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ENAMORADO DEL AMANTE.

ENAMORADO DEL AMANTE.

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Matrimonio arreglado / Triángulo amoroso / Completas
Popularitas:8.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LAS CONSECUENCIAS DEL INCENDIO.

El silencio del coche era denso y electrizante, cargado del fantasma del beso y el olor ácido del vino seco. Caeleen conducía con los nudillos blancos sobre el volante. Azren miraba por la ventana, el sabor a ira, vino y sorpresa áspera aún ardiendo en sus labios. No se arrepentía. Había sido un acto de locura, pero también de liberación. Por primera vez, no había sido un espectador. Había sido un incendiario.

Caeleen desvió el coche bruscamente hacia un callejón oscuro y apagó el motor. La penumbra los envolvió, haciéndolos cómplices.

—¿En qué demonios estabas pensando? —preguntó Caeleen, su voz baja pero cortante como el cristal de la copa rota.

—En subir la temperatura —respondió Azren, sin mirarlo—. Tú y Darius encendieron la mecha. Yo sólo avivé el fuego.

Caeleen giró hacia él. En la oscuridad, sus ojos ámbar brillaban con una mezcla de furia y algo más: perplejidad.

—Eso no estaba en el plan. El plan era mantener las apariencias, no… provocar un incendio.

—¿Y qué provocó el vino en mi chaqueta, Caeleen? ¿Una bendición? —La voz de Azren sonaba extrañamente calmada—. Él dibujó la línea de batalla. Yo sólo crucé al otro lado.

Caeleen guardó silencio, estudiándolo. Azren podía ver cómo su mente, acostumbrada a controlar todas las variables en la cancha, luchaba por procesar esta nueva: Azren no era predecible.

—Darius… —masculló Caeleen, y el nombre sonó a obsesión y a cálculo roto—. Eso lo cambia todo.

—¿Para bien o para mal?

—No lo sé —admitió Caeleen, con una franqueza que sorprendió a Azren. Se pasó una mano por el pelo, un gesto de frustración genuina, casi humana—. Pero no tomes otra decisión así sin… consultarlo.

—¿Consultarlo? —Azren se inclinó hacia él, el corazón latiendo con una adrenalina nueva, no de miedo, sino de desafío—. ¿Desde cuándo necesito tu permiso para defender mi propio territorio? ¿O es que sólo tú puedes marcar los límites?

Caeleen lo miró fijamente, y por un instante, Azren creyó ver un destello de respeto en esa mirada depredadora. No era cariño. Era el reconocimiento de un adversario inesperado.

—No lo hagas otra vez —dijo Caeleen, pero la orden sonaba más a advertencia entre iguales que a un mandato.

Al día siguiente, mientras Azren intentaba rescatar su chaqueta arruinada, recibió una visita inesperada.

Era León Rivas. Pero no parecía el hombre cansado y resignado de la cafetería. Había un brillo nuevo en sus ojos, una energía contenida. Iva vestido con ropa casual, vaqueros y una chaqueta de cuero que le daban un aire más joven, menos de abogado impecable.

—Vine a darle las gracias —dijo León, sin preámbulos.

—¿Las gracias? —Azren parpadeó, desconcertado—. ¿Por qué?

—Por anoche. —León entró sin esperar invitación, como si ya conociera el apartamento. Se dejó caer en el sofá con una familiaridad que sorprendió a Azren—. Es la primera vez en años que veo a mi esposo tan… vivo. Llegó a casa y rompió cosas. Gritó. Discutió con pasión, no con esa tristeza resignada de siempre. Por celos. Por rabia. Por algo real.

Azren se quedó de pie, sin saber muy bien qué hacer.

—¿Quieres café? —preguntó, por decir algo.

—No. Quiero hablar. Siéntate.

Azren obedeció. Se sentó en el sillón frente a León, sintiéndose como en una sesión de terapia invertida.

—A ver si lo entiendo —dijo Azren—. ¿Me estás dando las gracias porque tu marido está hecho polvo?

León sonrió. Una sonrisa amplia, sin amargura.

—No. Te estoy dando las gracias porque está sintiendo algo. Cualquier cosa. Porque desde que tengo memoria, Darius se mueve entre dos aguas sin mojarse nunca. Contigo, con Caeleen, conmigo… siempre a salvo, siempre con una puerta de escape. Y anoche, por primera vez, perdió el control. Y fue real.

Azren no supo qué decir.

—Mira —continuó León, inclinándose hacia adelante—. Darius ha estado cómodamente atrapado entre dos mundos durante años. Sin tener que elegir, porque ninguno lo forzaba al límite. Caeleen lo espera, yo lo espero, y él se balancea entre los dos como un péndulo. Pero anoche, usted cambió la ecuación.

—¿Yo?

—Usted. —León lo señaló con un dedo—. Se convirtió en una amenaza creíble. Alguien que puede ocupar su lugar. Y a Darius no le gusta que le cuestionen lo que cree suyo.

Azren sintió un escalofrío.

—No quiero quitárselo —protestó—. No es una competición.

—¡Pero ya lo es! —León se rió, pero no era una risa cruel. Era casi liberadora—. En su mente, usted ya no es el profesor simpático que traduce poemas. Es el rival. Y Darius es competitivo. Competitivo hasta la médula. Ahora tendrá que luchar. Y en esa lucha, se definirá.

—¿Definirse cómo?

—O vuelve a mí, exhausto del drama, o se lanza de una vez por todas con Caeleen. O quizás… —León hizo una pausa, sus ojos claros fijos en Azren—. Quizás descubre que hay otras opciones que no había considerado.

Azren sintió que la sangre le ardía.

—No estoy intentando…

—Lo sé. —León levantó las manos en gesto de paz—. No estoy diciendo que lo haga a propósito. Estoy diciendo que lo ha hecho sin querer. Y eso es más poderoso que cualquier estrategia.

Azren lo miró, atónito. León no estaba herido. No estaba celoso. Estaba... ¿aliviado?

—¿Me está animando a continuar?

—Le estoy diciendo que ya no tiene salida —corrigió León, su voz amable pero firme—. Darius no se va a rendir. Para ganar, tendrá que mostrar sus cartas. Todos tendremos que mostrarlas. Así que, sí. Siga. Hágalo creíble. Cuanto más lo vea Darius donde él cree que debe estar, más se verá forzado a tomar una decisión.

—¿Y usted? —preguntó Azren—. ¿Qué gana usted con todo esto?

León tardó en responder. Miró por la ventana, hacia la calle, hacia la luz gris de la mañana.

—Yo gano lo mismo que siempre he querido —dijo al fin—. Que Darius sea feliz. Conmigo, con Caeleen, con quien sea. Pero que sea. Que deje de ser esa sombra que siempre está a medias. Y si para eso hace falta que usted le prenda fuego a su vida… bienvenido sea.

Se levantó. Se acercó a Azren y le puso una mano en el hombro. El gesto era firme, casi paternal.

—Mi esposo puede ser un huracán cuando se lo propone —dijo—. Y Caeleen es otro. Usted acaba de demostrar que también sabe serlo. Así que, suerte, señor Liáng. La va a necesitar.

Le dio un golpecito en el hombro y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió.

—Ah, y una cosa más.

—¿Sí?

—Cuando todo esto termine —León sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina—, invíteme a un café. Creo que usted y yo tenemos mucho de qué hablar.

Y se fue, dejando a Azren con la cabeza dando vueltas.

No había un esposo pidiendo piedad. No había una víctima resignada. Había un hombre que había decidido usar el caos como herramienta. Que veía en Azren no a un enemigo, sino a un aliado inesperado en una guerra que llevaba años librando en silencio.

Esa tarde, llegaron dos mensajes.

El primero, de Darius. Corto, cargado de promesa:

"Parece que subestimé el juego. Mi turno."

Azren lo leyó tres veces. No sabía si era una amenaza, una declaración de guerra, o un desafío. Probablemente las tres cosas.

El segundo, de Caeleen. No era una orden. No era una instrucción. Era, por primera vez, algo que parecía una invitación genuina:

"Partido mañana. Palco privado. Asiste. Quiero que estés allí."

No decía "necesito que te vea". Decía "quiero que estés".

Azren miró los dos mensajes. El teléfono vibraba aún en su mano, caliente, vivo.

León tenía razón. Ya no había salida. Había prendido fuego al campo y ahora los dos jugadores principales se preparaban para una batalla donde él, el incendiario accidental, era a la vez el botín, el arma y, tal vez, el único testigo que entendería el precio de la victoria.

Pero también era algo más. Algo que no había previsto.

Era el que había despertado a León de su letargo. El que había hecho que un hombre roto sonriera por primera vez en años. El que había convertido un estancamiento insoportable en un campo de posibilidades.

Por primera vez, no sentía que estuviera cayendo al abismo.

Sentía que saltaba hacia él, con los ojos bien abiertos.

Y en el fondo, una certeza nueva, extraña, comenzaba a formarse:

Quizás no estaba solo. Quizás, en medio de todo este caos, había encontrado un aliado inesperado.

Un hombre que, como él, solo quería que todo terminara. Pero que, a diferencia de los otros, estaba dispuesto a quemarlo todo para conseguirlo.

1
fryda~
Esto sonó muy personal 🥹
;; Aracnea ♡
Me enganché desde el principio. La historia de Azren y Caeleen me tuvo completamente atrapada, pero salí agotada de tanto drama. Azren me sacaba de quicio con lo sumiso que era, dejando que le pasaran por encima una y otra vez. Caeleen es de esos personajes que amas y odias al mismo tiempo: un imbécil con momentos de brillo. Darius me caía fatal al principio, pero terminé entendiéndolo e incluso sintiendo pena por él. Y León... pobre León, el único cuerdo de toda esta historia, merecía mucho más. 10/10
Fany Torres
excelente trabajo bellísima historia me encantó felicito al autor gracias por compartir su talento con nosotros siga así
Santy
Me gustó mucho. Disfrute la historia, los altos y bajos de emociones que me generó la trama. Recomendadisima!! /Heart/
Santy
El final que merecían 👏🥰..
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