Aira Kanzaki es una asesina de élite marcada por un pasado oscuro. Liam Torres, un joven hacker brillante, nunca buscó peligro… hasta que ella entró en su vida.
Ahora ambos están atrapados en misiones letales, secretos ocultos y una organización capaz de destruirlos. Entre balas, códigos y traiciones, nace una conexión que ninguno puede ignorar.
¿Podrán cumplir la misión… o sobrevivirá el sentimiento que intenta unirlos?
En un mundo donde amar es un riesgo,
solo aquellos que rompen el código pueden vivir.
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Lista y fuego
El refugio era pequeño, oscuro y olía a sopa fría. La dueña de la pensión les había apartado una habitación sin preguntas; a cambio, Aira había enseñado a los vecinos a vigilar por la noche. No era mucho, pero era un respiro en medio del asedio.
Aira dormía sentado en una silla, agotada; Liam no podía pegar ojo. Su mirada se perdía en una pantalla improvisada donde repasaba los fragmentos de datos que había logrado salvar. Ninguno de los dos hablaba demasiado —las palabras podían dejar huellas—, pero el silencio estaba lleno de planes.
A la hora convenida, la luz de la puerta se encendió. El comandante Raik apareció, sólo. Venía con paso firme, traje pulcro pero desgastado en la mirada. No traía cámaras ni acompañantes. Se quedó en el umbral, mirándolos como el padre que vuelve de una guerra con malas y buenas noticias.
—No están solos —dijo antes de saludar—. Pero tampoco podemos hacer esto públicamente. Esto termina en tribunales si alguien lo filtra, y no quiero que nadie entregue sus nombres por miedo al premio. —Hizo una pausa—. He conseguido algo que creo que os servirá: una lista de lugares y nombres. Sitios donde buscar pruebas que puedan despejar tu nombre, Liam. Pero no será un paseo: habrá mercenarios y pantallas que os buscan. No confíen en la policía. Sólo confíen en esto —dijo, y deslizó un sobre grueso sobre la mesa.
Liam lo tomó con manos temblorosas. Dentro había folios con nombres, direcciones y anotaciones en tinta rápida. Era una hoja con direcciones, números de caja, nombres de empresas y personas que, según la inteligencia oculta del comandante, tenían relación directa con las rutas por las que habían salido los datos.
Raik enumeró voz baja, como si cada frase pudiera ser escuchada por un drone:
—Primero: un centro de respaldo en el muelle Este —“Almacén 14” en la lista—. Allí guardan servidores temporales para transacciones internacionales; alguien los usó como espejo.
—Segundo: un despacho contable en el distrito financiero —“Oficina R. Kato” en la lista—. Manejan cuentas pantalla que reciben pagos por la red clandestina.
—Tercero: una clínica de datos en la zona industrial —“Clínica Mirai” en la lista—. No es médica: es fachada para almacenamiento y limpieza de registros.
—Cuarto: un contacto humano —“Marta Ibarra”, nombre y teléfono adjuntos—. Fue empleada de una de las diez corporaciones; dejó mensajes indirectos hace meses y podría tener documentos físicos.
—Quinto: una caja de seguridad en un banco regional —número de caja incluido—. Alguien dejó ahí copias impresas de contratos; si están, podrían probar la ruta de pagos.
El comandante los miró con dureza:
—Estos son los lugares que creo que tienen más posibilidades. No hay garantías. Y, por favor: no llamen a la policía. Ellos están bajo presión pública, y Kael tiene influencia. Si vais por la vía oficial, os señalan y la prensa nos hiela. Solo confíen en los nombres de este sobre. Yo cubriré vuestras espaldas desde dentro: dos equipos míos estarán fuera de vista para ayudar en una retirada si algo sale mal.
Aira cerró la mano alrededor del papel. La determinación que había en sus ojos era la misma que en la primera misión, solo que ahora había algo más: protección personal por Liam.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó Liam, con voz tensa pero firme.
—El muelle —respondió Raik—. Es el punto más accesible y el que nos da un mapa de lo que viene. Pero id por separado. Dos rutas distintas atraen menos atención. Y un aviso: alguien dentro del cuartel filtró la ruta de escape anoche. No sabemos quién es. No confíes en nadie con acceso elevado.
Raik se despidió en la penumbra, ofreciéndoles una última advertencia:
—Si os piden identidad oficial, inventad una. Si os ofrecen dinero… huid. No caigáis en la trampa moral de negociar vuestras pruebas.
Hacia el muelle
Aira y Liam se separaron en dos rutas distintas con una hora de diferencia. La lluvia de la madrugada cubría sus huellas; la ciudad, todavía aturdida por las noticias, parecía indiferente a su paso. Liam caminó con la mochila al hombro, cámara oculta, credenciales falsas. Aira se movió como una sombra tras las cajas y contenedores, con pistola silenciada y mirada vigilante.
El muelle 14 era un laberinto de metal y solitario personal nocturno. Desde fuera, parecía un almacén más; por dentro, sin embargo, había filas de estanterías con unidades en cajas blindadas y un empleado de seguridad con aire de vigilante que no preguntaba demasiado… hasta que Liam activó un pequeño gesto incorrecto al acercarse al registro.
La puerta del almacén se abrió con un chillido y un hombre grande, de barba espesa, señaló con firmeza:
—¿Qué hace a estas horas, chico? —su voz sonó desafiante.
—Entrega nocturna —dijo Liam, sosteniendo una factura forjada. El hombre no creyó del todo, pero permitió que pasara tras una revisión sencilla.
Liam se movió entre sombras y llevó su lector de ondas a una de las cajas marcadas en la lista. No abrió servidores —no lo haría; eso sería peligro técnico y legal—, pero buscó etiquetas, números de serie y cualquier referencia física. Encontró lo que necesitaba: una pegatina con una referencia que encajaba con los datos que había visto la noche del robo. Una pieza mínima, pero útil.
Apenas salió, alguien lo atacó por la espalda: un golpe seco, manos que tiraron la mochila. Aira apareció en el estrecho, con la pistola lista. Había previsto el punto de entrada de Liam y lo cubrió sin ruido. En el forcejeo, cayeron tres hombres armados: mercenarios, curtidos y con mirada de dinero. El combate fue rápido, coreográfico y brutal; Aira movía el cuerpo como una herramienta precisa, neutralizando sin matar, mientras Liam recuperaba el lector y los papeles hallados.
—¡Vámonos! —ordenó ella.
—Tengo lo necesario —respondió él, jadeando—. La etiqueta apunta a la Oficina R. Kato. Está en el distrito financiero.
Se apartaron, corriendo por pasillos secundarios. La huida fue sucia: sirenas lejanas, pasos que resonaban. Cuando por fin se detuvieron en un refugio improvisado, Liam miró la etiqueta con atención.
—No es la prueba final —dijo—. Pero es un hilo. Si lo seguimos, podemos encontrar la cadena de pagos y quién autorizó la transferencia.
Aira apretó los dientes. Tenían un mapa parcial; lo siguiente era peligroso: entrar al distrito financiero significaba cámaras, guardias y, potencialmente, policías que habían sido sobornados o forzados a mirar a otro lado. Raik lo había dicho: no confiar en la policía.
Oficina R. Kato
La oficina de contabilidad estaba en el piso trece de un edificio de cristal. Las recepciones eran frías y los vidrios reflejaban el río. Liam y Aira no entraron juntos; él fingió ser un mensajero, y ella quedó en un coche a dos calles, lista para entrar si algo iba mal.
Dentro, Liam habló con la recepcionista y logró que lo dejaran pasar con una excusa: una supuesta factura urgente. Mientras esperaba en la sala, revisó las carpetas físicas que había traído. La Oficina R. Kato tenía cajas de archivo con sellos de varias empresas. En uno de esos expedientes encontró una copia de una transferencia: nombre de la corporación, número de cuenta y fecha. En el folio había una firma —no era la firma final, sino una rúbrica mecánica que coincidía con una de las referencias de la “Clínica Mirai”.
Al salir, sin embargo, un tipo extraño se cruzó en su camino, casi en broma. Le pasó una tarjeta con el logo de una empresa de seguridad privada y, en un susurro, dijo:
—Cuidado con las historias viejas. Algunas personas ya cobran por ellas.
Liam sintió el escalofrío: la red de Kael era vasta. Apenas cruzó la calle, Aira lo recogió y se apartaron por un callejón. Tenían más: un nombre, una fecha, una posible ruta de dinero. No era la inocencia probada, pero era un mapa que crecía.
La Clínica Mirai y el banco regional
Los siguientes días fueron una mezcla de espionaje urbano y enfrentamientos. En la Clínica Mirai, disfrazados como técnicos de mantenimiento (gracias a documentación cubierta por Raik), encontraron una sala de servidores con unidades de respaldo que mostraban trazas de limpieza de logs. Liam grabó los paneles con un dispositivo oculto; Aira limpió y dejó indicios: señuelos que harían pensar que la sala había sido usada por un tercero. Cuando salieron, un grupo de mercenarios intentó cerrarlos; Aira y Liam lucharon con precisión. El enfrentamiento en un corredor estrecho terminó con dos atacantes neutralizados y una retirada forzosa por alcantarillas antiguas.
La caja de seguridad en el banco regional fue la más difícil: requería un acceso físico y una excusa convincente. El banco estaba bajo vigilancia; sin contactos oficiales era casi imposible. Pero Raik movió una pieza detrás de escena: un empleado que debía entregar unas llaves en protocolo confidencial se encontró de pronto “retirado” por una noche. Esa pequeña grieta fue suficiente para que Liam, con paciencia y nervio, abriera la caja y encontrara un paquete de papel plastificado: contratos, recibos y una factura con una transferencia de la corporación que había asumido control tras el sabotaje. Había otro nombre, una cuenta en un banco extranjero y una referencia que llevaba directamente a una de las empresas asociadas con Kael.
Traición interna
Cuando empezaban a atar hilos, Liam y Aira supieron lo peor: alguien había intentado acceder al sobre que el comandante había entregado antes de que ellos salieran. No hubo pruebas concluyentes, pero el intento bastó para confirmar la palabra de Raik: la filtración había venido desde dentro. Había manos que trabajaban para la recompensa y para la influencia. El comandante, furioso, no podía mostrarlo sin romper protección y exponer la red que él mismo estaba usando para ayudarles.
—Nos siguen —dijo Aira en voz baja—. Cada vez que encontramos algo, aparece una sombra.
—Pero también encontramos pruebas —respondió Liam, mirando la pila de papeles que habían conseguido—. No son pruebas finales, pero al menos es una cadena. Si podemos conectar la transferencia con el banco y con la persona que autorizó el envío, podemos demostrar que mi laptop fue usada como señuelo, no como origen.
Raik apareció con noticias: había conseguido una pequeña ventana de tiempo. Dos agentes del equipo de confianza bloquearían una ruta de datos durante cuarenta y ocho horas para proteger lo que habían recuperado y ayudarles a mover la evidencia a un lugar seguro. Era poco, pero era todo lo que necesitaban.
La emboscada final
Cuando se dirigían a un último punto —un almacén tercero que aparecía en los papeles—, la trampa se cerró. No fue un encuentro casual: mercenarios con pulseras oscuras y rostro cubierto los esperaban. Parecían disciplinados, no improvisados; alguien había pagado para que aprendieran rutas y horarios. La lucha fue larga y peligrosa. Aira peleó con furia controlada; Liam improvisó tácticas digitales con un mini-dispositivo: interferencias, cegamientos momentáneos, y las maniobras que había aprendido en el cuartel para engañar cámaras. Lograron escapar por los pelos, arrastrando a uno de los atacantes inconsciente como prueba. En su chaleco encontraron una tarjeta con un nombre: “F. Marlowe — Seguridad Privada: Atlas”. Atlas era una de las compañías que trabajaban como fachada para redes oscuras.
—Eso nos da sentido —dijo Liam, jadeando—. Atlas aparece en los pagos. Atlas enlaza con la clínica. La clínica enlaza con la caja. Es una cadena.
Promesa y preparación
La noche terminó con ellos exhaustos, la lista del comandante reducida a menos puntos, pero con pruebas cada vez más sólidas. Habían aprendido que no podían confiar en la policía; que la maquinaria del estado podía volverse contra ellos en un abrir y cerrar de ojos. Solo tenían a Raik, algunos pocos hombres de confianza y los papeles que habían arrancado de la oscuridad.
Aira limpió las manos y miró a Liam con una expresión que mezclaba cansancio y ternura. Él le ofreció la mano, y la tomó. No era un gesto romántico apenas; era la afirmación de que, pase lo que pase, seguirían.
—Mañana —dijo Aira— iremos por Marta Ibarra. Si ella tiene lo que crees, Liam, esto podría cambiarlo todo.
Liam asintió, sosteniendo la mirada.
—Esta vez no solo recuperamos pruebas. Recuperamos la verdad.
En la penumbra, el comandante Raik observó desde la distancia. Sabía que el tablero avanzaba, y que Kael no tardaría en mover la siguiente pieza. Pero también sabía que la valentía de dos personas con poco más que su ingenio era peligrosa para cualquiera que pensara que un nombre bastaba para destruir una vida.
La lista se hacía más corta, la cadena más visible. Pero la guerra por la verdad era todavía larga. Y en la noche, cuando la ciudad dormía, alguien con ojos fríos registró sus movimientos en una pantalla. La trampa no había terminado; simplemente había cambiado de forma.