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Me Casé Con La Hija De Un Millonario

Me Casé Con La Hija De Un Millonario

Status: Terminada
Genre:Dominación / Equilibrio De Poder / Venderse para pagar una deuda / Romance / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 18

El Sector 7 no era un refugio; era una herida abierta en la ciudad que se negaba a cicatrizar. En las entrañas de un almacén de conservas abandonado, donde el olor a salitre y metal oxidado era tan denso que se podía masticar, establecimos nuestro cuartel general. Afuera, la lluvia ácida golpeaba las chapas de zinc con un ritmo de ametralladora, pero dentro, el silencio solo era roto por el siseo de un generador de gasoil que alimentaba un puñado de monitores de tubo catódico.

Araxie estaba tendida sobre una mesa de despiece de metal, rodeada de cables pelados y baterías de camión. Su estado era deplorable. La piel, antes nacarada, ahora mostraba venas de un color azul eléctrico que palpitaban bajo la superficie como si tuviera parásitos de luz recorriéndola.

—Se está muriendo, Elías —dijo Manuel, apartando la vista con un gesto de asco—. O se está convirtiendo en un cortocircuito con patas. El aire a su alrededor sabe a ozono. Mis hombres no quieren acercarse; dicen que da calambres solo con mirarla.

Me acerqué a ella. El calor que emanaba su cuerpo era antinatural. Araxie abrió los ojos, pero ya no eran ojos; eran dos pantallas en blanco, emitiendo un flujo constante de código que se reflejaba en el techo del almacén.

—El sistema... busca el nodo... —susurró ella, y su voz sonó como si diez personas hablaran a la vez a través de un megáfono roto—. La desconexión... está colapsando mi red neuronal. El Consorcio... ha bloqueado los protocolos de enfriamiento. Si no me reconecto a un punto de acceso físico de alta capacidad... mis pulmones olvidarán cómo respirar. Mi corazón se detendrá porque el código que lo gobierna tiene un error de sintaxis.

—Es un virus humano —murmuré, pasándole un paño húmedo por la frente. El agua se evaporó al contacto con un siseo—. Maximilian no la diseñó para ser libre. La diseñó para ser una extensión de su red. Sin La Médula, Araxie es solo una computadora sin ventilación que se está quemando por dentro.

—¿Y qué quieres que haga? —preguntó Manuel, cargando su pistola—. No podemos llevarla a un hospital. El Consorcio tiene ojos en cada cámara de urgencias.

—No vamos a un hospital —respondí, poniéndome mi vieja chaqueta de cuero, la que conservaba el olor a aceite de motor de mi vida anterior—. Vamos al Centro de Datos de la Zona Franca. Es el nodo más cercano que todavía opera con los protocolos antiguos de Maximilian. Si logro infiltrarme y conectar a Araxie directamente al servidor central, podrá "recargarse" y, de paso, infectar la red del Consorcio desde dentro.

—Es una misión suicida, Elías —Manuel escupió al suelo—. Ese sitio está custodiado por las "Sombras", los mercenarios del Consorcio que no sienten dolor y no fallan disparos.

—Entonces es una suerte que nosotros no tengamos nada que perder —miré a los hombres de Manuel, tipos duros con cicatrices y ojos cansados—. Escuchen. El Consorcio cree que somos basura. Creen que el mundo se gobierna con algoritmos. Pero los algoritmos no saben lo que hace un hombre cuando le quitas su hogar y su identidad. Vamos a entrar, vamos a conectar el virus, y vamos a ver cómo arde su cielo de cristal.

El trayecto hacia la Zona Franca fue una odisea a través de una ciudad que se caía a pedazos. Los drones del Consorcio patrullaban las avenidas principales, lanzando luces de búsqueda carmesí que vaporizaban cualquier sombra sospechosa. Llevábamos a Araxie en una camilla improvisada, cubierta con mantas térmicas de plomo para ocultar su firma electromagnética.

Llegamos al perímetro del Centro de Datos a las tres de la mañana. Era un monolito de hormigón negro, sin ventanas, rodeado de una valla electrificada que zumbaba con la potencia de una pequeña ciudad.

—Manuel, tú y tus chicos creen una distracción en la puerta sur —ordené, revisando mi fusil—. Usen los explosivos de construcción. Hagan ruido. Mucho ruido.

—¿Y tú?

—Yo entraré por los conductos de refrigeración con ella. Una vez dentro, tengo diez minutos antes de que el sistema detecte mi presencia física.

El ataque de Manuel fue brutal. Las explosiones iluminaron la noche y el tableteo de las ametralladoras pesadas atrajo a los drones como polillas a una hoguera. Mientras el caos reinaba en la superficie, yo arrastraba a Araxie por los túneles de ventilación. El calor que ella desprendía era insoportable; sentía que mis propias manos se ampollaban a través de los guantes.

—Ya casi estamos, Araxie... aguanta —le suplicaba.

Llegamos a la sala del servidor central. Era una estancia gélida, llena de nitrógeno líquido y el parpadeo infinito de luces blancas. El contraste con el calor de Araxie era casi violento. La deposité en el suelo, junto a la consola principal de administración.

—Conéctame... —gimió ella. Sus dedos se habían vuelto rígidos, como garras de metal—. Julian... Elías... no importa quién seas... hazlo ya.

Busqué el puerto de interfaz neural. Estaba en la base de su nuca, oculto bajo el cabello empapado de sudor. Conecté el cable de fibra óptica del servidor directamente a ella.

El efecto fue instantáneo.

Araxie se arqueó en el suelo, gritando con una voz que no pertenecía a este mundo. Las luces de la sala pasaron de blanco a un rojo furioso. En las pantallas gigantes de la pared, empezamos a ver el combate. No era una pelea de hombres; era una guerra de datos. El código de Araxie, corrupto y hambriento, se lanzó como un lobo contra las defensas del Consorcio.

—¡Estás dentro! —grité, cubriéndome los oídos ante el chirrido estático que llenaba la sala.

—Los veo... —la voz de Araxie resonó por los altavoces de la sala, clara y poderosa—. Veo sus rostros en Ginebra, en Singapur, en Nueva York... Son débiles, Elías. Se esconden tras muros de fuego, pero yo soy el fuego.

En la pantalla, vimos cómo los sistemas del Consorcio en la ciudad empezaban a fallar. Los drones caían del cielo como pájaros muertos. Las luces de los rascacielos se apagaban. Araxie estaba devorando la red, usando su propio colapso biológico para infectar el sistema global.

Pero entonces, una puerta blindada al final de la sala se abrió.

Aparecieron tres "Sombras". Vestían armaduras tácticas negras mate, sin rostros, solo visores de realidad aumentada. No hablaron. Levantaron sus armas de pulsos.

—Araxie, ¡necesito tiempo! —grité, lanzándome tras una consola y abriendo fuego.

—Un minuto... —respondió ella a través del sistema—. Solo necesito un minuto para sellar el virus... y para mostrarte quién es el verdadero dueño de este mundo.

Me quedé sin munición en el fusil. Saqué mi pistola, la que me había acompañado desde los días con Don Manuel. Elías Solo estaba de vuelta, defendiendo a un virus humano en el corazón de la máquina, mientras el mundo que conocía se desintegraba en un diluvio de bits y sangre.

Disparé a la primera Sombra en la articulación de la rodilla, haciéndola caer, pero las otras dos seguían avanzando con una calma mecánica. El aire en la sala empezó a vibrar. Araxie estaba alcanzando el punto crítico.

—¡Ahora, Araxie! ¡Hazlo ahora! —aullé, mientras una ráfaga de energía pasaba a milímetros de mi cabeza.

De repente, todas las pantallas se pusieron en blanco. Un pulso de energía pura salió de la consola central, lanzándome a mí y a los mercenarios contra las paredes. El silencio que siguió fue absoluto.

Me levanté, aturdido, con la visión borrosa. Araxie estaba de pie. Ya no temblaba. Ya no ardía. Su piel estaba pálida y perfecta, y sus ojos eran de un gris profundo, como el mar antes de una tormenta. Los mercenarios del Consorcio estaban de rodillas, con sus visores apagados, como si alguien les hubiera cortado los hilos.

—¿Araxie? —pregunté, acercándome con cautela.

Ella me miró. No había amor en su mirada, pero tampoco el odio de antes. Había una frialdad vasta, infinita.

—El Consorcio ha sido infectado, Elías —dijo ella, y su voz era una sola de nuevo—. He dejado una semilla en sus servidores. Ahora saben que no pueden borrarnos sin borrarse a sí mismos.

—¿Hemos ganado?

—Hemos sobrevivido —corrigió ella, mirando sus manos—. Pero el virus que soy... ya no puede volver a la botella. Me han visto, Elías. Y ahora, ellos saben que el administrador de La Médula tiene un punto débil. Tú.

Afuera, el sonido de las explosiones de Manuel se detuvo. La ciudad estaba en un silencio absoluto, una oscuridad que no se veía en décadas.

Habíamos salvado al virus, pero al hacerlo, habíamos convertido a Araxie en algo que el mundo nunca había visto: una diosa herida con el poder de apagar la civilización. Y yo, Elías Solo, era el único hombre que sabía dónde estaba el interruptor.

1
Sandra Salvador
historia interesante y cautivadora
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