Él la conoció de casualidad en el bosque siendo cazada como un animal para ser entregada como un sacrificio para apaciguar la ira de la diosa luna. La salvó, no porque le importara sino porque le fascinaba ver el terror en aquellos que se creían superiores, los quemó bajo el poder de las llamas eternas del infierno, los oyó rogar, gritar y suplicar por piedad, pero era tarde cuando las llamas eternas tocaban la carne humana esta ardía hasta quedar hecha polvo.
Ella al verlo sintió curiosidad, miedo, curiosidad y agradecimiento. Lo siguió en un viaje sin retorno donde conoció cada cosa, experimentó qué era ser libre, qué era ser ella misma, sonreír, respirar con tranquilidad y despreocupación ante la posibilidad de ser nuevamente perseguida, ya no era una preocupación, la dejó atrás.
Pasó el tiempo y los cielos la reclamaron. La diosa se la llevó y en consecuencia se desató el caos y quienes osaron llevársela, ardieron en llamas eternas, mientras que otros vivían peor que un animal.
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Capítulo 20
DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS...
KAELYN
—¡Kaelyn, apúrate!—Gritó mi madre llamándome nuevamente. Abrí los ojos con cansancio, no debí de haberme quedado despierta hasta tarde leyendo ese libro sobre historias de amor trágicas, que por alguna razón he tenido esa curiosidad o más bien necesidad de leer, sin embargo, nunca pasé por algo parecido, pero cada vez que veía o escuchaba sobre el tema... mi pecho me dolía y eso a veces provocaba que llorara en silencio.
Salí de la cama percibiendo el olor a chocolate y pan recién horneado invadiendo mi pequeña, pero confortante habitación la cual no le hice casi cambios al pasar los años. Miré las paredes de color azul claro y el escritorio de madera color caoba a lado de la ventana que daba vista al bosque, amaba vivir en él. Me daba paz y conformidad.
Me levanté de la cama haciendo a lado la manta de cuadros azules que apenas me cubría del frío. Hice mi cama tras cambiarme la pijama que era una camiseta holgada y un pantaloncillo negro corto. El frío del suelo se sentía igual de siempre, helado y con sensación de hormigueo al sentirlo. Estaba acostumbrada, pero aun así no mera cómodo realmente.
Al acercarme a mi armario mi teléfono sonó. Solté un largo suspiro. Odiaba tener teléfono, era molesto e innecesario, porque siendo una bruja que ha vivido bajo lo tradicional y práctico en las dos últimas décadas de mi vida me era bastante absurdo e innecesario tener un teléfono de última generación.
Era mejor usar una bola de cristal para comunicarme, pero al asistir en una escuela de magia en la que había licántropos, mitad hechiceros y mitad brujas, bueno... era básicamente obligatorio tener un teléfono. Además, al tener cerca a la Manada Luna plateada, era prácticamente una ley que nadie debía desobedecer y menos al Alfa Einar...
Un tipo al que todos respetaban, pero que al mismo tiempo temían. No le temían por ser cruel, no, eso no. Era más bien un temor que la gente desarrolló hacia él al saber y presenciar qué es lo que pasa cuando alguien lo desafía, desafía su autoridad como Alfa, era bien sabido que él había heredado los terrenos, negocios y el puesto de Alfa. Muchos quisieron oponerse y la mayoría fue silenciada de una forma que de solo pensarlo daba escalofríos, nadie sabía cómo lo hacía y de qué forma, no había respuesta.
Solo era el típico: "Desafió al Alfa y fue castigado"
Eso era todo, nada más.
Dejé de lado ese pensamiento. Me miré en el espejo de cuerpo completo que tenía y asentí satisfecha con mi atuendo. Una blusa blanca de botones en el frente, un pantalón de mezclilla negro ajustado y un suéter azul que combinaba con el color de mis ojos, además de unas botas estilo militar café oscuro. Tomé mi mochila y la colgué sobre mi hombro. Al hacerlo oí la voz de mi madre, nuevamente.
—¡Kaelyn, se te hará tarde!—Gritó. Salí de mi habitación cerrando la puerta. Bajé las escaleras escuchando ese rechinido que siempre hacían cuando las bajaba cada mañana.
Mi madre una mujer madura de mediana edad, ojos idénticos a los míos me miraban con una mezcla de reproche y de seriedad. Ella estaba en la cocina haciendo el desayuno cuando me vio llegar, puso una taza humeante de chocolate caliente en la mesa de madera desgastada que se movía de lado cada que uno ponía algo sobre ella y hasta cuando respiraba.
Su largo cabello gris con negro estaba sujeto a una coleta de caballo un poco desordenada. Ella vestía completamente de negro, el mismo color que veía desde niña, desde el día que mi padre dejó de este mundo dando su último respiro en un altercado ocurrido en las afueras de la Manada Luna plateada hace diez años por algo que hasta la fecha nunca supe de qué se trató.
El delantal amarillo atado a su cintura resaltaba encima de su atuendo.
—Te dije que no siguieras leyendo esas historias, son demasiado tristes y te quitan horas de sueño.—Me habló ella regañándome mientras me tomaba del rostro con sus manos de forma cariñosa.
Se alejó tras pellizcar mis mejillas un breve instante.
—Lo sé, pero si las leyeras entenderías que estas tienen un mensaje profundo que te deja pensando en muchas cosas, mamá—Ella negó con la cabeza con una sonrisa en su rostro.
—Es obvio que nunca cambiarás esa mentalidad. Eres igual a tu padre, él decía esas mismas palabras, pero ahora debes ir a la escuela. Anda, dale un sorbo a tu chocolate caliente y toma un pan recién horneado.—Hice lo que me dijo y me fui corriendo con un pan en la boca que sabía a amor de madre y chocolate. Las dos cosas más deliciosas del mundo.
—¡No eres un perro, mocosa!—Oí a mi madre gritar desde la ventana—¡Kaelyn, no vayas a atragantarte!—Gritó nuevamente.
Corrí tan rápido que no me di cuenta de que había alguien frente a mí. Choqué contra esa persona, di un paso en falso hacia atrás a punto de caerme, pero una mano fuerte y poderosa me sujetó, me atrajo hacia un pecho amplio y fuerte. Me congelé solo un instante y después miré hacia el frente y vi a un hombre de ojos grises, afilados y cortantes como una cuchilla. Su cabello era abundante y oscuro, largo hasta el cuello. Sus rasgos eran atractivos, nariz perfecta y labios perfectos, carnosos a la vista.
Sus ojos se encontraron los míos, mirándome con una mezcla de frialdad e incertidumbre. Era muy alto, delgado, musculoso, piel ligeramente bronceada. Su camisa negra con algunos botones sin abotonar dejaban parte de su físico bien trabajado, las mangas estaban remangadas hasta los codos, su pantalón negro a juego era perfecto inmaculado y sin arruga alguna en él. Sus zapatos negros tenían algo de tierra en ellos, pero no demasiada, solo un poco.
El calor de su agarre me impregnaba la piel de una forma que me hacía estremecer por debajo de la tela. Mantuve la mirada en él esperando a que me soltara o que al menos dijera algo, pero, en cambio, me quitó el pan de la boca y se lo llevó a la suya dándole una mordida considerable y fue entonces que reaccioné.
Me solté de su agarre, enojada le dije mientras se comía mi pan.
—¡Oye, ese era mi pan!—Exclamé mirándolo comerse lo último que quedaba de mi desayuno.—¡¿Qué te pasa?!—Exclamé aún más molesta luego de que se lo terminó y sonrió de forma burlona mostrándome sus dientes con restos de migajas de pan de chocolate, fue que me enojé.
En vez de seguir gritando usé mi magia y lo golpee con ella, lo derribé en el suelo haciendo que derrapara contra este y chocó de espaldas contra un árbol.
Gente que pasaba fue testigo de hazaña mirándome con cara de: ¡¿De qué hiciste?!
Poco me importó, fui hacia él, me acerqué y me agaché a su altura en el suelo, mirándolo confundido y a la vez molesto.
—No quién diablos eres y no me importa. Nadie se mete conmigo y mi desayuno, además... veo que por tu expresión... nadie ha sido capaz de ponerte en tu lugar, es tu día de suerte... una bruja te puso en tu lugar, maldito chucho pulgoso...—Me levanté y me fui ignorando las miradas de incredulidad de los demás que fueron testigos de lo que había hecho.
Salí del bosque y me fui a clases sabiendo que toda la escuela hablaría de mi hazaña realizada hacia ese licántropo de pacotilla.