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JUEGO DE BRUJAS

JUEGO DE BRUJAS

Status: Terminada
Genre:Brujas / Magia / Mundo de fantasía / Fantasía épica / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: lili saon

Cathanna creció creyendo que su destino residía únicamente en convertirse en la esposa perfecta y una madre ejemplar para los hijos que tendría con aquel hombre dispuesto a pagar una gran fortuna de oro por ella. Y, sobre todo, jamás ser como las brujas: mujeres rebeldes, descaradas e indomables, que gozaban desatarse en la impudencia dentro de una sociedad atrancada en sus pensamientos machistas, cuya única ambición era poder controlarlas y, así evitar la imperfección entre su gente.
Pero todo eso cambió cuando esas mujeres marginadas por la sociedad aparecieron delante de ella: brujas que la reclamaron como una de las suyas. Porque Cathanna D'Allessandre no era solo la hija de un importante miembro del consejo del emperador de Valtheria, también era la clave para un retorno que el imperio siempre creyó una simple leyenda.

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CAPÍTULO DIECISIETE

056 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua

Día del Último Aliento, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio deValtheria

—A los costados encontrarán bolsos de equipaje —dijo Edil, dándose la vuelta hacia ellos—. Cada una está marcada con un género: hombre o mujer, al frente. Levántense, tomen la suya y regresen a sus lugares. Solo tienen cinco minutos para revisarlas. ¡Muévanse!

Cathanna llevó la mirada hacia el lateral de la amplia sala en la que se encontraban —que estaba escondida detrás de una puerta camuflada en una gran roca—. Se levantó con cuidado y arrastró los pies hasta llegar a uno, que no dudó en tomar. Pesaba más de lo que imaginaba, y tuvo que esforzarse para llevarlo consigo.

Al abrirlo, encontró raciones de comida empaquetadas en cajas verdes, un menaje de metal, varios uniformes bien doblados junto a botas, varias dagas bien afiladas, un kit de cuidado para heridas, pijamas, toallas y otros suministros esenciales, como gel para el cabello, cepillo de dientes y compresas sanitarias.

—¿Esto es... Nexos? —preguntó Cathanna, sosteniendo el pequeño envoltorio anticonceptivo.

—Entonces sí que habrá mucho sexo aquí —dijo Shahina con una gran sonrisa. Se había sentado a su lado, junto a Riven, quien conversaba con una chica de orejas puntiagudas con mucha naturalidad—. Solo falta encontrar a los cazadores para que me...

—¡Cállate, Shahina! —la interrumpió Cathanna, horrorizada, dejando el envoltorio rápidamente en su lugar, muerta de vergüenza—. No puedes ir diciendo esas cosas, así como así. ¿Qué van a pensar los demás de ti?

—¿Y a mí que me importa la opinión de los demás? —preguntó, jugando con un mechón de cabello, haciendo círculos lentos—. Ni que todos ellos fueran almas inocentes que nunca han tenido sexo en sus vidas. Me vale una mierda lo que piensen de mí.

—De todas maneras, hay que mantener la discreción —indicó Cathanna, sonriendo incómoda—. Y ser unas señoritas decentes.

Shahina la miró con burla, pero no dijo nada más.

—Los cinco minutos se acaban, reclutas —anunció Edil con voz autoritaria, acomodando su pulcro uniforme negro—. Muévanse ya.

Cathanna guardó todo de vuelta en el bolso y cerró la cremallera con un movimiento brusco, provocando que sus manos palpitaran de dolor de inmediato. Apretó los ojos con fuerza, aguantando las ganas de soltar esos gemidos que atrapó en la garganta. Bajó el bolso, poniéndolo bajo la mesa, junto a los demás. Luego, llevó la mirada al frente, a donde estaba Edil con impaciencia.

—Espero que hayan encontrado todo en orden —continuó Edil, clavando la mirada en ellos—. Lo que llevan en esos bolsos es lo único que tendrán para sobrevivir en los próximos meses. Aprendan a valorar cada objeto, porque nadie les dará reemplazos si lo pierden. Las cosas de aseo personal se les suministrará cada semana. No se preocupen por eso... a menos de que a los Silios se les olvide dejarlas en sus rotondas.

Los Silios eran criaturas de verdadero terror. No poseían carne ni huesos, solo una forma espectral envuelta en túnicas negras que parecían tener vida propia. Donde debería estar el rostro, había un hueco negro que aterrorizaba a quienes se atrevieran a mirar más de la cuenta. Se decía que su sola presencia congelaba hasta el más cálido de los huesos.

—Chicas, recojan su cabello en una moña. ¡Apresúrense! —ordenó Edil, chasqueando los dedos con desdén—. ¡No sean lentas, muñecas! Así deberá mantenerse a partir de hoy, sin un solo pelo suelto. Quien no lo tenga como indiqué, sufrirá un castigo muy severo. Y créanme... —susurró, con una sonrisa torcida—. Me encanta castigar reclutas desobedientes.

Cathanna sujetó su cabello con la rapidez que sus manos magulladas le permitían. No tenía para amarrar su cabello. Sacó de su bolsillo la espada en su forma pequeña, y entonces hizo un moño con su cabello y clavó la espada en el centro, pues era lo único que podía mantener sus hebras en forma durante los próximos minutos, hasta que tuviera con que arreglarse el cabello.

—En dos semanas comenzarán sus clases. El horario lo encontrarán en sus camas en esta noche o mañana. —Edil aclaró su garganta, acomodando sus manos detrás de la espalda—. El desayuno es a las cero quinientas horas; el almuerzo a las mil cuatrocientas horas; la cena a las mil novecientas horas. Puntuales.

Cathanna parpadeó varias veces, confundida por la forma en la que ella decía las horas. No era la primera vez que escuchaba términos raros desde que llegó a ese lugar, pero cada vez parecían más absurdos. ¿Acaso hablaban en acertijos? ¿O simplemente les encantaba complicarse la vida? Rodó los ojos, irritada.

—¡A sus dormitorios! Curen sus heridas.

Edil no tuvo que hablar dos veces. Cathanna puso el bolso en sus hombros, y soltando un gemido ahogado, comenzó a caminar hacia la salida. Sus ojos buscaron a Janessa, quien se encontraba unos pasos más adelante. Quiso acercarse, pero sus pasos simplemente eran torpes a comparación con los de ella, que no parecía estar herida, aun estándolo. Al salir, se encontró con el sol escondiéndose en el horizonte, pero aún quedaba un poco de luz natural.

Sus ojos recorrieron curiosos a cada persona ahí, hasta que su respiración falló de golpe y el mareó la envolvió completa. El suelo la recibió, clavando esas pequeñas piedras en sus rodillas lastimadas. Un gemido sonoro salió de su boca al sentir sus manos acariciar también el suelo, y las lágrimas solo fueron cayendo sin ningún aviso, mojando la tierra bajo su rostro.

—Mierda —dijo Riven, poniéndose a su altura—. ¿Estás bien?

—¿Qué crees tú? —espetó Cathanna, lanzándole una mirada de reojo cargada de ironía—. Mis manos acaban de tocar las malditas piedras del suelo y tú vienes a preguntarme si estoy bien. Qué pregunta tan estúpida. ¿Acaso tienes aire en lugar de cerebro?

—Ya me quedó claro que no estás bien —dijo él, mientras la ayudaba a ponerse de pie—. Te ayudaré a llegar a la rotonda, pero eso sí, me vas a deber una.

Tras varios minutos caminando de manera torpe y lenta, bajo la mirada de unos cuantos, llegaron a la rotonda. Al tocar la que desde ese momento sería su cama, Cathanna soltó un suspiro pesado, clavando la mirada en el techo de vigas, sin tener ningún pensamiento claro. Poco después, se sentó sobre la cama, tomando el bolso para abrirlo. Sacó un pijama, cuyo color era gris, y se dirigió al baño. No quería desnudarse ahí, frente a todas esas personas que ya lo hacían sin pudor, pero sabía que no estaba en su hogar como para exigir privilegios.

Se metió en un cubículo, cerrando la cortina rápido. Se despojó del uniforme con movimientos torpes y se adentró en la ducha, permitiendo que su cuerpo temblara ante el contraste. Amaba el agua caliente demasiado, no obstante, con el agua fría que mojaba su carne, sintió sus músculos relajarse, a pesar del ardor.

Corrió el toldillo y se encerró en el que sería su pequeño refugio de tela hasta que todo volviera a la normalidad. Sin embargo, el alivio no llegó como ella lo deseaba, pues sus músculos estaban tensos y dolían con cada una de sus respiraciones, junto con la elevación frenética de su pecho. Se mordió el labio con rabia.

No tenía fuerzas para empezar a sanarse, y tampoco sabía cómo hacerlo. Nunca había aprendido siquiera a limpiarse una herida, porque siempre hubo alguien que lo hiciera por ella. En ese momento de angustia comprendió cuán dependiente había sido de los demás, tanto que había olvidado cómo cuidarse a sí misma. Pero tampoco tenía otra opción: su vida siempre había sido muy distinta a la que tendría en ese lugar, y jamás necesitó aprender nada considerado necesario.

Mientras Cathanna permanecía inmóvil, con los ojos cerrados, Zareth apareció de manera silenciosa. Sus ojos recorrieron su cuerpo hasta terminar nuevamente en su rostro tensado y lleno de heridas pequeñas.

Después de unos segundos volvió en sí, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una pequeña hoja donde había una runa silenciadora, que luego colocó sobre el toldillo. Pasó una mano por la cabeza, intentando buscar las palabras correctas para soltar, pero le resultaba tan difícil cuando solo quería marcharse de ahí.

—¿Qué tal te fue en la prueba, D’Allessandre? —preguntó en un tono bajo, posando las manos detrás de la espalda—. Por lo que veo... estás muy lastimada.

Cathanna abrió los ojos.

—Estuvo horrible —dijo, sentándose, con los ojos aguados—. Estoy cansada. Me duele mucho el cuerpo. Siento que mis huesos cambiaron de lugar. —Limpió las lágrimas que comenzaron a salir sin su permiso—. Yo no quería hacer nada de lo que hice, pero... tampoco quería permitir que me tocaran otra vez.

—¿Otra vez...? —preguntó en voz baja, con su habitual inexpresividad—. ¿Qué quieres decir con eso?

Cathanna dejó escapar una risita, carente de gracia, limpiándose otra vez las lágrimas. Lo miró sin intenciones de decir nada, y tampoco quería abrirse con un hombre que no conocía. Porque seguía siendo un hombre, y aunque no quería quedarse encerrada en el mismo recuerdo siempre, no podía darle su confianza.

Zareth no intentó insistir, pues lo que había pasado en la vida de esa mujer le resultaba totalmente irrelevante. Desvió la mirada hacia el bolso sobre la cama, el cual se encontraba entreabierto, se acercó y lo abrió, sacando los utensilios para limpiar esas heridas. Luego se sentó a su lado, sin levantar los ojos a ella.

—Te curaré —dijo Zareth.

Cathanna arrugó el rostro, confundida. Sin embargo, no se movió cuando él le tomó ambas manos, aunque muchas voces dentro de su mente le estuvieran gritando que se alejara rápido de ese hombre. Agitó la cabeza, esfumando esas voces y bajó la mirada al paño que él pasaba por las heridas de sus manos con una paciencia que la sorprendió; no pensó que una persona con una apariencia tan brusca pudiera tener esa delicadeza.

Mordió su lengua al sentir la presión de las vendas contra una mano, y luego contra la otra.

—Quítate la ropa —pidió Zareth.

—¿Qué dices? —balbuceó Cathanna, con los ojos muy abiertos—. ¿Estás loco acaso?

—Tienes heridas muy profundas en el cuerpo —dijo, viéndola fijamente—. Necesito verlas para curarlas.

Cathanna sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones por esas palabras. Desvió la mirada, cruzando los brazos sobre su pecho en un intento de protegerse. Sentía mucha desconfianza, y ¿cómo no tenerla después de lo que había pasado? Estaba muerta de dolor, sí, pero no quería que nadie —mucho menos un hombre como él— la viera de esa manera tan vulnerable para ella.

—Estás completamente demente. No haré eso.

—No voy a mirarte de forma inapropiada si es lo que estás pensando —dijo con voz baja, casi rogando que le creyera—. Mátame si llego a intentar algo que consideres muy malo contigo. Puedo asegurarte de que tu cuerpo es lo último que me importaría. Solo necesito que esas heridas no sé pudran y lleguen a matarte. Permíteme ayudarte. Es mi trabajo que estés bien en todo momento.

Cathanna abultó los labios, mirándolo mientras dudada de esa petición. Respiró hondo, y dejó que la resignación le bajara los brazos lento. Comenzó a quitarse la camisa del pijama, con ese miedo en el pecho que ni la más sincera de las palabras podría borrar. Su dorso fue quedando expuesto poco a poco, mostrando esa herida profunda, los golpes en el pecho y en el abdomen plano.

Sus piernas contaban la misma historia: una herida profunda en el muslo, varias más pequeñas a lo largo de las piernas y rasguños de uñas. Cathanna tragó saliva al cruzar la mirada con él. No había indicio de lujuria, de eso estaba segura, pero aun así seguía sintiéndose incómoda.

Cathanna cerró los ojos justo cuando sintió el ardor del líquido limpiador besarle la herida. La quemazón subió como fuego ardiente por sus costillas y se le escaparon varios gemidos ahogados contra sus propios dientes que rechinaban de pura resistencia. Así pasaron los minutos, el ardor se volvía cada vez más insoportable, pero sabía que debía resistir si quería mantenerse con vida.

—Puedes vestirte.

—Gracias por curarme —susurró Cathanna, poniéndose la ropa casi a tirones, deseando cubrirse.

—D’Allessandre... —dijo Zareth, guardando todo lo que había usado en el bolso de Cathanna, meno los paños usados, los cuales dejó a un lado de la cama—. ¿Qué tipo de magia posees en tu sangre?

—¿Mi tipo de magia? —repitió, arrugando el rostro—. ¿Por qué quieres saber eso?

—Dime tu tipo de magia —ordenó entre dientes, clavando la mirada en esos ojos cristalinos que todavía lo observaban con miedo—. Todos vimos lo que ocurrió contigo en el bosque. Ningún Elementista de aire puede hacer lo que tú hiciste, solo los de fuego... y ni siquiera de esa manera. —Sus manos tomaron el brazo de Cathanna, apretándolo—. Dijiste que no poseías un destino, y ahora sales con un maldito Valkiria. Las posibilidades de que un Valkiria y un humano se unan, es una en mil millones. Esas bestias prefieren la muerte.

Las palabras de Zareth podrían parecer exageradas, pero en realidad tenían mucha razón. Muchos dragones, especialmente los Valkirias —antes de que pasara el cambio en sus vinculaciones, que los hacía inmunes a la muerte—, preferían rechazar los vínculos y abandonar a su destino siempre que ya hubieran dejado decendencia capaz de continuar su especie, para luego aceptar la muerte con honor, con tal de no tener que compartir su vida con un humano.

—Yo no sé por qué sucedió eso. —Cathanna bajó la mirada a sus manos temblorosas—. Desde muy pequeña he tenido manifestaciones con el fuego. A veces mis manos se incendiaban o mi cabello tomaba un color rojo, igual que mis ojos, pero nunca como lo que pasó hoy... Se sintió como si el fuego reemplazara mi sangre por completo. —Levantó la mirada—. Y hasta ahora Nyxeretpxaroth apareció. No te mentí sobre esto. No tenía un vínculo hasta hoy.

—¿Nunca lo investigaste? —escupió Zareth, soltando su brazo—. ¿Nunca intentaste entender por qué carajos tienes dos putos dones? ¿Sabes cuántas personas en el mundo darían la vida por tener uno solo? ¡Uno! ¿Y tú... tú solo tienes dos, así porque sí, sin una razón?

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Qué les decía si empezaba a jugar con fuego? ¿Tenía que decir: “Oh, hola, miren, además de aire también puedo quemar cosas”? Me habrían colgado, Zareth. No podía permitirme eso. No podía darle a nadie una excusa para señalarme como un monstruo. Y ahora resulta... que también soy una bruja.

—¿Cómo lo descubriste? —Contrajo el rostro.

Cathanna soltó una risa sarcástica.

—Me di cuenta en cuanto dijiste que solo las brujas podían oler la sangre. —Respiró hondo, con evidente frustración—. Cada persona tiene un olor único en el mundo... y yo lo percibo. No entiendo nada de lo que está sucediendo. ¿Cómo puedo ser una bruja y una Elementista al mismo tiempo? No tiene sentido nada de esto, Zareth.

—Tampoco lo sé, D’Allessandre. Se supone que debería matarte ahora mismo —dijo él, apretando los dientes con fuerza—. Me dan asco las brujas como tú. Me encantaría matarte, pero no puedo. Y ahora que sé que no eres solo una bruja o un simple Elementista, las ganas de matarte han aumentado, porque eres un peligro aún mayor para todos en Valtheria. Pero me han ordenado mantenerte con vida, así que lo haré. —Respiró erráticamente, intentando calmarse—. Cierra la boca y estudia sobre el fuego. Olvídate del aire, olvídate de que eres una bruja, porque si alguien lo descubre... te matan.

—¿Y por qué me querrían matar? —soltó Cathanna, tragando saliva como si quisiera tragarse también el miedo que le subía por la garganta—. ¡No quiero ser nada de esto! ¡No quiero ser una maldita bruja! ¡No pedí esto, Zareth! Quiero irme a casa —musitó.

—No hay nada que puedas hacer para cambiarlo, D’Allessandre. —Se levantó de la cama rápido, con una expresión de enojo—. Sé que lograrás estar viva las próximas semanas. Cuando llegue el día de la selección, escoge Vendaval. Es tu mejor opción, si quieres sobrevivir entre todas estas bestias vestidas de negro.

—¿¡Semanas acá!? —bufó, abriendo los ojos como si no pudiera creer lo que escuchaba—. ¿En serio? ¿Acaso tú me estás escuchando, Zareth? ¡Yo no quiero ser un maldito cazador! No quiero este mundo, no quiero su disciplina de mierda, ni sus órdenes, ni su fachada de héroes. Odio todo lo que huela a militar.

—Entonces más vale que empieces a amarlo... —soltó Zareth, cínico— porque si las brujas te encuentran, D’Allessandre, créeme: vas a rogar estar aquí adentro, conmigo.

—¿Y por cuánto tiempo tengo que aguantar esta maldita farsa? ¿Un mes? ¿Un año? ¿Toda mi jodida vida?

—Finge que amas Rivernum con toda tu vida. Sonríe, saluda, hazte la patriota. Solo hazlo. Llorar no te salvará el culo, ¿lo entiendes brujilla asquerosa? No muestres tu maldita debilidad.

Cathanna tensó la mandíbula, poniéndose de pie.

—Me odias mucho por lo que soy, ¿verdad? Pero sabes algo —dijo, llevando su mano a la mandíbula del hombre, y la sujetó con fuerza, como si no se tratara de uno de los comandantes de los cazadores—. Puedes odiarme todo lo que quieras. Puedes hacerlo hasta que tu corazón se rompa de tanto odio. Pero para mí, seguirás siendo un cero a la izquierda. Ódiame. No me importa. Tu existencia es tan irrelevante para mí. —Tiró el rostro de Zareth hacia un lado, enojada—. ¿Lo entiendes, estúpido cazador?

Zareth apretó los puños, conteniéndose para no hacer una estupidez de la que pudiera arrepentirse más tarde. Nunca había conocido a una mujer así, aparte de Louie, quien siempre lo provocaba. Pero, aunque quisiera matarla en ese momento, reconoció que ese carácter era tan jodidamente fuerte y muy bueno para ese lugar. Se agachó, recogió un pergamino que se había caído de la cama y se lo lanzó a la cara sin ningún cuidado.

—Revisa ese pergamino muy bien, D’Allessandre. Se trata de tus horarios de clases —dijo, volviendo a su gesto inexpresivo de siempre—. Grábate cada nombre escrito en ese papel, cada aula, cada rincón del mapa. Si te pierdes, que sea porque quieres, no porque eres estúpida. —Chasqueó los dedos, y su figura se desvaneció sin más.

Cathanna bufó molesta, desenrollando el pergamino. Sus ojos se abrieron al recorrer el nombre de cada asignatura: Ciencias Militares, Mando y Liderazgo, Tácticas Básicas de Infantería, Supervivencia en Terreno Hostil, Historia Militar de Valtheria, Manejo de Armas Ligeras, Código de Honor y Conducta Militar, Orientación y Cartografía Militar, Balística, Economía y Ciencias Políticas, Derechos Humanos en Guerra, Primeros Auxilios de Combate, Entrenamiento Físico Extremo.

—¿Esto es una broma? —soltó, dejándose caer en la cama.

La cortina se abrió de golpe, revelando a Shahina, con el pergamino en la mano y una cara de susto.

—¿Lo leíste? —preguntó ella, sentándose en la cama—. ¿Leíste esta sentencia, Cathanna?

—Con solo ver las asignaturas, mi cabeza quiso explotar en mil pedacitos. —Apoyó la espalda en la cama—. No entiendo por qué tantas.

—Aquí dice que son las que veremos en todo el año, empezando desde nuestra etapa de reclutamiento, juramento a la corona, hasta faltando un día para ingresar al segundo año de formación militar.

—¿Pero... un año? —parpadeó varias veces, incrédula—. ¿Y cuándo entremos en las brigadas... vamos a tener más asignaturas?

—Mmm... —murmuró ella, revisando el papel—. Sí, mira. —Le señaló una parte del pergamino—. Dependiendo de la brigada, se suman otras materias. Son menos, eso sí. Es mejor que nada, ¿no crees?

—No entiendo nada —lloriqueó Cathanna—. ¿Con qué tiempo se supone que vamos a estudiar todas esas?

—Es cuestión de acostumbrarnos.

—¿Acostumbrarnos? Por los dioses. —Miró al techo—. Yo no quiero acostumbrarme. Quiero volver a mi casa, con todas mis comodidades, con mis sirvientes —lo último lo dijo en un tono bajo, cerrando los ojos.

—No sirve de nada quejarse. —Se encogió de hombros—. ¿Querés conocer el lugar?

—¿Para qué? ¿Para caer en una trampa mortal y terminar en una emboscada?

—No seas dramática, Cathanna —dijo Shahina, poniéndose de pie—. Vamos, vístete. Le diré a Riven y Loraine. —Salió, cerrando la cortina.

Cathanna suspiró pesadamente. Se levantó con movimientos torpes, y rebuscó en su bolso hasta dar con uno de los uniformes. Se lo puso a regañadientes, y justo cuando estaba terminando de abrochar las correas de la chaqueta, la cortina se abrió, revelando a Riven.

—¿Es necesario conocer el lugar? —preguntó Cathanna, caminando junto a ellos hacia la salida de la rotonda—. ¿No están adoloridos?

—No seas una amarguetas —dijo Riven, cruzándose de brazos—. Si no conocemos este castillo ahora, nos vamos a perder hasta para ir al comedor.

—Pero tenemos dos semanas para recorrerlo... ¿Tiene que ser justamente hoy? —protestó Cathanna, arrastrando las palabras como una niña caprichosa.

—Sí —respondieron Riven y Shahina al unísono.

Cathanna abrió la puerta, encontrándose con mucha actividad. Sus ojos se detuvieron en un punto que capturó toda su atención: un grupo de cadetes que formaba un círculo en medio del patio. En el centro del círculo estaban dos personas luchando, ambos mucho mayores que ella, o al menos así lo parecían por la altura,

—Creo que voy a empezar a amar este lugar —comentó Riven, con los ojos fijos en un grupo de cadetes femenino que pasaba a su lado—. Esas bellezas tienen que conocer al inigualable Riven. —Estaba a punto de irse en modo galán cuando Shahina lo agarró de la parte de atrás de la camisa, obligándolo a frenar en seco—. Pero...

—Somos cuatro, no tres —le recordó ella con una sonrisa tensa—. Puedes ir a "derretir" corazones después de que conozcamos, aunque sea un pasillo, Riven.

—Ahora tú eres la amarguetas.

Ninguno dijo una palabra más y continuaron caminando. La fortaleza era inmensa, tan grande que parecía un castillo aparte. Al llegar a un pasillo, Cathanna alzó la mirada hacia el techo altísimo, decorado con el mural de una mujer desnuda acariciándose el cabello.

Cathanna estaba tan sumida en sus pensamientos que no vio a la persona frente a ella hasta que fue demasiado tarde, y sintió el impacto contra su cuerpo.

—¿Qué carajos...?

Cathanna torció los labios, levantando la mirada hacia la persona delante de ella: un hombre que la miraba con una mezcla de fastidio y desdén.

—¿Puedes fijarte por dónde caminas, recluta?

—Lo siento —respondió, incorporándose.

—¿Lo siento, qué, recluta?

—Solo lo siento por haber chocado contigo. ¿Qué más quieres que diga, que te cante una balada como disculpas? —murmuró, curvando una ceja—. ¿O sea?

Él frunció el ceño, nada divertido.

—¿Acaso no sabéis quién soy yo?

—Literalmente tengo menos de un día aquí. No soy una adivinadora para saberme cada nombre, mucho menos el de alguien con cara de gruñón.

—Buenas tardes, mi sargento —dijo un cadete que se acercó de la nada, con la mano en la frente—. Este cadete cumplió la misión, mi sargento.

—¿Sargento? —murmuró, con un ligero pánico. Como si se le hubiera activado un interruptor, dibujó una de sus mejores sonrisas, llevó su mano al uniforme del hombre y le limpió un poco de polvo inexistente del hombro—. Hubiéramos empezado por ahí, señor.

—¿Así que te crees graciosa, recluta?

—Ser graciosa nunca ha sido mi mayor virtud —dijo, con una voz melosa que no engañaba a nadie.

—Nombre, recluta.

—Soy Cathanna.

—¿Cathanna qué?

—Heartvern, sargento.

Shahina, Loraine y Riven compartieron una mirada incrédula por la escena. Loraine no tardó en pegar una mano a su frente, desviando la mirada.

—Más te vale aprender rápido, recluta Heartvern. —Soltó el apellido con asco—. Aquí no hay espacio para los torpes. Y arregla las malditas correas de tus botas.

Cathanna lo observó mientras se alejaba.

—¿Por qué nadie sonríe? —se quejó Cathanna.

—¿Cómo le vas a hablar a un sargento de esa manera? —le soltó Shahina, con la boca entreabierta.

—¿Y yo cómo iba a saber que era un sargento? —alegó Cathanna, rodando los ojos, mientras su pie golpeaba el suelo—. ¿Acaso todos traen un letrero luminoso en la frente? Porque yo no veo a nadie con eso por aquí.

—¡Cathanna! —dijo Shahina—. El parche.

—¿Qué parche? —Frunció el ceño.

—El parche del lado derecho del pecho. El que indica su rango. ¿No lo viste?

—¿Tengo cara de estar mirando parches?

Shahina suspiró, llevándose la mano a la frente.

—Era lo primero que debías aprender.

—Ay, ya, relájate. No es para tanto. Un sargento no es un general, Shahina. —expuso, restándole importancia.

—Ni un día aquí —dijo Riven, caminando junto a ellas— y ya metiéndote en problemas.

Cathanna rodó los ojos rápido, y fijó toda su atención nuevamente en la infraestructura de la academia, que le parecía extraordinaria y tan aterradora al mismo tiempo. Ascendieron por unas escaleras angostas de piedra negra, a la cual le calculó unos setecientos escalones, suspendidos en el aire y conectando con el pasillo de arriba que apenas lograba verse. Estaba demasiado cansada, pero sentía mucha curiosidad con lo que pudiera hallar al llegar.

Bajó la mirada a mitad de camino, encontrándose con puntos muy pequeños en la tierra: los árboles, que desde abajo eran enormes. Al pisar el último escalón, los envolvió un aroma a metal caliente mezclado con el humo de una chimenea que ninguno podía ver.

Caminaron por el pasillo hasta encontrarse con varios salones a los lados, con paredes de vidrio. En cada uno de ellos, había cadetes. Sin embargo, Cathanna detuvo sus ojos en las personas de ingeniería militar, que discutían a gritos sobre planos arrugados extendidos en la mesa de madera, mientras los engranajes rodaban por el piso y piezas metálicas a medio terminar se amontonaban en desorden al lado de un gran closet que rozaba el techo.

Cathanna paró sus pasos frente a un cuadro explicativo de gran tamaño sobre la historia de la academia. Sus ojos recorrieron las letras blancas que contaban que el lugar se había creado en el mil doscientos cincuenta, tras la consolidación del reino, y cien años antes de la guerra con Alastoria, que modificó todo el calendario, dejando el que el rey de ese entonces decidió crear: el calendario Valtheriano, donde los años iban del uno al doscientos, y al finalizar cada era, el contador se reiniciaba, comenzando de nuevo en el año uno.

Siguieron caminando en silencio, hasta doblar el pasillo y encontrarse con más aulas, donde únicamente estaban los alquimistas, haciendo experimentos en ollas grandes que soltaban humo color verde. Uno de ellos, una mujer muy joven, levantó la mirada, mostró una sonrisa sin dientes y volvió a lo suyo, metiendo las manos dentro de la olla caliente. Pero en lugar de sufrir algún daño, como Cathanna imaginó, sus manos se volvieron limpias.

—Los alquimistas sí que están locos —mencionó Cathanna, llevando la vista al frente al igual que sus piernas—. Pensé que se quedaría sin manos.

—Sería divertido estar ahí junto a ellos —dijo Shahina, pasando su mano por la pared fría—. La alquimia salva muchas vidas. Es asombrosa.

—Solo sería divertido si estás tan loco como ellos —replicó Cathanna, arqueando una ceja.

—Estamos con los cazadores, Cathanna —agregó Riven, recorriendo cada rincón de ese pasillo con la mirada—. Estamos igual de locos, solo que es más normalizado porque es lo más cerca de las guerras.

—Es mejor que quedarse con la parte aburrida del castillo —dijo Loraine, poniéndose junto a él—. Al menos tendremos guerras y esas cosas siendo cazadores, no curar personas.

—Eso suena demasiado motivador para mí —habló Cathanna, riendo y negando con la cabeza—. Ser cazador suena como la gloria, pero por lo que he visto, es muy diferente a como lo pintan fuera del castillo. Las personas aquí dentro… no son de mi agrado.

Siguieron recorriendo los pasillos, subiendo y bajando escaleras que parecían interminables, hasta que llegaron al área administrativa, un edificio extenso de tonos sombríos, con un fuerte olor a café recién preparado y vainilla. A cada lado del pasillo se encontraban con profesores: unos vestían túnicas negras, y otros con armaduras relucientes que rechinaban con cada paso que daban.

Al llegar a un pasillo descubierto que dejaba ver una fuente de aguas cristalinas en el centro, rodeado por bancos de piedra, Cathanna se detuvo por un instante, reconociendo a Zareth, quien estaba vestido con un camuflado negro, diferente al verde que tenía cuando irrumpió en la rotonda de forma sigilosa.

Su mandíbula estaba tensa, mientras hablaba con Edil, cuya mirada no se apartaba ni por error de él. Detrás de ellos, se encontraban dos personas más: Louie que reía y un hombre que hablaba. Zareth no le dirigió la mirada, pero Cathanna no pudo evitar analizarlo con la suya.

Bajó la vista hacia el brazalete que él le había prestado, y con un suspiro pesado, les dijo a sus compañeros que debía ocuparse de algo sola, indicándoles que siguieran adelante. Se acercó a un banco y se sentó, aun con la mirada puesta en el brazalete, esperando que Zareth quedara solo. Quería devolverle el objeto, pero no interrumpiría la conversación. Mientras tanto, Zareth se relamió los labios, escuchando a Edil hablar de la misión que debían realizar.

De repente, les indicó a los tres que se adentraran en el salón tras la puerta de madera. Cuando se quedó solo, caminó hacia Cathanna, sentada en el banco, que levantó la mirada con los labios ligeramente fruncidos. Con un gesto dudoso, ella se quitó el brazalete y se lo extendió a él, provocando que la mirara confundido.

—Dijiste que era prestado —dijo Cathanna, levantándose—. Olvidó dártelo en la rotonda. Gracias. Me sirvió de mucho.

Zareth agarró el brazalete, y justo cuando Cathanna estaba por pasar a su lado para irse, la sujetó con un movimiento muy suave para alguien como él, deteniéndola en seco. Despegó la mirada del objeto metálico y la llevó a ella, viéndola con una sonrisa ladeada.

—Tal vez tú lo necesites más que yo, D’Allesandre. —Le tomó la mano y le puso el brazalete en ella—. Cuídalo muy bien. Considéralo un regalo de bienvenida a Rivernum. —Antes de que ella pudiera decir algo, él comenzó a alejarse, pero se detuvo, volviendo a mirarla—. Tengo tus cremitas —dijo, imitando una voz chillona—. Te las llevaré en la noche. Espero que tu cama esté encerrada en ese momento.

Cathanna parpadeó, boquiabierta ante la inesperada mezcla de seriedad y burla del cazador.

—Ni siquiera sé si odiarte o agradecerte.

—Puede ser ambas cosas. No tengo ningún problema.

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Rubí Jane
aqui hay amooie😫
Rubí Jane
vea a este animal 🦍
Rubí Jane
pero cathanna
Rubí Jane
no es tú culpa
Rubí Jane
perro desgraciado
Rubí Jane
no lo eres. nunca 😭
Rubí Jane
hijo de tú madre 😫
Rubí Jane
😫😫😫😫 te entiendo mana
Rubí Jane
las mujeres no nacimos para parir 😭
Rubí Jane
eso mami, calla a esas mujeres
Rubí Jane
anne cállate mil años
Rubí Jane
exactamente reina👏
Rubí Jane
me encantan las protagonistas altas 🤭
Rubí Jane
amooi
Rubí Jane
ojala te caiga fuego en la cabeza, desgraciada
Sandra Ocampo
quiero el final
Sandra Ocampo
q paso sé supone q está completa ,tan buena q está
Erika García
Es interesante /Proud/
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