novela juvenil de romance que demuestra que tanto se puede esperar a una persona por amor , también lo que es capaz de hacer una persona por proteger a ser que ama desde la niñez en sus vidas habrá mucho tropiezos y tendrá que salir de ese mundo oscuro para llegar a la persona que siempre la espero
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los 15 años
CAPÍTULO 1
La noche donde todo comenzó
Las luces colgantes suspendidas sobre el jardín de la mansión Torrealba parecían constelaciones privadas. Doradas. Perfectas. Intencionales. Cada detalle de la fiesta gritaba elegancia, poder y tradición.
Amber Torrealba cumplía quince años.
El vestido marfil abrazaba su figura con delicadeza juvenil. No era ostentoso, pero sí imposible de ignorar. Tenía bordados plateados que capturaban la luz cada vez que se movía. Su cabello oscuro caía en ondas suaves por su espalda, y una pequeña tiara apenas visible sostenía el peinado como si fuera una promesa silenciosa de lo que estaba destinada a ser.
Hija de Diego Torrealba
Nieto de una dinastía que no solo construyó imperios… también sobrevivió tormentas.
Pero esa noche, Amber no pensaba en apellidos.
Pensaba en Eros.
Eros Torres.
De pie junto a una de las columnas blancas del jardín, con un traje negro perfectamente ajustado y una expresión serena que parecía ensayada, él observaba todo con la calma de quien no necesita llamar la atención para tenerla.
Tenía diecisiete años.
Rostro armonioso.
Cabello oscuro ligeramente despeinado.
Ojos que parecían tranquilos… pero no lo eran.
Cara de ángel.
Mirada intensa.
No hablaba mucho. Nunca lo había hecho. Desde niño había sido el más callado cuando su padre, Mihjail, lo llevaba a reuniones con la familia Torres. Mientras los adultos negociaban, reían o discutían negocios, Eros permanecía al lado de Amber en silencio, construyendo complicidades sin palabras.
Y Diego lo sabía.
Amber sintió su mirada incluso antes de encontrarla.
—No mires tanto —susurró Melody a su lado, divertida—. Parece que te estuviera adorando.
—No digas tonterías —respondió Amber, aunque el rubor ya le subía por el cuello.
La música del vals comenzó y el jardín guardó silencio respetuoso.
Diego apareció a su lado. Alto, elegante, con esa presencia que imponía sin necesidad de elevar la voz. Le ofreció el brazo con una sonrisa que era mitad orgullo, mitad advertencia al mundo.
—¿Lista, princesa?
—Siempre, papá.
Mientras bailaban, Diego la observaba más de lo que miraba los pasos.
—Estás creciendo demasiado rápido.
—Eso dicen todos cuando no quieren aceptarlo.
Él soltó una risa suave.
—Lo que no quiero aceptar es que ese muchacho ya no te mira como cuando eran niños.
Amber contuvo el aliento.
—Papá…
—Tranquila —murmuró él—. Lo conozco desde que apenas caminaba. Pero eso no significa que me guste cómo te mira ahora.
Amber intentó disimular la sonrisa.
Cuando el vals terminó y los aplausos llenaron el aire, Diego la tomó de los hombros.
—Disfruta tu noche. Pero recuerda quién eres.
—Soy tu hija.
—Exacto.
Diego se apartó… justo cuando Eros comenzó a acercarse.
No fue inmediato. No fue impulsivo. Caminó con paso firme, seguro, como si hubiera esperado ese momento durante años.
Las conversaciones alrededor empezaron a disminuir sin que nadie lo ordenara.
Eros se detuvo frente a Amber.
Por un segundo, ninguno habló.
—Feliz cumpleaños —dijo finalmente, con voz baja pero clara.
—Gracias por venir.
—No hubiera estado en otro lugar.
Algunas tías cuchicheaban. Los primos fingían no mirar. Nehemiah observaba desde unos metros atrás con expresión analítica.
Eros respiró hondo.
Y entonces hizo algo que nadie esperaba.
Se giró levemente hacia Diego.
—Señor Torrealba
Diego alzó una ceja.
—¿Sí, muchacho?
—¿Puedo hablar con su hija… aquí mismo?
Hubo un murmullo divertido entre los invitados.
Diego cruzó los brazos.
—Te conozco desde pequeño, Eros. —Lo miró de arriba abajo—. Y ahora me vas a empezar a caer mal.
Las risas estallaron alrededor.
Eros no sonrió del todo, pero sus ojos brillaron.
—Intentaré que no sea así, señor.
—Eso dependerá de lo que vayas a decir.
Amber sentía que el corazón le golpeaba las costillas.
Eros volvió a mirarla. Esta vez no había reservas.
Solo determinación.
—Amber… —tomó su mano frente a todos—. Hemos crecido juntos. Hemos compartido cada etapa. Y ya no quiero ser solo el que te acompaña a casa o el que se sienta a tu lado en silencio.
Un silencio expectante se apoderó del jardín.
—Quiero ser quien esté oficialmente contigo. Quiero cuidarte, acompañarte… y sí, ponerme celoso cuando te miren demasiado.
Algunas risas suaves. Amber no podía respirar.
—Así que frente a todos —continuó él—, quiero preguntarte algo.
Se arrodilló.
No exageradamente. No dramático. Solo lo suficiente para que el gesto quedara grabado.
Diego negó con la cabeza, fingiendo resignación.
—Mihjail va a pagarme terapia —murmuró.
Eros no apartó la mirada de Amber.
—¿Quieres ser mi novia?
El mundo pareció detenerse.
Amber lo miraba como si siempre hubiera sabido que ese momento llegaría.
Y lo había sabido.
Porque desde los diez años, cada vez que él le tomaba la mano al cruzar la calle, algo dentro de ella se acomodaba.
—Sí —susurró.
Pero Eros frunció levemente el ceño.
—Creo que no escuché bien.
Ella rió nerviosa, con lágrimas brillando en sus ojos.
—Sí, Eros. Sí quiero.
Los aplausos explotaron.
Melody gritó. Aslán silbó. Nehemiah observó, pero esta vez con una ligera sonrisa.
Eros se puso de pie y la abrazó. No demasiado fuerte. No posesivo.
Pero firme.
Diego se acercó y le dio una palmada en el hombro.
—Te voy a decir algo, muchacho —dijo con voz baja, aunque todos fingían no escuchar—. Si la haces llorar, no importa que seas hijo de Mihjail. Yo mismo te entierro.
Eros sostuvo su mirada sin titubear.
—No la haré llorar, señor.
Y en ese momento lo creyó.
Porque el amor, cuando empieza joven, se siente eterno.
La música volvió a subir. Las luces brillaron más fuerte. Las cámaras capturaron la imagen perfecta:
La hija del imperio.
El hijo del mejor amigo.
El romance que todos habían visto crecer.
Nadie sabía que años después, esa misma intensidad sería la que los pondría al borde del abismo.
caminando hacia la guerra.
_____''
La fotografía familiar tardó varios intentos.
—¡Aslán, deja de hacer esa cara! —protestó Melody.
—Es que esta no es mi fiesta —respondió él, acomodándose la chaqueta con fastidio fingido—. Yo quería estar en otro país ahora mismo.
Nehemiah soltó una risa baja.
—Y lo estarás. Papá ya pagó el viaje. Solo estamos cumpliendo con el protocolo.
Diego negó con la cabeza.
—Ustedes dos decidieron cambiar una fiesta de quince por un viaje a Europa. No se quejen ahora.
—No nos quejamos —respondió Aslán—. Solo decimos que nos deben una despedida más épica.
Melody rodó los ojos.
—Drama. Siempre drama con ustedes.
Amber observó la escena con una sonrisa suave. Esa era la dinámica de los cuatro. Nacieron el mismo día, compartieron vientre, cumpleaños, castigos, secretos. Pero cada uno tenía una personalidad distinta.
Melody era chispa y elegancia.
Aslán era impulsivo y carismático.
Nehemiah era observador, callado, analítico.
Y Amber…
Amber era el centro silencioso.
La que equilibraba.
Por eso, aunque la celebración era técnicamente para las dos chicas, el ambiente gravitaba naturalmente hacia ella.
No porque Melody no brillara.
Sino porque Amber… atraía.
Eros la miraba como si fuera inevitable.
Cuando terminaron las fotos formales, Aslán se acercó a Eros y le pasó un brazo por los hombros.
—Así que oficialmente eres el novio de mi hermana.
—Oficialmente —respondió Eros con calma.
—Te advierto algo —continuó Aslán con media sonrisa—. Nosotros no somos hermanos normales.
—Ya me di cuenta.
Nehemiah se unió a la conversación.
—No es una advertencia. Es un hecho.
Eros sostuvo sus miradas sin mostrarse intimidado.
—No me asustan.
Aslán soltó una carcajada.
—No deberíamos gustarte tanto entonces.
Melody intervino, divertida.
—Déjenlo respirar, por favor. Apenas acaba de sobrevivir a papá.
Diego escuchó eso desde cerca.
—Los estoy oyendo.
Todos rieron.
Pero Nehemiah no dejó de observar.
No era desconfianza.
Era instinto.
Eros no era como otros chicos. No miraba a Amber con superficialidad. La miraba con intensidad absoluta.
Y la intensidad siempre tiene dos caras.
La música cambió a algo más suave. Las parejas comenzaron a dispersarse por el jardín iluminado.
Eros volvió a buscar a Amber casi por reflejo.
—¿Te arrepientes de no haber elegido un viaje como ellos? —le preguntó, señalando a sus hermanos.
Amber negó con la cabeza.
—No. Siempre soñé con esta noche.
—¿Por la fiesta?
Ella lo miró con una sonrisa pequeña.
—Por lo que sabía que iba a pasar.
Eros arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sabía que hoy ibas a hacer algo.
—¿Y si no lo hubiera hecho?
—Lo habrías hecho mañana.
Eros no pudo evitar sonreír esta vez.
—Me conoces demasiado.
—Desde siempre.
El viento movió ligeramente el vestido de Amber. Él extendió la mano instintivamente para evitar que se enredara con una silla cercana.
Ese gesto —mínimo, protector— no pasó desapercibido para Diego.
Mihjail se colocó a su lado otra vez.
—Estás analizándolo como si fuera un contrato empresarial.
Diego suspiró.
—No. Lo estoy analizando como el hombre que sabe lo que significa perder el control.
Mihjail lo miró de reojo.
—Mi hijo no es imprudente.
—No dije eso. Dije que es intenso.
Ambos sabían que hablaban de algo más profundo.
Eros siempre había sido el más callado. El que no hablaba de lo que sentía. El que contenía demasiado.
Y lo que se contiene demasiado… un día explota.
Pero esa noche no era para sombras.
Amber se acercó a sus padres para agradecerles formalmente. Luego regresó a Eros y le susurró:
—Ven conmigo.
Lo llevó hacia el borde del jardín, donde las luces eran más suaves y la música llegaba amortiguada.
—Este fue el mejor cumpleaños de mi vida —dijo ella.
—Y todavía no termina.
—¿Qué más vas a hacer? ¿Otro discurso público?
—No. Esto es privado.
Eros tomó su rostro con una delicadeza que contrastaba con la firmeza de sus manos.
No fue un beso impulsivo.
Fue lento.
Seguro.
Como si estuviera sellando algo.
Cuando se separaron, Amber apoyó la frente contra la de él.
—Ahora sí es oficial —susurró.
—Ahora sí.
Desde la distancia, Nehemiah los vio otra vez.
Y algo en su pecho se movió.
No era celos.
No era rabia.
Era una intuición que no sabía explicar.
Como si esa imagen perfecta tuviera una grieta invisible.
Aslán apareció a su lado.
—¿Qué miras?
—Nada.
—Estás pensando demasiado.
—Siempre.
Aslán siguió la dirección de su mirada y sonrió.
—Relájate. Es Eros.
Nehemiah no respondió.
Sí.
Era Eros.
El mismo niño que había corrido por ese jardín.
El mismo que había protegido a Amber de pequeños problemas en la escuela.
El mismo que hoy la miraba como si fuera lo único que existiera.
Y quizá ese era el detalle que inquietaba.
Porque cuando alguien ama así…
Ama sin medida.
Y la falta de medida puede convertirse en fuego.
Pero esa noche nadie quería pensar en fuego.
Solo en música.
En risas.
En dos cuatrillizos celebrando la vida de formas distintas.
En una promesa hecha frente a testigos.
En el inicio de una historia que parecía bendecida por todos.
Sin saber que, a veces, las historias más hermosas son las que más pruebas enfrentan.
______
La fiesta comenzó a desvanecerse lentamente.
Algunos invitados se despedían. Otros seguían riendo bajo las luces que ya no brillaban con la misma intensidad inicial. Los músicos tocaban algo más suave, casi nostálgico.
Amber se quitó los tacones por un momento y caminó descalza sobre el césped, sosteniendo el vestido para que no se ensuciara. Eros la observaba como si quisiera memorizar cada detalle.
—No quiero que esta noche termine —dijo ella en voz baja.
—No termina —respondió él—. Apenas empieza.
Ella lo miró con esa confianza absoluta que solo se tiene a los quince años.
Confianza en el amor.
En las promesas.
En el “para siempre”.
Diego se acercó por última vez antes de que se retiraran.
—Es hora, princesa.
Amber asintió.
Antes de irse, volvió hacia Eros.
—Nos vemos mañana.
—Siempre.
Fue una palabra pequeña.
Pero sonó como un juramento.
Ella caminó hacia la casa con Melody. Aslán y Nehemiah discutían algo sobre el viaje que harían en unos días. Mihjail hablaba con Diego cerca de la salida.
Eros se quedó unos segundos más en el jardín vacío.
Miró la fuente.
Las luces.
El lugar donde se arrodilló.
Y por primera vez en toda la noche, su expresión cambió.
No era duda.
Era determinación.
Una determinación profunda, casi peligrosa.
Como si en su interior existiera una línea que nadie debía cruzar.
Porque Eros amaba con intensidad.
Y cuando alguien ama así… no sabe hacerlo a medias.
Desde la terraza del segundo piso, Nehemiah lo observaba en silencio.
El viento movía levemente las cortinas detrás de él.
No sabía explicar por qué, pero algo en su pecho le decía que esa historia no sería simple.
Que el amor de su hermana no sería liviano.
Que esa promesa dicha bajo luces doradas… algún día sería puesta a prueba.
El jardín quedó vacío.
Las luces comenzaron a apagarse una por una.
Y lo que quedó no fue la música.
Fue el eco.
El eco de una pregunta que el tiempo respondería:
¿Qué pasa cuando el amor nace tan fuerte… que no sabe cómo detenerse?
Y así, bajo un cielo aparentemente tranquilo, comenzó la historia de Eros y Amber.
Una historia que esa noche parecía perfecta.
Pero que el destino ya había comenzado a escribir con tinta más oscura.