Lolo siempre ha creído que los mitos pertenecen a los libros… hasta que regresa al valle de su infancia y descubre que el bosque esconde secretos que nadie quiere nombrar.
Entre leyendas de kitsune, advertencias silenciosas y una familia que parece saber más de lo que dice, Lolo se adentra en un mundo donde lo sobrenatural no solo existe, sino que observa, espera… y recuerda.
Cuando conoce a un ser tan hermoso como peligroso, Lolo deberá decidir si está dispuesta a confiar en alguien que no pertenece al mundo humano. Porque amar a un zorro no es solo un riesgo para el corazón, sino una amenaza para todo lo que cree conocer.
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Capitulo 19: Eres adictiva
—¡Se está transformando! —exclamó el abuelo, alzando sus manos para trazar un círculo de protección, pero la criatura era demasiado rápida.
Yoshuro se convirtió en una araña gigante, una mole de casi ocho metros de altura que tocaba el techo del templo. Abrió sus mandíbulas quelicéridas y de ellas empezó a brotar un líquido verde y viscoso que siseaba al tocar el suelo. Veneno puro.
—¡Es un Tsuchigumo! —gritó el abuelo, empujándome detrás de él—. ¡Loraine, saca la espada! ¡Ahora!
Mis manos temblaban tanto que casi no podía sujetar la empuñadura de Takemikazuchi. Miré hacia la entrada del templo, deseando con todas mis fuerzas ver una llama azul, un destello de plata, cualquier rastro de Evan. Pero no había nada. Estábamos solos.
—¡Dame el medallón, Diosa de pacotilla! —rugió la araña, lanzando una red de seda pegajosa que atrapó el brazo del abuelo contra la pared.
—¡ABUELO!
Yoshuro, o la cosa que habitaba su cuerpo, empezó a escupir chorros de veneno verdoso por todo el templo. El líquido siseaba al contacto, pero las barreras protectoras del abuelo y el aura celestial que emanaba del santuario purificaban la esencia maligna antes de que pudiera consumir la madera. Sin embargo, la defensa no duraría siempre.
El abuelo y Yune intentaban repelerlo, pero era inútil. Los ataques de energía del abuelo rebotaban en el caparazón de la araña y Yune, a pesar de su ferocidad, no lograba penetrar esa piel blindada. Era demasiado fuerte.
Tomé a Takemikazuchi con manos temblorosas, pero la desesperación era un ruido blanco en mi cabeza que no me dejaba concentrarme. La espada, que antes vibraba con poder, ahora se sentía como un simple trozo de metal muerto.
No me respondía.
Gruñí frustrada y, en un arranque de impotencia, tiré la espada a un lado. No podía hacerlo sola.
La única opción que quedaba era buscar a Evan. Aunque me doliera el orgullo, aunque me jurara a mí misma que no lo necesitaba, tenía que verlo a la cara.
—¡Chicos, aguanten un momento, por favor! —grité hacia el caos.
Me di la vuelta y me adentré en el bosque a toda velocidad. Esta vez, el camino se sentía diferente, el aire estaba denso, cargado de una tristeza que antes no existía.
Pero, a medida que avanzaba, las luciérnagas empezaron a emerger de las sombras, volando alrededor mío en círculos frenéticos, como si estuvieran celebrando mi regreso.
—Cuatro días sin venir por aquí, amiguitas —susurré con una sonrisa amarga, siguiendo el rastro de luz que me guiaba a la cascada.
Crucé la cortina de agua y entré a la cueva. El silencio era absoluto. Allí estaba él, recostado en su nido de seda y pieles, con los ojos cerrados y una expresión de total indiferencia, como si el mundo exterior no existiera. Me acerqué lentamente y el nudo en mi garganta finalmente se rompió.
—Evan... —mi voz fue un susurro roto que hizo eco en las paredes de cristal.
Él abrió los ojos. Me miró sin moverse, con ese dorado gélido que me hacía sentir pequeña.
—¡Evan! Tenías razón... Yoshuro resultó ser un espectro —solté de golpe, las palabras atropellándose unas a otras—. Tengo mucho miedo. El abuelo y Yune están peleando, pero es muy fuerte... Mis poderes no funcionan y no sé qué hacer.
Me derrumbé en el suelo de la cueva, ocultando el rostro entre mis manos mientras comenzaba a llorar desesperadamente. El peso de estos cuatro días y el terror de perder a mi familia me aplastaron de golpe.
—Lo lamento... debí hacerte caso —dije entre sollozos—. Tenías razón sobre él. ¡Perdón!
—Eso es todo lo que quería escuchar —susurró una voz suave y profunda sobre mi cabeza.
—¿Qué? —Levanté la vista, con las mejillas empapadas, y me encontré con que Evan ya no estaba acostado.
Se había sentado al borde de su cama y me miraba con una expresión risueña, casi victoriosa. Se agachó hasta quedar a mi altura y, con una lentitud deliberada, me tomó del mentón.
Su tacto quemaba, obligándome a sostenerle la mirada y haciendo que mi respiración se detuviera por completo.
—Hagamos ese trato de nuevo, pequeña humana —susurró, acercando su rostro al mío hasta que sus ojos dorados ocuparon todo mi campo de visión—. Pero esta vez, será a mi manera. Dejarás que te proteja como es debido. No pienso permitir que me rechaces cada vez que te venga en gana, ni que rompas nuestro lazo por un berrinche.
Sus dedos acariciaron mi mandíbula con una posesividad que me hizo temblar.
—Si vuelvo contigo, Loraine, seré tu sombra, tu escudo y tu dueño hasta que el último espectro sea expulsado. ¿Aceptas las nuevas condiciones?
Estábamos tan cerca que el aire entre nosotros parecía cargado de electricidad estática. Nuestras miradas apenas se sostenían, atrapadas en un duelo de silencios que lo decía todo. Su mano rozaba la mía de forma casi imperceptible, justo en el lugar exacto donde antes brillaba el hilo dorado, como si buscara el fantasma de esa conexión que yo misma había cortado.
Lo miré fijamente. Sus ojos, siempre tan altivos y feroces, tenían ahora esa ternura extraña que pocas veces mostraba. Se veía vulnerable, casi inocente bajo la luz tenue de la cueva. Y, sin embargo, bajo toda esa calma… ardía. Lo sentía vibrar contra mi piel, un fuego latente esperando una sola palabra para desatarse.
—Dilo, Loraine —susurró él, y su voz ronca me acarició los sentidos.
—Kim Evan… —respondí, con un susurro que imitaba el suyo, entregándole el control que tanto había reclamado—. Sé mi Dios protector, por favor.
Evan asintió. Fue un movimiento muy suave, muy lento, cargado de una solemnidad que me hizo contener el aliento. Se acercó con una calma que parecía un ritual antiguo, eliminando la poca distancia que quedaba entre nosotros.
Su mano subió a mi mejilla, cálida y firme, y me acarició con el pulgar la piel justo bajo el ojo, como si estuviera borrando el rastro de mis lágrimas.
Y entonces sentí sus labios sobre los míos.
Fue un contacto suave al principio.
Dulce.
Casi reverente.
Era como si estuviera pidiendo permiso, como si temiera romperme tras estos cuatro días de vacío. Pero apenas abrí la boca para recibirlo, el beso cambió por completo.
Se volvió más profundo, más hambriento, como si su dulzura inicial solo hubiera sido el umbral de una tormenta. Mi cuerpo reaccionó al instante, un calor intenso me subió por el pecho y la espalda, haciéndome perder el equilibrio hasta que mis dedos se aferraron con fuerza a su túnica plateada.
Su lengua rozó la mía con una lentitud exquisita, saboreando cada parte de mí con una devoción que me nubló el juicio. Me besaba como si me hubiera esperado toda una vida, como si estuviera grabándose en mi memoria a través de mi boca, reclamando su lugar no solo como mi protector, sino como el dueño de mi aliento.
De pronto, Evan deslizó su otra mano por mi cintura y me atrajo con una fuerza que me dejó sin aliento, pegándome por completo contra su pecho.
Nuestros cuerpos encajaron con una necesidad muda, como si cada centímetro de mi piel hubiera sido diseñado para encajar con la suya. No había prisa, pero sí un fuego que amenazaba con consumir la cueva entera.
Me mordió el labio inferior, apenas un roce de sus colmillos, lo justo para arrancarme un suspiro cargado de deseo que resonó en las paredes de cristal.
—Eres adictiva —murmuró contra mi boca, con una voz que vibraba con una ronquera animal, y volvió a besarme con un gemido bajo que se mezcló con el mío.
Y ahí lo supe. Ese beso no era solo bonito, ni solo picante. Era un pacto. Un antes y un después en mi existencia.
Uno de esos besos que no se olvidan jamás, que se quedan tatuados en el alma mucho después de que los labios se separan. Jamás pensé que él me fuese a besar, y menos de una forma tan contradictoria, tan dulce que me hacía querer llorar y, a la vez, tan caliente que me hacía arder. Aunque una parte de mi mente me recordaba que esto era por el trato, mi corazón latía desenfrenadamente, ignorando toda lógica.
Nuestros labios se movían al compás en un beso lleno de sentimientos nuevos que me asustaban, pero que a la vez me hacían sentir un vacío voraz si se detenía.
Entonces, un brillo cegador nos iluminó, mucho más intenso que la primera vez que unimos nuestras vidas. Sentí la explosión de poder de Evan antes de verla. De su espalda brotaron las nueve colas, majestuosas y letales, agitando el aire de la gruta. Sus orejas de zorro aparecieron entre su cabello plateado y sus manos, que me sujetaban con firmeza, mostraron unas garras afiladas que brillaban como el metal.
El hilo dorado entre nuestras manos se materializó de nuevo, pero ahora no era un simple hilo, era una cadena gruesa y vibrante que emitía un zumbido de poder absoluto.
Ambos separamos nuestros labios, pero no nos soltamos. Nos quedamos mirando, respirando el mismo aire, compartiendo el mismo latido a través del lazo restaurado. Sus ojos dorados ya no eran gélidos, eran dos soles de furia protectora.
—Vamos por ese maldito... —dije, recuperando mi voz mientras sentía cómo la energía de la espada Takemikazuchi regresaba a mis dedos, incluso a la distancia.
Evan sonrió de medio lado, una expresión depredadora que me hizo sentir, por primera vez en cuatro días, que nada malo podría pasarnos.
—Sujétate fuerte, pequeña —advirtió, mientras una ola de fuego azul nos envolvía a ambos—. Tenemos un templo que limpiar y una araña que aplastar.
En un parpadeo, el aire de la cueva se contrajo y salimos disparados hacia el templo de Izanagi como un relámpago azul cruzando el cielo nocturno.
Me encanta la referencia ... o asi lo entendí 🤣🤣🤣
pero está muy interesante, es la primera vez que leo un libro de romance que tenga tanto folklore japonés 🤭