Keile después de cometer muchos errores y ganarse el odio de su enigma tuvo que ver como la vida se le escapaba a la persona que más amo , no solo lo vio morir el fue su verdugo y vivió cada día en el arrepiento pero ahora el destino a decido darle una oportunidad volviendo al momento antes de que la luz de su egnima fuese apaga¿cometerá keile los mismo errores de su vida pasada?
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Dudas y desconfianza
En el asiento del copiloto, mientras el coche avanzaba, mi mente viajó inevitablemente al pasado. Diecinueve años. Ese era el tiempo que Keile y yo llevábamos orbitando el uno alrededor del otro como dos astros en colisión.
Cerré los ojos un segundo y casi pude oler el aroma dulzón del jugo de uva derramado sobre su mochila en el jardín de infancia. Recordé su rostro de niño, rojo de furia, jurándome que a partir de ese día me ganaría en absolutamente todo. Y lo había intentado: en los deportes, en las notas, en la disciplina. Habíamos crecido siendo "amienemigos", alimentando un fuego que nos hacía mejores, pero que también nos mantenía distantes.
Pero hoy... hoy ese juego se sentía roto.
—Ese no es el Keile que conozco —murmuré para mí mismo, ignorando la mirada curiosa de Dante—. El Keile que conozco habría hecho un comentario mordaz sobre lo mal que estacionaste el auto, o habría intentado demostrar que su café es mejor que el tuyo.
Ese instinto de competencia, de querer ganarme, parecía haber sido reemplazado por algo mucho más denso y protector. Como si ya no le importara ganarme, sino salvarme.
Caminar por la cubierta del yate siempre me devolvía una sensación de pertenencia. A diferencia de las historias que se cuentan sobre las familias de nuestro mundo, en la mía el amor no era una debilidad, sino nuestra armadura más resistente.
Vi a mi madre acercarse. No me recibió con una orden, sino con una mano cálida en la mejilla y esa sonrisa que solo reservaba para nosotros. Mi padre, aunque mantenía su porte de mando, relajó los hombros en cuanto Dante y yo estuvimos a su alcance.
—Me alegra que estén aquí —dijo mi padre, rodeándonos con la mirada—. El mundo exterior puede estar ardiendo, pero en este barco, solo somos nosotros.
Nos sentamos a la mesa dispuesta en la popa. Entre risas, Dante empezó a burlarse de mi obsesión con el orden, recordando cómo incluso de niño intentaba organizar mis juguetes por colores después del incidente del jugo de uva con Keile. Mis padres reían, y por un momento, las sombras de la "Red Roja" y los negocios turbios se sintieron a un siglo de distancia. Éramos solo una familia disfrutando del sol y el mar.
—Brayan, estás pensativo —murmuró mi madre, tomándome de la mano por debajo de la mesa—. ¿Es por él? ¿Por el joven militar?
—Es que no lo entiendo, mamá —confesé, dejando salir un suspiro—. Diecinueve años compitiendo, odiándonos a ratos, y hoy... hoy me miró como si yo fuera lo más valioso que tiene que proteger. Me dio escalofríos.
Mi padre dejó su copa en la mesa, su expresión se volvió seria pero comprensiva.
—A veces, las personas ven venir tormentas que nosotros aún no alcanzamos a percibir, hijo. Si Keile ha cambiado, es por una razó...
Un pitido agudo y estridente cortó sus palabras. El sistema de alerta del yate empezó a parpadear en rojo en la consola del capitán.
—¿Qué es eso? —Dante se puso en pie de un salto, perdiendo toda su alegría.
Mi padre corrió hacia el radar mientras yo sentía cómo la adrenalina congelaba mis venas. En la pantalla, cuatro puntos de alta velocidad se aproximaban desde diferentes ángulos, cerrando cualquier vía de escape hacia aguas abiertas.
—Son lanchas de interceptación rápida —gruñó mi padre, buscando su radio—. Frecuencia militar. Nos están rodeando.
Miré hacia el horizonte. A lo lejos, las siluetas grises de los guardacostas cortaban las olas con una precisión letal. Mi corazón dio un vuelco. No eran piratas, ni un clan rival. Era el ejército.
“A veces no valoramos la paz hasta que sabemos lo que cuesta recuperarla”.
Las palabras de Keile esa mañana golpearon mi mente como un mazo. Él lo sabía. El desayuno no fue una tregua, fue una despedida. O peor aún, una advertencia que no supe leer a tiempo.
—¡A sus puestos! —ordenó mi madre, su voz ahora era puro acero, mientras sacaba un arma oculta bajo la mesa de seda—. ¡Nadie toca a mi familia!
Me pegué a la barandilla, buscando con la mirada alguna insignia conocida en las lanchas que se acercaban. En mi mente, solo había una pregunta que me quemaba: ¿Estaba Keile detrás de este asedio, o era este el desastre del que intentaba salvarme?