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UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Batalla por el trono / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:67.3k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*

Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.

Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 18: Detrás de una puerta tapiada.

Al día siguiente fue Elvira quien le forzó la mano, y sin saberlo.

—¡Alteza, va a quedar precioso! —La muchacha entró a los aposentos con las mejillas coloradas de la emoción—. Vienen maestros de obra de la capital. Van a arreglar el palacio entero para la boda: las galerías, los patios, el ala este…

Cassidy levantó la cabeza del bordado que fingía hacer.

—¿El ala este?

—Toda. Dicen que llevaba años cerrada y que Su Majestad quiere abrirla para alojar a los embajadores. —Elvira suspiró—. Va a ser la boda más grande del siglo.

Cassidy sonrió, le dio las gracias y siguió bordando durante media hora exacta, con la cara más plácida del mundo.

Después llamó a Adriano.

—Anoche.

—Dijiste que todavía no.

—Dije que todavía no porque creía que tenía tiempo. —Cassidy dejó el bordado—. En unos días va a haber treinta albañiles con picos en ese corredor. Y cuando tiren ese muro, van a encontrar lo que sea que haya adentro delante de treinta testigos, y el rey va a tener toda la mañana para decidir qué se saca de ahí y qué desaparece.

—O sea que o entramos ahora…

—O no entramos nunca.

El problema, como siempre, fue el ruido.

—No podemos tirar el muro —dijo Adriano, esa noche, con la mano apoyada en la piedra—. Un muro cayendo se oye en tres alas. Y aunque no se oyera, mañana hay un boquete y polvo por todo el corredor y se acabó.

—Entonces no lo tiramos. —Cassidy pasó la vela por la juntura, muy cerca, hasta que la llama casi tocó la argamasa—. Lo desarmamos.

—¿Cómo?

—Mira esto. —Rascó con la uña y salió un polvillo gris—. Esta argamasa es una porquería. Se hizo con prisa, de noche, seguramente con mala arena. Lleva veinte años ahí y se está deshaciendo sola.

Adriano rascó también, con la punta del puñal, y un trozo se desprendió sin resistencia.

—Se puede sacar piedra por piedra.

—Se puede sacar piedra por piedra —confirmó Cassidy—. Despacio, sin golpes, con la punta del cuchillo. Y lo mejor de todo: se puede volver a poner.

Escogieron la parte baja, junto al suelo, a la izquierda del arco, donde había un tramo de piedras más pequeñas. Y trabajaron tres noches.

Fue un trabajo miserable. De rodillas en la piedra fría, en la oscuridad, rascando argamasa con la punta de un puñal, parando cada pocos minutos a escuchar, recogiendo hasta la última mota de polvo con un trapo húmedo para que no quedara rastro en el suelo. Cassidy acabó con las manos en carne viva y las uñas rotas, y a la tercera noche tenía las rodillas moradas.

—Deberías dejarme a mí solo —dijo Adriano la segunda noche, viéndole las manos.

—Ni lo sueñes.

—Vas a llegar a tu boda con las manos de un cantero.

—Voy a llegar a mi boda con muchas cosas peores.

La tercera noche salió la última piedra.

Sacaron nueve en total, y quedó un hueco negro de poco más de un palmo de alto por dos de ancho, a ras del suelo. Un agujero por el que había que entrar arrastrándose de espaldas y encogiendo los hombros.

Cassidy acercó la vela.

Del otro lado salió un aire quieto, frío, con un olor que no era el de la humedad del resto del palacio. Era más seco. Más viejo. Un olor a tela guardada, a polvo dormido, a cuarto cerrado durante veinte años.

Se quedó mirando aquel agujero.

Ahí adentro hay una habitación en la que no ha entrado nadie desde antes de que naciera la mitad de la gente de este palacio. Y yo estoy a punto de meterme, de noche, sola con un hombre, a hurgar en las cosas de la esposa muerta del hombre con el que me caso en tres semanas.

Si esto sale mal, no hay explicación posible. Ninguna. No existe la frase que me salve de esto.

—¿Segura? —dijo Adriano.

—No. —Cassidy se recogió la falda y se tumbó en el suelo—. Sostenme la vela.

Se metió de espaldas, arrastrándose, con el polvo entrándole por la nariz y la piedra raspándole los hombros, y del otro lado se puso de pie en la oscuridad más completa que había conocido en tres vidas.

Adriano le pasó la vela por el hueco y entró detrás.

Cassidy levantó la luz.

Y se le paró el corazón.

Estaba todo.

Ese fue el primer golpe, y fue más fuerte de lo que esperaba. No era una habitación vacía y saqueada. No era un almacén. Era el dormitorio de una mujer, tal cual, intacto, con veinte años de polvo encima de cada cosa, como si alguien lo hubiera parado en mitad de un martes.

La cama grande con el dosel, deshecha. Las sábanas todavía revueltas del lado izquierdo, con el hueco del cuerpo marcado en el colchón. Un vestido azul colgado de un biombo, esperando a que alguien se lo pusiera. Un par de zapatillas junto a la cama, una derecha y una torcida, como se dejan los zapatos cuando se acuesta uno cansado y no cuando se guardan.

Un bastidor de bordado con una labor a medio terminar y la aguja todavía clavada en la tela.

Y en el suelo, junto a la ventana cegada con tablas, un caballito de madera pintado con las patas gastadas de tanto arrastrarlo.

Cassidy se quedó quieta.

Ay, no.

Un juguete. Un juguete de un niño de seis años, tirado en el suelo del cuarto de su madre.

Se le formó un nudo en la garganta que le costó tragar.

Y ese niño es el imbécil que me acorraló en una galería el mes pasado. El mismo que me tiró de un caballo. El mismo al que quiero ver destruido.

Fíjate qué cosa, Boone. Todos los monstruos empiezan siendo un crío que arrastraba un caballito de madera por el cuarto de su madre enferma.

—Cassidy. —Adriano estaba a su lado, muy pálido—. Esto no lo cerraron por dolor.

—No.

—Esto es una escena que no se quiso limpiar. —Miró alrededor—. Yo he visto sitios así. Cuando alguien mata a alguien y no tiene tiempo, cierra la puerta y se va.

Cassidy asintió despacio, y se puso a trabajar, porque lo único que la salvaba de la emoción era trabajar.

—Tú mira los muebles, los cajones y debajo de la cama. Yo voy a la mesita.

Lo primero que revisó fueron los frascos.

Estaban en la mesita de noche, junto a una copa de plata volcada y una cuchara. Seis frascos de vidrio grueso, cinco vacíos y uno con un dedo de un líquido oscuro y espeso, con una capa de polvo encima tan gruesa que tuvo que soplar dos veces para ver el contenido.

Cassidy destapó el que tenía resto. Acercó la nariz sin tocar, respiró desde arriba, con cuidado, como le había enseñado la biblioteca y como le había recordado el susto de su propia copa.

Y ahí estaba.

El mismo fondo. Amargo, terroso, vegetal, debajo de un olor dulzón a miel y a especias que alguien había puesto ahí precisamente para taparlo.

Se sentó en el borde de la cama de una mujer muerta, con el frasco en la mano.

—Es lo mismo —dijo.

—¿Estás segura?

—Segurísima. —Cassidy tapó el frasco—. Es el mismo que me sirvieron a mí en el vino. Y hay algo peor.

—¿Qué puede ser peor?

—Esto. —Levantó el frasco a la altura de la vela y le dio la vuelta.

Pegada al vidrio, amarillenta y medio despegada, había una etiqueta escrita a mano.

Adriano se acercó. La letra era clara, de hombre educado, y decía: Para la señora. Dos cucharadas al acostarse.

Cassidy notó cómo se le enfriaba todo el cuerpo.

—¿Entiendes lo que significa? —dijo, y le salió la voz rara—. A la reina no la envenenaron a escondidas. No le pusieron nada en la comida ni en el vino a espaldas de nadie. —Le tembló la mano—. Esto es una medicina. Recetada. Con etiqueta. Y con instrucciones.

Adriano tardó en hablar.

—O sea que se lo daban…

—Se lo daban delante de todo el mundo. —Cassidy se levantó de golpe, incapaz de seguir sentada—. ¿Lo ves? Es perfecto. Es lo más perfecto que he visto en mi vida. La reina se pone enferma. Llaman al médico. El médico le manda un remedio. La reina empeora, claro, porque el remedio es el veneno, y entonces le suben la dosis. Y cuanto peor está, más medicina toma. Y todo el palacio ve, durante meses, cómo la pobre señora se apaga a pesar de los cuidados. —Se giró—. Sus damas se lo daban con sus propias manos, Adriano. Con cariño. Contándole las cucharadas. Y cuando se murió, todas lloraron y ninguna supo nunca que la habían matado ellas.

Se hizo un silencio horrible en aquel cuarto.

—Y por eso no había que esconder nada —dijo Adriano, muy bajo.

—Por eso no había que esconder nada. Nadie sospecha del médico. —Cassidy se apretó la sien—. Y por eso mi copa. Alguien en este palacio sigue usando exactamente el mismo método, veinte años después. La misma sustancia. La misma paciencia.

—El mismo hombre.

—O el mismo oficio. —Cassidy guardó el frasco en el bolsillo interior de su capa—. Esto me lo llevo.

Lo segundo lo encontró Adriano, y lo encontró donde ella no habría mirado.

—Cassidy.

Estaba de rodillas junto a un arcón, con las manos metidas en un montón de ropa doblada.

—¿Qué?

—Esto pesa más de lo que debería.

Había sacado un envoltorio de tela. Y dentro de la tela, un libro de oraciones, de esos que llevaba encima cualquier dama noble de aquel reino. Tapas de cuero, cierre de metal, páginas de misal.

—Es un devocionario —dijo Cassidy—. Debe haber cincuenta iguales en este palacio.

—Ábrelo.

Lo abrió.

Y las primeras treinta páginas eran, en efecto, oraciones impresas.

Y a partir de la treinta y una, no.

A partir de ahí, alguien había escrito encima de las oraciones, entre las líneas, en los márgenes, con letra pequeña y apretada de mujer, aprovechando cada hueco blanco de cada página. Renglones y renglones metidos entre los rezos.

A Cassidy se le secó la boca.

—Adriano. Acerca la vela.

Es un diario. Es un diario escondido en el único objeto que en esta época nadie le revisa a una mujer, porque a nadie se le ocurre que una dama esconda algo en su libro de rezos.

Qué lista fuiste, señora. Qué desesperada y qué lista.

Empezó a leer, con la vela temblándole en la mano, y lo que leyó le fue helando la sangre línea por línea.

No estaba fechado. No hacía falta. La letra iba contando la historia sola.

Al principio era firme y ordenada, y hablaba de cosas pequeñas: de su hijo, de un dolor de estómago que no se le iba, de un médico nuevo que había mandado llamar su marido.

Después empeoraba. La letra se hacía más grande y más torcida, y las líneas empezaban a torcerse hacia abajo. Se quejaba de que no podía comer. De que se le caía el pelo a puñados y sus damas fingían no verlo. De que el niño lloraba cuando lo llevaban a verla y ella no tenía fuerzas ni para levantar la mano.

Y en algún punto, en la parte de abajo de una página, había una línea escrita con una letra distinta a todas las demás. Más apretada. Casi rasgando el papel.

Ya lo sé. No es una enfermedad.

Cassidy soltó el aire despacio.

Siguió leyendo.

Llevo tres días sin tomar el remedio. Lo tiro cuando salen. Y llevo tres días mejor. Ayer comí y no vomité. Hoy me levanté sola.

Se lo dije a mi doncella. Me miró con lástima y me dijo que la enfermedad me está haciendo desconfiar de todos. Le pedí que trajera al médico y que le preguntara delante de mí de qué está hecho. Ella se lo contó a otra persona antes que a mí.

Hoy volvieron con el remedio, y esta vez se quedaron a mirar cómo me lo tomaba.

Cassidy tuvo que parar y respirar.

Dios santo.

Esta mujer se dio cuenta. Se dio cuenta ella sola, sin libros, sin nadie que la ayudara, encerrada en un cuarto, con el cuerpo destrozado. Y no le sirvió de nada. Descubrió que la estaban matando y no tenía ni una sola persona a quien contárselo.

Y yo llevo dos meses quejándome de que estoy sola en este palacio, con dos aliadas, un guardia y tres reyes en el bosque.

Pasó dos páginas más y llegó a lo grande.

Fue tan de golpe que casi se le cae el libro.

Porque en un momento la letra cambiaba otra vez, y la mujer dejaba de escribir sobre su cuerpo y empezaba a escribir sobre su marido. Y lo que contaba no era la queja de una enferma, sino un relato ordenado, con nombres y con fechas, de algo que había pasado veintitantos años antes de aquel cuarto.

Contaba que ella no había estado prometida al rey.

Que estaba prometida a su hermano mayor.

Que ese hermano era el primogénito, el heredero, y que iba a ser rey y a casarse con ella en la primavera. Que era un hombre tranquilo, sin ambición, más aficionado a los caballos que al trono.

Y que se mató cazando, tres semanas antes de la boda, en una partida de la que volvieron ocho hombres.

Cassidy leyó aquella parte tres veces, con la piel de gallina.

Porque la reina contaba lo que le había dicho, años después, un montero borracho y arrepentido que se le echó a llorar en un pasillo. Que al primogénito no lo mató ningún accidente. Que lo mataron mientras bebía agua junto a un arroyo, y que el que lo mandó estaba a cincuenta pasos, sentado en su caballo, esperando a que terminaran.

Su hermano pequeño.

Y no lo denuncié—decía la última línea de esa página, con la letra ya rota—. Tenía diecinueve años, mi familia ya había firmado, y me casaron con él en el mismo verano. Y he dormido veinte años al lado del hombre que mandó matar al hombre con el que iba a casarme. Y me he callado. Y me he callado. Y me he callado.

Cassidy bajó el libro.

Se quedó de pie en medio de aquel cuarto muerto, con la vela en una mano y el devocionario en la otra, oyéndose el corazón.

Se me acaba de caer el mundo encima, Boone. Respira.

Este hombre no es solo el que invadió el reino de Adriano y mató a sus padres. No es solo el que envenenó a su esposa cuando ella descubrió lo que había hecho.

Este hombre asesinó a su propio hermano para robarle el trono. Y lleva treinta años sentado en él.

O sea que no es rey.

No es rey, Boone. Nunca lo fue. Es un usurpador dentro de su propia casa, y la corona que va a ponerme en la cabeza dentro de tres semanas se la quitó a un muerto.

Y detrás de esa idea vino la otra, y esa fue la que le puso las manos frías.

Y si él no es rey legítimo, su hijo tampoco es heredero legítimo. El príncipe no hereda nada. Ese muchacho lleva toda la vida creyéndose el dueño del imperio y no tiene derecho ni al caballito de madera.

Esto no es un papel viejo. Esto es una bomba capaz de tumbar una dinastía entera.

—¿Qué dice? —Adriano estaba a su lado; llevaba un rato hablándole y ella no lo había oído—. Cassidy. ¿Qué dice ahí?

Cassidy levantó la cara.

—Dice que tú no eres el único al que le robaron un trono.

Y se lo leyó, ahí mismo, a la luz de la vela.

Adriano escuchó de pie, sin moverse, con la mandíbula cada vez más apretada. Y cuando ella terminó, se quedó callado un rato largo.

—Mató a su hermano —dijo al fin.

—Mató a su hermano, se casó con la prometida de su hermano, y veinte años después mató también a la prometida, porque ella se enteró. —Cassidy cerró el libro—. Y en medio de todo eso, todavía le sobró tiempo para cruzar la frontera e invadir el reino de tus padres.

Adriano soltó una risa horrible, sin nada de risa dentro.

—Y a este hombre le juró lealtad tu padre. Y le juró lealtad medio continente.

—Todo el continente. —Cassidy miró el frasco de su bolsillo—. Todos de rodillas delante de un hombre que no tiene ningún derecho a nada.

Y entonces le pasó una cosa rara.

Miró aquella cama deshecha, aquel bastidor con la aguja clavada, aquellas zapatillas torcidas, y sintió algo que no había sentido en dos meses de palacio: que no estaba sola.

Escúchame, señora. No sé cómo te llamabas; hasta el nombre te lo taparon. Pero estuviste veinte años sentada al lado de ese hombre, sabiendo lo que sabías, con la boca cerrada y las manos quietas, y cuando entendiste que te estabas muriendo, no lloraste. Cogiste un libro de rezos y lo escribiste todo, con la letra que te quedaba, sabiendo que a lo mejor no lo leía nadie nunca.

Y lo escondiste bien. Tan bien que aguantó veinte años, un funeral, un cuarto tapiado y a un albañil con prisa.

Lo hiciste por si algún día venía alguien.

Aquí estoy.

Se guardó el devocionario contra el pecho, debajo de la capa.

—Nos lo llevamos todo —dijo—. El libro, el frasco y esa etiqueta.

—¿Y si lo notan?

—No lo van a notar. Cuando tiren este muro van a encontrar un cuarto con veinte años de polvo, la cama sin hacer y un juguete en el suelo. —Cassidy miró alrededor por última vez—. Nadie va a echar de menos un devocionario en un palacio lleno de devocionarios.

Recogieron. Cassidy dejó cada cosa exactamente donde estaba, pisando solo sobre sus propias huellas, y antes de agacharse hacia el hueco se giró un momento y se quedó mirando el caballito de madera.

Después salió.

Y ahí empezó lo malo.

Adriano fue primero, porque él pasaba peor por el agujero. Se tumbó de espaldas, metió los hombros, empujó con los talones.

Y se detuvo.

—Cassidy.

—¿Qué pasa?

—No sale.

—¿Cómo que no sale? —Ella se agachó con la vela—. Sal de espaldas, como entraste, encogiendo el…

—Cassidy. —La voz de Adriano sonó rarísima desde dentro del hueco—. Que no hay salida. Hay piedra.

Se le heló la sangre.

—Eso es imposible.

Adriano se retorció hacia atrás y salió arrastrándose, con la cara y el pelo grises de polvo. Se puso de rodillas y le quitó la vela de la mano.

Cassidy se tiró al suelo y metió la cabeza y un brazo en el agujero.

Y lo tocó.

Piedra. Piedra encajada, apretada, ocupando entero el hueco que ellos habían tardado tres noches en abrir. No estaba puesta de cualquier manera: estaba calzada con cuñas, ajustada, empujada desde el otro lado con fuerza.

Sacó la mano despacio y se quedó sentada en el suelo, con la espalda contra la pared de una mujer muerta.

Alguien nos vio entrar.

Alguien estuvo ahí fuera, en ese corredor negro, esperando a que nos metiéramos los dos. Y después, sin una palabra, sin un ruido, se puso a devolver las piedras al hueco una por una mientras nosotros estábamos aquí adentro leyendo.

Estuvo a tres metros de mí. Y yo no oí absolutamente nada.

Adriano golpeó la piedra dos veces con la empuñadura del puñal. Sonó macizo.

—Está calzada desde fuera —dijo—. Dos hombres, por lo menos. Esto no lo hace uno solo tan rápido.

Cassidy miró la habitación tapiada, sin ventanas útiles, sin puertas, sin más aire que el que había.

Miró la vela.

Le quedaba, calculó, algo menos de un tercio.

—Adriano.

—Dime.

—Cuando la vela se apague —dijo, con una calma que no sentía—, se acaban los planes.

1
Luz Angela Castillo Ramirez
😭😭
Sandra Chana
👏👏👏 chapeaux!
Margarita Acuña Cerda
Lo peor es el poder el rey hace lo que quiera ,ahítame este tiempo quien tenga poder hace lo mismo simi miremos al demonio de trump o los narcos 😔😔😔😔😔
Margarita Acuña Cerda
Y por favor hecha a las putizorras también 🤭🤭🤭3
Roxana Gardilcic
eres genial!! un nivela alucinante!!
Margarita Acuña Cerda
Oye autora es muy entretenida la novela me encanta🤣🤣🤣🤣🥰🥰🥰
Margarita Acuña Cerda
Jajaja que se quede con los 3 me gusta🥰🥰🥰🤭🤭😠
DAINADIE ZAMOR
Excelente historia 👍 👏🏽 🥰
Maria Gonzalez Gonzalez
que bonito detalle de la cena preparada a la luz de las velas 😍❤️😍❤️😂
Maria Gonzalez Gonzalez
pinche necia que eres Cassidy 😡 caes gorda de verdad y no lo digo por tu físico, sino porque de verdad que la estás cagando con tus miedos, Cobarde 🤔
Maria Gonzalez Gonzalez
vamos Cassidy, amar duele, pero si de verdad lo sientes no mata, al contrario te fortalece y te hace feliz ❤️🤔😂😍
Maria Gonzalez Gonzalez
por favor autora que no se muera Adriano, él no por favor 🙏🙏🙏🙏
Maria Gonzalez Gonzalez
🥹🥹😭😭😭😭
Margarita Acuña Cerda
Se ve bastante buena veremos como va la cosa🥰🥰🥰
Maria Gonzalez Gonzalez
pues si esos nobles solo luchan por su causa, lo demás no les interesa, son igua o peor que el usurpador solo que ellos no van a las guerras 😡
Maria Gonzalez Gonzalez
exelente actuación Aurora 🤔😃😂
Maria Gonzalez Gonzalez
el otro enemigo que tiene Aurora en el Castillo es el mayordomo mayor abusada Cassidy, ponte trucha 🤔😃
Maria Gonzalez Gonzalez
pues yo creo que lo que puede hacer es que el rey te corretee por toda la pieza de la alcoba cuando ya esté súper exitado con la medicina del médico brujo y así lo forzas más de lo debido y wuala se muere de verdad de un infarto fulminante porque no se pudo desahogar, como cuando los drogan y no se pueden liberar sexualmente 🤔😂😍😃
Maria Gonzalez Gonzalez
jajajaja jajajaja que cosas no??😂😂😂😂 aún no se inventa el viagra y ya tiene sus antecedentes primarios 😂😂😂😂🤔
Maria Gonzalez Gonzalez
esa Leonor no sabe con quién se meten 🤔😂😍😃
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