Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capitulo 18
Hassan dejó escapar un ronco gemido y curvó una mano sobre sus muslos, la pasó por debajo de la bata y le agarró el glúteo. La piel estaba ardiendo. Tan solo unas hebras de seda los separaban de la fusión. Podrían hacer el amor allí mismo, contra la barandilla, a ojos de cualquiera que mirase en su dirección.
-Vamos a la cama -dijo él. Los ojos le brillaban de pasión y tenía las mejillas acaloradas-. ¿Puedes andar o quieres que te lleve?
-Puedo correr -respondió ella, y, tirando de él, empezó a avanzar a grandes zancadas, con la risa de Hassan siguiéndola.
De vuelta en el compartimento, en donde ya habían recogido los restos de la cena, se quitaron las batas y se acostaron sin perder tiempo.
Hicieron el amor una y otra vez, sin temor de los breves vacíos que pudieran surgir entre acto y acto, hasta que, finalmente, se durmieron, abrazados, entrelazados, como si el sueño fuera una prolongación del beso.
***
Cuando Geisa despertó se encontró sola en la cama. Se quedó tumbada durante un rato, viendo los rayos de sol que se filtraban entre las cortinas, e intentando no pensar.
Después de una noche de fantasía, había vuelto la realidad. Y no era cálida como el sol, sino fría, como la sombra que se cernía sobre ella.
Un ruido llamó su atención. Movió ligeramente la cabeza y vio que Hassan salía del baño. Iba casi desnudo, con una toalla enrollada a la cintura. Su cuerpo, deliciosamente esculpido en fibra y músculo, apenas tenía vello, lo que le permitía a Geisa deleitarse con la visión de su poderosa anatomía. Lo vio abrir un cajón y sacar unos calzoncillos blancos. Dejó caer la toalla, ofreciendo una fugaz, pero gloriosa vista de sus nalgas endurecidas. Se puso también unos pantalones cortos y una camisa blanca de algodón indio que se ajustaba a sus anchas espaldas.
-Puedo sentir cómo me miras -dijo sin darse la vuelta.
-Me gusta mirarte -dijo ella. Y era cierto.
El se giró, sin abrocharse la camisa, y se acercó a la cama. A Geisa empezó a latirle con fuerza el corazón.
A mí también me gusta mirarte -murmuró, y se inclinó para besarla. Olía a frescor, y tenía el rostro recién afeitado.
-Vuelve a la cama -le pidió ella.
¿Para que puedas embelesarme? Ni hablar, querida. No hay que abusar de lo bueno.
La besó otra vez y se retiró con una sonrisa, pero Geisa pudo ver la dureza de su mirada, lo que indicaba que Hassan ya había vuelto a la realidad.
Se dio la vuelta y abrió un armario repleto de ropa femenina.
-Levántate y vístete -le ordenó-. Dentro de quince minutos servirán el desayuno en cubierta.
Se dispuso a abrir la puerta, al tiempo que las sombras de la realidad se cernían sobre Geisa.
-No ha cambiado nada, Hassan -le dijo con calma-. Cuando salga de esta habitación, no volveré a entrar.
Él se detuvo, pero no se volvió para mirarla.
-Estás de vuelta al lugar que perteneces. Esta habitación es solo una parte -dijo, y se fue sin darle la oportunidad de discutir.
Geisa se quedó un rato contemplando los rayos de sol sobre la alfombra. Finalmente, dejó escapar un suspiro y se levantó. Era el momento de enfrentarse a la siguiente tanda de discusiones…