Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.
Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.
Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.
¿O de salvarlo?
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Capítulo 17
Capítulo 17
Rancho Villarreal
Sofía Villarreal invitó a Valentina al rancho con una frase que no dejó espacio para protocolo.
"Después de ver a Cascabel cortarle los dedos a un imbécil, necesitas aire, caballos y mezcal. No acepto negativas."
Valentina leyó el mensaje dos veces.
—Tu amiga tiene problemas con los límites —dijo Héctor.
—Qué curioso que sea usted quien lo note.
Cascabel, desde la entrada del estudio, murmuró:
—Yo voto por el aire. También por revisar perímetros rurales. Me aburro en mármol.
Héctor no quería ir. Eso quedó claro en la forma en que miró la agenda, luego a Valentina, luego otra vez la agenda como si el papel pudiera darle una excusa. Pero Diego estaba hospitalizado y humillado, Ivanna había aceptado quedarse en un hotel seguro por unos días más, y Nicolás llevaba demasiado silencio.
El silencio de Nicolás no era paz.
Era espera.
Por eso, dos días después, salieron hacia el Rancho Villarreal, cerca de San Miguel de Allende, con dos camionetas de seguridad, Cascabel en la primera y Rodrigo enviando instrucciones como si el descanso fuera una operación militar.
Valentina había imaginado un rancho grande.
No había imaginado eso.
El camino de entrada estaba bordeado de jacarandas, muros de piedra y campos abiertos que parecían no terminar. La casa principal combinaba cantera, madera antigua y ventanales enormes. Había caballerizas, jardines, una terraza con vista a los cerros y una alberca que nadie parecía usar porque todos actuaban como si tenerla fuera tan normal como tener una silla.
—Dime que no estás calculando cuántos talleres caben aquí —dijo Sofía al recibirla.
Valentina parpadeó.
—No iba a decirlo en voz alta.
—Buena señal. Ya estás aprendiendo modales de rica.
Dolores apareció detrás de Sofía con sombrero de ala ancha, pantalón claro y una elegancia que hacía ver el campo como una extensión natural de su sala.
—No le hagas caso. La primera regla es no dejar que los ricos te enseñen a ser rica. Son pésimos.
Sofía se llevó una mano al pecho.
—Me hiere que digas verdades en mi propiedad.
Valentina rio.
El sonido le salió menos cuidadoso que en el Museo Soumaya.
Eso también la asustó un poco.
La primera tarde fue de caballos.
Sofía anunció que Valentina necesitaba aprender "porque una mujer con collar de sesenta millones no puede verse aterrada arriba de un caballo". Valentina respondió que una mujer con collar de sesenta millones podía perfectamente caminar. Nadie le hizo caso.
Le dieron una yegua tranquila llamada Canela.
—Si muero, díganle a Consuelo que escondí una caja de hilos bajo la mesa tres —dijo Valentina.
Sofía ajustó las riendas.
—Canela tiene más paciencia que todos nosotros juntos.
—Eso no me tranquiliza.
Dolores caminó al otro lado del animal.
—Mantén los hombros rectos. No aprietes las rodillas como si el caballo te debiera dinero.
—¿Y si me lo debe?
Sofía soltó una carcajada.
Desde la cerca, Héctor observaba con lentes oscuros y la cara de un hombre que estaba calculando diez formas de detener al caballo sin tocarlo. Cascabel, junto a él, parecía mucho más relajada.
—Si se cae, cae en tierra —dijo ella.
Héctor la miró.
—Eres pésima tranquilizando.
—No me contrataron por mis abrazos.
Valentina logró dar dos vueltas lentas al corral. Luego una tercera sin sentir que la muerte venía en forma de yegua color miel. Cuando bajó, Sofía aplaudió como si hubiera ganado una carrera.
—¡Lista para la portada de revista ecuestre!
—No exagere.
—No exagero. Manipulo la autoestima, es distinto.
Esa noche cenaron en la terraza.
Había carnes, quesos, tortillas hechas a mano, ensaladas, pan dulce y una botella de mezcal que Sofía presentó con solemnidad falsa. Las luces colgaban entre los árboles. El aire olía a pasto húmedo y leña. Valentina, sentada entre Dolores y Sofía, sintió una incomodidad rara: no por miedo, sino por no saber qué hacer con una mesa donde nadie la atacaba.
Dolores le habló de las mujeres que la habían mirado mal en la subasta.
—No respondas a todas —aconsejó—. En sociedad, elegir qué insulto ignoras es una forma de poder.
—Yo prefiero responder con algo que arda —dijo Sofía.
—Por eso tú no llevas la diplomacia familiar.
—Y por eso soy feliz.
Valentina tomó un sorbo pequeño de mezcal y sintió el calor bajarle por la garganta.
—¿Y si no quiero vivir midiendo cada palabra?
Dolores la miró con suavidad.
—Entonces ten amigas que escuchen cuando no quieras medirlas.
La frase cayó sin ruido, pero Valentina la guardó.
Más tarde, cuando la cena se deshizo en grupos pequeños y los hombres hablaron de negocios que fingían no ser urgentes, Valentina salió a la terraza lateral. El cielo de San Miguel estaba limpio, con estrellas de verdad, no los puntos débiles que sobrevivían sobre CDMX.
Héctor la encontró ahí.
—Cascabel dice que sobreviviste al caballo.
—Canela permitió que yo conservara la dignidad.
—Voy a comprarla.
Valentina lo miró.
—No puede comprar todo lo que me cae bien.
—Puedo intentarlo.
—No.
Él se apoyó junto a ella, dejando una distancia corta. Todavía usaba el hilo rojo bajo el puño, desgastado ya por los días. Valentina lo notó y no dijo nada.
—Te reíste mucho hoy —dijo Héctor.
—¿Eso también está bajo vigilancia?
—No. Solo me gusta.
La honestidad la tomó sin defensa.
Valentina bajó la vista a la copa vacía en sus manos.
—Sofía es un huracán.
—Sí.
—Dolores ve demasiado.
—También.
—Me caen bien.
—Lo noté.
El silencio que siguió fue cómodo durante tres segundos. Luego Héctor, que podía enfrentar mercenarios sin parpadear, se aclaró la garganta como si la terraza fuera un campo minado.
—Valentina.
—¿Sí?
Él miraba las estrellas con demasiada seriedad.
—¿Qué significa cuando alguien dice "eres mi todo"?
Valentina se quedó quieta.
Luego giró lentamente hacia él.
Héctor no la miraba. Seguía observando el cielo, rígido, como si la frase hubiera salido de un manual robado y ahora esperara evaluación.
Valentina sintió una risa subirle al pecho.
La contuvo, no por piedad, sino porque acababa de entender.
Héctor Elizondo estaba practicando.