Un tornado rosa contra un bloque de hielo
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12
La mañana en la mansión Petrov no se anunciaba con el canto de las aves ni con el resplandor del sol filtrándose por las cortinas; se anunciaba con el pesado y rítmico tic-tac de los relojes de péndulo y esa neblina grisácea que parecía emanar de las mismas paredes de piedra. A las 6:30 AM, el lugar seguía sumido en una penumbra monacal, un reino de sombras donde el café negro y el silencio eran los únicos protagonistas.
Sin embargo, en la biblioteca, un pequeño oasis de luz cálida desafiaba la oscuridad habitual. Luna ya estaba allí, puntual como un reloj suizo, aunque con una taza de café hirviendo entre las manos para combatir el frío que se colaba por los ventanales. Llevaba un suéter color mostaza que resaltaba contra la madera oscura de los estantes, y sus rizos oscuros estaban sujetos en un moño alto que parecía estar a punto de estallar.
Mila apareció a las siete en punto, vestida con su impecable uniforme del colegio privado, pero con los ojos todavía entrecerrados por el sueño. Detrás de ella, como una sombra más del pasillo, apareció Ivan. El "oso ruso" ya estaba impecable en su traje negro, emanando esa aura oscura y sexy que parecía absorber la poca luz de la habitación.
—¡Buenos días, Vania! ¡Buenos días, Luna! —balbuceó Mila en un español todavía pastoso por el sueño.
—Muy bien, Mila. Pero con energía, que el español no se habla con sueño, se habla con ganas —respondió Luna, regalándole una sonrisa que era lo más parecido a un rayo de sol que entraría en esa casa hoy.
Ivan se sentó en un sillón de cuero cercano, ostensiblemente para leer unos informes, pero sus ojos gélidos e hipnotizantes se desviaban constantemente hacia la maestra. Le fascinaba la forma en que Luna no se doblegaba ante la hora ni ante el ambiente lúgubre.
—Señorita Luna, es demasiado temprano para tanto entusiasmo —gruñó Ivan, aunque su voz barítono carecía de la agresividad de antes.
—Nunca es demasiado temprano para aprender, señor Petrov. Además, Mila tiene que irse al colegio con el cerebro despierto —Luna se giró hacia su alumna—. Hoy vamos a aprender verbos de acción. Por ejemplo: “Yo estudio”, “Tú trabajas”, “Él gruñe”.
Mila soltó una carcajada, despertando por completo.
—¡Él grruñe! ¡Vania grruñe mucho! —repitió la rubia, señalando a su hermano con deleite.
Igor asomó la cabeza por la puerta, con su sarcasmo puro listo para el desayuno.
—Veo que la clase de hoy es un análisis biográfico de nuestro querido jefe. ¿Necesitan ayuda con los adjetivos? Tengo una lista larga: "sombrío", "terco", "amante del color negro"...
—Igor, vete a revisar el perímetro —ordenó Ivan sin levantar la vista, aunque una pequeña curva casi imperceptible se formó en la comisura de sus labios.
La clase fluyó entre risas y correcciones. Luna hacía que Mila repitiera frases sobre el desayuno, el clima y los planes para el día. La dinámica era extraña pero magnética: una joven mexicana enseñando pasión en una casa construida para ocultar emociones, mientras el hombre más peligroso de Moscú observaba desde las sombras, sintiendo que su control se deslizaba como arena entre los dedos.
Cuando el reloj marcó las ocho, Anton apareció para anunciar que el auto estaba listo. Mila se despidió de Luna con un abrazo efusivo, dejando un rastro de aroma a fresas en la biblioteca.
—¡Hasta mañana, maestra! —gritó Mila antes de salir corriendo.
El silencio volvió a caer sobre la habitación, pero era un silencio diferente, menos pesado. Luna empezó a recoger sus tarjetas, consciente de que Ivan seguía ahí, observándola.
—Tiene talento para esto —dijo él finalmente, poniéndose de pie. Su altura dominaba el espacio, pero Luna no retrocedió.
—Todos tenemos talento para algo, Ivan. Solo hay que encontrar a alguien que nos quite el miedo a intentarlo —respondió ella con esa sabiduría de hechicera que lo dejaba siempre sin palabras.