No creas ni por un instante que mi historia de vida será la típica de hombres salvajes y predecibles. La mía se escribe con fuerza, con intención, con estrategia… con una presencia que se desliza bajo la piel y deja huella.
Haré que tu corazón pierda el compás, que se acelere y se rinda al ritmo de mis movimientos, como si cada paso que doy marcara el destino entre nosotros.
No será una simple historia… será mi historia la que te deje un pulso constante, una tensión que te erice la piel y te obligue a sentir cada latido en sintonía conmigo.
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Sangrado nasal
Eso es lo que siempre se me enseñó y lo que viví.
Y, sin embargo…
Ella no corrió como una presa común. No gritó. No suplicó. Evaluó. Midió. Eligió retirarse en lugar de enfrentarse a mí en un estado desfavorable. Eso no es debilidad; es estrategia.
Intentó invocar un arma de su anillo espacial. Lo sentí. La fluctuación de energía fue breve, inestable… pero real. Y aun cuando falló, no perdió tiempo en dudar. Se movió.
Incluso agotada.
Incluso sabiendo que yo la observaba.
Y su aroma…
Maldición.
No era solo agradable. Era embriagador. Cada inhalación golpeó mis sentidos con una intensidad que rozaba lo intolerable. No era un simple olor corporal; era esencia. Algo en ella hablaba directamente a mi lobo. Lo llamó. Lo provocó.
Despertó mi instinto de caza.
Despertó algo más.
Esta pequeña hembra.
Mi agarre en su cabello se tensó apenas ante ese pensamiento, no por crueldad sino por la necesidad de afirmarme. De recordarme que soy un rey. Que domino mis impulsos.
Su sangre aún permanecía en mi lengua, con un sabor dulce, metálico y cálida. No era hambre lo que sentía.
Era posesión.
- ¿Qué eres…? Le dije a ella en voz baja casi como un susurro.
Entonces el sonido de cascos aproximándose rompió el momento.
Mis hombres emergieron entre los árboles y se detuvieron en seco al presenciar la escena: ella arrodillada frente a mí, mi mano en su cabello, la cercanía peligrosa entre nuestros cuerpos.
El silencio se volvió incómodo.
Avergonzados, giraron los caballos casi de inmediato, desviando la mirada con evidente tensión.
Uno habló con rigidez:
—Su Majestad… ya es hora de regresar al palacio.
Palacio.
La palabra atravesó la bruma de mis pensamientos.
Solté su cabello lentamente, sin apartar mis ojos violetas de los suyos. Mi respiración ya era estable. Mi postura, impecable.
Pero el lobo dentro de mí seguía alerta.
Y sabía algo con absoluta certeza:
Ella no era débil.
Y eso lo cambiaba todo.
Perspectiva de ella:
Mientras su mano seguía firme en mi cabello, obligándome a mantener el rostro en alto, yo no pude evitar fijarme en cada detalle de él provocando un calor inesperado dentro de mí.
El dolor punzante en mí cuello aún latía bajo la tela rasgada, cálido, vivo. Pero no era eso lo que me desestabilizaba ahora.
Lo estaba mirando.
De cerca.
Demasiado cerca de esa "parte" en especial, que se marcaba.
Como si fuera un plus, la luz se filtraba entre los árboles que marcaban los ángulos del rostro de él: la línea definida de su mandíbula, la firmeza de sus pómulos, la sombra leve bajo sus ojos violetas intensos. Su piel bronceada contrastaba con la oscuridad de su cabello, que caía apenas desordenado sobre su frente.
Su torso desnudo, sus abdominales tensándose sutilmente con cada respiración profunda. Cada inhalación expandía su pecho, cada exhalación hacía que las sombras sobre sus músculos se acentuaran.
Sus brazos… firmes, fuertes, las venas, sobre todo las venas que recorrían esos antebrazos y bíceps de forma visible, especialmente ahora que mantenía la tensión en la mano que sujetaba mi cabello. Era tan ardiente.
La combinación era malditamente abrumadora.
Su mandíbula estaba apretada, el cuello marcado por la tensión contenida al estarnos mirando, su nuez se movía lentamente al tragar saliva, como si se estuviera conteniendo. La cercanía hacía que el calor de mi cuerpo me envolviera aún más en cada segundo que pasábamos en esa posición.
Se ve tan dominante~
Tan varonil~
Tan peligrosamente atractivo~
Mi respiración se volvió aún más irregular, no por miedo esta vez, sino por una tensión distinta. Más silenciosa. Más confusa. Más ardiente. Entonces me sangró la nariz pero fue justo cuando aparecieron los hombres, entonces aproveché y rápidamente me limpié esa sangre.
- ¿Por qué reaccionó así? Mi cuerpo ardía mientras pensaba.
Estaba arrodillada. Vulnerable. Dominada.
Y aun así…
No podía apartar la mirada de él mientras decía en mi mente - Que malditamente guapo~
.
.
.
El hombre soltó el cabello de Aelina Moonveil lentamente, sin apartar sus ojos violetas de los de ella. La respiración de él ya era estable nuevamente. Su postura, impecable.
Sin añadir una sola palabra, el se inclinó y la tomó con brusquedad calculada. La levantó del suelo y la cargó sobre su hombro de él como si no pesara nada, como si fuera apenas un saco de tela. El cuerpo de Aelina Moonveil cayó contra la espalda de él, mientras el cabello de ella se deslizaba hacia abajo.
—¡Suéltame, maldito! —gritó Aelina Moonveil, golpeando la espalda de él con el puño, forcejeando pese a su evidente agotamiento.
La resistencia de ella solo confirmó lo que ya sabía él.
Sin detener el paso, él le dió una nalgada firme para que ella dejara de agitarse. No fue para herirla, sino para imponer orden. El gesto fue seco, dominante.
—Silencio —ordeno él con voz grave, sin alzarla.
Inesperadamente, ella se quedó callada, pero no era porque lo obedeció sino porque el agotamiento la venció quedando inconsciente.
El se acercó a su caballo y con la misma facilidad con la que la había levantado a ella, montó sosteniéndola aún sobre su hombro. Luego la ajustó contra su costado, asegurándola con un brazo firme alrededor de su cintura para que no cayera.
Los hombres permanecieron en silencio absoluto.
El hombre giro las riendas.
El caballo comenzó a moverse.
Y mientras ellos se internaban fuera del bosque, el sabía que el regreso al palacio no sería sencillo.
Porque no llevaba a una simple prisionera.
Llevaba un problema.
.
.
.
El bosque no era territorio salvaje.
Era el coto de caza real.
Al salir de la espesura, el paisaje cambió abruptamente: senderos delimitados, estandartes con el emblema de un lobo con la corona ondeando con el viento, soldados apostados con lanzas en formación ordenada. Más allá, caballos finamente ensillados, nobles vestidos con telas costosas y damas cubiertas de sedas y joyas observaban el área donde momentos antes se había desarrollado la cacería.
Y entonces lo vieron.
A él emergiendo del bosque.
Con Aelina Moonveil.
El murmullo fue inmediato.
Los soldados bajaron la mirada con respeto automático, golpeando el suelo con el asta de sus armas. Los nobles hombres se quedaron rígidos, desconcertados, intercambiando miradas cargadas de preguntas que ninguno se atrevía a formular.
Pero fueron las damas quienes reaccionaron con mayor intensidad.
Sus abanicos se detuvieron a medio movimiento. Sus ojos recorrieron la escena: Aelina Moonveil sostenida contra él, su ropa ligeramente desordenada, la marca en su cuello apenas visible, la cercanía indiscutible.
Estupefacción.
Luego recelo.
Después algo más oscuro.
Envidia.
bueno lo importante es que el la esta cuidando pero hay le va tocar difícil con todas esas mujeres
hay no que paso