferraba al brazo de Calen, quien seguía con el gesto de confusión.

—Sí… sí la están tocando. —Su voz salió temblorosa. Dio otro salto de miedo—. Está ahí, detrás de la puerta, queriendo tumbarla.

Calen se levantó, tenso, y caminó hacia la puerta. La abrió después de debatirse por varios segundos, encontrándose con nada detrás. Miró a Cathanna, quien tenía los ojos cerrados, jalándose el cabello.

—¿Tuviste una pesadilla? —le preguntó él, cerrando la puerta, despacio—. Tal vez sea por eso que piensas que hay alguien detrás.

—¡Lo estoy escuchando! —exclamó, sin abrir los ojos.

—Cathanna…

—Por favor, créeme —cuchicheó—. Créeme.

Calen suspiró.

—Ven, duerme conmigo esta noche.

Cathanna lo miró fijamente por varios segundos, con los ojos entrecerrados, y entonces, en lugar del rostro de su hermano, se encontró con la mirada lasciva de su abuelo, y eso provocó que un grito fuerte saliera de su garganta, la cual no tardó en cerrarse de golpe. Se obligó a dirigir ambas manos a su cuello, llena de desesperación, intentando arrancarse las cuerdas que le estaban robando el oxígeno.

Calen se quedó en estado de trance, atemorizado, hasta que logró reaccionar. Tomó las manos de Cathanna, queriendo anclarla nuevamente a la realidad, pero solo recibió un fuerte empujón que lo lanzó al suelo junto a la cama. Sus ojos se abrieron aún más cuando vio esas lágrimas rojizas salir por sus párpados cerrados. Bajó la mirada a su pecho, el cual subía y bajaba con una fuerza abrumadora.

Ella sentía que moriría si el aire no lograba adentrarse en su cuerpo pronto. El sudor le cubría la frente, frío y letal. Abrió la boca, buscando tragar oxígeno, pero le resultó la tarea más difícil de todas. Conectó su mirada borrosa con los ojos angustiados de Calen, quien seguía en el suelo, perplejo. Quiso arrastrarse hasta él y pedirle que la ayudara. Pero, no lo alcanzó; su cuerpo estaba paralizado por la desesperación.

El mundo volvió a agitarse con fuerza. Elevó un brazo mientras iba cayendo poco a poco hacia un costado, hasta que todo se volvió completamente negro. Calen maldijo en la cabeza, lleno de miedo, y se puso de pie de manera tambaleante. Alzó a Cathanna en los brazos y la dejó con cuidado en la cama, para luego salir de la habitación en busca de alguien que pudiera ayudarlo. Al bajar las escaleras, se encontró con Selene dirigiéndose al pasillo donde quedaban las habitaciones de los empleados. Sin decir nada, la agarró del brazo y la arrastró rumbo a su habitación, donde Cathanna seguía inconsciente.

—Pero… ¿¡Qué ha sucedido!? —Selene se cubrió la boca con ambas manos, mirando a Cathanna con los ojos bien abiertos—. Calen… ¿¡Por qué Cathanna está inconsciente!? —Llevó la mirada a él, aterrada.

—Quiero que me ayudes, Selene —pidió, con urgencia—. Estaba asustada por algo y después… se ha desmayado. No sé qué hacer.

Selene se quedó mirándolo por unos segundos, sin entender del todo la situación. Se acercó rápido a Cathanna y puso una mano en su frente, la cual estaba hirviendo demasiado. Le dijo a Calen que fuera por varios paños fríos, y cuando él salió, pasó su mano por todo el cuerpo de Cathanna, cerrando los ojos. Luego los abrió, tensando la mandíbula. Lo bueno era que no había encontrado nada raro en su alma, por lo que rápidamente descartó una posible muerte, pero eso no la hacía sentir tranquila, pues en todo el tiempo que llevaba trabajando en ese castillo, nunca la había visto desmayada. Ni enferma.

Cuando Calen llegó, tomó los paños y comenzó a limpiar la frente de Cathanna con cuidado, bajo la mirada nerviosa del hombre, quien se había sentado al otro lado de la cama, tomando la mano de Cathanna, temiendo que fuera algo grave. Esperaba que Selene dijera algo, pero ella seguía concentrada en limpiar el sudor de Cathanna. Finalizó poniéndole un paño limpio en la frente, y luego comenzó a quitarle el pijama. Calen se alarmó, poniéndose de pie enseguida.

—¿Qué crees que haces, mujer?

—Está acalorada, Calen —respondió, viéndolo a los ojos—. Considero prudente que, por esta noche, Cathanna duerma sin pijama.

Calen dudó mientras Selene seguía quitándole el pijama a Cathanna sin prestarle mucha atención. Él se dio la vuelta, pasando una mano detrás de su cabeza, evidentemente nervioso. No iba a ver a su hermana de esa manera; le parecía algo repulsivo y una falta grave de respeto hacia ella. Sacudió la cabeza rápido, mirando los cuadros en las paredes, encontrándolos más interesantes que de costumbre.

Se giró cuando Selene se lo indicó con voz dura, encontrándose con Cathanna arropada, aun con los ojos cerrados. Selene se encogió de hombros, volviendo su mirada a Cathanna, notando cómo sus pestañas rizadas se movían, como si quisiera abrir los ojos. Se sentó a su lado, despegando un mechón de cabello que había caído sobre el paño en su frente. Calen se acercó despacio y se acomodó a su lado.

—¿Cuándo le dirás? —preguntó Calen, viéndola.

—¿Decir qué cosa? —entrecerró los ojos, confundida.

—No te hagas, Selene. —Negó con la cabeza, riendo—. Te gusta.

Selene se sonrojó apenas, abriendo los ojos otra vez. Llevó un mechón de cabello detrás de la oreja, moviendo la cabeza de un lado al otro. Recorrió el rostro de Cathanna y su corazón saltó de alegría.

—No me gusta nadie más que mi novio —dijo ella.

—¿Te han dicho que mientes muy mal? —Ladeó una sonrisa.

—¿Acaso me estás analizando?

—Lo hago seguido con las personas. —Se encogió de hombros.

—No me gusta tu hermana, Calen. —Volteó los ojos, riendo apenas.

—Algo me dice que estás mintiendo con descaro, Selene.

—Eres un idiota de pies a cabeza.

—Y tú, una pésima actriz, muñeca preciosa. —Le guiñó un ojo, divertido—. No está mal que te guste Cathanna, es una mujer muy bella. Aunque... —dijo, aclarándose la garganta, bajando un poco la voz— terminará casándose con un hombre pronto. Así que es mejor que la aproveches cuanto antes, porque después no la verás tan seguido aquí.

—No me gusta tu hermana —explicó entre dientes.

—Repítelo hasta que te lo creas.

Selene se levantó de la cama de golpe.

—Me iré a mi habitación —señaló, caminando a la puerta—. Cuida muy bien de tu hermana. Si sucede algo, no dudes en buscarme, ¿bien?

—Buenas noches, Selene.

—Buenas noches, idiota mal hablado.

—¡Es parte de mi encanto!

—Bien, dile a tu encanto que baje la voz. —Salió de la habitación.

Calen se acomodó mejor en la cama, quedando de costado para mirarla. Cathanna respiraba con lentitud, sus labios estaban abultados y su pecho subía y bajaba de manera suave. Él alzó una mano y le acarició la mejilla, cuidadoso, como si tuviera miedo de romperla.

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