Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.
Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.
Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.
Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.
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Capítulo 22
Álvaro despertó lentamente.
El cuerpo aún estaba pesado, pero la mente ya no estaba en turbulencia. La luz de la mañana entraba por las cortinas, demasiado suave para alguien que había pasado la noche al borde del colapso.
Claudio estaba sentado cerca, observándolo en silencio.
—Dormiste algunas horas —dijo, en voz baja—. Lo necesitabas.
Álvaro parpadeó varias veces, intentando ubicarse.
—Ayslan… —murmuró—. Ella aún no ha vuelto, ¿verdad?
Claudio respiró hondo.
—No.
Álvaro cerró los ojos, sintiendo que el dolor apretaba de nuevo, pero ahora sin desesperación. Era un dolor lúcido. Consciente.
—Se fue porque tuvo miedo —continuó Claudio—. Y con razón. Estabas diciendo cosas sin sentido, hablando con la urna, mezclando pasado y presente. Eso asustó a Ayslan.
Álvaro se pasó la mano por el rostro.
—Recuerdo… —dijo—. Recuerdo todo. Y me avergüenzo.
Se demoró algunos segundos antes de continuar:
—Claudio… no sé vivir sin ella —confesó—. Lo descubrí demasiado tarde… pero la amo. No como sustituta. No como recuerdo de Bruna. Amo a Ayslan.
Claudio sintió el peso de esa frase.
—Entonces escúchame —dijo, firme—. Si realmente la amas, necesitas tratarte. Necesitas curarte.
Álvaro lo encaró.
—¿Y si aún así no regresa?
—Si no te tratas, nunca va a regresar —respondió Claudio—. Pero si enfrentas esto… te prometo que iré a buscarla cuando estés mejor.
Los ojos de Álvaro se llenaron de lágrimas.
—¿Me lo prometes de verdad, hermano?
—Lo prometo —respondió Claudio, sin dudar—. Pero tú necesitas cumplir tu parte.
Álvaro asintió lentamente.
—Lo haré —dijo—. Haré lo que sea necesario.
Claudio se levantó y caminó hasta la mesa donde estaba la urna.
Álvaro percibió el gesto inmediatamente.
—Claudio… —llamó—. ¿A dónde vas a llevar a Bruna?
Claudio sujetó la urna con cuidado.
—Voy a llevarla a descansar a un lugar tranquilo —respondió—. Fuera de aquí.
Álvaro sintió que el pecho se apretaba.
—¿Y después?
—Después de que te recuperes, vamos a esparcir las cenizas en el río —dijo Claudio—. Para que ella finalmente descanse.
Álvaro sacudió la cabeza, afligido.
—No quiero esparcirlas en el río…
Claudio se acercó y posó la mano en el hombro de su hermano.
—Después del tratamiento, lo vas a entender —dijo, con voz serena—. A veces, amar también es dejar ir.
Álvaro cerró los ojos.
Por primera vez, no discutió.
—Solo quiero una oportunidad —murmuró—. Una oportunidad de ser el hombre que ella merece.
Claudio apretó su hombro.
—Entonces esta es tu hora.
La urna fue llevada.
Y, con ella, por primera vez, no el recuerdo…
sino la prisión.
Aquel día, Álvaro Mendes no perdió a Ayslan.
Comenzó, finalmente, a luchar para merecerla.
El portón de la clínica se abrió lentamente.
No había prensa, ni curiosos. Apenas dos coches, algunos hombres de confianza y un silencio pesado, respetuoso. Álvaro observaba el lugar por la ventana, el semblante serio, pero sin resistencia.
Rubens fue el primero en salir del coche.
—Todo va a salir bien —dijo, acercándose—. Aquí vas a poder descansar la mente. Es lo que necesitas ahora.
Álvaro asintió, respirando hondo.
—¿Y la mafia? —preguntó, aún preso de la necesidad de control—. Los territorios, los acuerdos…
Rubens intercambió una mirada rápida con Claudio antes de responder:
—Quédate tranquilo —dijo, firme—. Claudio y yo nos encargaremos de todo. Ya has sostenido este imperio solo por demasiado tiempo.
Álvaro cerró los ojos por un instante.
—No quiero que nada se derrumbe mientras yo esté aquí.
—Nada se va a derrumbar —respondió Claudio—. Lo que necesita ser reconstruido ahora eres tú.
Álvaro descendió del coche.
El edificio era claro, simple, sin lujo excesivo. Un lugar pensado para curar, no para impresionar.
Antes de entrar, se detuvo.
—¿Y si no lo logro? —preguntó, en voz baja—. ¿Y si no vuelvo a ser quien era?
Claudio se acercó y lo abrazó con fuerza.
—No vuelvas a ser quien eras —dijo—. Vuelve mejor.
Álvaro sintió que el nudo en la garganta se formaba.
—Voy a venir a visitarte siempre —continuó Claudio—. Pero necesitas esforzarte. Necesitas cuidarte. No solo por ti… sino por ella. Y por tu hijo.
Rubens también se acercó.
—Aquí, no eres jefe —dijo, con respeto—. Eres solo un hombre intentando curarse. Y eso no te disminuye. Al contrario.
Álvaro respiró hondo, sintiendo el peso de esa verdad.
—Gracias… —murmuró—. Por no rendirse conmigo.
—Nunca nos rendimos —respondió Claudio.
Álvaro entonces dio el primer paso en dirección a la entrada de la clínica.
Cada paso era difícil.
Cada paso era una renuncia.
Pero también era una elección.
Antes de cruzar la puerta, se giró una última vez.
—Cuando salga de aquí… —dijo— quiero ser digno de pedir perdón. Incluso si ella nunca me perdona.
Claudio asintió.
—Ese ya es el comienzo de la cura.
La puerta se cerró tras Álvaro.
No como una prisión.
Sino como un refugio.
Del lado de afuera, Claudio y Rubens permanecieron en silencio por algunos segundos.
—Él va a lograrlo —dijo Rubens, por fin.
Claudio miró hacia el edificio.
—Él necesita —respondió—. Porque ahora… amar no es poseer. Es cambiar.
Y, dentro de aquellas paredes, por primera vez en muchos años,
Álvaro Mendes no planeaba estrategias, ni guerras.
Planeaba sobrevivir a sí mismo.