Un mafioso enamorado de una estudiante universitaria, ella es de una familia acomodada.
el tiene una empresa legal y aparte sus negocios ilegales.
ella es una chica curvy, el es alto y guapo
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Capítulo 17: El secreto que pesaba en silencio
📖 Capítulo 17: El secreto que pesaba en silencio
🖤 Rafael — Mi voz interior
Me quedo despierto a su lado, observándola dormir bajo la luz tenue que se filtra por las cortinas. Su respiración es suave, tranquila, ajena a todo lo que me atormenta. Paso los dedos con infinita delicada por su cabello, como si temiera que al tocarla demasiado fuerte pudiera desaparecer.
No me merezco esto. No me merezco a alguien tan buena, tan pura, tan… entera. Mi vida está hecha de grietas, de sombras, de cosas que no deberían tocarla jamás.
Me levanto despacio, procurando no hacer ruido. Mis pies descalzos tocan el suelo frío de la habitación. Camino hacia la ventana y miro hacia la ciudad dormida. Saco el teléfono, lo sostengo entre mis manos sin atreverme a llamar todavía. Sé lo que viene. Sé que no puedo detenerlo solo con mi fuerza. Y sé que si sigo acercándome a ella, la estaré poniendo en la línea de fuego.
Necesito protegerla de lo que viene. Incluso si eso significa alejarme de ella. Incluso si eso me rompe por dentro.
—¿Rafael? —su voz suena suave, aún arrastrada por el sueño—. ¿Estás bien?
Me giro rápido, sintiéndome descubierto.
—¿Te desperté? Lo siento… intenté no hacer ruido.
Se sienta en la cama, frotándose los ojos con las yemas de los dedos, despeinada y hermosa en su sencillez.
—Para nada. ¿Qué hora es? Siento que dormí una eternidad… como si hubiera descansado por primera vez en mucho tiempo.
Me acerco al borde de la cama y me siento, sin atreverme aún a tocarla.
—Son las tres de la mañana. Y no, no podías dormir tú sola porque yo tampoco podía cerrar los ojos. Doy vueltas y vueltas en la cama y la cabeza no me para.
Se recarga contra la cabecera y me mira con esa ternura que me desarma por completo.
—¿Por qué no puedes dormir? ¿Algo te preocupa? Ven, siéntate más cerca. Sabes que me puedes decir todo, lo que sea. No hay nada que me asuste de ti.
La miro fijamente, y por primera vez nota algo diferente en mis ojos. No es solo cansancio. Es miedo. Un miedo antiguo que creí haber enterrado pero que aquí, a su lado, se siente más real que nunca.
—Hay cosas que… —me detengo, la garganta se me cierra como si alguien me apretara desde adentro—. Mi mundo no es limpio, Verónica. No es como el tuyo. Tengo enemigos. Gente que no dudaría en usar a quien amo para lastimarme a mí. Gente peligrosa que no conoce límites. Y cuanto más te acerques a mí, más te pones en riesgo. No quiero que te hagan daño por mi culpa. Eres demasiado valiosa para ser arrastrada a mi caos.
Me mira, y espero ver miedo en sus ojos. O rechazo. O lástima. Pero no. Me mira con algo más profundo. Algo que no me atrevo a nombrar todavía.
—Lo entiendo —dice con calma—. Tus negocios, tu vida… entiendo que no todo es sencillo. Entonces… ¿me vas a dejar? ¿Vas a alejarme para protegerme?
—¡Nunca! —la jalo contra mí con fuerza, necesitando sentirla cerca para creer que está aquí de verdad—. Nunca te dejaré ir. Pero tampoco quiero que te lastimen por estar conmigo. Es un dilema que me come vivo cada segundo del día.
Me acaricia el rostro con suavidad, como si supiera que estoy a punto de romperme.
—Entonces enséñame. Dime qué enfrentas. Si me enseñas tu otra vida, la parte que ocultas, puedo aprender a cuidarme sola. Puedo entender qué debemos cuidar. Quizás hasta pueda ayudarte, aunque sea solo estando informada. No tienes que cargar todo tú solo.
Me levanto de golpe, alejándome como si me hubiera quemado.
—¡No! Ni hablar. No voy a arrastrarte a mi mierda. No voy a convertirte en parte de este mundo oscuro que me rodea. No quiero que sepas nada de eso. Cuanto menos sepas, más segura estás.
Se levanta y camina hacia mí, sin detenerse aunque doy un paso atrás por cada uno que ella da hacia adelante.
—Temo que ya es demasiado tarde. Ya me arrastraste desde el día que fuiste a buscarme a la universidad. Desde el momento en que me miraste a los ojos y no te fuiste. Ya estoy aquí, Rafael. Ya estoy en esto contigo, quieras o no.
Y tiene razón. No puedo negarlo. Ella ya está en mi corazón, y eso significa que ya está en peligro.
—¡Mierda! —la abrazo con desesperación, como si necesitara aferrarme a ella para no hundirme por completo—. ¿Por qué eres así? ¿Por qué no te alejas cuando te lo digo?
Me abraza de vuelta, firme y segura.
—Enséñame —repite suavemente contra mi pecho—. No te pido que lo arreglemos hoy. Solo que no me ocultes quién eres realmente. No me apartes de tu lado por creer que me proteges.
La suelto bruscamente y doy varios pasos hacia atrás, sacudiendo la cabeza, el pánico creciendo dentro de mí.
—¡No! No puedes pedirme eso. No puedes estar en medio de esto. No quiero que veas lo peor de mí y de mi vida. Esas sombras son mías y solo mías.
Me observa en silencio un momento, y luego asiente lentamente.
—Está bien. Si no quieres contarme, no lo harás. Pero entonces lo mejor será que me aleje de ti. Así tú podrás vivir tranquilo sin preocuparte por mí, y yo viviré sabiendo que estoy a salvo de lo que sea que te rodea. Si no me dejas entrar para entender, entonces me alejo para protegerme. Es lo único que tiene sentido.
La tomo del brazo suave pero con firmeza, deteniéndola antes de que pueda dar un paso más hacia la puerta.
—No te atrevas a decir eso. No te atrevas a irte. No me hagas lo que ella hizo. No me dejes solo con mis demonios otra vez.
Me mira, atenta a mis palabras, a ese temblor en mi voz que intento disimular.
—¿Otra vez? Rafael… ¿a qué te refieres con “también”? ¿Quién se fue?
—No importa —doy media vuelta, inquieto, pero ella me toma del hombro y me hace girar hacia ella.
—No, me mira a los ojos y dímelo. Si estamos juntos, no hay secretos. Dímelo.
Y entonces sale, como una tormenta que llevaba años acumulándose: la empujo suavemente contra la pared, respirando agitadamente, las palabras salen desgarradas de mi garganta.
—Mi esposa… ella murió por mi culpa. Por estar cerca de mí. Por ser la persona que yo amaba. Los mismos enemigos que tengo ahora la usaron para lastimarme a mí. Y no pude protegerla. Fallé. Y no puedo… no puedo que eso te pase a ti también. No podría sobrevivir a perderte a ti también.
La suelto de inmediato, horrorizado por mis propias palabras, y me doy la vuelta, mirando hacia la ventana con los ojos ardiendo. El silencio que sigue pesa más que cualquier grito.
—Esposa… —susurra ella, apenas audible. No hay reproche en su voz, solo una profunda conmoción. No dice nada más. Solo se da la vuelta, camina hacia la cama, se acuesta, apaga la pequeña lámpara de la mesa de noche y se tapa hasta el cuello con la sábana—. Necesito procesar todo esto. Por favor, déjame descansar.
Me acerco lentamente, sintiendo cómo se me rompe el corazón en mil pedazos. Le toco el hombro con mucha suavidad.
—No te duermas así. No te alejes de mí en silencio. Por favor, escúchame un momento. No es lo que crees. No te estoy ocultando esto por malicia. Solo… tengo miedo de que me veas diferente ahora.
—Mañana hablamos, ¿sí? Te lo prometo. Mañana me explicas todo bien despacio. Hoy estoy agotada, Rafael. Por favor, no ahora.
Me levanto con el peso del mundo sobre los hombros, sintiéndome pequeño y miserable.
—Está bien. Mañana hablamos. Entiendo.
—¿A dónde vas? —me pregunta en la oscuridad, antes de que llegue a la puerta—. Ven a dormir a mi lado. Solo por esta noche. Sé mi lugar seguro, como siempre lo has sido.
Sus palabras me atraviesan. Me detengo en seco, con la mano en el pomo de la puerta.
—No sé si puedo ser eso para ti. Ser tu lugar seguro… cuando mi vida es todo menos seguro. Siempre arruino todo lo que toco. Siempre pierdo lo que más amo.
—Acuéstate conmigo. Yo veré si es verdad o no. Ahora ven. No te vayas.
Camino despacio hacia la cama, como si caminara sobre cristales rotos. Me acuesto a su lado, manteniendo una pequeña distancia entre los dos, sin atreverme a abrazarla todavía.
Pero ella se acerca y me susurra con firmeza suave:
—Rafael, abrázame o me voy. Elige.
La rodeo con mis brazos de inmediato, atrayéndola contra mí con una necesidad desesperada, temblando ligeramente contra su espalda.
—No te vayas. Nunca te vayas. Por favor, no me dejes solo con esto otra vez.
Enterro mi rostro en su cuello, respirando su aroma, dejando que su calma me cure aunque sea por unas horas. Ella me sostiene, me acaricia el cabello, y poco a poco, por primera vez en años, el peso en mi pecho se siente un poquito más ligero. No desaparece, pero sé que no estoy solo cargándolo. Y eso… eso ya lo cambia todo.
CONTINUARÁ ✨