⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
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Fuera de control
La clase teórica de economía política se estaba alargando como una maldita condena. El aula estaba sobrecargada, con el aire pesado y viciado por la respiración de cincuenta alumnos y la calefacción al máximo. Sentada en la tercera fila, con los dedos clavados en los bordes de la libreta, sentí cómo una repentina y violenta ola de calor me subía desde el estómago, golpeándome las sienes con un pulso doloroso y acelerado.
Cerré los ojos con fuerza, intentando respirar despacio por la boca, pero el oxígeno parecía negarse a llegar a mis pulmones. El sudor frío comenzó a perlárseme en la nuca y el rostro. Mi visión empezó a nublarse en los bordes, transformando las diapositivas del profesor en manchas borrosas de color gris.
No aquí. Ahora no, me repetí mentalmente, luchando contra el mareo que amenazaba con tumbarme de la silla.
Apenas el profesor dio la espalda para escribir una gráfica en la pizarra, me levanté de golpe, empujando el pupitre con un ruido seco que hizo que un par de compañeros se giraran a mirarme. No me importó. Salí a tropezones del aula, esquivando las bancas con desesperación, y crucé el pasillo corriendo hasta empujar la puerta del baño de chicas.
Apenas alcancé a llegar a uno de los lavabos antes de que el estómago se me revolviera por completo, obligándome a apoyarme con ambas manos contra la fría cerámica mientras el cuerpo me temblaba de pies a cabeza. Estaba pálida, con la respiración entrecortada y los ojos llorosos por el esfuerzo, sintiendo que la fachada de control que tanto me había costado construir se desmoronaba en cuestión de segundos.
Me pasé agua fría por la nuca y la cara, tratando de recuperar el aliento y estabilizar el pulso antes de salir. Sabía que no podía quedarme ahí encerrada, pero cada paso hacia la puerta se sentía como caminar sobre cristal roto.
Cuando finalmente reuní las fuerzas para girar el pestillo y salir al pasillo, el corazón me dio un vuelco absoluto.
Recostado contra la pared de enfrente, con los brazos cruzados sobre el pecho y esa expresión de fría impaciencia que solo él sabía poner, estaba Liam. Llevaba la chaqueta de cuero entreabierta y la mirada clavada exactamente en la puerta del baño, esperándome.
En cuanto me vio aparecer -con el rostro descolorido, los labios temblando y los rastros evidentes de haber estado al límite-, su postura cambió de inmediato. La paciencia se le esfumó de los ojos, reemplazada por una chispa de alerta oscura y peligrosa.
-¿Qué demonios te pasa, Miller? -me preguntó con voz baja, cortante, mientras se despegaba de la pared y acortaba la distancia hacia mí con zancadas rápidas y amenazantes-. Llevas días esquivándome con excusas de mierda, y ahora sales de ahí blanca como un cadáver y apenas sosteniéndote en pie.
Intenté dar un paso atrás, levantar la barbilla y poner mi mejor máscara de indiferencia, pero las piernas me fallaron por una milésima de segundo.
-No me pasa nada, Black. Déjame en paz... -balbuceé con la voz áspera, intentando rodearlo.
Pero Liam fue más rápido. Me atrapó del antebrazo con una firmeza inquebrantable, bloqueándome el paso por completo, con los ojos oscuros fijos en los míos, analizando cada milímetro de mi evidente debilidad.
-A otro con ese cuento, Zoé -me siseó, con la mandíbula tensa y una furia contenida que amenazaba con estallar-. Me vas a decir ahora mismo qué es lo que me estás ocultando, o juro que te arrastraré a un hospital en este mismo instante para averiguarlo por mí mismo.
-¡Suéltame, maldita sea! -le exigi con un hilo de voz, sacudiendo el brazo con la poca fuerza que me quedaba, furiosa por su intromisión y por sentirme acorralada-. No te tengo que dar explicaciones de nada, Liam. ¡Deja de comportarte como un maníaco obsesivo y métete en tus propios asuntos!
-Mis asuntos eres tú, ¿es que todavía no te entra en la cabeza? -me respondió él, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos se le marcaron en el rostro, sin soltar mi antebrazo ni un solo milímetro-. No estás bien, Zoé. Te estás desmoronando y pretendes que me quede de brazos cruzados viendo cómo...
Las palabras de Liam comenzaron a distorsionarse, convirtiéndose en un eco lejano y metálico que resonaba al fondo de un túnel. El suelo bajo mis zapatos pareció inclinarse de golpe, y una negrura espesa y fría empezó a cerrarse desde los bordes de mi visión hacia el centro, devorando el pasillo, las luces y su rostro enfurecido.
El cuerpo me pesó como si estuviera hecho de plomo. Intenté concentrarme, aferrarme a la ira, mantener los ojos abiertos para no darle el gusto de verme caer, pero las rodillas me cedieron por completo sin previo aviso.
-¿Zoé...? -la voz de Liam perdió toda su prepotencia, quebrándose en un segundo de genuino pánico justo antes de que todo se apagara.
El olor a alcohol y a desinfectante me golpeó la nariz mucho antes de que pudiera abrir los ojos. Tenía la cabeza apoyada sobre una almohada dura y el brazo izquierdo extendido sobre la camilla, donde una tira de esparadrapo sujetaba el rastro de una vía que acababan de retirar.
-Ya despertó. Menos mal, porque su novio casi me tira la puerta abajo a patadas.
La voz de la enfermera del campus resonó a un lado, seca pero claramente nerviosa. Parpadeé un par de veces para despegar los párpados pesados, enfocando la vista en la pequeña enfermería iluminada por luces fluorescentes demasiado blancas.
Y allí estaba él.
Liam no estaba sentado en la silla de plástico junto a la cama; se encontraba de pie, con los nudillos apoyados contra el colchón y el cuerpo inclinado hacia mí, con una rigidez que asustaba. Tenía el cabello revuelto y los ojos oscuros clavados en mi rostro con una intensidad tan peligrosa que contuve la respiración. La furia había quedado atrás, reemplazada por una calma glacial y absoluta que daba mucho más miedo.
-Ya nos quedamos solos -susurró Liam con voz ronca, apartando con lentitud un mechón de cabello mojado de mi frente-. Así que ahora me vas a decir exactamente qué demonios está pasando, Zoé. Y más te vale no intentar mentirme otra vez.
El zumbido constante de los fluorescentes en el techo de la enfermería parecía perforarme las sienes con aguja fina. Tenía la garganta seca, la piel fría y una sensación de asfixia que no se iba ni con el aire acondicionado que soplaba suavemente desde la esquina. Pero lo peor no era el malestar físico; era la mirada de Liam.
Estaba de pie junto a la camilla, inclinado hacia mí con una rigidez que helaba la sangre. No había gritos en sus ojos, ni siquiera esa rabia expansiva a la que me tenía acostumbrada. Había algo mucho peor: un vacío silencioso, una calma premonitoria que quemaba más que cualquier amenaza.
-Ya nos quedamos solos -susurró con esa voz ronca que parecía raspar las paredes, mientras sus dedos se cerraban con lentitud sobre el borde metálico de la camilla-. Así que ahora me vas a decir exactamente qué demonios está pasando, Zoé. Y más te vale no intentar mentirme otra vez.
Intenté mantener el mentón en alto. Quise armarme con esa coraza de indiferencia y sarcasmo que tantas veces me había servido de escudo, replicarle que se largara y que mi vida privada no era de su incumbencia. Abrí los labios para pronunciar las palabras, para dispararle alguna frase cortante que lo alejara... pero nada salió.
El temblor que llevaba horas intentando contener en las manos se extendió de golpe por mis brazos, subió por mi pecho y me quebró por dentro.
Por primera vez desde que descubrí las dos malditas líneas rojas en aquella prueba de farmacia, el control absoluto se me resbaló de las manos. Las lágrimas, calientes y traicioneras, rompieron la barrera de mis pestañas y se deslizaron por mis mejillas sin que pudiera evitarlo. Odiaba llorar frente a él. Odiaba mostrarme débil, vulnerable, exactamente como temía que este momento me obligara a ser.
Liam se congeló al instante. La dureza de su rostro se resquebrajó de inmediato, sustituida por una sacudida de pura perplejidad y una urgencia que lo hizo acortar la distancia de un salto, sentándose en el borde del colchón.
-Hey... -la voz se le suavizó de golpe, perdiendo todo rastro de amenaza, mientras una de sus manos grandes y firmes subía para acunar mi mejilla con una posesividad desesperada-. Zoé, mírame. ¿Qué pasa? ¿Qué te duele? Dímelo. Juro que si alguien te ha hecho daño...
-Cállate... -balbuceé con la voz rota, ahogada por un sollozo que me quemaba la garganta, apartando el rostro con frustración mientras las lágrimas seguían cayendo-. Cállate, Liam. No entiendes nada.
-Entonces explícamelo -exigió él, con la respiración acelerada, apretando mi barbilla con suavidad para obligarme a sostenerle la mirada, sus ojos negros fijos en los míos con una intensidad insoportable-. Dime la verdad, Zoé. ¿Qué te está pasando? No puedo ayudarte si te empezas a destruir sola. ¡Dímelo de una vez!
La presión en mi pecho era tan violenta que sentí que si no lo soltaba en ese preciso instante, iba a ahogarme con mi propio secreto. Estaba cansada de correr, cansada de fingir que tenía el control, cansada de vigilar cada paso y cada náusea. Miré a los ojos a Liam Black -al hombre cuyas reglas y obsesiones marcaban el ritmo de mi mundo- y tomé la decisión más aterradora de mi vida.
Iba a decírselo. Al diablo el control. Al diablo la jaula y sus consecuencias. Que estallara todo si tenía que estallar.
Abrí la boca, dispuesta a arrojarle la verdad a la cara, a confesarle que estaba embarazada de él, cuando la puerta de la enfermería se abrió de golpe de un chirrido seco.
-¡Ay, disculpen la interrupción! Ya tengo los resultados del análisis rápido y del historial de presión... -canturreó la enfermera del campus, entrando con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa luminosa y despreocupada que chocaba de bruces con la atmósfera asfixiante de la habitación.
Me quedé petrificada, con las palabras atragantadas en la garganta y el corazón deteniéndose por completo.
La enfermera ni siquiera notó la tensión eléctrica que cortaba el aire entre nosotros. Se acercó a los pies de la camilla, hojeando los papeles con aire alegre, y levantó la vista hacia Liam con una complicidad que me hizo querer tragarme la tierra.
-¡Muchas felicidades a los futuros papás! -exclamó con total naturalidad, aplaudiendo levemente y dedicándonos una sonrisa radiante-. Ya mandé a hacer el reporte completo, pero por los niveles hormonales y los síntomas que presenta, la señorita Miller tiene aproximadamente dos meses de embarazo. ¡Una maravilla! Eso sí, debido al desmayo, tienen que ir al hospital de inmediato para asegurarse de que todo esté en perfecto estado y descartar cualquier complicación por el estrés. ¡Cuiden bien de ese bebé!
El silencio que cayó sobre la pequeña habitación tras sus palabras fue absoluto, pesado y ensordecedor.
Desvié lentamente la mirada hacia Liam. Tenía el rostro completamente en blanco, inmóvil como una estatua de mármol, con los ojos fijos en la enfermera y luego, con una lenteitud aterradora, girándose hacia mí. El color se le había escapado por completo de la cara, pero en el fondo de sus pupilas oscuras, una chispa inmensa, peligrosa y absoluta acababa de encenderse.