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El Precio De Tu Amor

El Precio De Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Baudilio Smith Burgos

Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.

Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.

NovelToon tiene autorización de Baudilio Smith Burgos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Reconciliación

Capítulo 2: La Reconciliación

Los días que siguieron a esa llamada fueron muy extraños. Laura no sabía si sentirse halagada o acosada porque Michel le timbraba al móvil a cada rato, le dejaba mensajes de texto que ella leía una y otra vez antes de borrar, aparecía en la universidad con pastelitos de guayaba recién horneados —todavía calientes, con el azúcar brillando en la superficie— y una sonrisa que parecía pedir perdón sin decirlo. Era una sonrisa humilde, diferente. No tenía ese aire de superioridad que tanto la molestaba antes.

Laura intentaba ignorarlo, pero su voluntad se derretía cada vez que lo veía. Se odiaba a sí misma por ser tan débil. Pero había algo diferente en la forma en que él la miraba ahora, como si realmente estuviera dispuesto a cambiar que a ella le costaba resistir.

—Toma —dijo él un lunes, dejando una caja de pastelitos en el banco de piedra donde solían sentarse. La caja era blanca, sencilla, atada con un cordón de yute que Michel había anudado con torpeza. Laura notó sus dedos morenos, un poco temblorosos—. Son de guayaba, tus favoritos. Bueno… los que a ti te gustan.

—No tengo favoritos —respondió Laura, sin mirarlo. Pero el olor a masa dulce y guayaba caliente ya le estaba llegando a la nariz, y su estómago hizo un pequeño ruido de traición.

Michel sonrió, como si hubiera escuchado ese ruido.

—Pues deberías. La guayaba es la fruta más subestimada de Cuba. Todo el mundo habla de la piña, del mango, de la papaya… pero la guayaba con su acidez y su dulzor, es la reina. Como tú.

Laura no pudo evitar una sonrisa. Maldita sea, Michel siempre lograba sacarle una sonrisa, incluso cuando ella estaba decidida a odiarlo. Giró la cabeza hacia él y lo vio allí, con la caja de pastelitos en las manos extendidas, como una ofrenda. Tenía una mancha de grasa en el cuello de la camisa, y las uñas ligeramente sucias. No era perfecto, pero era real.

—Siéntate —dijo, apartándose sobre la piedra fría para hacerle un hueco.

Michel se sentó a su lado pero sin atreverse a tocarla, ese detalle le gustó a Laura. Él, que antes siempre buscaba cualquier excusa para rozarle la mano o el hombro, ahora guardaba una distancia respetuosa. Como si supiera que ya no tenía derecho a acercarse sin permiso.

Guardaron silencio un momento, viendo a los estudiantes cruzar el patio de la facultad con sus mochilas y sus sueños a cuestas. Una chica pasó corriendo, riendo con un grupo de amigas. Un profesor mayor cruzó con un montón de papeles bajo el brazo, maldiciendo en voz baja. Laura pensó: Todos ellos tienen vidas más sencillas que la mía. Todos ellos pueden enamorarse sin que su madre les advierta del peligro.

—Lo siento por lo de mi madre —dijo Michel al fin, rompiendo el silencio. Su voz sonó ronca, como si le costara sacar las palabras—. Por no defenderte, por la vergüenza que ella te hizo pasar. Por quedarme callado mientras te humillaba. No hay un solo día que no piense en eso y me dé asco de mí mismo.

—No me debes disculpas —respondió Laura, con la mirada fija en el horizonte—, porque fue tu madre quien me ofendió. Tú solo fuiste un espectador. Un cómplice pasivo, pero espectador al fin.

Michel bajó la cabeza. Se quedó mirando sus propias manos apoyadas sobre los muslos.

—De acuerdo —dijo después de un largo rato—. No te pediré disculpas. Pero tengo que aprender a ponerle límites. No puedo dejar que ella decida por mí toda la vida. Ya no soy un niño.

Laura notó que había algo diferente en su expresión. Una determinación que no le había visto antes. Una pequeña chispa en el fondo de sus ojos oscuros que decía: Estoy harto. Eso le gustó. Le gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

— ¿Y vas a hacer algo al respecto? —preguntó ella, girando ligeramente el cuerpo hacia él.

—Voy a intentarlo —respondió Michel, pasándose una mano por el cabello—, pero no sé cómo hacerlo. Mi madre es fuerte y siempre termina imponiéndome su criterio. Desde pequeño aprendí que decirle que no, era peor que una tormenta. Ella sabe gritar, sabe llorar, sabe hacerte sentir que eres la peor persona del mundo por no hacer lo que ella quiere. Y yo… yo no sé pelear así.

Laura lo miró con atención. Por primera vez no veía al hijo mimado, al vago, al que vivía de las remesas. Veía a un hombre atrapado en una jaula dorada, con las puertas cerradas desde fuera.

—Si no quieres enfrentarla directamente, empieza por cosas pequeñas —dijo Laura, con una voz más suave que antes—. No le cuentes todo lo que haces, ni le consultes para todo. A veces la mejor manera de ganar independencia es haciendo lo que deseas sin pedir permiso. No se trata de una guerra. Se trata de ir construyendo tu propio territorio, poco a poco.

Michel la miró largamente. Sus ojos se encontraron y se quedaron ahí, como dos viajeros que por fin reconocen un camino común. Lentamente, con un temblor que Laura sintió en el aire antes de que ocurriera, él le tomó la mano. No la sujetó con fuerza, sino que la sostuvo, como quien sostiene algo frágil y valioso.

— ¿Y tú qué quieres hacer? —preguntó él, en un susurro.

Laura sintió que el corazón le latía más rápido. El pulso le golpeaba en las sienes, en la garganta, en la punta de los dedos que ahora descansaban entre los de Michel. Podía apartar la mano. Podía levantarse e irse. Podía poner fin a todo aquello antes de que fuera demasiado tarde, antes de que aquella chispa se convirtiera en incendio. Pero no lo hizo.

—Quiero terminar mi carrera —dijo, con la voz más firme de lo que realmente se sentía—. Quiero ser economista para no depender de nadie. Ni de un hombre, ni de una familia, ni de nadie.

—Eso no es lo que pregunté —dijo Michel, acercándose un poco más. Ya estaban muy cerca. Laura podía sentir su aliento tibio, con un leve aroma a café—. Te pregunté qué quieres hacer conmigo.

Laura bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas. No recordaba cuándo había pasado, pero sus dedos ya estaban completamente enredados con los de él. Como si sus manos hubieran decidido algo, que su boca aún no se atrevía a pronunciar.

—No lo sé —admitió, en un hilo de voz—. Me das miedo.

— ¿Miedo? —Michel arqueó una ceja, pero no como una burla, sino con una curiosidad genuina—. ¿Miedo de qué? No voy a hacerte daño, Laura.

—No es eso. Es que… —Laura respiró hondo, buscando las palabras exactas— eres todo lo que no debería querer. No estudias, no tienes ambiciones claras, vives de las remesas de tu madre… y aun así, cuando estoy contigo, me olvido de todo eso. Me olvido de que debería huir. Me olvido de que mi madre me advirtió. Me olvido de que Maritza tiene razón, cuando dice que no soy para tí. ¡Me da miedo de que no pueda pensar con claridad, cuando estás cerca de mí!

Michel sonrió. Era una sonrisa triste, de esas que llegan al alma y se instalan ahí como una pregunta sin respuesta.

—Yo también tengo miedo —dijo, apretándole un poco la mano—. Miedo de no ser suficiente para ti. De que un día te despiertes, y te des cuenta de que perdiste el tiempo conmigo. De que conozcas a alguien mejor, con más futuro, con menos problemas, y entonces me mires como si yo fuera un estorbo.

—Eso no va a pasar —respondió Laura, sin pensarlo. Las palabras salieron solas, como si alguien más las hubiera dicho por ella.

— ¿Cómo lo sabes? —preguntó él, con los ojos brillantes.

—No lo sé —admitió Laura, y por primera vez sonrió de verdad—. Pero no quiero perderte sin intentarlo.

Fue lo más cerca que estuvieron de decirse "Te quiero". Aquella tarde no hicieron falta más palabras. Se quedaron sentados en el banco de piedra, viendo el sol ponerse detrás de los edificios de la universidad. El cielo se tiñó de naranja y morado, como una acuarela derramada. El ruido de los estudiantes se apagó poco a poco, reemplazado por el canto lejano de unos pájaros y el rumor del viento entre los árboles.

Laura pensó en su madre, en las advertencias, en los consejos. Pensó en Maritza, en sus palabras hirientes, en su mirada de desconfianza. Pensó en todo lo que podía salir mal. Pero también pensó en la mano de Michel sosteniendo la suya, en su risa fácil, en la forma en que la miraba como si ella fuera la única persona en el mundo. Y decidió arriesgarse.

Porque el amor, pensó, no es solo una decisión del corazón. A veces es una decisión de valientes. Esa noche, cuando llegó a su casa, Andrea la esperaba en la sala con una taza de té frío y una expresión que Laura conocía demasiado bien. Era la misma expresión que ponía cuando algo le preocupaba, pero no sabía cómo decirlo. Tenía los brazos cruzados y la mirada fija en la puerta, como si hubiera estado esperando durante horas.

—Llegas tarde —dijo Andrea, sin siquiera mirar el reloj.

—Lo sé, mami —respondió Laura, dejando su mochila en el suelo—. Tuve mucho estudio.

—Mientes —Andrea dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco—. Estuviste con él, ¿verdad? Con el mensajero.

Laura quiso negarlo, pero no pudo. Su madre siempre había tenido un radar infalible, para detectar sus mentiras. Desde pequeña Andrea podía saber cuándo había roto un plato, cuándo no había hecho la tarea, cuándo lloraba por algo que no se atrevía a contar. Esa noche no fue la excepción.

—Sí —admitió Laura, dejando caer los hombros—. Estuve con Michel.

Andrea suspiró. Fue un suspiro largo, profundo, de esos que parecen sacar el aire de los pulmones y también del alma. Se llevó una mano a la frente y cerró los ojos un momento, como si necesitara recomponerse.

—Hija —dijo al fin, con una voz cansada pero no enojada—, yo no quiero decirte lo que tienes que hacer. Eres una mujer, casi has terminado la carrera, puedes tomar tus propias decisiones. Te he criado para que seas fuerte, para que no necesites que nadie te sostenga. Pero déjame decirte una cosa.

—Dime —respondió Laura, sentándose frente a ella.

—El amor es importante, sí. Pero no paga las cuentas. No te da un título universitario. No te protege de una suegra que te odia, ni de un hombre que un día decide que ya no te quiere. El amor es bonito, pero no lo es todo. Y si te deslumbras solo con eso, después te quedas vacía cuando el brillo se apaga.

—Ya lo sé, mami —dijo Laura, con un nudo en la garganta.

—Lo sabes —insistió Andrea, inclinándose hacia adelante—, pero te veo deslumbrada igual que yo estuve, cuando conocí a tu padre. Y tú conoces perfectamente cómo terminó eso.

Laura bajó la cabeza y recordó a su padre: el hombre que se fue a Estados Unidos con una maleta y una promesa, y nunca volvió. El que prometió mandar dinero cada mes y nunca lo hizo. El que dejó a su madre sola con una hija pequeña, un montón de facturas que pagar y un vacío en la cama que nadie más pudo llenar. Laura tenía apenas seis años cuando él se fue. Aún recordaba su olor a tabaco barato y la aspereza de sus manos. Pero no recordaba su voz. Esa se había ido primero.

—El problema mami, es que yo no soy como tú —dijo Laura, levantando la cabeza con los ojos húmedos pero firmes—. Y que Michel no es papá.

Andrea la miró largamente. Hubo un silencio pesado entre ellas, lleno de cosas no dichas.

—Eso espero —respondió Andrea, levantándose de la silla—. Porque si lo es, te va a doler más de lo que puedas imaginar. Y yo no voy a poder hacer nada para evitarlo. Ese dolor tendrás que cargarlo sola.

Dicho esto, Andrea se fue a su habitación. Laura se quedó en la sala, con la taza de té frío sobre la mesa y la duda sembrada en el corazón, como una semilla venenosa. Afuera, la noche de La Habana seguía su curso. Adentro, una madre y una hija dormían en habitaciones separadas, cada una con sus propios fantasmas.

1
Mar Sol
Afortunada Laura, no, todos los que trabajan en Estados Unidos, tienen esa suerte.
Mar Sol
Ese poco hombre de Michel y la señora esa, la tal Maritza se van a tragar sus palabras por menospreciar a Laura.
BsB
Hola Beatriz ! Soy el escritor de la novela y te adelanto que ya tengo listos el ochenta por ciento de las capítulos. Te agradezco mucho que hayas leído algunos de los que están publicados, y aunque no lo manifestaste abiertamente, que esperes a que esté termina significa que tal vez te gustó. Me complacería muchísimo saber tu opinión de lo que has leído, y si tienes alguna sugerencia que hacerme. Fue un placer interactuar con usted.
Beatriz
Cuando esté terminada la leo. Está inconclusa
Saily Smith
me en
Sarai Smith
Me encanta esta novela!! Que sucederá con Laura?
BsB: Laura es una mujer luchadora, una guerrera dispuesta a enfrentarse a todos, por defender a su familia y a la empresa. La mafia la amenaza y la coacciona para que forme parte de su nómina, pero ella se resiste. Laura cederá ante la mafia, o trabajará con el FBI para acabar con los mafiosos? Qué tu harías si fueras la escritora de la novela? Tu opinión es muy importante para mí. Gracias por leer y apreciar mi obra.
total 2 replies
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