Elara, una veterinaria de élite en Seattle, lo pierde todo tras una negligencia médica provocada por el estrés de un matrimonio abusivo. Buscando anonimato, se muda a Valle Sombrío para dirigir un refugio de animales al borde de la quiebra. Su llegada choca frontalmente con Jason, un hombre huraño y misterioso que vive en una cabaña aislada tras un accidente en el cuerpo de rescate que le dejó una cojera permanente y un alma cerrada bajo llave.
La rivalidad estalla cuando Elara intenta modernizar el refugio, mientras Jason cree que la naturaleza debe seguir su curso. Sin embargo, la aparición de animales heridos con marcas de redes ilegales los obliga a unir fuerzas. Entre el frío de la montaña y la calidez del refugio, Elara y Jason descubrirán que las cicatrices más profundas no son las que se ven, sino las que sanan cuando alguien decide quedarse.
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 3
El aire de la montaña no solo era frío; tenía peso. Elara caminaba por el linde exterior del refugio, donde la propiedad se desdibujaba entre vallas de madera podrida y la inmensidad del bosque estatal. Llevaba una libreta en la mano, intentando anotar las prioridades de reparación, pero su mente seguía atrapada en el olor a encierro. Necesitaba oxígeno, necesitaba convencerse de que el horizonte era real y no otra pared blanca de su pasado.
Se internó apenas unos metros más allá de lo prudente. El suelo estaba cubierto por una alfombra engañosa de acículas de pino y una capa de nieve polvo que ocultaba las irregularidades del terreno. El silencio del bosque era distinto al de la ciudad: no era la ausencia de ruido, sino una presencia vibrante que parecía observar cada uno de sus pasos.
Un destello de color entre los arbustos —quizás el rastro de un zorro o el brillo de una trampa— la distrajo. Dio un paso en falso hacia lo que parecía terreno firme, pero el suelo cedió. La gravedad hizo el resto.
Elara soltó un grito ahogado mientras resbalaba por una pendiente pronunciada, golpeándose contra raíces expuestas y rocas ocultas. Sus manos buscaron desesperadamente algo de lo que asirse, pero solo encontró nieve y tierra húmeda que se le metía bajo las uñas. Finalmente, se detuvo con un golpe seco al fondo de una pequeña hondonada.
El mundo dio vueltas durante unos segundos. El dolor le subió por el costado derecho como una descarga eléctrica. Jadeando, con el sabor a tierra en la boca y el cabello revuelto, intentó incorporarse. Su pierna derecha protestó y un gemido de frustración escapó de sus labios. Estaba atrapada en una zanja natural, despeinada y vulnerable.
—Maldita sea... —susurró, limpiándose la nieve de la cara con el dorso de la mano temblorosa.
La aparición
Fue entonces cuando lo sintió. Esa sensación de ser observada se intensificó hasta volverse asfixiante. Levantó la vista hacia el borde de la pendiente.
Arrecostado contra el tronco de un pino centenario, un hombre la observaba. No se movía. No gritaba para preguntar si estaba bien. Simplemente estaba allí, fundido con el entorno en una chaqueta de lona oscura desgastada y pantalones de trabajo manchados. Era Jason.
Su presencia era imponente, no por su altura, sino por la fijeza de su mirada. Sus ojos eran del color del granito bajo la lluvia: fríos, analíticos y desprovistos de cualquier rastro de cortesía. Elara notó la cicatriz que le recorría un lado del cuello, perdiéndose bajo el cuello de su camisa, y la forma en que cargaba su peso sutilmente sobre una pierna, delatando esa cojera que Nico le había mencionado.
Elara esperó que él bajara la mano, que le ofreciera una cuerda o, al menos, un "hola". Pero Jason permaneció inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho. La observaba como un naturalista observaría a una especie invasora que acaba de estropear su ecosistema.
—¿Te vas a quedar ahí mirando o vas a ayudarme? —espetó Elara, recuperando su orgullo a falta de equilibrio. El tono de su propia voz, firme a pesar del dolor, la sorprendió.
El choque de hielos
Jason no se inmutó. Exhaló una larga nube de vapor por la nariz, un gesto que denotaba un hastío profundo.
—El bosque tiene una forma curiosa de filtrar a la gente —dijo él. Su voz era grave, áspera, como el sonido de piedras rozando entre sí—. Normalmente, el primer filtro es la estupidez.
No bajó a ayudarla. Se limitó a descender un par de pasos por el sendero lateral, deteniéndose a una distancia donde ella aún tenía que mirar hacia arriba. Elara pudo ver de cerca el descuido de su barba y la dureza de sus manos, curtidas por el trabajo rudo y el clima extremo. Había una soledad en él que era casi física, una barrera que gritaba que cualquier intrusión era un ataque personal.
—Soy la nueva veterinaria del refugio —dijo ella, intentando ponerse de pie con dignidad, aunque tuvo que apoyarse en una roca para no caer—. Me resbalé. No es una cuestión de estupidez, es un accidente.
—En la montaña, los accidentes son el nombre que los turistas le ponen a su falta de respeto por el entorno —respondió Jason, sin suavizar el gesto. Su mirada bajó hacia las manos de Elara, suaves y claramente no acostumbradas al trabajo manual de Valle Sombrío—. Te vi llegar anoche. Seattle, ¿verdad? Se te nota en la forma en que caminas, como si el suelo te debiera algo.
Elara sintió que la sangre le subía a las mejillas, y no era por el frío. Aquel hombre no sabía nada de ella, no sabía de Marcus, no sabía del infierno del que venía, y aun así se tomaba la libertad de juzgarla.
—No soy una turista. Y no camino así —replicó ella, logrando finalmente ponerse en pie, aunque su tobillo derecho enviaba señales de advertencia—. He venido a trabajar. A salvar lo que queda de ese refugio.
La advertencia
Jason soltó una risa seca, desprovista de humor. Se acercó un paso más, lo suficiente para que Elara pudiera oler el aroma a humo de leña y resina que emanaba de él.
—Ese lugar es un cementerio de buenas intenciones —dijo él, señalando con la barbilla hacia el refugio—. Y tú solo eres otra heroína de ciudad que busca redención en un lugar que no entiende. ¿Quieres salvar algo? Empieza por salvarte a ti misma y vete antes de que el invierno se ponga serio.
Él no extendió la mano. En lugar de eso, dio media vuelta, usando un bastón de madera oscura que no había visto antes para compensar su cojera.
—¡Espera! —gritó Elara—. Nico dice que tú sabes más de la fauna local que nadie. Necesito saber qué está pasando con las trampas en el linde norte.
Jason se detuvo en seco. Sus hombros se tensaron bajo la lona. Giró la cabeza lo justo para que ella viera el perfil de su rostro endurecido.
—Escucha bien, veterinaria. La montaña no perdona a los que juegan a ser héroes. Aquí arriba, si no sabes dónde pisas, terminas como el animal de una de esas trampas: desangrada y olvidada. Quédate en tu clínica de juguete o vete a casa. Este bosque no te pertenece.
Sin añadir una palabra más, se internó en la maleza con una agilidad que desafiaba su lesión. En pocos segundos, Jason se había desvanecido entre los troncos grises, dejándola sola en la hondonada.
La soledad del fondo
Elara se quedó allí, jadeando, con el corazón martilleándole en los oídos. El encuentro la había dejado más agitada que la propia caída. Había algo en la hostilidad de Jason que, extrañamente, le resultaba más auténtico que las falsas amabilidades de Seattle. Él no intentaba controlarla; simplemente la despreciaba. Y eso, en su retorcida lógica de supervivencia, era un terreno que sabía manejar.
Se sacudió la nieve de la ropa, ignorando el pinchazo en su tobillo. Usó la misma roca para impulsarse y, con un esfuerzo que le hizo sudar a pesar de los bajo cero, logró trepar por la pendiente hasta recuperar el sendero.
Miró hacia donde Jason había desaparecido. El bosque volvía a estar en silencio, pero ahora Elara sabía que no estaba sola. Había un guardián en esa cumbre, un hombre que era puro hielo y cicatrices, y que claramente la quería fuera de sus dominios.
—No me conoces, Jason —susurró para sí misma, ajustándose la chaqueta con un gesto de determinación—. Si crees que un poco de nieve y un hombre huraño van a hacerme correr de vuelta a Seattle, no tienes ni idea de lo que es un verdadero invierno.
Regresó al refugio cojeando ligeramente, pero con la mirada fija en el horizonte. Elara no solo tenía que reconstruir un refugio y curar animales; ahora tenía un motivo más para quedarse: demostrarle al guardián del bosque que ella también tenía garras.