Laura entró en Valdez Enterprises buscando una carrera, pero encontró una perdición.
Bastó una mirada de Adrián Valdez, su jefe, para que la ingenua joven viera desmoronarse su mundo. Lo que comenzó como una admiración profesional se transformó rápidamente en una obsesión voraz: Laura ya no trabajaba para él, vivía para él. Cada gesto, cada orden fría y cada segundo en su presencia se convirtieron en el combustible de un deseo insaciable.
Pero tras la fachada de poder de Adrián se esconden sombras que ella no está preparada para enfrentar. En esta oficina, el deseo no es un juego, es una trampa. Y Laura, cegada por su propia fijación, está a punto de descubrir que entregarse a su jefe es un placer tan intenso como peligroso.
¿Estás listo para cruzar la línea donde la obsesión se vuelve irreversible?
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Capítulo 18: El Despertar de la Hoja en Blanco.
El amanecer en París entró por los ventanales de la suite con una claridad hiriente. No era la luz romántica de los poemas, más bien un resplandor frío que ponía en evidencia cada grieta de mi espíritu.
Me quedé mirando el techo, escuchando el silencio de la habitación contigua, y por primera vez en meses, algo dentro de mí hizo clic.
No fue un estallido de furia, sino algo mucho más peligroso: una calma absoluta y una lucidez glacial que cortó las cuerdas invisibles con las que Adrián Valdez me había estado moviendo.
Me levanté sin hacer ruido.
El suelo de madera crujió bajo mis pies descalzos, recordándome la noche anterior, el olor del club en Le Marais y la visión de Adrián entregándose a la carne de otras mientras me obligaba a ser el altar de su desprecio.
Me miré en al espejo del baño. Mis ojos ya no estaban hinchados; estaban vacíos y el labial borgoña que tanto le gustaba a él estaba corrido en las comisuras de mi boca, como una mancha de sangre seca.
—Se acabó —susurré a mi reflejo.
La palabra no se sintió como una derrota, sino como un exorcismo.
Caminé hacia el armario.
Allí colgaba el traje gris "severo" que él me había ordenado usar para la reunión en Lyon. Lo toqué. La tela era cara, perfecta, fría y lo arrojé al suelo.
No iba a usarlo... No iba a ser su asistente eficiente, ni su sombra, ni su proyecto de escritura. Así que fui al cajón donde guardaba mi ropa vieja, la que traje de Nueva York, la que él despreciaba por ser "mundana" y "aburrida". Me puse mis vaqueros gastados y un jersey negro de cuello alto que no marcaba mis curvas, más bien la que me protegía del mundo.
Con una rapidez metódica, guardé mis pertenencias. Ignoré cada joya que él me había comprado, cada vestido de seda que él había elegido. Los dejé todos allí, esparcidos sobre la cama, como los restos de una piel que acababa de mudar.
Dejé el vestido rojo sangre en el centro de la habitación, una mancha de color en medio del lujo estéril de la suite.
Me senté en el escritorio y tomé una de las hojas de papel con el membrete del hotel.
...Señor Valdez,...
...Usted dijo que yo era una hoja en blanco. Se equivoca. Siempre hubo una historia escrita aquí, solo que usted estaba demasiado ocupado intentando ser el autor como para leerla. Su tinta es oscura, pero mi papel es mío....
...Presento mi renuncia irrevocable. No me busque. No me llame. Ha terminado de escribir....
...Laura....
Dejé la nota y mi tarjeta de acceso sobre una mesa de mármol. Tomé mi pasaporte y mi bolso. Salí de la suite a las seis de la mañana, antes de que el mundo y sobre todo él despertara.
El trayecto al aeropuerto fue en un taxi común, lejos de los chóferes privados de Adrián, se sintió como el primer acto de libertad en una eternidad. Mientras el coche avanzaba por las calles de París, sentí que el peso en mi pecho se aligeraba con cada kilómetro... Ya no era la propiedad de nadie... Ya no era un experimento psicológico.
En la terminal, compré un billete de última hora para el próximo vuelo a Nueva York. Me costó casi todos mis ahorros, pero pagué el precio con una sonrisa amarga.
Me senté en la puerta de embarque, rodeada de viajeros normales, gente que iba a conferencias o de vacaciones, personas que no sabían lo que era ser la obsesión de un hombre que confundía el control con la existencia.
—Vuelo 214 con destino Nueva York, diríjase la sala de embarque —anunció la megafonía.
Al caminar por el túnel hacia el avión, sentí un escalofrío, porque sabía que Adrián Valdez no aceptaría esto con elegancia. Él no era un hombre que perdía.
Imaginé su despertar, el momento en que entraría en mi habitación y encontraría el vestido rojo vacío y la nota sobre el escritorio.
Sabía que su furia sería legendaria, una tormenta que cruzaría el Atlántico para darme caza. Pero mientras me sentaba en mi asiento de clase turista, entre un hombre que roncaba y una mujer con un bebé, me sentí más poderosa que nunca.
Él me había enseñado el abismo para que le tuviera miedo a la caída. Lo que no calculó es que, al soltarme la mano en aquel club de París, me enseñó que yo podía volar sola.
......................
El vuelo duró ocho horas que pasé mirando por la ventanilla, viendo cómo las nubes se convertían en el océano y el océano en la costa de Long Island. Nueva York me recibió con su habitual caos, su ruido ensordecedor y su olor a asfalto y oportunidad.
Al bajar del avión, el aire se sintió más puro que el perfume de sándalo de la suite en París.
Tomé un taxi directo a la casa de mi tía. Y cuando llegué al pequeño apartamento, el sonido de la televisión de Mariana y el olor a la cena de mi tía me golpearon con una fuerza emocional que casi me hace caer.
—¡Lau! —Mariana saltó del sofá al verme—. ¿Qué haces aquí? Pensábamos que estarías en Francia unos días más.
—He vuelto a casa, Mari —dije, dejando caer mi maleta en el pasillo—. He vuelto de verdad.
Mi tía salió de la cocina, limpiándose las manos en el delantal. Me miró a los ojos y, sin preguntar nada, vio la ruina y la reconstrucción que se libraba en mi interior.
Se acercó y me abrazó con una fuerza que Adrián nunca entendería.
—Has hecho bien, hija —susurró—. Ningún sueldo vale si no eres feliz.
......................
Esa noche, dormí en mi cama estrecha, bajo las sábanas de algodón gastado que no olían a nadie más que a casa. No hubo sueños de seda, ni de hombres que querían ser dioses... Por primera vez en semanas, dormí el sueño de los justos.
Sin embargo, a la mañana siguiente, la realidad de Nueva York me recordó quién era mi enemigo y mientras desayunaba con mi familia, mi teléfono vibró sobre la mesa.
No era un mensaje.
Era una notificación de una transferencia bancaria masiva. Adrián había depositado en mi cuenta una suma equivalente a un año de sueldo, bajo el concepto: "Depósito por terminación de contrato - Pendiente de firma".
Segundos después, recibí un correo electrónico. No era de él, sino de su equipo legal.
""Estimada Srta. Laura, su renuncia ha sido recibida. Sin embargo, su contrato incluye una cláusula de confidencialidad y una penalización por abandono de puesto durante un viaje de negocios internacional. El Sr. Valdez solicita una reunión personal para finalizar los términos de su salida mañana a las nueve en el piso cincuenta y cuatro. De no asistir, se iniciarán acciones legales por incumplimiento de contrato.""
Miré la pantalla con las manos temblorosas.
El mensaje era claro: no me dejaría ir tan fácilmente. Francia había sido el escenario de mi humillación, pero Nueva York sería el campo de batalla ya que él pensaba que podía comprar mi silencio o asustarme con sus abogados.
Me levanté de la mesa y caminé hacia la ventana, mirando los rascacielos de Manhattan que se alzaban a lo lejos. Allí, en uno de esos picos de acero y cristal, estaba él, esperándome con su tinta preparada. Pero esta vez era diferente.
Yo ya no era la chica asustada que necesitaba el trabajo para pagar las deudas de su familia. Yo era la mujer que había sobrevivido a su oscuridad y había vuelto para contar la historia.
—Si quieres guerra, Adrián —murmuré, bloqueando el teléfono—, vas a descubrir que una hoja en blanco también puede cortar como una cuchilla.
Mañana volvería al piso cincuenta y cuatro.
Pero no entraría como su asistente. Entraría como su igual, dispuesta a quemar el libro entero antes de dejar que él escribiera una sola palabra más sobre mí.
La verdadera historia no estaba terminando; apenas estaba empezando a ser escrita, y esta vez, yo sostenía la pluma.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
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💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
solo la quiere de espectadora y a ser la sufrir más
y más loca ella sintiendo celos de su prima 🙄🙄🙄 patética Adrian solo las utiliza como trapos y las desecha y ella cree que con ella cambiará