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Estoy De Vuelta

Estoy De Vuelta

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños / Reencarnación
Popularitas:937
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

El mundo de Julián se desplomó el mismo día en que descubrió que la lealtad tiene un precio. Lo tenía todo: un imperio financiero en ascenso, la admiración de la alta sociedad y el amor de la mujer con la que planeaba pasar el resto de sus días. Pero la ambición ciega de su mejor amigo destruyó cada uno de sus logros en cuestión de meses. Traicionado, despojado de su fortuna y abandonado por su prometida.
Su final no tuvo ni un ápice de gloria. Murió solo, tirado en un callejón frío, ahogado con un mendrugo de pan duro mientras hurgaba entre los desperdicios para sobrevivir un día más. Pero la muerte no fue el final; fue la grieta que reescribió su destino.

Al abrir los ojos de golpe, el olor a basura y el dolor en la garganta desaparecieron. Frente a él, el reflejo del espejo de su antiguo pent-house le devolvió la mirada. Estaba tres años atrás, intacto. haría que cada traidor pagara el precio exacto de su ambición.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: Sorpresa con la Auditoría

A las ocho de la mañana, el rascacielos de Rossi & Sterling no olía a café ni sonaba a murmuraciones ejecutivas; olía a ozono y a juicio final. Un frío casi quirúrgico paralizaba el vestíbulo, cortado a la mitad por el andar marchoso de doce auditores independientes. Trajes oscuros, miradas fijas, maletines de aluminio repicando al unísono.

Al frente del enjambre, Julián Rossi avanzaba sin pestañear, masticando la calma implacable de quien ya vivió este infierno en otra vida. A su lado, el licenciado Prado afianzaba contra el pecho una carpeta roja que pesaba como una guillotina: la orden judicial de inspección preventiva.

El ascensor privado chilló al detenerse en el piso de contabilidad. Las puertas se abrieron con un soplido de aire comprimido y el contingente se desplegó como una redada táctica. En segundos, tomaron el pasillo central, bloquearon las salidas de emergencia y se plantaron, sombríos, a espaldas de los analistas financieros.

—¡Atención todo el mundo! —la voz de Prado retumbó por encima del tecleo, haciendo saltar las teclas de golpe—. Por disposición de la presidencia y bajo la medida cautelar del tribunal mercantil, se decreta el inicio inmediato de una auditoría forense. Apaguen monitores, mantengan las manos visibles y dejen los teléfonos corporativos sobre los escritorios.

El pánico se propagó como una corriente eléctrica.

Un par de empleados intentaron cerrar frenéticamente pestañas en sus pantallas, pero los auditores cayeron sobre ellos, incrustando memorias USB cifradas que congelaron las computadoras en seco.

En el fondo del pasillo, la puerta del despacho principal reventó contra la pared.

Marcos Sterling emergió como un fantasma en ruinas: la camisa arrugada, los ojos inyectados en sangre y un vaso de agua temblándole en la mano.

Tras la debacle de la rueda de prensa y la humillante cancelación del compromiso entre Julián e Isabella, Marcos llevaba cuarenta y ocho horas inyectándose cafeína para borrar el rastro de sus transferencias fantasma.

—¿Qué demonios significa este circo, Julián? —rugió Marcos, abriéndose paso a empujones entre los auditores—. ¡No tienes la puta autoridad para pisar mi departamento sin la junta! ¡Es un abuso de poder!

Julián ni se inmutó. Mantuvo los puños sepultados en los bolsillos y lo calibró con una piedad helada, casi clínica.

—La junta revocó tus facultades ejecutivas ayer a las cinco de la tarde, Marcos —dijo con un tono rasposo, abrumadoramente tranquilo—.

Como presidente ejecutor, tengo el deber de revisar hasta el último centavo cuando hay olor a fraude. Y tus rastros dejaron de ser sospechas hace mucho.

—¡Eres un maldito paranoico! —siseó Marcos, acortando distancia hasta que Julián pudo oler el tufo rancio a alcohol y café quemado que salía de sus poros—. Estás haciendo arder la firma por una estupidez personal. ¡Te volviste loco!

—Aseguren los servidores centrales y requisen todo el equipo informático del señor Sterling —ordenó Julián, traspasándolo con la mirada sin regalarle una sola réplica.

Dos ingenieros penetraron en la oficina de Marcos.

Los cables cayeron arrancados de cuajo; los discos duros terminaron sellados en bolsas de polímero estático. Marcos vio volar la memoria física que albergaba las llaves de acceso a sus cuentas en Panamá y sintió un golpe seco en el estómago, como si el piso se hubiera abierto bajo sus pies.

Estaba acorralado.

Desorientado, chocando torpemente contra el marco de la puerta, giró en redondo, manoteó su saco del perchero y echó a correr hacia las escaleras de servicio, huyendo como una rata antes de que las patrullas cercaran el perímetro.

Tres horas después, el penthouse de los Loredan olía a derrota. La penumbra aplastaba la sala principal. Las cortinas tupidas amortiguaban la luz del mediodía sobre copas de cristal a medio consumir y periódicos arrugados donde la cara de Julián ilustraba portadas sobre fraude millonario.

Isabella caminaba a tirones sobre la alfombra, descalza, con el rímel corrido en surcos oscuros y la garganta desgastada de rasgarle gritos a su abogado. La anulación del compromiso y las demandas por facturación falsa habían bastado para que los bancos congelaran las cuentas de su padre. La bancarrota los acechaba a la vista de toda la alta sociedad.

El timbre sonó tres veces, seco y desesperado. Isabella corrió a abrir y se topó con Marcos: despeinado, la corbata hecha un guiñapo y el rostro desencajado.

—¡Nos desnudó, Isabella! —soltó él al irrumpir, pasándole el cerrojo a la puerta con pánico—. Entró con la policía y auditores al área contable... Se llevó los servidores duros. En menos de dos días los peritos van a romper el cifrado de Panamá y van a emitir las órdenes de aprehensión.

Isabella lo escaneó con una repulsión punzante. Avanzó un paso y le asestó un empujón brutal en el pecho que lo hizo trastabillar.

—¡Inútil de mierda! —chilló, apretando los dientes para contenerme—. ¡Garantizaste que todo estaba cubierto! ¡Dijiste que Julián era un imbéil manipulable que firmaría la cesión a ciegas! ¡Por tu incompetencia mi familia está arruinada y la prensa parece una jauría afuera del edificio!

—¡No fue un error mío! —chilló Marcos, tomándola fuertemente por las muñecas—. ¡Ese infeliz lo sabía todo! ¡Tenía coordinado cada movimiento desde el día uno! ¡Nadie actúa así, Isabella! ¡Ese tipo no está jugando limpio!

Isabella forcejeó para liberarse, pero la mirada extraviada de Marcos la heló por dentro. La trampa no solo devoraba su dinero; devoraba la fachada de perfección que tardó años en moldear.

—¿Qué mierda vamos a hacer? —susurró, dejando escapar por fin el temblor primario del miedo.

—Juntar efectivo y volar del país antes de que el juez dicte la preventiva —murmuró Marcos, apretando la mandíbula hasta que le crujió—.

Pero nos queda un último cartucho... La puestera. Si Julián enloqueció hasta el punto de hacer estallar su propia empresa por esa muerta de hambre, ella es la única palanca para obligarlo a retirar los cargos.

Al caer la tarde, una pincelada naranja barnizaba la esquina de La Sazón de Jimena.

Julián apareció a pie, despojado finalmente de la armadura corporativa. Sin saco ni corbata, con las mangas de la camisa arremangadas a los antebrazos, respiró profundo. El ambiente asfixiante de la auditoría se disipó al instante entre el crepitar del aceite sobre la plancha y la sonrisa de Jimena esperándolo tras la barra de acero.

—Miren nada más, llegó el señor de las noticias —dijo Jimena con destello picaresco, tendiéndole una franela limpia—. Saliste a mediodía en la televisión. Mis clientes no soltaron el tema en toda la tarde.

Julián soltó una risa baja, tomó el trapo y se acomodó en el banco de madera con la soltura de quien llega al único lugar seguro sobre la tierra.

—El circo llegó a su fin, Jimena —murmuró, clavando en ella una mirada intensa, cargada de alivio—. Hoy cerramos el cerco. No tienen a dónde huir.

Jimena le sirvió un plato humeante con dos gorditas de chicharrón prensado y se recargó sobre la barra, clavando en él sus ojos limpios y directos.

—Me alegro por ti, trajeado —dijo, rozando suavemente sus nudillos sobre la barra—. Pero jurame algo... Jurame que cuando termines de cobrarte cada factura, vas a soltar todo este veneno. No quiero verte convertido en una piedra como ellos.

Julián atrapó la mano de Jimena entre las suyas, sintiendo el calor real de su piel curarle las fisuras del pasado.

—Te lo juro —respondió con una firmeza que resonó en el pecho de ambos—. Contigo de este lado, a mí no me queda espacio para el rencor.

Mientras la luz incandescente del foco los envolvió en una escena cálida, al otro lado de la calle, envuelto en la penumbra, un sedán de vidrios polarizados mantuvo el motor encendido. Desde el interior, dos sombras siguieron cada movimiento de la pareja antes de poner marcha y perderse en la oscuridad de la avenida.

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Maria Cristina Roldan Rodam
aparenta ser muy interesante
Isa Yguaro: Espero que sea de su agrado. Si tiene alguna sugerencia, la recibiré con gusto.
total 1 replies
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