Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
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Capitulo 17: UNIVERSIDAD
El murmullo de los pasillos universitarios se filtraba a través de las altas ventanas del edificio de educación, donde el eco de las conversaciones sobre planificaciones y estrategias pedagógicas intentaba mantener un falso sentido de normalidad. Alana estaba sentada en el último banco del aula vacía, con los codos apoyados sobre la madera fría del pupitre y la mirada perdida en las hojas sueltas de su cuaderno de notas. Fuera, el cielo de la tarde conservaba un matiz grisáceo y pesado que presagiaba tormenta, pero su mente no estaba en la clase de didáctica ni en las entregas pendientes de la semana. Estaba en el peso inerte del morral a sus pies, donde el espejo de plata y el reloj de arena reposaban como brasas dormidas.
Desde el incidente en la biblioteca y la confusa huida hacia los senderos de la montaña que su memoria reciente intentaba procesar como un sueño febril, Alana había intentado retomar su rutina. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos, el calor de los tres lunares en la base de su nuca le recordaba que los límites entre su vida ordinaria y los ecos de Elena se habían desvanecido por completo.
—Intentar disimular que estás en otra parte ya no te funciona, Alana —dijo una voz cálida, interrumpida por una leve risa cómplice que hizo que ella diera un respingo.
Al levantar la vista, vio a Gabriel apoyado contra el dintel de la puerta del aula. Llevaba una camiseta oscura y una chaqueta ligera, con las manos en los bolsillos y esa expresión indescifrable en los ojos oscuros que lograba desarmarla al instante. No había rastro del frío desfiladero ni de las sombras del bosque; la luz del atardecer universitario lo bañaba de lleno, haciéndole parecer tan real y terrenal que Alana sintió un nudo en la garganta.
—Gabriel... ¿qué haces aquí? —logró decir, incorporándose de golpe mientras el corazón le daba un vuelco desordenado—. Esta es la facultad de educación, los estudiantes de otras carreras no suelen perderse por estos pasillos a esta hora.
—Digamos que tengo un talento especial para encontrar los sitios donde intentas esconderte de ti misma —respondió él, caminando con paso tranquilo entre los pupitres vacíos hasta detenerse justo frente a su mesa. Su aroma a sándalo y lluvia llenó el espacio de inmediato, disipando el olor a tiza y papel viejo—. Te vi salir del cafetín con la mirada fija en el suelo, caminando como si cargaras el peso del mundo sobre los hombros. Y considerando que la última vez que hablamos casi terminamos persiguiendo fantasmas en medio de la neblina, pensé que merecías algo de compañía. O al menos, alguien que te obligue a almorzar de verdad.
Alana apartó un mechón de cabello de su frente, sintiendo que el rubor le subía por las mejillas. Había intentado evitarlo durante toda la mañana, aterrorizada de que la cercanía de Gabriel acelerara las visiones o despertara memorias de una vida pasada que ella aún no terminaba de comprender. Pero tenerlo ahí, mirándola con esa mezcla de genuina preocupación y una fascinación imposible de ocultar, hacía que toda su armadura se desmoronara.
—No estoy huyendo, Gabriel —murmuró ella bajando la voz, aunque sabía que era una mentira evidente—. Solo... intento entender qué está pasando. Hay cosas que no encajan. Siento que mi vida se divide entre lo que veo todos los días y... y recuerdos que juro que nunca he vivido.
Gabriel guardó silencio unos segundos. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una seriedad que profundizó las facciones de su rostro. Estiró una mano y, con un movimiento tan delicado que Alana apenas tuvo tiempo de contener la respiración, rozó con los dedos el borde de su mandíbula. El contacto fue eléctrico; una chispa invisible recorrió la piel de Alana, y el calor en su cuello dio un latido sordo, sincrónico con la cercanía de él.
—No estás loca, Alana —dijo Gabriel en un susurro grave, mirándola fijamente a los ojos, con una intensidad que cortaba la respiración—. Y lo sé porque cada vez que te acercas, yo también siento que el tiempo se detiene. Como si este lugar, las aulas, las calles de la ciudad... todo fuera solo un escenario temporal para algo que comenzó mucho antes de que tú y yo naciéramos.
Un temblor imperceptible recorrió el cuerpo de Alana al escuchar esas palabras. Eran exactamente los mismos pensamientos que la habían atormentado desde que abrió el desván familiar. Y al mirar los ojos de Gabriel bajo la luz gris de la tarde, comprendió que huir de él era tan inútil como intentar apagar el fuego que llevaba grabado en la piel.
El silencio se prolongó entre los pupitres vacíos, cargado con una electricidad sutil que el aire acondicionado del aula no lograba disipar. Alana contuvo el aliento, con la piel todavía vibrando por el roce de su mano. Quería apartarse, encontrar una excusa académica, mencionar los trabajos pendientes de didáctica o las planificaciones que tenía sobre el escritorio, pero sus piernas se negaban a obedecer. Había una gravedad extraña en la presencia de Gabriel, una fuerza invisible que la atraía hacia él del mismo modo que el espejo de plata y el reloj de arena respondían a su propia sangre.
—No sé qué significa todo esto, Gabriel —confesó ella al fin, rompiendo la tensión con un hilo de voz que reflejaba tanto el agotamiento como el vértigo de la incertidumbre—. Toda mi vida he intentado ser una persona lógica, estructurada, alguien que planifica cada paso en una pizarra o en un calendario digital. Pero desde que abrí ese maldito desván... siento que estoy viviendo la historia de otra persona. Una que cometió errores que yo ni siquiera recuerdo haber hecho.
Gabriel retiró la mano lentamente, pero no se apartó ni un centímetro. Apoyó las palmas sobre la madera del pupitre enfrente de ella, inclinándose un poco para acortar la distancia. Los reflejos ámbar de los fluorescentes del techo se perdían en la profundidad de sus ojos oscuros, donde brillaba una determinación que a Alana le encogió el pecho.
—Quizás el error no fue tuyo, Alana, sino de quienes intentaron enterrar la verdad en el olvido —respondió él con voz firme, casi protectora—. No sé qué pasó en esa ermita, ni qué nombre llevabas en los registros antiguos. Pero si tu pasado insiste en reclamarte, no tienes que cargar con ello sola. Lo que sea que esté acechándote en la penumbra... va a tener que pasar primero por mí.
Una mezcla de calidez y terror se arremolinó en el estómago de Alana. Sus palabras no sonaban a una bravuconada romántica ni a una promesa vacía; tenían el peso absoluto de un juramento. Recordó de pronto la visión del espejo de plata, la imagen de Elena tomando la mano de su guardián bajo la luz de la triple luna. Un escalofrío le recorrió la columna al notar la asombrosa similitud entre la postura de Gabriel en ese instante y la del hombre del pasado. ¿Y si él también llevaba grabadas en el alma las cicatrices de una vida anterior? ¿Y si su cercanía no era una coincidencia, sino una cita pactada por los siglos?
Antes de que pudiera articular una respuesta, el timbre del edificio sonó a lo lejos, anunciando el cambio de hora y rompiendo el hechizo del momento. El estruendo metálico hizo que Alana parpadeara con fuerza, regresando de golpe a la realidad de los pasillos universitarios, donde los murmullos de los estudiantes empezaban a escucharse a través de las puertas cerradas.
—Deberías irte —murmuró ella, bajando la mirada hacia el morral que seguía resguardado a sus pies—. Si el profesor Pérez entra y te ve de vagabundo por la facultad de educación, me hará mil preguntas que no sabré cómo responder.
Gabriel soltó una risa baja, un sonido cálido que desarmó la última línea de defensa de Alana. Se enderezó con parsimonia, acomodándose la chaqueta con un gesto despreocupado, aunque la intensidad de su mirada no disminuyó ni un ápice.
—Que el profesor Pérez se prepare, entonces —respondió con una sonrisa torcida, dándose la media vuelta hacia la salida—. Pero esto no ha terminado, Alana. Te esperaré en la salida cuando terminen tus clases. Y esta vez, no aceptaré un «no» por respuesta.
Lo vio alejarse por el pasillo entre los casilleros metálicos, sintiendo que con cada paso que daba, una parte de su mundo ordenado se desmoronaba para dar paso a algo infinitamente más vasto, peligroso e inevitable.