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Susanne confió en quien no debía, lo entregó todo y descubrió muy tarde que un falso juramento puede llevarte al infierno.
Sin nada más que perder, que una vida que la axficia, tomará un camino de venganza lento y hasta humillante, pero si quiere ver a su enemigo caer de la cima al fango, ella tendrá que meterse hasta en su cama, con una nueva identidad y destruir lo que ese hombre atesora
Lo que Susanne no sabe es que en medio de su venganza, su corazón vuelva a amar y que eso pueda ser más peligroso que cumplir con su venganza.
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15. Encuentro inesperado
El sendero se estrechó sin que Susanne lo notara de inmediato. Había seguido el bosque solo un poco más de lo habitual, lo suficiente para sentirse lejos de la villa y, por primera vez en muchos meses, sin la mirada constante de tutores, criadas o advertencias.
El caballo avanzaba con paso seguro. Ella lo montaba bien; Mercedes había insistido en que una dama que no sabía montar era una dama incompleta, aunque ahora no parecía una dama envuelta en vestido elegante, más parecía un jinete de competencia, en cuerpo de mujer. Aun así, cuando el camino desapareció del todo y el bosque se cerró, Susanne detuvo al animal.
- “Genial…”, murmuró la joven de cabellos rojos, más para sí que para el caballo.
Fue entonces cuando escuchó el otro trote; antes se hubiese asustado, ahora era otra, tenía un cuchillo en la bota, y un arco en la espalda, porque ser una damisela en peligro, no iba a ser una característica de ella; ahora era Lady Samantha, la futura duquesa de Salamanca.
Susanne giró la cabeza. El hombre que apareció entre los árboles no llevaba librea, ni escolta, ni el aire solemne de los salones. Montaba con naturalidad, sin rigidez. Vestía de viaje. El caballo respondió a una orden suave y se detuvo a unos pasos de ella.
Fernando la observó primero como se observa a alguien que podría necesitar ayuda. Él la miró distinto, no la miró como trofeo, no la miró con deseo, la miró como la casi niña, que ella trataba de ocultar.
- “Parece que el sendero decidió abandonarnos a ambos”, dijo Fernando, con una media sonrisa tranquila.
Susanne dudó un segundo. No estaba ensayada para esto, aquello no era una conversación de salón, o una guerra de palabras, o una pelea de guantes blancos, en que las palabras agudas ganaban las batallas.
- “Eso parece. O tal vez, no he sabido seguirlo”, respondió Susanne.
Fernando bajó del caballo con un movimiento sencillo, sin apuro.
- “Los caminos no siempre están donde nos dijeron que estarían. ¿Te asusta estar perdida?”, comentó Fernando
Ella negó con la cabeza.
- “No. Me asusta volver a encontrar el camino demasiado pronto, a veces uno necesita respirar tranquilamente”, dijo Susanne.
Fernando la miró con más atención entonces. No su postura aprendida. Sino su voz , había algo infantil ahí, algo que no cuadraba con la seguridad que proyectaba.
- “Entonces no estás perdida, solo estás en pausa”, expresó Fernando.
Susanne parpadeó, no sonrió, no respondió enseguida; miró los ojos azules frente a ella, que parecía reconocer, pero no se imaginaba dónde.
- “Hablas como alguien que no teme quedarse quieto”, dijo Susanne finalmente.
- “Habla alguien que ha aprendido que correr no siempre es avanzar”, replicó él. “¿Te has hecho daño?”, preguntó.
- “No”, respondió ella.
- “¿Montas desde hace mucho?”, consultó Fernando.
- “Desde que aprendí que es más fácil controlar un caballo que ciertas emociones”, replicó ella.
Fernando soltó una risa breve, suave.
- “Eso suena a experiencia, no a lección aprendida en libros”, comentó Fernando.
- “No todo lo importante se aprende donde dicen que debe aprenderse”, respondió ella, casi sin pensar.
Fernando la miró entonces con algo distinto. No con curiosidad, ni atracción, sino con el mismo instinto protector que había guiado su vida, pero que en ese momento se sentía más necesario que nunca.
- “No deberías estar sola tan adentro del bosque. No porque no seas capaz, sino porque a veces nadie debería estar solo”, comentó Fernando.
Susanne bajó la mirada. Fue un gesto mínimo, pero sincero.
- “A veces, es la única forma de respirar”, dijo Susanne en voz baja.
Fernando no discutió eso.
- “Entonces, respiremos un poco más”, propuso Fernando. “Luego buscaré el camino contigo”, añadió.
Ella alzó la vista, sorprendida.
- “¿No te preocupa llegar tarde?”, preguntó Susanne.
- “Si llego tarde, llegaré con la paz que da la naturaleza. Y eso suele ser mejor que llegar a tiempo sin ella”, respondió Fernando.
Susanne lo observó. Había algo que no se encontraba fácilmente, una muestra genuina de respeto. Y, sin saber por qué, eso la hizo sentir más valiosa, que los ojos halagando la distinción aprendida o la impecable evaluación de su belleza.
- “Gracias”, dijo ella, simplemente.
Fernando inclinó la cabeza, como si agradeciera él.
- “Por cierto, me llamó Fernando", expresó él.
Ella dudó. El nombre verdadero pesó en su lengua; pero la razón le forzó a decir el que ahora poseía, porque un error podía ser fatal.
- “Samantha”, dijo ella.
Fernando sonrió con naturalidad, como si el nombre le bastara.
- “Es un gusto perderme contigo, Samantha”, replicó él.
Ella sostuvo la mirada. Era extraño, desde que era Lady Samantha, sentir que no era observada, sino vista, sin el título, como si él pudiera ver a la persona que habitaba en ella, a la verdadera.
Y en ese instante, Fernando aún no podía saber que ella se convertiría en la tentación que podría socavar sus más grandes creencias; y Susanne no sabía que él se podría convertir en la debilidad que no esperaba tener.
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