Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
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Capítulo 18
Capítulo 18: La primera transformación
La luna llena seguía sobre Sierra Oscura cuando Soria llevó a Kaia a los túneles del archivo.
No la tocó.
No hacía falta.
Dos Warriors caminaron detrás de ella con varas de plata. El guardia del archivo no miró. Nadie miraba cuando un Elder convertía una conversación en sentencia. Esa era una de las primeras lecciones del pack: la violencia importante no siempre hacía ruido.
—Debiste dejar los nombres muertos en paz —dijo Soria.
Kaia bajó las escaleras sin responder.
El fragmento seguía en su manga. Le raspaba la piel con cada paso, más pesado que un cuchillo.
Lía Valeria Montes.
Seis años.
Luna Negra.
Sierra Oscura.
Las palabras no eran recuerdos, pero estaban abriendo espacio para ellos. Una mujer cantando cerca de un río. Un hombre con scent de café y madera dulce. Manos pequeñas agarradas a una manta. Un grito cortado.
Kaia se obligó a respirar por la boca.
El problema era que respirar por la boca no servía cuando la memoria venía desde la sangre.
Su wolf olfateaba dentro de ella, inquieta, siguiendo un camino que Kaia no quería reconocer. Agua negra. Leche fría. Laurel no, otra hoja más dulce. Una risa femenina. Una puerta golpeada. El olor de un hombre desconocido peleando hasta que el aire se llenó de hierro.
Después acónito.
Después Soria.
Kaia apretó el fragmento en la manga hasta que el borde le cortó la piel.
Si aquello era pasado, no podía salvarlo.
Pero sí podía impedir que Soria lo pronunciara como si le perteneciera.
Soria olía a triunfo.
—Velasco te dio una vida —continuó—. Tú, por supuesto, preferiste arañar el suelo hasta encontrar una tumba familiar.
—Si era una tumba, ¿por qué la escondieron?
Soria se detuvo.
Los túneles bajo el archivo eran más antiguos que el Salón del Alpha. Piedra negra, humedad, raíces finas abriéndose paso entre grietas. Allí se guardaban cajas que ningún escribiente quería tocar: juramentos anulados, reclamos disputados, niños sin manada, registros de Luna modificados después de una guerra.
—Porque algunas sangres no merecen futuro —dijo Soria.
Kaia sonrió sin alegría.
—Entonces sí es mío.
El golpe llegó con plata.
No a la cara. Soria era cuidadoso. La vara le cruzó las costillas y el dolor abrió un blanco frío en su pecho. Su wolf empujó, furiosa, pero Kaia la sostuvo. Si cambiaba allí, bajo la piedra, los Warriors tendrían permiso para atravesarla.
*Muerde*, siseó la loba.
No.
*Muerde.*
Todavía no.
Soria levantó la mano para un segundo golpe.
Un rugido sacudió el túnel.
No era completo.
No era libre.
Pero era Mateo.
Kaia lo sintió antes de verlo. El bond se encendió en su pecho, brutal, caliente, como si alguien hubiera tirado de una cuerda atada a sus costillas. Después llegó su scent: mar oscuro, cedro partido, cuero quemado por acónito.
—No —susurró Kaia.
Mateo apareció al final del corredor, descalzo, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor. Su piel estaba marcada por venas verdes. El sello se movía debajo del esternón como una garra tratando de cerrar una puerta que ya se estaba abriendo.
—Aléjate de ella —dijo.
Soria sonrió.
—Mira nada más. El cachorro aprendió a seguir aromas.
Mateo dio un paso.
Su rodilla casi cedió.
Kaia sintió el dolor a través del bond. El acónito le subió por la garganta como bilis.
—Mateo, no.
Él no la miró.
Si la miraba, quizá obedecía.
Los Warriors alzaron las varas.
Soria inclinó la cabeza.
—Rompan lo que quede.
La primera vara tocó el hombro de Mateo.
La plata le quemó la piel. El acónito del sello respondió con una violencia verde. Mateo gritó, y el grito cambió a mitad de camino. Se volvió más bajo. Más ancho. Algo que no cabía bien en garganta humana.
Su wolf empujó.
Esta vez, la jaula se rompió.
No fue bonito.
Sus huesos sonaron como ramas bajo peso. La columna se arqueó. Los dedos se clavaron en la piedra mientras las uñas se abrían en garras oscuras. La piel de sus hombros se tensó, se rasgó en líneas finas y volvió a cerrarse bajo pelaje gris plateado. El aire se llenó de sangre caliente, acónito quemado y la fuerza salvaje de un Alpha bloodline que había pasado demasiado tiempo enterrado.
La transformación no borró el dolor.
Lo volvió enorme.
Mateo sintió cada costilla moverse, cada músculo romper una forma y tomar otra. La mandíbula se le alargó con un chasquido húmedo. Los dientes nuevos empujaron desde las encías como cuchillos vivos. La vista se partió en sombras más nítidas, el oído atrapó gotas de agua cayendo tres corredores más lejos, y el mundo entero se volvió scent.
Soria: perfume podrido, pánico escondido.
Kaia: sangre, lluvia, flor blanca, miedo por él.
Velasco, aún lejos: humo negro.
El wolf tomó todo eso y lo ordenó con una simplicidad brutal.
*Mate herida. Enemigo cerca. Matar.*
La parte humana de Mateo se aferró a una sola idea:
No volverse lo que Velasco quería ver.
Mateo cayó a cuatro patas.
El túnel pareció hacerse pequeño.
Kaia dejó de respirar.
El wolf que levantó la cabeza no era un animal joven.
Era enorme, gris como tormenta sobre plata vieja, con una marca oscura en el pecho donde el sello seguía luchando. Los ojos eran los de Mateo y no lo eran: ámbar profundo, furiosos, completamente despiertos.
*Mate*, sintió Kaia en el bond, no como palabra humana sino como certeza.
El primer Warrior atacó.
Mateo se movió.
No rápido como una sombra. Rápido como una sentencia.
La vara de plata golpeó la pared. El wolf cerró las mandíbulas sobre el brazo del Warrior y lo lanzó contra las cajas. No lo mató. Pudo hacerlo. Kaia lo vio elegir. Eso la asustó más que la violencia.
El segundo Warrior retrocedió.
Soria ya no sonreía.
—Imposible.
Mateo gruñó.
El sonido obligó al Warrior a bajar la cabeza. Incluso con el sello abierto a medias, incluso sangrando verde por la boca, el dominio de Mateo llenó el túnel con una presión que aplastaba pulmones.
Kaia intentó ponerse de pie.
Soria la sujetó por el cabello y puso una daga de plata contra su garganta.
—Un paso más y la abro.
El wolf se quedó inmóvil.
Kaia sintió el bond golpear contra ambos. Pánico. Furia. Una necesidad física de cerrar la distancia. La hoja mordió su piel y una gota de sangre bajó por su cuello.
Mateo la olió.
El túnel entero cambió.
Por un segundo, Kaia pensó que iba a matar a todos.
Entonces una presencia cayó desde arriba como noche sólida.
Velasco.
No necesitó aparecer primero. Su aura llegó antes que sus pasos, entrando por el corredor, bajando por la piedra, doblando las espaldas de los Warriors heridos.
—Basta —dijo el Alpha.
Mateo giró la cabeza, los dientes expuestos.
Velasco apareció detrás de ellos con Beta Cruz y seis guards. Sus ojos no estaban sorprendidos.
Estaban satisfechos.
Cruz no.
El Beta miró primero a Kaia, luego a Mateo, luego a Soria. Su rostro siguió cerrado, pero su scent se llenó de una ira seca que no tenía permiso para existir en voz alta. Kaia la olió incluso con la daga en la garganta.
Salazar no estaba.
Eso también importaba.
Alguien había dejado esta escena sin todos sus testigos.
—Así que todavía podía salir —murmuró.
Kaia entendió.
El archivo. Soria. La amenaza.
Todo había sido una trampa para forzar el cambio.
Mateo también lo entendió.
Se lanzó.
Velasco habló con command.
—Arrodíllate.
La palabra golpeó el túnel como un martillo invisible.
Mateo resistió.
Su cuerpo entero tembló. Las garras marcaron la piedra. El sello del pecho se encendió verde, el oath prendió en su sangre, y el bond le arrancó a Kaia un gemido porque parte de esa orden intentó atravesarla también.
Mateo dio un paso.
Otro.
Velasco sonrió.
—Arrodíllate, Mateo Rojas.
El wolf cayó.
Primero una pata delantera.
Luego la otra.
La cabeza siguió levantada, los ojos llenos de odio, pero las rodillas tocaron la piedra.
El command no lo hizo sumiso.
Lo hizo prisionero dentro de su propio cuerpo.
Kaia vio la diferencia. La vieron también algunos guards, aunque apartaron los ojos enseguida. Mateo no bajó el cuello. No mostró garganta. Cada músculo de su wolf temblaba por seguir de pie, por saltar, por cerrar los dientes en la mano que sostenía el mundo contra su nuca.
Pero la orden Alpha tenía raíz en el blood oath.
Y el blood oath tenía acónito.
Y el acónito todavía estaba dentro de él.
Kaia sintió que algo dentro de ella se partía.
Velasco miró a Soria.
—Gracias, Elder. Ya sabemos cuánto falta para romperlo del todo.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás