Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 24
Alexander.
El silencio puede ser más violento que una bala.
Lo aprendí hace años, en contextos donde hablar significaba morir. Y esa misma clase de silencio fue el que se instaló entre Luciana y yo desde que regresamos de la luna de miel. No era incómodo. No era frío. Era… contenido. Como si ambos estuviéramos caminando alrededor de algo que ninguno quería nombrar primero.
Luciana seguía siendo ella: firme, elegante, inteligente. Pero algo había cambiado. No en su voz, sino en la forma en que medía las palabras cuando hablábamos de su pasado. No mentía. Seleccionaba.
Y eso lo noté de inmediato.
No la confronté. No porque no pudiera, sino porque quería observar. Luciana no es una mujer que oculte por miedo; lo hace por cálculo. Y eso me intrigaba más de lo que debería.
La segunda señal llegó por canales que no deberían existir.
Un informe llegó a mi escritorio sin remitente visible. No era mediático. No era burdo. Era quirúrgico. Demasiado bien construido para ser una filtración improvisada. Mezclaba datos reales —verificables— con otros cuidadosamente alterados.
El tipo de documento que no destruye con una explosión, sino con una grieta lenta.
Lo leí completo. Dos veces.
Había un fragmento específico que me detuvo.
Un episodio del pasado de Luciana. Real. Antiguo. Legalmente irrelevante… pero narrativamente devastador si se sacaba de contexto. Y lo peor: estaba envuelto en una mentira suficientemente creíble como para confundir incluso a alguien entrenado.
Rodrigo no estaba atacándome a mí.
Estaba poniéndola a prueba a ella.
Cerré el archivo y no dije nada.
No llamé a Luciana. No pedí explicaciones. Porque había algo más importante que una respuesta inmediata: entender por qué ella aún no me lo había contado.
Esa noche la observé mientras trabajaba en la sala. Estaba sentada con las piernas recogidas, el cabello suelto, concentrada. Hermosa, incluso cuando no lo intentaba. Cuando levantó la mirada y me sonrió, sentí ese tirón incómodo en el pecho que ya me era familiar.
—¿Todo bien? —preguntó.
Asentí.
—Solo trabajo.
Mentí.
Pero no por desconfianza.
Por estrategia.
Más tarde, mientras compartíamos una copa de vino, fue ella quien habló primero.
—Hay cosas de mi vida que no he mencionado —dijo, sin mirarme directamente—. No porque sean oscuras… sino porque ya no me definen.
La observé con atención.
—Todos tenemos capítulos cerrados —respondí—. La pregunta es quién decide cuándo volver a abrirlos.
Me miró entonces. Sus ojos no esquivaron los míos.
—Eso intento decidir.
Y ahí estuvo.
La confesión parcial.
No dijo todo.
Pero dijo lo suficiente para confirmar lo que ya sabía.
No la presioné. No hice preguntas adicionales. Luciana no se empuja; se acompaña hasta que decide avanzar sola. Y en ese momento entendí algo peligroso: alguien más iba a intentar obligarla a hablar antes de que estuviera lista.
Esa misma madrugada, otra notificación llegó.
Esta vez no era un documento.
Era un mensaje.
Una prueba alterada había sido enviada a varios contactos estratégicos. No publicada aún. Una amenaza en pausa.
Rodrigo estaba convencido de que yo esperaría. De que no atacaría antes de la boda, antes de estabilizar la imagen pública.
Sonreí por primera vez en horas.
Se equivocaba.
Miré hacia la habitación donde Luciana dormía. Tranquila. Vulnerable solo en apariencia.
Tomé el teléfono y marqué a seguridad.
—Activen el protocolo negro —ordené—. No quiero ruido. Quiero rastreo.
—¿Objetivo?
—Quien crea que puede tocar lo que es mío sin consecuencias.
Colgué.
Porque la filtración era solo el inicio.
Y si Luciana aún no sabía toda la verdad sobre lo que estaba en juego…
Pronto lo sabría.
Pero no por Rodrigo.
Por mí.
Mientras apagaba la luz, una última notificación apareció en la pantalla.
Un nombre que no veía desde hacía años.
Un alias que solo se usa cuando la guerra deja de ser simbólica.
Y entendí que el siguiente movimiento no iba a poner en riesgo mi imperio.
Iba a poner en riesgo su confianza en mí.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/