Daniel es un joven marcado por traumas infantiles profundos. Vive emocionalmente anestesiado hasta que aparece una entidad desconocida que le ofrece un trato:
olvidar el dolor y purificar su alma… a cambio de cumplir misiones en distintos mundos.
Pero hay una trampa elegante:
no puede borrar su pasado hasta volverse digno de hacerlo.
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El último eco del valle
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Capítulo — El último eco del valle
El sol se escondía lentamente detrás de las colinas, tiñendo el valle de tonos anaranjados y violeta.
El río murmuraba con la misma calma que había tenido desde que Daniel lo había observado por primera vez.
El joven orco estaba frente a él, más cerca ahora que antes, pero sin palabras.
Daniel percibió la curiosidad y el respeto que emanaba, y también una confianza silenciosa que pocos habían podido generar en él.
Tharen permanecía un poco atrás, vigilante, aunque su atención no era solo por protección.
Era… reconocimiento.
—Has aprendido a mirar —dijo finalmente Tharen, su voz baja—. No solo las acciones, ni los gestos, ni los ruidos. Lo que pocos ven: los silencios, los vacíos, lo que late bajo la superficie.
Daniel cerró el cuaderno con suavidad.
—No puedo cambiar este mundo.
—Ni debes —dijo Tharen—. Solo puedes comprenderlo.
—Y he comprendido —murmuró Daniel—. Cada orco, cada gesto, cada decisión… incluso la lucha por mantener lo que creen suyo. Todo tiene un lugar, un propósito.
El joven orco dio un paso adelante y luego otro, hasta quedar junto a Daniel.
—Nunca había visto a alguien… mirar así —dijo, con una mezcla de respeto y sorpresa—. No solo a nosotros… sino a todo.
Daniel lo miró con sus ojos cristalinos, serenos.
—Porque lo que nadie quiere ver… a veces es lo más importante.
El orco asintió, y por un instante ambos permanecieron en silencio, escuchando el río.
No había palabras necesarias. Todo había sido dicho en sus gestos, en sus miradas.
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El valle comenzaba a oscurecerse, y con la llegada de la noche, Daniel sabía que era momento de marcharse.
—Mi tiempo aquí termina —dijo finalmente—.
El joven orco lo observó, como si comprendiera la magnitud de esa frase.
—Entonces… nos veremos otra vez, quizás.
Daniel apenas asintió, pero no prometió nada.
Porque no estaba allí para prometer, sino para observar y aprender.
Tharen puso una mano sobre su hombro.
—El equilibrio se ha restaurado. Tu presencia ya no altera este mundo de forma destructiva.
—Solo fue necesario ver —dijo Daniel—. Reconocer lo que estaba oculto.
El río siguió murmurando mientras el valle caía en la oscuridad.
Las luces del campamento se encendieron, y los orcos regresaron a sus hogares.
Todo volvió a su ritmo natural.
Daniel escribió una última línea en su cuaderno antes de guardarlo:
"No puedo cambiar lo que existe. Solo puedo ver y aprender.
Y a veces, eso basta."
Tharen observó a Daniel mientras lo guardaba.
—Estamos listos para el siguiente mundo.
—Sí —dijo Daniel—. Todo lo que tenía que aprender aquí… ya lo hice.
El joven orco se despidió con un gesto simple, respetuoso.
Daniel lo miró mientras desaparecía entre la penumbra del valle.
No había promesas, ni vínculos forzados. Solo un reconocimiento profundo, mutuo y silencioso.
El valle quedó en calma.
El río siguió su curso.
Y Daniel, junto a Tharen, dio el primer paso fuera de ese mundo.
Un mundo que había sido observado, comprendido y finalmente dejado en paz.
—Hacia el siguiente —dijo Tharen—.
—Hacia lo que sigue —respondió Daniel, con sus ojos cristalinos reflejando la luz de la luna.
El viento del norte los acompañó mientras el mundo orco quedaba atrás.
Y aunque nadie lo sabía todavía, Daniel había dejado una marca silenciosa en aquel lugar.
No una huella de poder, ni de conquista, sino de comprensión, lo que a veces es más fuerte que cualquier espada.
El camino continuaba.
Y los secretos del universo esperaban, pacientemente, a ser descubiertos.
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