NovelToon NovelToon
La Dulce Villana

La Dulce Villana

Status: En proceso
Genre:Época / Villana / Viaje a un mundo de fantasía / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:11.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydi Nina

La dulzura la llevó a la muerte.
En su segunda vida, aprendera a disfrutar del miedo ajeno, a sonreír mientras destruye y a usar el deseo como castigo. Convertida en la Villa jugara con sus presas como con una hoja afilada: lenta, precisa e inevitable.


La dulzura fue su condena. La villanía, su salvación.

NovelToon tiene autorización de Leydi Nina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Príncipe heredero

No fue un impulso.

Eso es lo que me repito mientras avanzo por el salón, con la música aún vibrando en el aire y la mirada de medio reino clavada en mi espalda. Un impulso sería torpe, visible, fácil de excusar. Esto, en cambio, fue una decisión. Calculada. Tal vez no brillante, pero mía.

La vi antes de moverme.

Miriam estaba cerca de una de las columnas, demasiado quieta para alguien que pertenece a este mundo. Las damas entrenadas se mueven como si la música las empujara; ella no. Ella observaba. Como si el baile no fuera un deber sino un espectáculo ajeno.

Eso me atrajo.

Lithya… Lithya había bailado perfecto. Impecable. Hermosa. Tan correcta que dolía. Cada paso suyo me recordó exactamente lo que se esperaba de mí el resto de mi vida. Cada giro fue un recordatorio del camino ya trazado.

Y yo estaba cansado de caminar por líneas rectas.

Sentí la tensión de mis padres incluso antes de separarme de ellos. La reina no dijo nada. No lo necesitaba. El rey me miró como si ya estuviera sopesando consecuencias. Aun así, di el primer paso.

Luego el segundo.

El silencio cayó antes de que yo me detuviera frente a Miriam.

Cuando me incliné, sentí el peso de todas las miradas. El tipo de peso que solo se siente cuando sabes que estás rompiendo algo… y aun así sigues adelante.

—¿Me concedería este baile?

Cuando tomé la mano de Miriam y la conduje al centro del salón, sentí el peso exacto de lo que estaba haciendo… y aun así seguí adelante.

La música nos envolvió con un ritmo más lento, casi indulgente. Miriam bailaba con una concentración sincera, contando pasos que no necesitaban contarse. No tenía la precisión de una dama entrenada desde la cuna, pero había algo en su forma de moverse —una honestidad torpe, una ausencia total de cálculo— que me resultó peligrosa.

Sonreí más de la cuenta. Reí en voz baja. Me permití olvidar, por unos instantes, que cada giro estaba siendo observado.

Fue entonces cuando noté el cambio.

No ocurrió de golpe. Fue un deslizamiento sutil, como cuando una corriente gira bajo el agua. Los murmullos bajaron apenas. Algunas miradas dejaron de seguirnos. Otras se tensaron.

Busqué instintivamente a Lithya.

Estaba unos pasos atrás, cerca de sus padres. Erguida. Impecable. Y entonces lo vi: el temblor calculado en su respiración, la forma exacta en que bajó la mirada, como si el golpe acabara de alcanzarla.

No gritó. No avanzó. No hizo una escena.

Hizo algo peor.

—Padre… —dijo, con la voz lo bastante frágil para viajar.

No escuché cada palabra, pero no fue necesario. El salón entero pareció inclinarse hacia ella. “Prometida”. “Vergüenza”. “Debut”. Palabras pequeñas, colocadas con una precisión quirúrgica.

Sentí cómo la música seguía… pero ya no marcaba el ritmo del salón. El ritmo lo marcaba ella.

Mi padre se volvió hacia mí desde la distancia, y su expresión cambió. No era furia abierta. Era decepción. La más peligrosa de todas.

Seguí bailando. O eso intenté.

Miriam me hablaba, decía algo que no registré. Yo solo veía cómo Lithya se aferraba al brazo de su padre, cómo varias damas se acercaban a ella con gestos de solidaridad entrenada, cómo el murmullo crecía como una herida mal cerrada.

Comprendí, demasiado tarde, que el centro del salón ya no éramos nosotros.

Era ella.

La prometida herida. La joven duquesa humillada. La víctima perfecta.

El último giro llegó. Solté la mano de Miriam con una inclinación correcta, casi automática. Los aplausos fueron escasos, dispersos, incómodos. Nada que se pareciera al reconocimiento que esperaba.

Entonces vi a Lithya moverse.

No corrió. No huyó. Caminó con una fragilidad elegante, como si cada paso le costara, como si el peso del salón entero descansara sobre sus hombros. Se detuvo junto a una columna. Aceptó agua. Bajó la cabeza.

Y el reino la siguió.

Cuando salió hacia uno de los balcones laterales, fue como si el aire regresara de golpe a mis pulmones… solo para escapar de nuevo.

Quise ir tras ella.

Di un paso.

Me detuve.

Cobardía, otra vez.

Desde donde estaba, solo pude ver cómo las puertas se cerraban suavemente tras su figura. El murmullo volvió, más espeso, más venenoso. Ya no se hablaba del baile. Se hablaba de mí.

Y en ese instante entendí algo que me heló la sangre:

Lithya no había perdido el control. Yo sí.

Mientras ella salía a tomar aire, el salón seguía girando… pero ya no alrededor del príncipe heredero.

Giraba alrededor de la ausencia que yo mismo había creado.

La rabia me ardía en la garganta.

No fue una emoción elegante ni controlada. Fue cruda, inmediata, imposible de disimular. Sentí cómo me apretaba el pecho mientras el archiduque se alejaba de Lithya, dejándola en el centro del salón como si acabara de coronarla con una sola danza.

Necesitaba hacer algo. Cualquier cosa.

Una sirvienta apareció a mi lado con una bandeja de plata. No miré su rostro. No pregunté qué era. Tomé la primera copa de vino que encontré y bebí de un solo trago, sin importarme el protocolo ni las miradas que empezaban a volver hacia mí.

El líquido bajó caliente. Demasiado rápido. Demasiado intenso.

Me serví otra copa sin pedir permiso.

No estaba pensando con claridad, y lo sabía. Pero en ese momento no me importó. Si Lithya podía sonreírle a ese… archiduque enmascarado, yo no iba a quedarme quieto como un espectador humillado.

Busqué a Miriam con la mirada.

La encontré cerca de una de las paredes laterales, rodeada por dos damas que fingían conversación mientras la devoraban con curiosidad. Cuando me acerqué, sus ojos se iluminaron de inmediato. Esperanza. Expectativa. Algo peligrosamente conveniente.

—¿Te has aburrido? —pregunté, con una sonrisa que no sentía.

—No —respondió—. Solo… estaba observando.

Observando a Lithya, quise decir. Observando cómo el salón la celebraba.

Le ofrecí mi brazo.

—Acompáñame —dije—. Necesito… distraerme.

Sentí varias miradas clavarse en nosotros cuando comenzamos a movernos. No hacia el centro del salón. No hacia la música. Caminé con ella despacio, asegurándome de pasar justo por donde sabía que Lithya podía vernos.

No la miré directamente. Pero la sentí.

Sentí su presencia como una presión en el aire, como si el espacio entre nosotros se hubiera tensado. Reí un poco más alto de lo necesario. Incliné la cabeza hacia Miriam. Dije algo trivial, algo que sonara íntimo.

Quería provocar. Quería verla reaccionar. Quería arrancarle esa calma insoportable.

Tomé otra copa de la bandeja de un sirviente que pasaba y se la ofrecí a Miriam. Ella dudó apenas antes de aceptar. Bebimos. Reímos. Me incliné para decirle algo al oído que ni siquiera recuerdo.

Esperé sentir la victoria.

Pero no llegó.

Cuando finalmente me atreví a mirar hacia donde estaba Lithya, la encontré distinta a como la había imaginado. No rígida. No herida. Estaba hablando con una de las damas mayores, escuchando con atención educada, como si yo no existiera.

No había rabia en su rostro. No había celos. Ni siquiera interés.

Eso me golpeó peor que cualquier reproche.

Bebí de nuevo.

El vino ya no sabía a nada, pero el calor seguía acumulándose en mi cuerpo, nublando mis pensamientos, empujándome a seguir adelante por pura inercia. Miriam se apoyó un poco más en mí. Su risa sonó cercana, cómoda.

Y por primera vez en la noche, entendí algo con una claridad incómoda:

No estaba usando a Miriam para hacer rabiar a Lithya.

Me estaba usando a mí mismo para no aceptar que Lithya ya no me miraba como antes.

Seguí sonriendo. Seguí bebiendo. Seguí actuando como si aún tuviera el control.

Pero en el fondo, mientras el salón seguía girando y la noche avanzaba sin piedad, una certeza amarga se asentó en mi pecho:

No había provocado nada en ella.

La única persona perdiendo la compostura… era yo.

Después de eso, la noche se vuelve… confusa.

No hay un punto exacto donde pueda decir aquí tomé esta decisión. Solo recuerdo el calor. Un calor extraño, denso, que no se parecía al efecto normal del vino. Me recorría la piel, me aceleraba el pulso, me volvía impaciente, torpe, demasiado consciente del cuerpo y demasiado poco de las consecuencias.

Recuerdo reír. Recuerdo beber. Recuerdo a Miriam muy cerca.

Demasiado cerca.

Su mano en mi brazo. Luego en mi pecho. Su voz baja, suave, diciéndome que debía descansar, que el salón estaba sofocante, que había habitaciones tranquilas reservadas para los invitados distinguidos.

Eso debería haberme detenido.

No lo hizo.

Caminamos por pasillos que conocía desde niño y que, aun así, esa noche parecían ajenos. Las antorchas eran demasiado brillantes. El aire demasiado espeso. Mi cabeza… mi cabeza no funcionaba bien.

La puerta se cerró.

Eso sí lo recuerdo.

Después, fragmentos. Risas ahogadas. Manos torpes. El calor creciendo hasta volverse insoportable. Ropa que no recordaba haber empezado a quitar.

No hubo ternura. No hubo claridad.

Solo impulso. Solo fuego. Solo una sensación insistente de ahora, como si nada más existiera.

Y luego… oscuridad.

Cuando desperté, la luz de la mañana fue un castigo.

Me dolía la cabeza. La boca seca. El cuerpo pesado, exhausto, como si hubiera corrido una guerra en sueños. Tardé varios segundos en entender dónde estaba.

Una habitación de invitados. Sábanas revueltas. Y Miriam, dormida a mi lado.

El pánico llegó tarde, pero llegó con fuerza.

Me incorporé de golpe, el recuerdo cayendo sobre mí como una avalancha incompleta. No recordaba haber decidido quedarme. No recordaba haber pensado en Lithya, en el reino, en nada.

Solo ese calor. Esa urgencia.

Antes de que pudiera moverme, la puerta se abrió.

No suavemente. No con discreción.

Se abrió de golpe.

El primero en entrar fue el padre de Miriam, el rostro rojo de ira y triunfo mezclados en proporciones peligrosas. Detrás de él… el rey.

Mi padre.

El silencio fue absoluto.

Sentí el peso de su mirada incluso antes de que hablara. No gritó. No preguntó. No necesitó hacerlo. Sus ojos recorrieron la escena con una frialdad que jamás le había visto.

Yo, en la cama. Miriam, despertando sobresaltada. Las pruebas imposibles de negar.

—Levántate —ordenó el rey, con una voz tan controlada que resultaba aterradora—. Ahora.

Obedecí.

El padre de Miriam comenzó a hablar de honor, de reputación, de responsabilidades inevitables. Sus palabras se superponían, pero apenas las escuchaba. Todo lo que podía pensar era una sola cosa, martillándome la cabeza con una claridad tardía y cruel:

Esto no estaba en mis planes. Nada de esto.

Y, sin embargo, aquí estaba.

Encontrado. Expuesto. Atrapado.

La imagen de Lithya cruzó mi mente como un relámpago: su calma, su sonrisa contenida, su baile con el archiduque. Comprendí entonces, demasiado tarde, que mientras yo perdía el control de mi cuerpo y de mi juicio…

Ella había ganado el control de la historia.

El rey me miró una última vez antes de darse la vuelta.

—Hablaremos de esto —dijo—. Y créeme, hijo… el reino no olvidará esta mañana.

La puerta se cerró.

Y por primera vez desde que comenzó la noche del debut, entendí el verdadero alcance de mi error.

No había provocado celos. No había recuperado poder.

1
valeska garay campos
se lee interesante 🤔
María Alejandra Ramírez González
excelente pero no es bonito el corte tan brusco de la historia
Limaesfra🍾🥂🌟
si que es intenso y apasionado..el ya decidio, sera su archiduquesa💃
Limaesfra🍾🥂🌟
🐍🐍aplastadas
Limaesfra🍾🥂🌟
golosa
Limaesfra🍾🥂🌟
chau chau princes😝😛🤣🤣🤣🤣
Limaesfra🍾🥂🌟
chau chau princes😝😛🤣🤣🤣🤣
Limaesfra🍾🥂🌟
🤣🤣🤣🤣 eso Lythia
Lorena Itriago
menos mal que no habría más besos jajajaja
Leydi Nina: menos mal jajajaja
total 1 replies
Gladys Padrón
me encanta
Leydi Nina: Muchas gracias por tu comentario 😊
total 1 replies
Teté chan
Y Lo Repito es Perfecta /Plusone/
Teté chan
es perfecta
Teté chan: sigue escribiendo te estaré leyendo 😊😊😊😊😊😊
total 2 replies
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play