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FUERA DE PROTOCOLO

FUERA DE PROTOCOLO

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?

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capitulo 17

—Tu rendimiento es impecable, pero tus ojos están en otro lugar. Ya no estás "aquí" ni siquiera cuando hablas de leyes. Estás esperando que el reloj marque las ocho del viernes desde que te levantas el lunes. Eso es peligroso.

—Solo es... un alivio. Un pasatiempo —miento, y la palabra "pasatiempo" me amarga la boca.

—Un pasatiempo no te hace temblar las manos cuando alguien menciona el olor a sándalo en una tienda —responde ella, levantándose—. Ten cuidado. El club es para olvidar quién eres, no para encontrar a alguien que te haga odiar tu vida real.

Cuando se va, me quedo mirando mis manos. Elena tiene razón. He empezado a buscar su voz en el murmullo de la gente en la calle. He empezado a buscar su apoyo en mitad de las discusiones con mi padre. El otro día, cuando mi padre me gritó por un error menor en un anexo, no sentí el miedo de siempre. Sentí una extraña calma porque, en mi mente, la voz de él me decía: "Eres más que un error en un papel".

Esa conexión me está volviendo frágil ante el mundo gris, pero me hace sentir indestructible bajo la peluca roja.

El viernes llega con una tormenta eléctrica que ilumina el cielo de la ciudad con destellos violetas. El trueno resuena en las paredes de mi apartamento mientras me transformo. Hoy, el rojo de mi peluca parece brillar con más intensidad, como si absorbiera la electricidad del ambiente.

Llego a Anónimos empapada, a pesar del paraguas. El vaho empaña los espejos del vestíbulo. No me detengo. Subo las escaleras sintiendo que cada escalón me aleja de la abogada y me acerca a la mujer.

Al entrar en la 402, la habitación está en penumbra, iluminada solo por el resplandor de los rayos que se filtran por la persiana. Él no está de pie. Está sentado en el borde de la cama, con la cabeza gacha. Al oírme entrar, levanta la vista y, por primera vez, noto una sombra de cansancio real en su postura.

No hay preliminares. Camino hacia él y me hincó de rodillas entre sus piernas. Mis manos, aún frías por la lluvia, buscan las suyas. Sus dedos largos se cierran sobre los míos con una fuerza casi dolorosa.

—Dime que hoy ha sido real —me pide él. Su voz suena rota, despojada de su habitual seguridad.

—Hoy todo ha sido mentira —respondo, apoyando mi frente contra su rodilla—. Hasta que he cruzado esa puerta. Hasta que he sentido tus manos.

Él suelta un suspiro largo y me levanta del suelo como si no pesara nada, sentándome a horcajadas sobre él. Sus manos viajan por mi espalda húmeda, trazando círculos lentos que me hacen estremecer. La sensualidad de esta noche es distinta; es una mezcla de deseo carnal y un hambre emocional que me asusta.

—A veces siento que solo existo en esta habitación —confiesa él, enterrando su rostro en mi cuello—. Que el hombre que camina por la calle, el que da órdenes y firma cheques, es solo un fantasma. Tú eres lo único que me hace sentir la sangre correr.

Sus labios encuentran mi cuello, dejando besos húmedos y calientes que contrastan con el frío de mi piel. Sus manos bajan hacia mis muslos, apretándolos con una desesperación que me hace soltar un gemido. Entrelazo mis dedos en su pelo, tirando ligeramente para que me mire. A través de la máscara, sus ojos parecen dos pozos de fuego oscuro.

—Entonces no me dejes ser un fantasma —susurro.

El encuentro físico que sigue es feroz, casi violento en su necesidad. Nos buscamos con una urgencia que no admite esperas. Cada roce de su piel contra la mía, cada vez que sus manos sujetan mis muñecas contra el colchón, siento que estoy reclamando una parte de mí que me fue robada. La tensión sexual acumulada durante la semana estalla en una coreografía de suspiros y carne.

Me fijo, como siempre, en sus manos. En cómo sus venas se marcan cuando me sujeta, en la precisión de sus dedos cuando acaricia los puntos más sensibles de mi cuerpo. Su pulso es rápido, rítmico, una música que solo yo puedo escuchar.

En el clímax, cuando el trueno sacude el edificio y mi espalda se arquea buscando su calor, siento que el anonimato es un velo demasiado fino. Quiero gritar mi nombre. Quiero que él sepa quién es la mujer que lo ama con esta desesperación. Pero el pánico me cierra la garganta.

Si supiera que soy la abogada fría de los juicios millonarios, ¿me seguiría tocando con esta devoción? ¿O se daría cuenta de que su "chica de rojo" es solo una invención para sobrevivir al gris?

Nos quedamos abrazados mientras la tormenta se aleja. El silencio de la habitación 402 vuelve a ser nuestro refugio, pero hoy se siente diferente. La grieta en la máscara ha dejado pasar demasiada luz, y ambos sabemos que, tarde o temprano, el vidrio terminará por romperse.

—Quédate así un poco más —murmura él, envolviéndome en sus brazos—. No dejes que el mundo nos encuentre todavía.

—Nunca —miento, sabiendo que en pocas horas el despertador me devolverá a mi traje gris y a mi soledad de oficina.

Pero por ahora, mientras sus manos acarician mi pelo rojo, el resto del universo no tiene permiso para existir.

El jueves es, sin duda, el peor día de la semana. Es el día en que la fatiga acumulada del bufete choca contra la ansiedad por el viernes, creando una tormenta perfecta de irritabilidad. Me encuentro en una cena de caridad, rodeada de hombres con gemelos de diamantes y mujeres con sonrisas quirúrgicas. Llevo un vestido negro, sobrio, perfectamente adecuado para la "hija de los Vázquez".

—Alicia, el senador estaba preguntando por tu opinión sobre la reforma del código civil —susurra mi madre al oído, mientras aprieta mi brazo con una fuerza que pretende ser cariñosa, pero que es puramente directiva.

—Ya hablé con él, mamá. He sido encantadora, como siempre —respondo, y mi propia voz me suena a ceniza.

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