Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
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EL DRAGON DESCIENDE
A kilómetros de distancia, Dervían luchaba en otra aldea que ya no parecía un hogar sino un recuerdo en ruinas. Casas derruidas, techos ardiendo, muros convertidos en escombros y aldeanos corriendo sin rumbo entre humo espeso y llamas indomables componían el paisaje.
Los gritos se mezclaban con el crujir de la madera incendiada y el rugido de criaturas surgidas de la oscuridad.
-“¡Corran!”, gritaba un hombre cargando a su hija entre brazos.
-“¡Nos rodean, nos rodean!”, clamaba otro mientras intentaba sostener una puerta destrozada; una madre lloraba suplicando que alguien salvara a su pequeño atrapado bajo vigas ardientes.
Los demonios no dejaban de llegar, apareciendo entre sombras como una marea interminable que devoraba todo a su paso.
En medio del caos, Dervían permanecía en pie, inmóvil pero atento, observando el sufrimiento que lo rodeaba con una serenidad que no era indiferencia sino dominio interior.
—Debo… terminar esto de inmediato —susurró, con voz firme y calmada.
Cerró los ojos y cruzó los brazos sobre el pecho, aislándose del ruido del mundo; en ese instante no pensó en destrucción ni en rabia, no pidió venganza ni elevó un grito de guerra. Simplemente oró. Su espíritu se abrió con fe pura, profunda, sin espectáculo.
“Padre Celestial… guía mis fuerzas, ordena mi mente y permite que tu luz sea suficiente para terminar con esta oscuridad. Que no sea mi ira la que actúe, sino tu voluntad.”
La respuesta no fue un trueno ni un estallido, sino una luz suave que comenzó a emanar de su cuerpo, envolviéndolo como un manto protector. Sus ojos se abrieron y brillaron con un celeste intenso, sereno e inquebrantable. Su aura no era violenta; era sólida, impenetrable, un muro de fe levantado contra la sombra.
Con paso firme avanzó entre los restos de la aldea, y al levantar la mano liberó una poderosa onda de energía espiritual que se expandió con un susurro sagrado. La luz barrió las calles sin estridencia pero con autoridad absoluta; los demonios fueron lanzados por los aires como hojas arrancadas por el viento, chocando contra muros, desintegrándose en partículas oscuras que no dejaron rastro. La presión maligna se disipó y el silencio comenzó a reemplazar el horror.
Los aldeanos, incrédulos al principio, rompieron en aplausos y llanto; algunos cayeron de rodillas agradeciendo entre sollozos, otros alzaron las manos al cielo.
Una mujer mayor se acercó con dificultad y tomó la mano de Dervían con dedos temblorosos.
—¡Gracias! No sé cómo pagarle… —dijo con la voz quebrada.
Dervían inclinó levemente la cabeza y respondió con humildad sincera: —Estoy aquí para servir.
Pero entonces lo sintió.
Un grito desgarrador atravesó su mente, no como sonido sino como herida espiritual. Era lejano, pero imposible de confundir.
Era Gahiel. El dolor, la rabia y la resistencia obstinada de su hermano se mezclaron en un llamado que golpeó su espíritu con urgencia.
—¡Gahiel! —susurró, y su expresión cambió apenas, lo suficiente para revelar determinación
—. No puedo dejarlo solo.
Sin perder un segundo más alzó vuelo con toda su velocidad; el aire se partió a su paso mientras desaparecía en el horizonte.
Su hermano lo necesitaba, y él jamás permitiría que cayera.
En Solárium, los demonios reían… hasta que la luz cayó.
Dervían descendió como un juicio inevitable. El impacto sacudió la plaza central y el suelo se agrietó bajo sus pies mientras una explosión de energía expulsaba a las criaturas que rodeaban a Gahiel, lanzándolas lejos como si fueran polvo insignificante.
—¡BASTA! —su voz retumbó con fuerza y autoridad, resonando en cada rincón de la ciudad.
Los golpes se detuvieron. El silencio se impuso. Con un solo movimiento de su mano desintegró a los demonios que aún castigaban a su hermano y, avanzando sin titubeo, rompió las cadenas con un gesto preciso antes de sostener a Gahiel para que no cayera.
Gahiel levantó la cabeza; su rostro estaba cubierto de sangre y ceniza, pero su mirada seguía siendo desafiante.
—Te demoraste, hermano —murmuró con una sonrisa cansada.
Dervían sostuvo su peso con firmeza. —El Padre no llega tarde —respondió con convicción tranquila—. Llega cuando más se le necesita.
Gahiel dejó escapar una risa débil. —Sabía… que vendrías.
Un aplauso lento rompió el silencio. Belgor se puso de pie, observándolos con una sonrisa cargada de burla.
—Hermoso… de verdad hermoso. Gahiel intentó incorporarse; sus piernas temblaban, pero su orgullo no cedía.
Dervían lo miró con seriedad fraterna y le dijo en tono bajo pero firme:
—Descansa un momento, Gahiel. Permíteme sostener la línea. A lo que él respondió, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano:
—¿Descansar? ¿Y perderme lo que viene? Ni en sueños. Si va a caer… quiero verlo de frente.
Belgor volvió a aplaudir, despacio. —Qué conmovedor.
El dragón vino a salvar al oso —dijo con sarcasmo elegante—. Esto promete ser divertido.
No hubo más palabras. Los hermanos atacaron al unísono, fe y furia avanzando como dos fuerzas distintas pero perfectamente sincronizadas, uno con la serenidad impenetrable de quien confía plenamente en el Padre Celestial, el otro con la determinación feroz de quien jamás retrocede ante un desafío, y por primera vez en la plaza, la oscuridad dejó de sentirse absoluta.