"Dos apellidos enfrentados. Un amor prohibido. Una vida que lo cambiará todo."
Camila Santana siempre supo que su familia odiaba a los Santoro. Creció escuchando historias de traiciones, sangre y ruina. Por eso, cuando la envían al extranjero a los ocho años, cree que escapa de ese infierno. Pero el infierno la espera a su regreso.
Veintitrés años, fogosa y decidida, Camila vuelve a casa para encontrarse con su destino: el hijo de los Santoro. Lo que nace entre ellos es un torbellino de pasión y peligro, de caricias que saben a pecado y miradas que prometen guerra. Pero el odio de sus familias no es un rumor: es una sentencia.
Cuando un embarazo inesperado los une para siempre, Camila deberá enfrentarse a la pregunta más difícil: ¿puede el amor de dos personas vencer al odio de dos apellidos? ¿O su hijo estará condenado a heredar una guerra que no eligió?
Una historia de amor, lealtad y el valor de romper cadenas.
NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2 El Mercader Pescante
El sol entraba a raudales por los ventanales del comedor cuando Camila bajó las escaleras al día siguiente. El aroma a café recién hecho y a pan tostado la envolvió como un abrazo, y encontró a sus dos hermanos mayores esperándola con una sonrisa que iluminaba sus rostros cansados.
—¡La hermanita en casa! —exclamó Joaquín, el mayor, dejando la taza de café para abrazarla con tanta fuerza que casi la levanta del suelo—. Vaya, pensé que solo te vería si iba a visitarte a ese lugar. ¿Cuánto tiempo, eh?
Felipe, el segundo, ya estaba con el teléfono en la mano, desplazando pantallas con entusiasmo.
—Hermana, ahora sí que te quedas, ¿verdad? Las cosas aquí están duras, pero necesitamos a una estratega como tú. He estado mirando lugares para llevarte de paseo, a ver si te reencuentras con la ciudad.
Camila sonrió, sintiendo por primera vez en años esa calidez familiar que tanto había extrañado. Se sentó a la mesa y tomó una tostada.
—Claro que sí. Para eso me he quemado las pestañas todo este tiempo —dijo con orgullo—. No he vuelto para ser un adorno.
Fue entonces cuando su padre irrumpió en la cocina como un vendaval. Venía con la camisa desabrochada, el cabello despeinado y el rostro marcado por el cansancio del viajero frecuente. Pero al verla, todo su cansancio se disipó.
—¡Mi princesa ha vuelto! —exclamó, soltando la maleta que cargaba y abriendo los brazos de par en par. Camila se levantó de un salto y se fundió en el abrazo de su padre, sintiendo el aroma a madera y a papel que siempre lo acompañaba—. En cuanto supe que estabas aquí, apuré todo para volver. No podía perder ni un segundo más sin verte.
—Papá...
—Siéntate, siéntate —dijo, apartándola suavemente para mirarla de arriba abajo—. Déjame verte bien. Estás más hermosa que nunca. La distancia te ha sentado bien.
Entre risas y charlas, el desayuno se convirtió en una fiesta. Joaquín contaba anécdotas de sus peleas en el club náutico, Felipe se quejaba de los Santos con una mezcla de odio y admiración que Camila encontraba divertida, y su padre, mientras se servía una taza de café, la miraba como si temiera que fuera a desaparecer.
—No sabes cuánto te hemos extrañado, hija —dijo su madre, entrando con una bandeja de frutas—. La casa no ha sido la misma sin ti.
—Ya estoy aquí, mami. Y no pienso irme.
*_*
Fue el celular el que interrumpió la escena idílica. La pantalla parpadeó con el nombre de Carola, su prima del lado materno, la única que no llevaba el apellido Santana y que siempre había sido su cómplice en las travesuras infantiles.
—¡Cami! ¿Ya estás aquí? ¿Por qué no me avisaste? —la voz de Carola era un torrente de emoción.
—Quería darles una sorpresa a mis padres primero. Pero ya estoy lista para verte.
—¡Pues prepárate! Lina y Amelia están conmigo. Nos reunimos en el café de la plaza en una hora. Y he llamado a todos los que pudimos contactar. Los de la infancia, ¿recuerdas? Algunos ya no están en la ciudad, se mudaron a capitales más grandes, pero los que quedan... te van a querer ver.
Camila sintió una punzada de emoción. Había mantenido el contacto con Lina y Amelia, incluso habían estudiado juntas en la universidad en el extranjero, pero ver al resto de sus amigos de la infancia era como recuperar un pedazo de su vida que había dejado atrás.
—Allá estaré —dijo, colgando.
*_*
La tarde se fue en un torbellino de risas y recuerdos. El café de la plaza se llenó de voces conocidas, de abrazos y de preguntas sobre su vida en el extranjero. Lina, siempre la más extrovertida, no pudo contener su entusiasmo.
—Cami, no sabes cómo están los Santoro ahora. Son los más guapos de la ciudad, de verdad. Si vieras a César, a Mariano y... Rocco. Ese Rocco está para comérselo —dijo Lina, con los ojos brillantes.
Amelia le dio un codazo a Lina, tratando de taparle la boca. Claro que sabían de la rivalidad entre las familias. Nadie en la ciudad lo ignoraba.
—Lina... no hables de ellos, ¿bueno? —murmuró Amelia, incómoda.
Camila negó con la cabeza, soltando una risa que no llegaba a sus ojos.
—No importa —dijo, alzando el vaso—. De todos modos, somos enemigos. No hay más que ocultar.
El grupo rió, aliviado, y el tema se desvaneció entre otras anécdotas y confidencias.
*_*
Esa noche, el Mercader Pescante, el hotel-restobar más famoso del puerto, vibraba con la música y el murmullo de las conversaciones. Camila y su grupo habían ocupado una mesa grande en la terraza, y las botellas de vino y los vasos de whisky se multiplicaban sobre la superficie de madera.
Camila se sentía ganadora. Llevaba toda la noche invicta en el juego de dados, y su mesa se había llenado de botellas pagadas por los perdedores de otras mesas, que se acercaban para probar suerte y también para admirar a la joven que, con una sonrisa pícara, les ganaba una y otra vez.
—¡Otra ronda! —gritó Camila, ya con la lengua un poco suelta, alzando los dados—. ¿Quién se atreve?
Varios jóvenes de otras mesas se acercaron, pero fue uno de los chicos de la mesa de enfrente quien comenzó una riña.
—¿A quién crees que estás mirando? —gritó uno de los amigos de Camila, poniéndose de pie.
—Esa chica no se toca —dijo otro, señalando a Camila, que estaba demasiado distraída para entender lo que pasaba.
Los hombres de la otra mesa se pusieron de pie a su vez, y la tensión cortó el aire. Carola, que estaba al lado de Camila, se puso pálida como un fantasma al reconocerlos.
—Cami... esos son... —susurró, pero no pudo terminar.
—Es que ella está haciendo trampa —dijo uno de los hombres de la otra mesa, señalando a Camila—. Así que...
Camila, que ya llevaba unas copas de más, se levantó tambaleándose y alzó la barbilla con altivez.
—¿Trampa? Yo nunca hago trampa. Eso jamás —dijo, desafiante.
Fue entonces cuando lo escuchó. La voz venía del fondo de esa mesa, grave, como la nota más baja de un violonchelo. Aterciopelada y peligrosa.
—Ya que la señorita está tan segura —dijo alguien, poniéndose de pie lentamente.