Dos príncipes gemelos unidos por el trono, pero separados por sus propias sombras. Entre secretos de palacio, guerras inminentes y mujeres invencibles que se niegan a ser dominadas, el amor se convertirá en su mayor fortaleza... o en su ruina. Una historia de lealtad, pasión y un destino escrito con sangre que ni el tiempo podrá borrar. Traiciones de corte, pasiones prohibidas y un imperio que renace del caos. Sigue la historia de dos hermanos y las mujeres que conquistaron sus corazones, sin imaginar que la profecía que los unió dejaría una huella imborrable que trascenderá a través de los siglos.
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Capítulo 18: La Reina consorte
Amira
La lluvia golpeaba con fuerza las vidrieras del pabellón este. Yo permanecía de pie frente al gran espejo de mi tocador, ajustando los pesados pliegues de mi túnica de seda bordada en hilo de oro. A mi alrededor, las sirvientas trabajaban en silencio, temerosas de romper la calma que siempre ha caracterizado mis aposentos.
Como Reina Consorte de este imperio, la compostura no es un lujo; es mi primera línea de defensa.
Sin embargo, en las galerías del palacio, el veneno corría libremente. La llegada de Sora, la nueva Concubina Real del Reino del Sol Naciente, había reavivado las esperanzas del Consejo.
La princesa extranjera, respaldada por la diplomacia de su reino y la estúpida ilusión de los ministros, caminaba por los pasillos como si la corona ya descansara sobre sus sienes. Y para su desgracia, había decidido fijar su objetivo en mí.
El crujido de las puertas dobles interrumpió mi tranquilidad.
Sora entró sin haber sido anunciada. Vestía una túnica de gasa azul con bordados extravagantes, acompañada por dos de sus damas de honor extranjeras. En su rostro de porcelana se dibujaba una sonrisa autosuficiente, esa expresión torpe de quien cree que ha conquistado el mundo solo por recibir un par de miradas complacientes de un hombre.
—Vaya, qué lugar tan sombrío para la mujer que ostenta el título de Reina —dijo Sora, caminando despacio mientras tocaba los adornos de jade de mis estantes con abierta falta de respeto—. Pensé que encontraría a la gran soberana rodeada de la atención de su majestad, pero veo que la soledad es vuestra única compañía constante.
No me giré de inmediato. Continué observando los detalles de mis pendientes frente al espejo.
—Las habitaciones reales no son un mercado de vítores, princesa —respondí con serenidad fría—. La verdadera autoridad no necesita hacer ruido para ser respetada.
Sora dejó escapar una risa corta y aguda, acercándose a mi tocador hasta quedar a pocos pasos de mí.
—¿Autoridad? No nos engañemos, Amira —siseó, inclinándose levemente con una burla incisiva en la mirada—. La corte entera sabe cuál es la verdadera jerarquía en este harén. El rey ha llamado a su habitación a Lyra cuando estuvo enfermo; ha llevado a Alessia a sus aposentos privados tras el banquete; incluso a la pequeña Daría le dedica atención en la biblioteca... Pero a ti, la flamante Reina Consorte, jamás te ha pedido que cruces la puerta de su despacho nocturno.
Las damas de Sora soltaron una risita sofocada detrás de ella.
—Eres la única que falta —continuó Sora, disfrutando de lo que creía que era una humillación insuperable—. Para todo el imperio, eres una esposa de papel, una burla decorativa que ni siquiera posee el favor de su hombre. Y ahora que yo he llegado, no tendrás más remedio que ver desde tu rincón cómo el rey me convierte en la verdadera dueña de este palacio.
Sora cometió el error de creer las mentiras que la nobleza vendía en las esquinas.
Creyó que mi poder dependía del afecto de un soberano.
Creyó que la falta de visitas nocturnas al despacho era una herida en mi orgullo, sin entender jamás que mi relación con el rey no era la de una suplicante buscando amor, sino la de una gobernante compartiendo un trono.
Me giré lentamente hacia ella. La sonrisa de victoria en el rostro de Sora aún estaba fresca.
No pronuncié una sola palabra.
Antes de que la princesa pudiera reaccionar, alcé mi mano derecha y le asesté una bofetada limpia, sorda y brutal en la mejilla izquierda.
¡ZAS!
El impacto resonó en todo el salón. El rostro de Sora fue derivado hacia un lado por la fuerza del golpe, y sus damas de honor soltaron un grito de pavor.
—¡A-Ah...! —gimió Sora, llevándose la mano a la mejilla, con los ojos desorbitados por la sorpresa y el dolor—. ¡¿Cómo te atreves?! ¡Soy una princesa del Reino del Sol Naciente! ¡Su majestad me ha nombrado Concubina Real!
—Exacto —dije con una voz tan grave y cortante que hizo helar la sangre en la habitación—. Eres una concubina. Y yo soy tu Reina.
Antes de que pudiera dar un paso atrás para recuperar la postura, di un paso al frente y la tomé del cuello de su vestido con la mano izquierda, obligándola a mirarme a los ojos, y le asesté una segunda bofetada en la mejilla opuesta con el dorso de la mano.
¡ZAS!
El segundo impacto la hizo tambalearse, cayendo de rodillas sobre la alfombra. El labio le sangraba ligeramente y el maquillaje impecable de su rostro estaba arruinado por las lágrimas de rabia y humillación que comenzaron a brotar de sus ojos.
—Escúchame bien, niña —dije, bajando la mirada hacia ella con una frialdad implacable mientras las sirvientas del pabellón se inclinaban en silencio reverencial—. Estás en mi imperio. Si crees que necesito el favor de la cama del rey para destruirte a ti, a tu ejército extranjero o a los ministros imbéciles que te enviaron aquí, no has entendido absolutamente nada de cómo se gobierna esta corte.
Me limpié los dedos con un pañuelo de lino con absoluta parsimonia, arrojándolo sobre su regazo.
—El rey gobierna con la espada; yo gobierno este palacio con la ley. Si vuelves a cruzar el umbral de mis aposentos sin mi permiso, o si vuelves a dirigirte a mí sin doblar la cerviz, no usaré mis manos: haré que los guardias te arrastren hasta la plaza pública y te despojen de tus títulos por insolencia a la corona.
Sora temblaba en el suelo, apretando los dientes, incapaz de articular una sola palabra de réplica ante la imponente presencia que la aplastaba. Sus damas de honor, aterrorizadas, se apresuraron a ayudarla a levantarse para sacarla a toda prisa del lugar.
Cuando las puertas se cerraron de nuevo, acomodé los pliegues de mi vestido frente al espejo.
No necesito que el rey me llame a su habitación para sentirme segura. Sé quién soy. Sé que mientras la corte entera juega a buscar el 'afecto' del monarca, somos nosotras quienes sostenemos el imperio desde las sombras.
Y si la princesa del Sol Naciente quería guerra, acababa de aprender la lección más importante de su vida: en este palacio, la Reina Consorte no compite por favor... la Reina manda.
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Amira es mi favorita 🥹🫶🏻💜
lo siento, me quedo con el rey y el príncipe 😅😅
yo creo que el rey ama a la reina, y que ella es su amada. por eso la reina sueña con ese enmascarado