Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
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Capítulo 17: Lo que otros ven
El problema no era lo que Allegra sentía.
Era que ya no era solo suyo.
—Te están mirando.
Allegra no levantó la vista del libro.
—Siempre lo hacen.
—No así.
Maeve estaba sentada frente a ella en la biblioteca, fingiendo leer mientras claramente analizaba cada movimiento a su alrededor.
Allegra pasó la página con calma.
—Estás exagerando.
—No lo estoy.
—Lo estás.
—No.
—Sí.
Silencio.
Pero esta vez Maeve no cedió.
—Desde ayer —añadió—. Algo cambió.
Allegra levantó la mirada lentamente.
—Nada cambió.
Maeve la observó.
—Tú sí.
Allegra sostuvo su mirada.
—Eso no es lo mismo.
—Para ellos, sí.
Allegra rodó los ojos.
—“Ellos” necesitan algo mejor que hacer.
—No lo tienen.
—Qué tragedia.
Maeve sonrió levemente.
—¿Vas a ignorarlo?
—Es mi plan favorito.
—No siempre funciona.
—Funciona lo suficiente.
Silencio.
Pero no del todo tranquilo.
Allegra volvió al libro.
Intentó concentrarse.
No lo logró.
Porque Maeve tenía razón.
Las miradas estaban ahí.
Más insistentes.
Más conscientes.
Como si todos hubieran decidido, de repente, prestarle más atención.
Y eso…
eso no le gustaba.
Porque ya no era el tipo de atención que controlaba.
—Vance.
Allegra levantó la vista.
Profesor.
—¿Sí?
—Respuesta a la última pregunta.
Allegra parpadeó un segundo.
No estaba prestando atención.
Otra vez.
Pero esta vez no sonrió.
No improvisó.
Simplemente respondió.
Correcto.
Directo.
Sin adornos.
El profesor asintió.
—Bien.
Allegra volvió a su cuaderno.
Silencio.
Maeve la miró de reojo.
—Definitivamente estás cambiando —susurró.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Allegra no respondió.
Pero no sonrió.
—Esto es culpa tuya.
Rowan no levantó la vista del libro que sostenía.
—¿De qué?
—De esto.
—Eso no es específico.
Allegra se dejó caer en la silla frente a él.
—La gente está mirando.
Rowan pasó la página con calma.
—Siempre miran.
—No así.
—¿Así cómo?
—Como si supieran algo.
Rowan levantó la vista finalmente.
—¿Saben algo?
Allegra apretó la mandíbula.
—No.
—Entonces no importa.
—Sí importa.
—¿Por qué?
Allegra lo miró.
—Porque no me gusta no tener control.
—Otra vez eso.
—Sí, otra vez eso.
Silencio.
Pero más cargado.
—No puedes controlar lo que otros piensan —dijo Rowan.
—Puedo intentarlo.
—No funciona.
—A veces sí.
—No en esto.
Silencio.
Allegra desvió la mirada.
—Es molesto.
—Se nota.
—No ayuda.
—No intento ayudar.
Allegra soltó una pequeña risa.
—Consistencia.
—Siempre.
Silencio.
Pero más suave.
—¿Te importa? —preguntó Rowan de pronto.
Allegra lo miró.
—¿Qué cosa?
—Lo que piensen.
Allegra dudó.
Muy breve.
—No.
Rowan arqueó una ceja.
—Un poco.
Allegra suspiró.
—Un poco.
—Tiene sentido.
—No debería.
—Pero lo hace.
Silencio.
Pero esta vez… más honesto.
—No me gusta que hablen de mí —añadió ella.
—Lo hacen desde que llegaste.
—Sí, pero antes… era diferente.
—¿Cómo?
Allegra pensó un segundo.
—Antes era superficial.
—¿Y ahora?
Allegra lo miró.
—Ahora sienten que saben algo real.
Silencio.
Eso cambió el tono.
—¿Y lo saben? —preguntó Rowan.
Allegra negó.
—No.
—Entonces no importa.
—Para ti no.
—Para ti tampoco debería.
—Pero sí.
Silencio.
Más pesado.
—No tienes que demostrar nada —dijo Rowan.
Allegra sonrió apenas.
—Eso suena como algo que diría Lila.
—Tal vez tenga razón.
—Eso es preocupante.
—Un poco.
Silencio.
Pero más ligero.
El patio estaba más lleno de lo habitual.
O tal vez solo lo parecía.
Allegra caminaba junto a Maeve, sintiendo cada mirada como un eco.
—Esto es ridículo —murmuró.
—Te lo dije —respondió Maeve.
—No hicimos nada.
—No necesitan mucho.
—Eso es peor.
Maeve la miró.
—¿Quieres que haga algo?
Allegra levantó una ceja.
—¿Qué harías?
—No lo sé. Mirar de vuelta. Intimidar.
Allegra soltó una pequeña risa.
—Eso suena tentador.
—Lo es.
Silencio.
Pero más ligero.
—No —dijo Allegra finalmente—. No voy a jugar a eso.
Maeve sonrió.
—Progreso.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
—Es fascinante.
Allegra se detuvo.
Esa voz.
Thornbridge.
Por supuesto.
—Siempre un placer —dijo Allegra.
—No lo parece.
—Nunca lo es.
Silencio.
Pero cargado.
—Has estado… diferente —añadió Thornbridge.
Allegra cruzó los brazos.
—¿Eso es una crítica?
—Es una observación.
—Las odio.
—Lo sé.
Silencio.
—La gente habla —continuó Thornbridge.
Allegra levantó la mirada.
—Siempre lo hacen.
—Pero ahora escuchan.
Eso fue distinto.
Allegra la observó.
—¿Y eso qué significa?
Thornbridge sostuvo su mirada.
—Que tienes menos margen para esconderte.
Silencio.
Eso… golpeó.
Pero Allegra no lo mostró.
—No me escondo.
—Lo haces.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Silencio.
Pero más tenso.
—Ten cuidado —añadió Thornbridge—. No todo el mundo es amable cuando cree entenderte.
Allegra inclinó la cabeza.
—¿Eso incluye a ti?
Thornbridge no sonrió.
—Especialmente a mí.
Silencio.
Pero esta vez… diferente.
Más real.
—Anotado —dijo Allegra.
—Hazlo.
Y se fue.
—Eso fue… intenso —dijo Maeve en cuanto Thornbridge se alejó.
—Siempre lo es.
—¿Qué quiso decir?
Allegra miró al frente.
—Que estoy perdiendo mi ventaja.
—¿Qué ventaja?
Allegra la miró.
—Ser una incógnita.
Silencio.
Maeve frunció el ceño.
—No tienes que serlo todo el tiempo.
Allegra negó levemente.
—Siempre lo he sido.
—Eso no significa que tengas que seguir siéndolo.
Silencio.
Pero esta vez… más suave.
Esa noche, Allegra estaba sentada en la ventana.
Mirando la oscuridad.
Pensando.
Otra vez.
Pero distinto.
—No soy una incógnita —murmuró.
Ya no.
Y eso…
eso era aterrador.
Porque significaba que la gente podía verla.
De verdad.
Y si podían verla…
también podían juzgarla.
Y si podían juzgarla…
podían rechazarla.
Allegra cerró los ojos.
Respiró hondo.
—Genial —susurró.
Porque por primera vez…
no tenía un plan para eso.
Y eso sí que era un problema.