En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 12
Narrado por: Caelum
El agua hirviendo aún se evaporaba de mi túnica negra cuando cerré la pesada puerta de los aposentos de Aura. Me quedé en el pasillo, sacudiendo los cristales de escarcha derretida de mis hombros. Mis nudillos seguían despellejados por el impacto contra el muro de las catacumbas, y mi núcleo palpitaba con una arritmia peligrosa tras la explosión térmica en el Pilar de la Raíz.
Apenas di tres pasos hacia la escalera de la Aguja del Cénit cuando la temperatura del corredor descendió diez grados de golpe.
El Custodio se materializó a un metro de mi rostro. Su forma de niebla no flotaba con la calma académica de siempre; giraba en un vórtice errático y denso, casi rozando el suelo de cristal.
—Señor Caelum —la voz metálica del espíritu crujió, carente de sus formalidades habituales—. Tenemos una brecha crítica en el Nivel Inferior.
Me detuve en seco. Materialicé una daga de hielo negro en mi mano derecha por puro instinto.
—¿Los caminantes de zarzas de Elian tenían refuerzos? —pregunté, escudriñando las sombras del pasillo—. ¿Cuántas firmas de calor hay en la red geotérmica?
—Ninguna, Señor. El perímetro exterior está sellado y el Velo de la Niebla Blanca no ha sido atravesado. La amenaza no viene del campamento de la Primavera. Viene del patio de armas.
Fruncí el ceño. Deshice la daga, dejando que el hielo se evaporara en mi palma.
—Explícate, Custodio. Habla claro.
El espíritu retrocedió un palmo, como si temiera mi reacción.
—La Vanguardia Durmiente ha roto la formación de patrulla. Trescientos gólems de hielo negro han abandonado sus posiciones en las murallas este y norte. Se han congregado en el Salón de los Pilares Rotos y han bloqueado las puertas desde adentro. No responden a los comandos arquitectónicos del palacio.
—La Vanguardia no tiene voluntad propia —repliqué, caminando a grandes zancadas hacia las escaleras y atravesando la figura brumosa del Custodio—. Son armaduras de escarcha animadas por energía pura. No pueden desobedecer.
El Custodio giró rápidamente y me siguió de cerca, flotando a la altura de mi hombro mientras descendíamos los escalones de tres en tres.
—Esa es la teoría cuando se usan núcleos de hielo estándar, Señor. Pero usted no usó núcleos estándar. Usted alimentó a la Vanguardia con los ecos de la Biblioteca de Hielo. Las esferas de memoria de las Sacrificadas.
Me detuve en el rellano del Nivel Dos. Me giré hacia el espíritu.
—Las esferas eran solo baterías residuales. Sus conciencias fueron asimiladas por el castillo hace siglos. Solo quedaba el eco de su magia.
—Eso creíamos —la niebla del Custodio tembló—. Pero el palacio es un amplificador. Al colocar esos ecos dentro de los gólems de obsidiana, les dio cuerpos físicos. Les dio armas. Les dio voz. Las Sacrificadas han despertado, Señor Caelum. Y están furiosas.
No esperé a escuchar más.
Salté la barandilla de cristal del rellano y me dejé caer quince metros en caída libre hasta el Gran Atrio. Aterricé flexionando las rodillas, el impacto amortiguado por un disco de aire congelado que invoqué en el último segundo. El suelo crujió bajo mis botas.
Caminé rápidamente hacia las puertas de bronce macizo que separaban el atrio del Salón de los Pilares Rotos. Estaban cerradas. Una gruesa capa de escarcha negra sellaba los bordes, fundiendo el metal con la piedra.
Apoyé ambas manos sobre la doble puerta.
—Ábrete —ordené, enviando un pulso de mi propia magia para disolver la barrera.
El hielo negro siseó, pero no cedió. La magia que lo sostenía era de mi propia creación, pero la firma térmica era ligeramente diferente. Estaba manchada.
Di un paso atrás, levanté la bota derecha y pateé el centro exacto de la unión de las puertas con la fuerza de un alud.
El bronce estalló hacia adentro con un estruendo ensordecedor. Las dos mitades de la puerta salieron volando por los aires, estrellándose contra las columnas del interior del salón.
Entré. El aire dentro del salón era un veneno helado.
Doscientos gólems de la Primera Era me miraban en absoluto silencio.
Eran bestias de asedio bípedas, de tres metros de altura, forjadas con estalagmitas de obsidiana y armaduras de hielo perpetuo. Sus rostros no tenían facciones, solo yelmos puntiagudos con una ranura horizontal donde normalmente ardía una luz roja e inexpresiva.
Pero ahora, las luces en sus visores no eran rojas.
Brillaban en tonos dorados, verdes, azules pálidos y violetas. Los colores del solsticio y el equinoccio. Los colores de las mujeres de Aethelgard.
—Vanguardia —mi voz resonó en la bóveda, autoritaria, fría como el vacío—. Regresen a sus puestos en la muralla exterior. El enemigo marcha hacia el sur.
Ninguno de los gólems se movió. El sonido del crujido del hielo en sus articulaciones fue la única respuesta.
De entre la multitud de gigantes negros, uno de los gólems dio un paso al frente. El visor de su yelmo brillaba con un intenso color lavanda. Llevaba una maza de escarcha del tamaño de un ancla de barco apoyada en el hombro.
Cuando el gólem abrió su mandíbula acorazada, no sonó el crujido de piedras moliéndose. Sonó la voz de una chica. Una voz joven, dulce, pero distorsionada por el eco metálico de la armadura.
—El enemigo no está en el sur. El enemigo está aquí.
Reconocí la voz de inmediato. Se me heló la sangre, un fenómeno literal que hizo que las venas de mi cuello se marcaran en un azul intenso.
—Elara —dije.
—Mi nombre fue Elara hace seiscientos años —respondió el gólem lavanda, bajando la maza masiva y apoyándola contra el suelo de cristal con un golpe sordo—. Tenía dieciocho inviernos. Me gustaba el olor a pan recién horneado y estaba prometida al hijo del herrero de mi aldea. Tú me trajiste a esta tumba. Tú me dejaste sentada en el trono de escarcha hasta que mi corazón estalló por el frío.
Otro gólem se adelantó a su derecha. Su visor ardía en color ámbar. Habló con una voz más grave, cargada de una ira seca.
—Yo fui Lys. Me dijiste que mi sacrificio salvaría a mi familia de las bestias del invierno. Mentiste. Mi familia murió de hambre dos inviernos después porque la plaga arruinó las cosechas, y tú no moviste un dedo para abrir el Velo. Eres un monstruo con rostro de mármol.
—Fui el escudo de Aethelgard —respondí, manteniendo mi posición, sin mostrar un ápice de remordimiento en mi postura—. El Pacto se cumplió. Sus vidas mantuvieron las barreras en pie. El mundo no ardió gracias a ustedes.
—¡No te pedimos ser mártires! —gritó un tercer gólem desde la parte trasera, su voz superponiéndose a la de otras diez máquinas que empezaron a murmurar al unísono—. ¡Nos robaste el sol! ¡Nos ahogaste en cristal!
—¡Silencio! —bramé. El aire a mi alrededor se condensó en agujas de hielo afiladas que quedaron suspendidas en el espacio, apuntando hacia la multitud de gólems—. Ustedes no son ellas. Son solo ecos distorsionados jugando a ser fantasmas. Regresen al Letargo o los desmantelaré pieza por pieza.
El gólem que poseía la voz de Elara levantó su maza de nuevo.
—No puedes desmantelarnos, Dios de Hielo. El ejército de la Primavera está a nueve días de tus puertas. Nos necesitas para detener los cincuenta mil aceros de Elian. Si nos rompes, tu preciosa fortaleza cae.
Era cierto. Y el hecho de que el eco supiera de táctica militar demostraba que las conciencias habían asimilado el conocimiento de la propia red de defensa del palacio. Estaban conectadas a mis muros.
El Custodio entró flotando por las puertas destrozadas, situándose a mi izquierda.
—Niñas... —comenzó el espíritu, su voz llena de un arrepentimiento genuino—. Por favor, escuchen a la razón. Si destruyen a Caelum, la maldición se rompe. El Ámbar estallará y el continente entero...
El gólem con la voz de Lys giró su cabeza de obsidiana hacia el Custodio.
—Tú eres peor que él, archivista. Tú nos viste llorar. Tú nos viste congelarnos lentamente. Tú guardaste nuestros recuerdos en frascos de cristal como si fuéramos trofeos. ¡No nos hables de razón!
Diez gólems desenvainaron espadas largas de hielo negro al mismo tiempo. El sonido del desenvaine colectivo resonó como un trueno.
—Queremos a la nueva chica —dijo Elara a través del gólem líder—. Queremos a Aura de Aethelgard. Sabemos que está en el Ala Oeste. Sabemos que está usando el fuego de la Primera Era. Entréganosla. La sacaremos del palacio y la dejaremos huir hacia el sur antes de que la devores como hiciste con nosotras.
—Aura no se moverá de este palacio —dije, mi tono bajando hasta convertirse en un gruñido gutural. La sola mención de su nombre en boca de estos espectros de obsidiana encendió una rabia territorial en mi pecho que no intenté suprimir—. Ella no es como ustedes. Ella no será sacrificada en el trono. Es la llave para terminar esta guerra.
—¡Mientes! —rugió el gólem de Lys.
La máquina de tres metros cargó contra mí. Su velocidad era aterradora, una mole de tres toneladas moviéndose con la gracia fluida de una espadachina experta. Levantó su espada a dos manos y descargó un tajo vertical directo hacia mi cabeza.
No retrocedí. Levanté mi brazo derecho, bloqueando el golpe directamente con mi antebrazo desnudo.
El choque de la espada de hielo negro contra mi piel generó una onda de choque que agrietó el suelo bajo mis botas y empujó al Custodio varios metros hacia atrás. El filo del gólem no cortó mi carne; chocó contra la barrera de cero absoluto que envolvía mi cuerpo, pero la fuerza cinética del impacto me obligó a flexionar las rodillas.
—¡Rompiste el Pacto cuando despertaste a las Sombras con nuestra sangre! —la voz de Lys gritaba desde el interior del yelmo, apretando la espada contra mi brazo.
Agarré la hoja de la espada del gólem con la mano libre.
—No me obligues a hacer esto, Lys —murmuré, sintiendo la presión de la magia rebelde.
—¡Muere! —bramó el eco.
Tiré de la espada hacia abajo, desequilibrando a la bestia de tres toneladas. Con un movimiento rápido, giré sobre mi eje y conecté una patada giratoria directamente en la rodilla articulada del gólem. El hielo negro estalló en pedazos con un crujido asqueroso. La máquina gigante cayó sobre una rodilla.
No me detuve. Invoqué una lanza de escarcha pura en mi mano y la atravesé por el centro de la coraza del gólem, inmovilizándolo contra el suelo. El impacto no destruyó el núcleo, pero bloqueó sus conductos de magia. La luz ámbar del visor parpadeó y se apagó, dejando a la armadura inerte.
Levanté la vista. Los doscientos noventa y nueve gólems restantes alzaron sus armas al unísono.
—¡Maten al Carcelero! —gritó la voz de Elara—. ¡Liberen a la portadora del fuego!
La multitud de gigantes de obsidiana se abalanzó sobre mí.
La batalla que siguió no fue una pelea; fue un intento de contención desesperado. No podía usar magia letal. Cada gólem que destruyera era un soldado menos para la muralla sur. Tenía que inmovilizarlos sin romper sus núcleos.
Salté hacia atrás, esquivando tres mazos que destrozaron el lugar donde había estado parado un segundo antes. Extendí ambas manos hacia los lados y liberé una ráfaga de escarcha expansiva. El viento helado golpeó a la primera fila de atacantes, congelando la humedad del aire alrededor de sus articulaciones y ralentizando sus movimientos, pero los ecos empujaron la magia desde adentro, rompiendo el hielo restrictivo con pura fuerza de voluntad.
Un gólem me flanqueó por la derecha, lanzando una estocada con una alabarda. Giré el torso, dejando que la hoja pasara a milímetros de mi pecho, agarré el asta de la armadura y usé la inercia del gigante para lanzarlo por los aires contra un grupo de cuatro gólems que venían por la izquierda. Chocaron en un amasijo de hielo negro y extremidades gruñentes.
Pero eran demasiados.
El gólem con la voz de Elara apareció entre el caos, lanzando su maza masiva directamente hacia mi pecho.
Crucé los brazos en forma de X. El impacto de la maza me levantó del suelo y me lanzó volando veinte metros hacia atrás. Me estrellé contra uno de los pilares de cristal que sostenían la bóveda del salón. El pilar se resquebrajó de arriba a abajo. Escupí sangre teñida de negro, cayendo pesadamente sobre las baldosas.
El dolor en mi núcleo era insoportable. No me estaban hiriendo físicamente, me estaban drenando. Cada golpe que daban consumía la misma energía que yo utilizaba para mantener el palacio en pie.
Los gólems se detuvieron a diez metros de mí, formando un semicírculo.
—Ríndete, Caelum —dijo Elara, acercándose lentamente con la maza arrastrando por el suelo—. Suelta los candados del Ala Oeste. Iremos por Aura. La escoltaremos hasta el Paso de Cristal. Que Elian se quede con tu trono vacío. Nuestro deber era proteger Aethelgard, no a ti.
Me apoyé contra el pilar roto y me puse de pie lentamente. Me limpié la sangre de la comisura de los labios. La rabia, fría y metódica, reemplazó el instinto de contención.
—Si la sacan de este palacio... Elian la matará —dije, mi voz amplificada por la acústica del salón, resonando como un glaciar partiéndose—. El Príncipe de la Primavera tiene la Espada Verde. La misma espada que usaron para maldecirme. Si él pone sus manos sobre la portadora del fuego original, la usará para purificar el Ámbar corrupto en su propia sangre. La exprimirá hasta dejarla seca. Y luego marchará hacia el norte y masacrará las aldeas de Aethelgard, porque ya no habrá invierno que lo detenga.
Los murmullos de los ecos cesaron abruptamente. Los visores de colores parpadearon en la penumbra.
—¿La Primavera tiene la hoja de los Primeros Reyes? —preguntó la voz de una Sacrificada diferente, teñida de un azul zafiro.
—La tiene. Y trae cincuenta mil soldados.
Di un paso hacia ellos. Ya no adoptaba postura de combate. Caminé con la espalda recta, los brazos a los lados, exponiendo mi pecho.
—Ustedes murieron por el Pacto. Lo sé. Fui su verdugo, y no les pido perdón. Pero si me matan ahora, y si entregan a Aura al sur, sus sacrificios, y los de sus madres y abuelas, no habrán servido de nada. Todo el norte arderá en un verano perpetuo gobernado por un tirano enloquecido.
Me detuve a dos metros de Elara.
—Les ofrezco un nuevo trato. Un juramento de sangre y escarcha, aquí y ahora.
Las luces de los gólems brillaron con más intensidad. Elara bajó ligeramente su maza.
—Tú no haces juramentos, Carcelero. Tú dictas sentencias.
Levanté mi mano derecha y materialicé una daga delgada. Sin dudarlo, me corté la palma de la mano izquierda de un solo tajo. La sangre negra y helada brotó, espesa como el mercurio, siseando al tocar el aire del salón.
—Yo, Caelum, Señor del Invierno, juro por la Primera Era y por mi propio núcleo maldito: Aura de Aethelgard no morirá en mi trono. No será sacrificada. Ella peleará a mi lado, y juntos destruiremos a Elian de la Primavera.
Apreté el puño herido, dejando que las gotas de sangre negra cayeran sobre el suelo de cristal. Al tocar el hielo, la sangre se expandió en un círculo de runas antiguas, iluminando toda la sala con un brillo azul espectral. La magia del juramento ató mi palabra a los cimientos mismos de la Fortaleza.
—Y si ganamos la guerra —continué, mirando directamente al visor lavanda de Elara—, el Pacto se terminará. No habrá más tributos. No habrá más Sacrificadas. El ciclo se cierra con Aura.
El silencio en el Salón de los Pilares Rotos fue absoluto. Las runas de sangre palpitaban en el suelo, enviando ondas de energía que subían por las piernas de los gólems, conectándolos directamente a mi promesa. En la magia antigua, un juramento de sangre roto implicaba la aniquilación inmediata del núcleo del jurador. Los ecos sabían que no estaba mintiendo.
El gólem con la voz de Elara soltó su maza. El arma pesada chocó contra el suelo y se disolvió en niebla negra.
—Aceptamos tu juramento, Señor del Invierno —la voz de la chica ya no sonaba enfurecida, sino cargada de una profunda tristeza—. Marcharemos a la muralla sur. Mataremos a los soldados de la Primavera. Pero te advertimos...
Los cientos de visores de colores se clavaron en mí al mismo tiempo.
—Nuestros ojos son los ojos de la Vanguardia ahora. Si traicionas a la portadora del fuego, si la usas como batería y dejas que muera... no esperaremos a Elian. Derribaremos las torres de este palacio sobre tu cabeza con nuestras propias manos.
—Queda anotado —respondí fríamente.
Los gólems se giraron al unísono, como soldados en un desfile macabro, y comenzaron a marchar en orden perfecto hacia los arcos de salida que llevaban al patio de armas y a la muralla exterior. El sonido de sus pasos coordinados hizo temblar el polvo de los pilares.
Me quedé solo en el centro del salón destrozado, manteniendo la presión sobre el corte de mi mano.
El Custodio se acercó lentamente, su niebla flotando sobre las runas de sangre que comenzaban a desvanecerse.
—Eso fue... temerario, Señor. Un juramento de sangre a los ecos. Acaba de poner su existencia como garantía de la vida de una humana mortal en medio de una guerra.
—No tuve opción, Custodio. Necesitaba la espada de la Vanguardia, no su rebeldía.
—Pero Señor... ¿qué pasa si Aura muere en la batalla contra Elian? El juramento dicta que usted caerá con ella. La Fortaleza se desmoronará.
Cerré los ojos, sintiendo el dolor punzante en mis nudillos y en mi núcleo agotado. La imagen del rostro de Aura, iluminado por el fuego de la Diosa mientras derretía el pilar, cruzó por mi mente.
—Entonces me aseguraré de que no muera. Cierra el salón, Custodio. Tenemos que preparar la emboscada. Faltan nueve días.
Di media vuelta y me dirigí de regreso hacia las escaleras de la torre. El motín había sido sofocado, pero el palacio ya no me pertenecía por completo…
Ahora, compartía el mando con los fantasmas de mis propias víctimas.
Y allá afuera, en la nieve, la v e r d a d e r a tormenta apenas comenzaba a acercarse.