En el imperio de Valtheria, la magia es un privilegio reservado a los hombres y una sentencia de muerte para las mujeres. Cathanna D’Allessandre, hija de una de las familias más poderosas del imperio, creció bajo el yugo de una sociedad que exige de ella sumisión, silencio y perfección absoluta. Pero su destino estaba sellado mucho antes de su primer llanto: la sangre de las brujas corre por sus venas, y su sola existencia es la llave destinada a abrir la puerta que traería de vuelta a un poder oscuro que siempre se había creído una simple leyenda.
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CAPÍTULO 014
08 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día del Último Aliento, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Cathanna soltó un gemido ahogado de dolor cuando la tela azul terminó de ajustarse alrededor de su cintura, presionándole el estómago y realzando levemente sus senos. Otra muchacha tiró con fuerza de los cordones del corsé por detrás mientras ella apretaba los dientes para no soltar una maldición sonora. En pocos minutos partirían a Aureum por el festival que se llevaba a cabo ahí una vez al año, y aunque no deseaba salir del castillo, no tenía más opción que asistir; su padre la estaba obligando, y debía obedecer, como siempre.
—El vestido es precioso, señorita Cathanna —alagó Devani, una de las muchachas, con una sonrisa leve—. Encantará a todos en Aureum.
Cathanna asintió sin llevarle la mirada del todo, acomodando su cabello liso hacia la espalda. La parte superior estaba suavemente recogida, sujeta por una horquilla dorada que era atravesada por un palillo metálico plateado, decorado con mariposas azul celeste. De él colgaban varias cadenas delgadas del mismo color, adornadas con pequeñas perlas y mariposas. Al menos podía sentirse bien con aquello.
Después de ponerse las sandalias de plataforma con base de paja trenzada, sujetas por tiras rosadas —del mismo tono que la falda, que ondeaba apenas con el viento que se colaba por las ventanas— y adornadas al frente con flores de plástico rosas, salió de la alcoba acompañada por Celanina, que hablaba sin parar de cosas que ella no entendía. ¿Cómo iba a hacerlo, si sentía que en cualquier momento se desplomaría por la presión en el estómago? Se dio aire con ambas manos, intentando buscar un alivio que, por desgracia, no consiguió.
—Te ves tan hermosa —continuó Celanina, mirándola con una sonrisa granda—. Me pregunto cuántos hombres se enamorarán de ti hoy. A tus padres se les cansará la boca rechazándolos, Mi Cathanna.
—Celanina, no quiero hablar de hombres. Ni hoy ni nunca —habló, torciendo los labios con evidente irritación—. Y no me importa cuántos se enamoren de mi hoy. No tengo ningún interés en ser el trofeo que todos miran con avaricia. Voy porque es mi obligación estar presente.
—¿Por qué dices eso, señorita? —Su frente se arrugó—. La atención de los hombres es lo mejor del mundo. Hace que las mujeres nos sintamos hermosas. ¿Cómo alguien podría odiar ese tipo de atención?
—Si eso es lo único a lo que aspiras en la vida, qué tragedia ser tú —murmuró Cathanna—. Ninguna mujer consciente desea la atención de tantos hombres a la vez. Ninguno mira con respeto. Solo imaginan cuerpos ajenos en sus camas. ¿No te da asco? ¿No te incomoda que no te vean como persona, sino como algo que creen poder tomar?
—Para eso nacimos, ¿no lo cree? Para complacer a los hombres en todas sus necesidades. No entiendo por qué te pones de esa manera.
Cathanna arrugó el rostro, viendo a Celanina de reojo, sin detener su caminar. No deseaba complacer a ningún hombre. Les tenía un miedo tan profundo que una simple mirada, un roce o una palabra bastaba para que su cuerpo se sacudiera con fuerza, porque recordaba vívidamente a su abuelo. Lo que hizo. Apretó los labios de una manera que sintió dolor, al tiempo que sus manos envueltas en los guantes se cerraban de golpe, y obstruyendo la luz de sus ojos, respiró profundo.
—¿Complacer a los hombres? —Su voz salió en un hilo.
—Por supuesto, mi Cathanna. —Sonrió en grande, como si sus palabras fueran la única verdad absoluta—. Es nuestro deber como mujeres complacer a nuestros hombres. Siempre ha sido de esa forma.
—Por favor, Celanina… solo cállate. —Puso las temblorosas manos detrás de su espalda, como si eso pudiera ayudarla a calmarse, pero solo resultó para peor—. No quiero escuchar más sobre esa estupidez.
Cathanna continuó caminando sin prestarle mucha atención a la mujer, que cambió de tema rápido, hasta que sus pies se detuvieron en seco cuando visualizó a su abuelo hablando con su madre. En muchas ocasiones, cuando lo veía, bajaba la mirada o cambiaba de ruta, porque no quería sentir su asqueroso olor, mucho menos su mirada lasciva sobre ella. Pero a veces le resultaba tan difícil cuando era obligada a interactuar con él por culpa de su madre, quien no entendía nada.
Efraím la miraba de esa forma que la hacía estremecer por completo, como si creyera que su piel era algo que tenía derecho a reclamar. Había algo turbio que Cathanna notó de inmediato, y su mente se empeñó en traer de vuelta eso que quería borrar de sus recuerdos. Desvió la mirada, sintiendo el asco llegar a ella sin previo aviso. Giró su cuerpo y comenzó a caminar hacia la salida del castillo, sin esperar a su charlatana madre. Afuera, el sol estaba más brillante que nunca. Un guardia la miró por medio segundo más de lo necesario. Y aunque no dijo nada, Cathanna sintió cómo su piel pedía esconderse a gritos.
Bajó las gradas con la ayuda de dos guardias —aunque no deseara que ellos tocaran sus manos— y subió en el auto oscuro, donde su hermano Cedrix ya se encontraba, leyendo un libro de política y guerra.
—¿No te cansas de leer siempre lo mismo, hermano? —curioseó Cathanna, con una voz baja, mirando por la ventana cómo los guardias se preparaban para abrir las grandes rejas de metal que rodeaban el inmenso castillo—. Asimismo, eso es muy grotesco para tu cabecita.
—Mi padre dice que debo conocer todo sobre Valtheria —confesó, dejando el libro en el asiento, sonriendo de forma tierna—. También dijo que ya debo tener conocimiento sobre las sangrientas guerras del imperio, para cuando empiece a entrenar con la espada, como tú, hermana mayor. No entiendo cómo te ha permitido levantar una cuando hace unos meses, te hubiera regañado a alaridos por hacerlo.
Cathanna no era la mejor espadachín ni en sueños, pero su padre insistía en que debía aprender a utilizar una espada como si de eso dependiera algo más que ella no comprendía aún. Pensaba que era por tradición, pues su familia llevaba ciclos manchando el campo de batalla con su sangre. Sin embargo, eso le parecía completamente estúpido. Su familia, donde los hombres violentaban a las mujeres por lo más mínima cosa, jamás aceptaría una mujer guerrera entre ellos como uno más. Era un chiste con el que ella no se reía como los demás.
—Tu padre es extraño, Cedrix —murmuró Cathanna, sin ganas—. Me decía que no era un hombre para ser combatiente, pero ahora pretende que sepa usar una espada tal cual uno. No entiendo de qué me servirá más adelante si solo me convertiré en una esposa inútil.
—Nunca se sabe cuándo estarás en peligro, hermana mayor. Puede que te encuentres con los gigantes, un ogro, o incluso con otras criaturas mucho más peligrosas que quieran hacerte cosas terribles.
—Tienes una gran entelequia, hermano —bromeó Cathanna, soltando una risa leve—. Tal vez deberías escribir una historia de un niño, o sea tú, combatiendo con criaturas nacidas del mismísimo mal.
Anne subió en el auto después de unos minutos. Y sin más demora, este se puso en marcha hacia la salida. Cathanna llevó la mirada a la ventana, jugando con sus dedos, y cuando salieron del castillo, un portal apareció frente al carruaje. Al cruzarlo, aparecieron en un sendero lleno de grandes hongos, hadillas que revoloteaban y mariposas azules que dejaban un centelleo brillante detrás de ellas.
—Por cierto, dentro de poco se oficializará el compromiso —informó Anne, acomodándose el cabello—. Debes prepararte para él. Le diré a Celanina que te dé menos comida. Estás subiendo mucho de peso y eso te hace ver horrible, mi niña. No puedes estar gorda para él.
—No veo la necesidad de bajar de peso, madre —expresó con un tono cansado, mirándola de reojo—. Siento que tengo un peso que no debería ser el ideal para mí. No es que me desagrade, pero… no sé.
—Tú no sabes nada todavía, Cathanna —le escupió con una mirada llena de condescendencia, cruzando sus piernas—. Cuanto más flaca estés, será mejor para ti. ¿Entiendes? No quiero verte inflada como una vaca el día de la boda y que los demás se burlen por eso. Si estás gorda… será tu culpa cuando Orpheus no te quiera ni tocar un pelo.
Cathanna apretó los labios con fuerza, obligándose a contener las lágrimas que amenazaban con brotar con el rigor de un huracán. Ya estaba acostumbrada al desprecio por su cuerpo: que sí subía demasiado, que sí bajaba de más. Ya no le sorprendía que le dijeran cómo debía verse, pero eso no significaba que no le doliera igual.
—Yo solo quiero lo mejor para ti, hija. —Le regaló una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Si no me haces caso ahora, te arrepentirás cuando él te vea sin nada y piense que eres una mujer sin disciplina. ¿Eso quieres, Cathanna? ¿Empezar tu matrimonio con vergüenza?
—Lo que quiero es que dejen de tratarme como si fuera carne en oferta. —Su voz salió temblorosa. No dejó de jugar con sus dedos—. Dejen de maltratar mi cuerpo solo para cumplir las expectativas de otros que jamás sabrán lo que se siente vivir diariamente con esto.
—No empieces con tus dramatismos. No eres la única mujer en este mundo, Cathanna. Todas pasamos por esto. Es parte del deber.
—Sí, madre, parte del deber…
Aureum se hizo presente en cuestión de minutos. Las calles estaban repletas de personas que iban de un lado a otro, con sonrisas de felicidad y vistiendo los trajes típicos de la región: vestidos y trajes hechos con hilos de oro puro. Ante sus ojos, parecían ajenos a cualquier sufrimiento. No era de extrañar que se dijera que era la ciudad más feliz del imperio; por ese motivo atraía a muchos turistas.
Cathanna iba contando cada persona que veía con tal de distraer su mente, hasta que su mirada terminó en ellos: cazadores, considerados por todos como la élite del imperio. Tan letales como venerados. Muchas mujeres perdían la cabeza por ellos, soñando con desposar a uno, porque según así, podrían ser protegidas de todo mal. Era un grupo muy selecto compuesto por hombres y mujeres, las cuales solo fueron aceptadas oficialmente hace treinta y cinco años, un lapso insignificante para una orden con más de tres eras de existencia.
Sin embargo, los rumores decían que siempre hubo mujeres en sus filas, aunque sus nombres jamás salieron a la luz. Pero considerando que hasta hacía apenas cuarenta años las mujeres fueron reconocidas como humanas y no como animales gracias a la Ley Femenina —una ley que, irónicamente, solo las valoró al asumir que podían poseer el mismo pensamiento crítico y lógico que un hombre—, no se podía esperar demasiado de una organización como aquella.
—Madre, quiero ser un cazador —dijo Cedrix, con entusiasmo, mirando a través de la ventana a esos hombres de cabeza cubierta, vestidos de negro y con rifles descansando sobre sus espaldas rectas—. ¿Puedo, madre? Te aseguro que seré el mejor de todo Valtheria.
—Claro que sí, mi amor —respondió Anne, con una sonrisa serena—, pero tienes que esperar unos años más, cuando ya estés grande. Ahora eres solo un chiquillo que tiene que seguir aprendiendo su magia.
—¿Y yo también puedo serlo? —curioseó Cathanna, sin ocultar la ironía en su tono—. Vamos, di que sí, madre. Quiero ser un cazador.
—¿De qué te serviría ser uno? —preguntó Anne, sin despegar la mirada de la revista—. Eso es para hombres, Cathanna. Hombres. No sé cuántas veces tengo que decirte que te comportes como una señorita.
—Claro, dile a tu hijo de ocho años que puede ser un emperador, un guerrero, lo que quiera… pero a tu hija de casi veinte, mándala a lavar platos y a sonreír como una muñequita. Qué lógica tan radiante, madre.
—¿Ya vas a empezar con tus dramas patéticos? —investigó Anne, enojada. Dejó la revista a un lado del asiento—. Si te comportas con tu marido de esa manera, solo lograrás que te calle con unos buenos golpes. Aprende a mantenerte callada, Cathanna, por el amor de los dioses. No sé qué tengo que hacer para que dejes de ser una rebelde sin causa. Antes eras tan buena hija, y ahora no puedo contigo, en serio.
—¿Nunca me defenderías si un hombre decide golpearme?
—Si te golpea, es porque te lo mereces.
—Vaya madre —susurró, soltando una risa baja—. Por supuesto que me lo merezco. Tranquila, madre. Reconozco que soy una mujer desastrosa. —Llevó la mirada a esos ojos que la observaban serios y le dio una sonrisa tensa, mostrando los dientes—. Demasiado, creo yo.
—Deberías agradecerme, Cathanna —atacó Anne, negando con la cabeza—. Me esforcé demasiado en enseñarte cómo comportarte frente a los hombres. Te crié para ser una dama. Por favor… no me ridiculices frente a las personas solo porque te crees una sediciosa.
—Y vaya que hiciste un gran trabajo, madre —ironizó Cathanna, arqueando una ceja—. Mírame bien: soy la mujer perfecta, obediente, sonriente, tranquila. La hija que toda madre desea poseer. —Le dedicó una reverencia exagerada, pegando la cabeza en las piernas—. Gracias por enseñarme que debo bajar la cabeza para que no me la corten.
—No quise que sonara de esa manera, hija —balbuceó.
—No, madre. Entiendo perfectamente lo que dices.
El auto continuó su trayecto hasta detenerse en la entrada del gran coliseo blanco, donde había tantas personas que, de solo verlas, el pánico llegó como una avalancha difícil de detener. Respiró profundo, volviendo a jugar con sus dedos, sin apartar la mirada de la infraestructura. La última vez que había ido fue hace casi dos años.
—¿Tienes miedo, hermana?
—No es nada, Cedrix. —Le regaló una sonrisa pequeña.
Comenzaron a caminar, recibiendo varias miradas y saludos que Cathanna no quería corresponder, pero se obligó a hacerlo con la mejor de sus sonrisas falsas. Subió detrás de su madre por las escaleras de piedra hasta llegar al palco, donde su padre conversaba animadamente con varios hombres sentados detrás de él.
Levantó la mirada y vio al emperador, acompañado de sus hijos. El príncipe bajó la mirada y le regaló una sonrisa que hizo que Cathanna se pusiera nerviosa de inmediato. Agitó ligeramente la cabeza y se apresuró a ir con su familia. Anne se sentó al lado de Vermon; Cedrix junto a ella; y Cathanna a la izquierda, incómoda.
—Padre, un gusto volver a verte —saludó ella, besando las dos mejillas de Vermon. Luego, volvió a elevar la mirada a la familia real.
Tragando duro, llevó nuevamente la mirada a su padre, pero algo en él la hizo tensarse. Aquellos ojos, tan similares a los de su abuelo, la hicieron recordar demasiado. Eran los mismos ojos que la habían mirado con lascivia. Los mismos ojos del hombre que había destrozado su vida. Los mismos ojos del hombre que hicieron la sombra en la que se ahogaba cada noche sin escape. Sonrió con falsedad, mostrando los dientes, como si una máscara hubiera caído sobre su rostro, impidiendo que su verdadero sentimiento se filtrara. No podía mirarlo fijo sin sentir la repulsión crecer en su pecho. No podía mirarlo sin pensar en su abuelo y en lo que él le hizo, y ese pensamiento solo la hizo sentir peor de lo que ya estaba, pues le parecía injusto imaginarse a su padre así. ¿Pero qué podía hacer cuando ambos se veían idénticos?
—¿Cómo ha ido todo contigo?
—Todo está en orden, padre —reconoció Cathanna, tensa—. Te he extrañado demasiado estos días que has estado fuera del castillo.
—Disculpad mi atrevimiento —habló un desconocido, posicionándose frente a ellos, con la vista puesta en Cathanna—. Pero, Vermon… posees una hija de una belleza verdaderamente excepcional.
Cathanna sintió las náuseas subirle por la garganta, notando la mirada de ese hombre puesta en ella sin descaro, como quien elegía carne en el mercado, esperando llevarse la más distinguida de todas. Su padre no pareció molestarse por eso; al contrario, inclinó la cabeza con orgullo, como si le hubieran dicho el mayor halago en la historia.
—Os agradezco, Lord Haryn —replicó él con una sonrisa grande, echándole una mirada rápida a Cathanna—. Mi hija ha sido educada para reflejar la dignidad y la belleza de nuestra santificada casa.
—No tengo dudas de ello, consejero. —La sonrisa en su rostro no decaía, solo se hacía más grande con el pasar de los segundos—. Espero que me pueda conceder un baile cuando llegue la Hora del Marcial. Sería un gran honor para mí tener cerca esta mujer tan hermosa.
—Ella estará encantada de hacerlo.
Cathanna bajó la mirada a sus manos, no por vergüenza, sino por contener la furia que creció demasiado rápido. Si abría la boca, acabaría escupiendo fuego. No quería bailar con ese hombre, menos cuando no se lo habían pedido directamente a ella, sino a su padre, el hombre, que, según la sociedad, era el único que podía tomar las decisiones importantes en su vida, como si ella no tuviera derechos.
—Aunque hay que tener en cuenta que mi hija ya se encuentra apartada a otro hombre —explicó Vermon, soltando una risa casi vanidosa—. Así que solo será un baile, Lord Haryn. No trates de engatusarla porque ella no caerá de ninguna manera. Nunca.
—Entonces... me tocará secuestrarla para que sea solo mía —respondió Lord Haryn, entre risas, sin desviar la mirada de ella.
—No será necesario secuestrarme, Lord Haryn —afirmó Cathanna, levantando la vista con una sonrisa demasiado falsa—. Y si lo hiciera, mi prometido no dudaría en desplegar a todos los guardias del imperio para salvarme de sus garras, señor. Así que será mejor que borre esa estúpida idea de tu cabecita. No me iré contigo, Lord Haryn. ¿Bien?
—Tienes mucho carácter, mujer —expuso Haryn, con los ojos entrecerrados—. Considero que es momento de marcharme. —Inclinó la cabeza, haciendo una reverencia a Vermon, quien asintió lento—. Fue un gusto compartir estos minutos con ustedes. Espero verlos en unas horas. Disfruten de la festividad.
Cathanna miró como el hombre se alejaba con una expresión de enojo, antes de llevar su mirada al centro del coliseo, donde los bailarines, con sus trajes sedosos de color tierra, narraban la historia de todos los dioses a través de sus movimientos de baile violentos.
—No puedes hablar de esa manera tan poco elegante hacia las personas, Cathanna —espetó Vermon, con una mirada severa, esperando sumisión inmediata—. ¿Cómo se te ocurre decirle eso al honorable Lord Haryn? ¿Tienes aire en la cabeza en lugar de cerebro?
Cathanna apretó la mandíbula.
—No deseo ser secuestrada por nadie, padre.
—Era solo una broma —respondió él, restándole importancia con un movimiento de mano—. Tienes que dejar de ser tan dramática, niña.
—Por supuesto, padre… porque cuando un hombre habla de secuestrar a una mujer, es divertidísimo, ¿verdad? Lo más normal que existe —soltó Cathanna, clavándole la mirada, enojada—. Pero si una mujer se incomoda, entonces es “demasiado sensible”, “demasiado dramática”, “demasiado todo”. Estoy verdaderamente harta de los chistes de hombres como él, padre. No me hace gracia. Nunca me hizo. Y no me voy a reír solo porque tú digas que debería. No quiero hacerlo.
—Cállate la boca —ordenó Vermon, dejando de mirarla—. No quiero escuchar tus estúpidos lloriqueos. Solo harás que nos vean raro.
—Solo te digo lo que no me gusta, padre. —Lo miró de reojo, algo enojada—. No es motivo para que las personas me crean una demente.
—Te digo que cierres la boca, Cathanna.
Cathanna asintió con la cabeza, frustrada, y alzó la vista al cielo en busca de un respiro, uno solo, lejos de todas esas personas que parecían juzgarla y, al mismo tiempo, devorarla con la mirada sin el menor pudor. Entonces su corazón se detuvo de golpe. Ahí, flotando como si el mundo no la tocara, se hallaba una mujer de alas negras, como las de un cuervo, con los ojos fijos en ella. Su vestido, largo y vaporoso, parecía hecho por la mismísima noche. Era una bruja. Una real. Pero antes de que el miedo pudiera instalarse en su pecho —antes de reaccionar como cualquiera lo haría—, la figura comenzó a deshacerse en ese humo negro tan característico de ellas, antinatural, hasta desaparecer por completo, como si nunca hubiera estado allí.
—Una… bruja —logró susurrar Cathanna, sintiendo su pecho contraerse de miedo—. Acabo de ver una bruja, padre… Una bruja.
Vermon parpadeó lentamente, mirándola como si de repente le hubieran crecido dos cabezas que se movían con brusquedad. Volvió a parpadear, levantando la mirada al cielo, pero no había nada allí.
—Cathanna, las brujas no son un maldito juego —habló Vermon, entre dientes, desconcertado—. No puedes andar diciendo cosas como esas. Menos en lugares como estos, dónde hay muchas personas que podrían alarmarse y destruir la calma. Por favor, concéntrate en la danza y deja de querer llamar la atención, hija. Ya no eres una chiquilla.
Cathanna cerró los ojos por un segundo, tomando una gran bocanada de aire. Odiaba en demasía a su padre en ese momento.
—No busco llamar la atención, padre. —Su mirada se despegó del cielo, dirigiéndose ahora hacia el hombre junto a ella—. Tienes que creerme. De verdad acabo de ver una bruja. Era hermosa y sus alas… sus alas eran aterradoras. Iguales a las de los cuervos —afirmó, tragando con fuerza—. Debemos avisar que hay brujas en este coliseo.
La expresión de frustración de Vermon fue decayendo poco a poco, hasta que solo le quedó confiar plenamente en la palabra de su hija.
—Esto no es bueno —murmuró para sí, aunque Cathanna lo oyó con claridad—. Nada bueno. Si realmente viste una de esas cosas… debes irte. Tienes que regresar al castillo de inmediato, hija.
Antes de que pudiera pronunciar una palabra, Vermon se levantó de golpe, la tomó del brazo con una fuerza que le arrancó un gesto de dolor y, sin dar explicación alguna, la arrastró hacia la salida bajo la mirada confundida de Anne y Cedrix. Cathanna giró un poco la cabeza, encontrándose con varios ojos curiosos en ella, sobre todo, la del príncipe Kaemon, quien tenía una ceja curvada. Volvió a mirar al frente cuando empezaron a bajar las escaleras a toda prisa. Cathanna apenas lograba seguirle el ritmo, intentando comprender qué sucedía.
—¿Por qué debo volver al castillo? —cuestionó respirando agitada.
—No hagas preguntas.
Cathanna miró a su padre con una mezcla de sentimientos encontrados. Pero no dijo nada más. Solo hizo una reverencia y subió al auto, con las manos temblorosas. Miró por la ventana cuando el vehículo comenzó a moverse. El vaivén debió haberla desconcentrado de sus pensamientos, pero obtuvo resultados equivocados, hasta que, de pronto, el auto solo se detuvo de golpe, ocasionando que su frente impactara con fuerza contra la ventanilla de adelante. De sus labios escapó un gemido de dolor mientras llevaba la mano a su frente maltratada. Abrió la puerta y sin pensarlo demasiado, salió del carruaje hecha una furia, encontrándose con el cielo de color naranja.
—Vuelva adentro, señorita Cathanna —pidió uno de los guardias, mirando a un punto fijo en el cielo—. En seguida partiremos al castillo.
—Quiero saber por qué nos detuvimos.
—Vuelva adentro —solicitó otro guardia.
Cathanna entrecerró los ojos, notando algo raro.
—¿Por qué nos detuvimos? —insistió Cathanna.
—Mi señorita Cathanna, vuelva adentro.
—¡Ya díganme que pasa!
Cathanna abrió los ojos de par en par cuando, de la nada, un corcel blanco como la nieve apareció delante de ella. En su lomo, había un cazador cubierto por una capucha que dejaba entrever sus ojos. Sin darle tiempo a reaccionar, él la sujetó con fuerza por la cintura y la alzó como si no pesara nada, colocándola sobre el caballo, que comenzó a galopear rápido antes de que ella pudiera siquiera soltar una sola queja.
Pero entonces percibió esa exquisita fragancia que había comenzado a sentir desde hacía días: vino fuerte y resina de pino, con un dulzor metálico, tan característico de la sangre. Frunció el ceño, con la mente girando en círculos. Nada de lo que estaba imaginando tenía sentido, o al menos eso quería creer, porque no era lógico que esa fragancia perteneciera a un cazador. ¿Qué podría estar haciendo el mismo cazador en los lugares a los que ella acudía cerca del castillo?
Agitó la cabeza, tratando de borrar esos pensamientos, y justo cuando abrió la boca para protestar, una risa macabra descendió desde el cielo, congelándole la sangre. Alzó la vista, lento, y vio a varias brujas volando hacia ellos con sus largas alas de cuervo. Un grito de terror escapó de su garganta, y por un instante, su cuerpo perdió todo rastro de equilibrio, inclinándose hacia abajo. Pero el hombre detrás de ella, la sujetó con fuerza de la cintura, evitando la caída a último momento.
Ese simple toque despertó algo que no tenía nada que ver con las brujas o con el peligro inminente de la situación en la que estaba atrapada, mucho menos con el intenso olor que desprendía ese hombre. Recordó todo lo que había pasado aquella noche: las palabras, los golpes y las humillaciones por parte de su abuelo. Lo que le hizo.
Separó los labios, deseando vociferar algo, pero las palabras no querían salir. Maldijo internamente y solo se obligó a levantar la vista hacia el cielo, donde las brujas seguían persiguiéndolos, soltando risas.
Sintió que el agarre en su cintura se aflojaba poco a poco, hasta que él se incorporó y, desde detrás de su espalda, sacó una hoja envuelta en rayos que por poco la alcanzan. Lo miró de reojo, con los ojos más abiertos que nunca. Luego, soltó un chillido ahogado al verlo saltar del caballo, como si hacerlo fuera pan de cada día. Encontró su blanco sin dificultad: el cráneo de la bruja se partió en dos con un sonido seco que arrancó gruñidos a las otras. Él aterrizó con precisión sobre el caballo, que galopaba en círculos, mientras las brujas huían volando en dirección contraria. Guardó la espada de nuevo en su espalda, rápido, junto al rifle oscuro que adquiría un tono rojizo bajo los rayos del sol.
—¿¡Qué acabas de hacer!? —exclamó ella, tensa, mientras apretaba con fuerza las cuerdas del caballo y miraba de reojo al hombre que seguía de pie, con la vista clavada en el cielo—. ¿¡De… dónde saliste!?
—Pues… técnicamente, señorita, del vientre de mi madre, hace un par de años, casi veintiséis —respondió con una seriedad que rozaba el sarcasmo mientras se acomodaba en el caballo y le quitaba las riendas de las manos de un tirón—. ¿Quieres dejarnos sin respirar o qué, señorita? Porque así no se sujetan las correas de un animal en pleno movimiento. Eres la peor copiloto que he tenido en mi vida. ¡Dioses!
—¡Déjame bajarme ya mismo de esta cosa! —Se retorció como un pez fuera del agua, apretando los ojos con tosquedad—. ¡Esto es un secuestro y está penado con la muerte, con varios años de cárcel o con la deshonra para ti y toda tu familia, sinvergüenza! ¡Libérame ahora!
Zareth detuvo el caballo, y de un salto, sus pies tocaron el suelo. Posteriormente, extendió su mano a Cathanna, quien lo miró como si se tratara de una víbora a punto de sacar sus dientes para morderla. No quería tocarlo. El simple hecho de que su mano se uniera con la de un desconocido le mandaba corrientes de electricidad por la espalda que la hacían temblar de miedo. Pero tampoco sabía cómo bajarse de ese caballo por su cuenta, pues era la primera vez que estaba sobre uno. Así que, obligando a su mente a calmarse, tomó esa mano y descendió.
Él se descubrió la cabeza de un movimiento rápido, dejando ver un rostro que parecía tallado por los mismísimos dioses. Cathanna frunció el ceño, incapaz de apartar la mirada ante aquella perfección que desafiaba toda lógica. Conectó la mirada en sus ojos, y entonces notó aquello que la dejó sin aliento. No eran de un azul claro ni de un celeste común. Eran de un azul eléctrico, tan intenso que dolía mirarlos demasiado. Aun así, le resultaba imposible apartar la mirada de ellos. Destellos plateados danzaban en sus iris, tan similares a mortíferos relámpagos atrapados en medio de una terrible tormenta que amenazaba con destruirlo todo a su paso. Por un momento, juró que, si se acercaba demasiado, podría sentir la electricidad en su piel.
Cathanna se aclaró la garganta, sintiendo sus mejillas arder.
—¿Cómo se supone que llegaré a casa ahora? —murmuró, abrazándose a sí misma y mirando el lugar con desagrado—. No sé dónde estoy, ni con quién estoy. Esto es una completa estupidez… ¿Y por qué te echaste todo el tarro de perfume? —susurró solo para ella.
—¿Crees que yo tengo la respuesta, brujilla? —Sonrió de lado, dejando asomar sus colmillos afilados—. Solo es un bosque. Estoy seguro de que Aureum no se encuentra tan lejos. Lo importante es que estás bien. Deberías agradecerme por ser todo un caballero con usted.
Cathanna cerró las manos con fuerza, mirándolo fijamente, sin siquiera pestañear, como si quisiera lanzarle mil cuchillos encima para destruirle esa inhumana cara de burla. Para ella, que la compararan con una brujilla, era el peor insulto que alguien podría decirle.
—¿Has osado llamarme de esa manera tan ordinaria, cazador? —cuestionó Cathanna, sintiendo el enojo crecer en su cabeza—. ¿Acaso no sabes quién soy yo? Mejor ni me respondas. Llévame a casa ahora mismo. Estoy muy consternada y confundida. Necesito mi habitación.
—Estúpida niñita caprichosa y mimada —escupió Zareth, acercándose lo suficiente como para que sus respiraciones se rozaran—. No soy tu padre para que vengas a darme órdenes, ni algún sirviente tuyo. No tengo ninguna responsabilidad contigo, brujilla. Solo te salvé la vida. ¿Lo entiendes o tengo que explicártelo más fácil?
—¿Quién te crees que eres para hablarme de esa manera tan descortés, cazador? —examinó, abriendo la boca ofendida—. Si no me llevas a casa, iré yo misma y le contaré a mi padre como me has dejado tirada aquí a mi suerte, con tantos animales rabiosos cerca. Por los dioses que él te mandará decapitar. —Se alejó varios pasos—. Lo hará sin pensarlo dos veces, así que, por favor, utiliza esa cabeza que tienes.
—¿Terminaste ya tu discurso barato? —Cruzó los brazos sobre su pecho, moviendo la cabeza a un lado, recorriéndola completa—. Porque ya me estoy quedando dormido de tener que escucharte.
—¡Eres un idiota y un cretino! —pataleó—. ¿¡Qué te sucede!?
—No seas tan dramática, brujilla. —Relajó los hombros—. Dentro de unos minutos vendrán los guardias por ti. Solo tienes que esperar aquí, como toda una niña bonita. Nada de sonidos fuertes. Los lobos podrían venir por ti. Créeme cuando te digo que solo dejan los huesos.
—¡No me digas brujilla! —Respiró profundo, calmándose.
Zareth dejó escapar una risa sarcástica, demasiado ruidosa. Nunca en su vida alguien se había atrevido a hablarle de esa manera, y mucho menos una bruja. La idea de partirle el cuello en ese mismo instante le resultaba demasiado tentadora, pero no podía hacerlo… y esa impotencia solo lo molestaba más. Chasqueó los dedos y, en un parpadeo, desapareció en un remolino, dejándola completamente sola.
Cathanna soltó un soplo de fastidio y comenzó a maldecirlo en todos los idiomas que conocía, hasta que por fin los guardias llegaron hasta donde estaba. Les dio una mala mirada y se metió en el auto, apoyando la espalda en el respaldo de la silla. Soltó un bufido otra vez.
—Qué hombre tan… imbécil.
Al regresar al castillo, se apresuró a entrar sin saludar a nadie, todavía con la cabeza hirviendo de irritación por lo ocurrido. Pero justo cuando estaba por ingresar en su habitación, se topó con Katrione saliendo de la alcoba de su hermano. Ambas se miraron por unos segundos. Katrione se acercó de inmediato y tomó del brazo a Cathanna, ganándose una mirada saturada de desprecio de su parte.
—¿Qué quieres? —Cathanna elevó una ceja, aburrida.
—¿Qué sucede contigo? —le preguntó Katrione, evidentemente nerviosa—. ¿Por qué me estás ignorando? No entiendo nada, Hanna.
—No sé de qué hablas —escupió ella, zafándose de su agarre con brusquedad—. Quizá pasar tanto tiempo revolcándote con mi hermano te dejó la cabeza finalmente hueca, Katrionita hermosa, ¿no?
Katrione arrugó el rostro al instante, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. Por un instante quiso convencerse de que estaba soñando, o de que era una broma, porque jamás hubiera esperado algo así de Cathanna. De los demás, por supuesto que sí. De ellos ya estaba acostumbrada a las burlas y a los juicios, y había aprendido a ignorarlos y vivir con ello. Pero de ella, de su única amiga real, nunca.
Retrocedió unos pasos, sintiendo el ardor en los ojos y un nudo formársele en la garganta. No entendía por qué, de repente, Cathanna se comportaba igual que el resto de Valtheria. Justo ella, que siempre había sido diferente, la única que no la había juzgado jamás por su vida.
—¿Eso es lo que crees de mí, Cathanna? —preguntó, casi sin aire, sin despegar su mirada de los ojos grises de su amiga—. ¿De verdad, Hanna? ¿De verdad piensas que soy una zorra? ¿Por qué me dices esto?
—Es lo que todo el mundo piensa de ti, Katrione —explicó, con la mente nublada por el rencor, tratando de desviar la mirada—. Todos. Me arrepiento tanto de no haberme alejado de ti antes. Eres la peor amiga que alguien podría tener. —Soltó una risa carente de gracia—. No sabes cuanto te estoy odiando. Me da vergüenza que me vean con la gran prostituta de Valtheria, la mujer que deja que todos los hombres la llenen de sus genes solo para tener la boca llena de comida. —Volvió a reír de la misma manera, cruzándose de brazos—. Simplemente ya no quiero que te acerques a mí, mucho menos a mi hermano. No quiero que te acerques a este castillo en tu miserable vida. Mejor ve a divertirte con tus hombres, ya que es a lo único que aspiras.
—¿Crees que yo quiero que me toquen todos esos malditos hombres de mierda? —soltó, con rabia, apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas—. ¿De verdad crees que quiero ir todos los días a ese lugar para que me toquen? No lo hago por placer, Cathanna. Lo hago porque necesito vivir. Lo hago para comprar la medicina de mi madre que se está muriendo poco a poco en casa. Lo hago porque no todas nacimos con el privilegio de ser la hija de un hombre importante como tú. Lo hago porque la vida me ha obligado a vender mi cuerpo para no terminar en la calle mendigando unas monedas. —Las lágrimas fueron deslizándose por su rostro—. Lo hago porque no tengo nada. Y pensé que tú lo entendías más que nadie. Pensé que tú...
—Yo nada —interrumpió Cathanna, con dureza, dándole un empujón en la cabeza con el dedo—. Lo haces porque te gusta andar de zorrita. Siempre hay otras salidas para no ser una asquerosa prostituta, pero tú no quieres buscarlas. No eres la única mujer en el mundo que tiene problemas, Katrione. No eres la única mujer con una madre enferma, ¿pero sabes la diferencia entre esas muchas mujeres y tú? Es que ellas no se la pasan llorando con las piernas abiertas para comer.
—¿¡Cómo te atreves a decir eso!? —vociferó Katrione, con la voz quebrada por completo, conteniéndose para no lanzarle un golpe en el rostro—. No tienes derecho... no sabes nada de mí, ni de lo que hago, ni de lo que siento. No sabes por qué no he dejado ese lugar. ¡No quiero estar un segundo más ahí! Pero tengo que quedarme, porque yo no soy tú, Cathanna —susurró, bajando la mirada a sus pies mientras se mordía el labio con fuerza—. No tengo la protección de una princesa. Yo solo soy yo, y si desobedezco, mi vida se termina. Y no puedo permitir que eso pase, porque tengo más responsabilidades que ser bonita y esperar a convertirme en la maldita esposa de un hombre.
—Por lo menos tengo la certeza de que algún día podré convertirme en la esposa de alguien —especificó, con frialdad, dejando que cada palabra cayera sobre Katrione, quien levantó la mirada, soltando una risa seca—. Créeme que prefiero ser la sumisa esposa de alguien, antes de tener tu miserable existencia, Katrione. Debería darte vergüenza mostrar tu rostro ante los demás, fingiendo que eres una mujer pura.
Antes de que Katrione pudiera responder, Cathanna se internó en su habitación, cerrando la puerta de un portazo. Katrione se quedó inmóvil, con los puños apretados. Luego, los alzó y comenzó a golpear suavemente la madera, mientras contenía el llanto. Necesitaba entender qué había pasado para que su amistad, esa que había durado tanto, se rompiera de pronto como un cristal estrellado contra el suelo.
—Cathanna, habla conmigo —imploró Katrione, con la voz rota—. Sé que podemos arreglar lo que sea que haya sucedido entre nosotras…
Pero Cathanna no respondió. No quería hacerlo.
Katrione tembló de verdad, y se dejó caer de espaldas contra la puerta, despacio. No le importaba quién la encontrara ahí. Ya no le importaba absolutamente nada. Se encogió sobre sí misma, llevando las piernas al pecho, y hundió el rostro entre ellas. Entonces lloró. Lloró con una fuerza que no sabía que tenía, como nunca antes en su vida. Lloró porque se sentía rota, despreciada de una manera horrible y, sobre todo, humillada. El dolor le apretaba el pecho porque, al fin, lo entendía: la mujer a la que había considerado su amiga durante tanto tiempo había mostrado su verdadero rostro. Uno clasista, prejuicioso, indiferente. Un rostro al que no le importaba lo que les ocurriera a los demás solo porque su propia vida era más cómoda, más limpia, más aceptable. Y esa revelación dolía más que cualquier insulto.
Quería entender, de verdad, en qué momento todo se había quebrado, cuál había sido la chispa que destruyó su amistad. Pero tal vez no existía una razón clara. Quizá, la mujer al otro lado de la puerta solo se había cansado de ella… como tantas otras personas. Y eso dolía de una forma insoportable, porque la había soltado justo cuando más la necesitaba, cuando su vida se iba apagando poco a poco, cuando ya no tenía fuerzas para seguir luchando contra una realidad que estaba siendo inhumana con ella y con su madre. Cathanna había sido su única amiga. Calen era bueno, no podía negarlo, pero no era su amigo; nunca lo fue. Ella no lo veía así, y él tampoco. Al final… estaba sola.
Y Cathanna —que en ese momento miraba sus manos como lo más interesante sobre la tierra, también lo estaba—, aunque no lo dijera.
Reconocía que lo que había dicho estaba mal, que era algo sumamente cruel juzgarla por algo que ella no había elegido por placer, pero no podía evitar sentirse consumida por ese rencor en su interior. Ya no intentaba ocultarlo. Cathanna sentía un profundo rencor hacia Katrione por lo que había pasado aquella noche. En su mente, todo tenía claridad: si no hubiera sido por la insistencia de Katrione, nada de aquello habría ocurrido. Pensaba que su abuelo jamás habría cruzado esa línea dolorosa, aunque la realidad era tan desemejante.
Y le dolía demasiado no poder abrazarla, no poder decirle cuanto la quería, que la adoraba casi como una hermana. Pero al mismo tiempo, dentro de ella ardía un impulso feroz de querer destruirla por completo, de borrar hasta la última huella de lo que alguna vez fue ella. Era una tormenta de amor y odio, desgarrándole el pecho como si cada emoción exigiera reinar sobre la otra, y el odio estuviera conquistando.
Cathanna se dejó caer frente al escritorio y comenzó a dibujar en su cuaderno sin una idea clara, con la intención de no pensar en nada. Solo deseaba vaciar su mente hasta que quedara como la parte superior de esa nueva hoja en blanco que no sabía cómo rellenar. Irritada, la arrugó y la arrojó contra la pared. Puso la pluma en otra hoja, pero no podía imaginar nada, hasta que su mano se movió sola, trazando nuevamente ese rostro que tantas veces había visto al dormir.
—¿Quién eres tú y por qué no puedes dejarme tranquila? —Soltó con un suspiro pesado, arrancando la hoja para lanzarla lejos de ella.
Luego de unas horas sumida en su mundo, todavía sentada frente al escritorio y la nueva hoja en blanco, la puerta sonó despacio. Cathanna se levantó a regañadientes, la abrió y se encontró con Celanina. Se hizo a un lado para dejarla pasar, y Celanina frunció el ceño al ver la cantidad de papeles tirados por el suelo. Le lanzó a Cathanna una mirada de reproche; y ella solo se encogió de hombros.
Aunque no era su responsabilidad limpiar la alcoba de Cathanna, Celanina tomó la cesta de basura y empezó a recoger los papeles, soltando murmullos que Cathanna decidió ignorar, con aburrimiento. Entonces algo en uno de ellos llamó su atención. Dejó la cesta a un lado y desdobló el papel, lento, solo para encontrarse con un rostro familiar.
—¿Cómo es que tienes esto, Cathanna? —preguntó, sin apartar la mirada del papel. Luego, tragando duro, miró a la joven en la cama.
Cathanna arrugó el rostro, confundida.
—¿Sabes quién es ella? —susurró, con el pecho apretado.
—¿Tú la conoces? —La voz de Celanina sonó brusca.
—Yo… no. ¿Tú sabes quién es ella? ¿Podrías decirme?
Celanina chasqueó la lengua.
—Fue una mujer muy mala —dijo, arrojando la hoja a la cesta sin miramientos—. Una de las maldiciones del imperio. —Se levantó y caminó hacia la puerta—. Volveré en unos minutos, junto a las demás.
Y sin esperar respuestas, salió de la alcoba.