En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.
Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.
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Capítulo 02
Elara colapsó en su lecho de cristal, su voz se apagó, su cuerpo exhausto. Su aura de vidente se desvaneció, dejándola frágil y vulnerable una vez más. Los Videntes más cercanos corrieron a atenderla, susurraban oraciones y rituales de protección.
Seraphina se quedó paralizada, las palabras de la profecía grabadas a fuego en su mente. "La montaña escupa fuego". "Una sombra ardiente desde el sur". "Las llamas eternas". La implicación era inconfundible. Embercliff. El reino volcánico al sur, separado de Frostvale por las imponentes Montañas Grises, había sido durante siglos un vecino hostil, pero nunca una amenaza de esta magnitud. Los rumores de sus "Maestros del Fuego" y sus fortalezas construidas en la lava eran cuentos de advertencia para los niños, no una realidad inminente.
Pero la parte de la "serpiente de la traición" y "el rostro de un amigo" era lo que más le pesaba. ¿Quién en su corte podría albergar tal oscuridad?
—Mi Reina... —comenzó Isolde, su voz aún temblorosa—. ¿Embercliff? ¿De verdad? Han sido... silenciosos durante décadas.
—Silenciosos, sí —respondió Seraphina, su voz baja, pero con una resonancia de autoridad que sorprendió incluso a Isolde—. Pero el fuego, Isolde, nunca permanece dormido para siempre. Solo espera el momento de estallar.
Theron se arrodilló, su voz firme.
—Mi Reina, sus órdenes. Reforzaremos las fronteras. Prepararemos nuestras legiones.
Seraphina asintió, su mirada fija en el lejano sur, donde sabía que las montañas de Embercliff se alzaban, sus picos humeantes apenas visibles en el horizonte claro.
—Reúne al Consejo. Inmediatamente. Necesito que se envíen exploradores. Patrullas dobles en todas las rutas fronterizas. Y quiero que los Maestros de la Forja trabajen día y noche en más armamento. Que nadie descanse.
El Consejo de los Señores del Hielo se reunió poco después, sus rostros marcados por la preocupación y el escepticismo. La idea de un ataque a gran escala de Embercliff era casi impensable. Había habido escaramuzas a lo largo de los siglos, incursiones de bandidos y disputas territoriales, pero nunca una invasión. Los dos reinos estaban separados por una barrera natural aparentemente infranqueable.
El Señor Kaelen, un hombre corpulento con una barba de escarcha y una reputación de pragmatismo, fue el primero en hablar.
—Mi Reina, con todo respeto a la Gran Oráculo, una profecía puede interpretarse de muchas maneras. ¿Un ataque de Embercliff? Es impensable. Sus recursos son limitados en nuestras tierras. Nuestras defensas son impenetrables.
Seraphina golpeó la mesa de cristal con un puño cerrado, un sonido seco y contundente.
—¡Impenetrables, dices, Señor Kaelen! ¡La profecía habla de que "las defensas de cristal se harán añicos"! ¿Creéis que la Gran Oráculo, que lleva viendo el futuro de Frostvale desde antes de que nacierais, se equivoca? Su cuerpo casi se rompe al entregarnos estas palabras. No es una mera interpretación, es una advertencia grave.
Otro Consejero, Lady Lyra, una mujer conocida por su cautela, intervino.
—Pero, Su Majestad, ¿"la serpiente de la traición"? ¿En nuestras propias filas? Eso es lo que más me inquieta. ¿A quién podríamos sospechar?
Seraphina suspiró, su mirada recorriendo los rostros de sus consejeros, cada uno de ellos un pilar de su reino, algunos amigos de la infancia. La idea de que uno de ellos pudiera ser el traidor era un golpe en el estómago.
—Esa es la pregunta que me atormenta, Lady Lyra. No lo sé. Pero debemos estar alerta. No solo contra el fuego exterior, sino contra la podredumbre interior.
La reunión se prolongó durante horas, las discusiones eran acaloradas y tensas. Se tomaron decisiones: se reforzaría la Guardia Real, se enviarían espías a las Montañas Grises para observar la actividad de Embercliff, y se iniciaría una búsqueda discreta de cualquier indicio de deslealtad dentro de la corte. Pero una capa de miedo y desconfianza se había posado sobre la mesa del consejo, un veneno sutil que ya estaba empezando a hacer efecto.
Al final, Seraphina se encontró sola en sus aposentos, el fuego crepitaba en la chimenea de hielo, su único consuelo. La Máscara de Hielo, el símbolo de su autoridad real, reposaba en una mesa cercana. No era solo la amenaza externa lo que la aterraba; era la idea de la traición, de una puñalada por la espalda, de ver a un amigo transformarse en un enemigo.
Miró por la ventana, la luna llena brillaba sobre la fortaleza, su luz plateada transformaba las torres en fantasmas iridiscentes. El viento aullaba, un lamento sombrío. La profecía helada había sido entregada. El destino de Frostvale, un reino de hielo y belleza, ahora pendía de un hilo, amenazado por el fuego del sur y la oscuridad interior. Y Seraphina, la Reina del Hielo, sintió el peso abrumador de su destino, un destino que parecía estar entrelazado con las llamas que se avecinaban.