Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
NovelToon tiene autorización de alee :) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
cap n°20
Los días pasaron con una rutina especial entre Isabella y el señor León. Cada vez que podía, él se tomaba el tiempo de enseñarle algo nuevo. A veces eran clases teóricas, con láminas de partes de armas y explicaciones sencillas que Isabella intentaba entender con los ojos muy abiertos; otras veces, eran ejercicios más prácticos, como sostener una pistola descargada, aprender la postura correcta, o incluso desarmar una pistola pequeña bajo su atenta y curiosa mirada.
—¿Y esta parte cómo se llama? —preguntaba Isabella, señalando el cañón de una Glock negra sobre la mesa.
—Ese es el cañón. Y esta, la corredera. ¿Ves cómo se mueve? —respondía León, mostrando con sus manos grandes y firmes el mecanismo, con la paciencia de quien quiere dejar una huella.
—¡Es más fácil de lo que pensaba! —decía ella, sonriendo orgullosa.
León solo la miraba con una mezcla de orgullo y preocupación. No era lo ideal, pero en su mundo, debía prepararla.
Así, los días se deslizaban entre lecciones, comidas compartidas y silencios que poco a poco se llenaban de confianza.
Hasta que llegó un día muy especial.
El cumpleaños número siete de Isabella.
Desde muy temprano, la casa se sentía distinta. Había un aroma a vainilla y chocolate que flotaba desde la cocina, y una música suave se colaba por los pasillos. Isabella despertó con los ojos brillantes, sin saber que esa sería una de las jornadas más felices de su vida.
Bajó las escaleras descalza, con su cabello aún revuelto por el sueño, y al llegar al salón… se quedó congelada.
Globos por todas partes. Una gran mesa decorada con dulces, pasteles, bandejas de chocolates, y regalos envueltos en papeles brillantes. Sirvientas que ya conocía desde que llegó la esperaban con sonrisas y gorritos de fiesta. Y entre todos… estaba él, el señor León, vestido de manera más informal, con una pequeña sonrisa orgullosa.
—¡Feliz cumpleaños, Isabella! —gritaron todos a la vez.
Isabella abrió la boca sorprendida. Dio unos pasos tímidos hacia la mesa, y luego giró la cabeza hacia León.
—¿Esto… es para mí?
—Todo esto es tuyo, pequeña —dijo él, agachándose para estar a su altura—. Hoy celebramos que hace siete años el mundo se hizo un poco más brillante.
Isabella no pudo evitar lanzarse a abrazarlo, envolviéndolo con sus brazos delgados.
—Nunca tuve algo así —murmuró, emocionada—. Con mamá solo comíamos un pedacito de queque… y a veces ni eso.
—Hoy tienes mucho queque. Y chocolate. Y amigos —le respondió León, despeinándola con cariño—. Y no estás sola.
Uno a uno fueron entrando algunos hombres que Isabella conocía bien. Amistades cercanas de León, que siempre le traían caramelos o le hacían bromas cuando venían a la casa. Ellos también llevaban regalos. Uno le trajo una muñeca con ropa de combate; otro, una linterna que se encendía con voz. Hasta uno de los más serios le entregó una pequeña caja con un reloj digital que decía "para cuando empieces a entrenar en serio".
—¡Gracias! ¡Gracias a todos! —decía Isabella mientras giraba sobre sí misma riendo.
Durante la tarde jugaron, comieron pastel de chocolate, rompieron una piñata, y hasta León se animó a cantarle el “Cumpleaños feliz”, aunque claramente no era cantante.
—Te salió horrible —dijo Isabella, riendo mientras lo miraba.
—Era con amor. No hay devolución —respondió él con una sonrisa suave.
La noche llegó y todos comenzaron a despedirse. Isabella ya estaba agotada, con el vestido algo manchado de chocolate y el cabello alborotado por tanto correr. Pero en su cara había una felicidad pura, radiante.
Mientras la ayudaban a lavarse y ponerse su pijama, Isabella le susurró a una de las sirvientas:
—Este fue el mejor día de mi vida…
Luego, ya en su cama, abrazada a un oso de peluche nuevo, vio aparecer al señor León en la puerta.
—¿Te divertiste? —preguntó él, cruzado de brazos.
—Mucho —dijo ella—. Gracias por todo.
—Me alegra. Te lo mereces.
—¿Sabes qué pedí cuando apagué la vela? —preguntó ella con tono travieso.
—¿Qué?
—Que todos mis cumpleaños sean contigo.
León se quedó en silencio por un momento, luego caminó hasta su cama, le dio un beso en la frente y le susurró:
—Entonces procuraré estar en cada uno, Isabella.
Ella sonrió y cerró los ojos.
Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, soñó sin miedo.
.
.
Antes de que te duermas, te tengo un regalo - dice el señor león, mientras saca una cajita.
Feliz cumpleaños, este es mi regalo pequeño.
Una caja cafe pequeña sin envoltura sin brillo.
que es esto? Pregunta isabella.
.
.
.