"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 9: El Sacrificio del Silencio
El uniforme de mesera era pesado, de una tela áspera que irritaba la piel que antes solo conocía la seda. Bianca caminaba entre las mesas del salón común del club, cargando bandejas de plata que le hacían temblar los brazos. Ya no era la reina del reservado; ahora era una sombra más entre el humo y el ruido, recibiendo órdenes de hombres que antes ni siquiera se atrevían a mirarla a los ojos.
Elena, la Madame, la observaba desde la distancia con una severidad nueva. Bianca no lo sabía, pero cada vez que un cliente se sobrepasaba con un comentario o intentaba ponerle una mano encima, una mirada gélida de los hombres de Andrés en las esquinas detenía la acción antes de que empezara.
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El Protector Invisible
En su oficina, Don Andrés Urrieta permanecía frente a los monitores de seguridad. Tenía la mirada fija en la pantalla que mostraba el sector de la barra. Veía a Bianca tropezar, veía el cansancio en sus hombros, y cada vez que ella cerraba los ojos por un segundo de agotamiento, él sentía una punzada que ningún trago de whisky lograba anestesiar.
— Señor... —interrumpió uno de sus guardias—, el pago de la hipoteca de la casa de la joven se realizó esta mañana, como ordenó. También se cubrieron los gastos médicos de la hermana mediana.
— Que ella nunca lo sepa —respondió Andrés sin apartar la vista de la pantalla—. Que crea que es el fruto de su propio esfuerzo. Si ella piensa que todavía la protejo, nunca aprenderá a ser libre. Y si es libre, quizás algún día... elija volver.
Andrés sufría en silencio. Había decidido castigar su propio deseo para no asfixiarla más, aunque verla tan cerca y no poder tocarla era un tormento que lo estaba consumiendo.
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El Regreso del Fuego
Fue en la tercera noche de su "nueva vida" cuando Bianca sintió una presencia que hizo que la bandeja casi se le cayera de las manos. En una mesa apartada, con el rostro aún marcado por los golpes de Santiago pero con la mirada más intensa que nunca, estaba Juan Aguilar.
— Un whisky, mesera —dijo Juan, con esa voz ronca que a Bianca le recorría la columna.
Ella se acercó, intentando mantener la compostura profesional.
— No deberías estar aquí, Juan. Andrés te matará si te ve.
— Andrés no está mirando abajo esta noche, está demasiado ocupado con sus libros de cuentas —mintió Juan, sabiendo perfectamente que Urrieta los observaba—. Además, morir por ti me parece un destino más digno que vivir sin verte.
Juan estiró la mano y tomó la muñeca de Bianca. A diferencia de la protección invisible de Andrés, el toque de Juan era un incendio directo. Bianca, agotada por el desprecio aparente de Andrés y el dolor de la traición de Santiago, se dejó llevar. Necesitaba sentir algo que no fuera cansancio o humillación.
— Mañana, cuando termine tu turno —susurró Juan—. Detrás del mercado viejo. No habrá muelles, ni trampas. Solo tú y yo.
Bianca asintió levemente, con el corazón galopando.
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El Observador Herido
Desde el monitor, Andrés vio el intercambio. Vio cómo la mano de Juan rodeaba la muñeca de Bianca y cómo ella no se apartaba. Vio la inclinación de su cabeza, la confesión silenciosa de un deseo que él ya no podía reclamar.
Andrés apretó el vaso de cristal en su mano hasta que este crujió. Sus hombres lo miraron, esperando la orden de bajar y destrozar a Aguilar una vez más. Andrés respiró hondo, con los ojos cerrados, tragándose la hiel de la posesión.
— ¿Señor? ¿Damos la orden? —preguntó el guardia.
Andrés guardó silencio un largo minuto. Ver a Bianca sonreírle a otro hombre era el infierno, pero verla sobrevivir era su única prioridad.
— Déjenlos —dijo finalmente, con una voz que sonaba a derrota—. Si ella busca el fuego, que lo encuentre. Pero manténganse cerca. Si él le hace daño... si tan solo le quita una lágrima... entonces sí, mátenlo.
Andrés apagó el monitor. Se quedó en la oscuridad de su oficina, amando a Bianca de la única forma que le quedaba: permitiéndole que lo engañara con el hombre que él más odiaba, mientras él seguía pagando, en secreto, el precio de su tranquilidad.