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¡PUEDO CONVERTIRME EN GATO!

¡PUEDO CONVERTIRME EN GATO!

Status: En proceso
Genre:Romance / Mundo mágico / Autosuperación
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.

Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.

Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.

El gato es Dorius.

Y Kael no lo sabe.

Todavía.

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO #17: LA MÁSCARA Y EL QUE MIRA DETRÁS.

Los días siguientes fueron extraños para Dorius.

No porque algo hubiera cambiado, sino porque todo seguía igual y, sin embargo, él lo miraba con ojos distintos. Las palabras de Sonia resonaban en su cabeza. La posibilidad de tener una familia de verdad, con papeles, con futuro, con algo que no dependiera del azar.

Pero también estaba Kael.

Kael, que lo buscaba más en el instituto. Kael, que se sentaba a su lado en clases donde antes prefería estar con Adán. Kael, que lo miraba de una forma que Dorius no terminaba de entender.

El jueves por la tarde, después del entrenamiento, Kael apareció en la puerta del instituto justo cuando Dorius salía.

—¿Vas a casa? —preguntó.

—Sí.

—Te acompaño un rato.

Caminaron juntos. El aire de noviembre era frío, pero Kael llevaba solo la sudadera del equipo, como si el frío no fuera con él.

—¿Qué pasa con Adán? —preguntó Dorius.

—Sigue raro. Pero ya no me preocupa tanto.

—¿Por qué?

Kael se encogió de hombros.

—Porque a veces la gente necesita su espacio. Y porque yo también tengo cosas que hacer.

—¿Como qué?

Kael se detuvo. Lo miró con una sonrisa que Dorius no le había visto antes. No era la sonrisa amable del instituto. Tampoco la sonrisa cansada de los jueves. Era otra cosa. Más afilada. Más segura.

—Como esto —dijo Kael.

—¿Esto qué?

—Caminar contigo. Hablar. Descubrir qué hay detrás de ese silencio tuyo.

Dorius sintió un cosquilleo.

—No hay nada.

—Mientes. Todo el mundo tiene algo. Y tú tienes más que la mayoría.

Siguieron caminando. Kael habló de cosas sin importancia, pero su tono era distinto. Más suelto. Menos cuidadoso. Como si frente a Dorius pudiera quitarse la máscara.

Cuando llegaron a la esquina de la casa de acogida, Kael se detuvo.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —preguntó.

—¿Qué?

—Que no te impresiona nada. Que no te dejas llevar por lo que la gente dice. Que me miras y ves algo que los demás no ven.

Dorius no supo qué responder.

—Adán me conoce desde siempre —continuó Kael—. Sabe quién soy. Pero tú... tú me estás conociendo ahora. Y no te estoy mostrando la versión fácil.

—¿Cuál me estás mostrando?

Kael sonrió. Esa sonrisa afilada.

—La verdadera.

Se despidió con un gesto y se fue, dejando a Dorius en la esquina con el corazón latiendo fuerte.

El viernes en el recreo, Elena lo notó distraído.

—Estás en otro lado —dijo.

—Pensando.

—¿En Kael?

Dorius la miró.

—¿Cómo sabes?

—Porque pones esa cara. La de "estoy tratando de entender algo que no entiendo".

—No pongo esa cara.

—Sí la pones.

Dorius suspiró.

—Es complicado.

—Cuenta.

Le contó lo de la caminata. Lo de la sonrisa diferente. Lo de "la versión verdadera".

Elena escuchó con atención.

—¿Y qué crees que significa? —preguntó.

—No lo sé. Que confía en mí, supongo. O que me está probando.

—¿Probando para qué?

—Para ver si me quedo. Aunque sea complicado.

Elena asintió lentamente.

—La gente como Kael —dijo—, la que todo el mundo cree conocer, suele estar muy sola. Porque nadie se molesta en mirar más allá. Tú sí lo haces. Por eso eres importante para él.

—¿Tú crees?

—Lo sé.

El timbre sonó. Pero las palabras de Elena se quedaron con él.

El sábado, Kael lo invitó a su casa.

—Mi madre no está —dijo por teléfono—. Pero mi hermano sí. Espero que no te moleste.

—No, claro que no.

Cuando Dorius llegó, Kael lo esperaba en la puerta con una pelota de baloncesto en las manos.

—¿Sabes jugar? —preguntó.

—No.

—Te enseño. Pero antes... tengo que hacer algo.

Lo llevó al interior. En el salón, un niño de unos once años estaba sentado frente a la mesa, con los libros abiertos y expresión de frustración.

—Leo —dijo Kael—. Te presento a Dorius, mi amigo.

Leo levantó la vista. Tenía el pelo rubio natural, los mismos ojos azules que Kael, pero más redondos, más inocentes.

—Hola —dijo.

—Hola.

—Está estudiando —explicó Kael—. Matemáticas. Mañana tiene examen y no entiende nada.

—Sí entiendo —protestó Leo—. Un poco.

—Un poco no sirve. Tiene que ser bien.

Kael se sentó a su lado y señaló el cuaderno.

—Mira, este problema es más fácil de lo que parece. Tienes que separar por partes. Primero, ¿qué datos te dan?

Leo frunció el ceño, leyendo.

—Que hay... treinta y cinco estudiantes... y que... las niñas son nueve más que los niños.

—Bien. ¿Y qué tienes que encontrar?

—Cuántos niños y cuántas niñas hay.

—Exacto. Ahora, si las niñas son nueve más que los niños, ¿cómo lo escribes?

Leo pensó.

—Niños... x. Niñas... x más nueve.

—Perfecto. Y el total es...

—Treinta y cinco.

—Entonces...

—x más x más nueve igual a treinta y cinco.

—¿Ves? Ya lo tienes. Solito.

Leo sonrió, orgulloso.

Dorius observaba desde la puerta, sin querer interrumpir. Veía a Kael inclinado sobre los libros, con una paciencia infinita, explicando paso a paso. No había rastro de la máscara del instituto. Tampoco de la sonrisa cansada de los jueves. Había algo más. Algo cálido.

Cuando terminaron, Leo cerró el cuaderno.

—Gracias, Kael.

—De nada, enano. Ahora a repasar solo, ¿vale?

—Vale.

Leo se levantó y miró a Dorius con curiosidad.

—¿Tú eres su amigo?

—Sí.

—¿De verdad o de los que solo son amigos en el instituto?

Dorius parpadeó.

—De verdad.

Leo asintió, como si eso lo aprobara.

—Está bien. Los amigos de verdad son los que se quedan.

Y se fue escaleras arriba con su cuaderno.

Kael se rió.

—Es un personaje.

—Parece que te quiere mucho.

—Sí. Es el único de mi familia que me quiere sin condiciones. Mi madre... bueno, ya sabes. Mi padre ni está. Pero Leo... Leo es diferente.

Dorius asintió.

—Se nota.

—Vamos a la cancha —dijo Kael, cambiando de tema—. Te voy a enseñar a lanzar.

La cancha estaba vacía, bañada por la luz tenue de la tarde. El pavimento estaba gastado, las líneas blancas casi borradas, pero el aro seguía ahí, firme, esperando.

Kael botó la pelota unas cuantas veces, sintiendo la textura en las manos.

—¿Nunca jugaste?

—Nunca.

—Entonces empezamos desde cero.

Le pasó la pelota. Dorius la atrapó con torpeza, sosteniéndola como si fuera un objeto extraño.

—Así no —dijo Kael, acercándose—. Las manos así. Los dedos abiertos.

Le colocó las manos sobre la pelota, ajustando la posición. Sus dedos rozaron los de Dorius.

—Más separado —dijo Kael—. Vas a lanzar con la derecha, la izquierda solo guía.

Dorius asintió, concentrado. Kael estaba muy cerca. Podía sentir su calor.

—Ahora prueba a botar.

Dorius intentó botar la pelota. Salió disparada hacia un lado.

Kael se rió.

—Bueno, al menos lo intentaste.

Fue a buscar la pelota y volvió.

—Mira, haz esto.

Se puso detrás de Dorius. Muy cerca. Lo suficiente para que Dorius sintiera su pecho contra la espalda, su brazo rodeándolo para sujetarle las manos.

—Vas a lanzar así —dijo Kael, con la voz cerca del oído—. Doblas las rodillas, subes la pelota, y en el punto más alto sueltas.

Sus manos guiaban las de Dorius. El movimiento era lento, deliberado.

—¿Lo sientes?

Dorius no podía sentir nada más que el calor de Kael detrás de él.

—Sí —mintió.

—Bien. Ahora tú solo.

Kael se apartó. El frío ocupó el lugar que su cuerpo había dejado.

Dorius intentó lanzar. La pelota dio en el tablero y rebotó lejos.

—Mejor —dijo Kael—. Vas mejorando.

Fueron a buscar la pelota. Esta vez, cuando volvieron, Kael se puso a su lado, no detrás.

—Otra vez.

Lanzó. Falló.

Otra vez. Falló.

Otra vez. Esta vez la pelota tocó el aro, dio una vuelta y cayó fuera.

—Casi —dijo Kael—. Otra.

Dorius lanzó. La pelota describió un arco perfecto y entró limpia.

—¡Eso! —Kael le dio una palmada en la espalda—. ¿Ves? Cuando te concentras, puedes.

Dorius sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real.

—Gracias.

—No me tienes que dar las gracias. Para eso están los amigos.

Siguieron practicando hasta que el sol empezó a caer. Kael seguía corrigiéndolo, a veces con palabras, a veces con gestos. En una de esas, volvió a ponerse detrás de él para ajustarle la postura.

—Tienes los hombros tensos —dijo, con las manos en los hombros de Dorius—. Relájate.

Dorius intentó relajarse, pero con Kael tan cerca era imposible.

—Así está mejor —dijo Kael—. Ahora lanza.

Lanzó. Entró.

—Bien —Kael sonrió contra su oído—. Eres un alumno aplicado.

Se apartó y Dorius pudo respirar de nuevo.

Cuando la noche empezó a caer, volvieron a casa de Kael. En el camino, Kael dijo:

—Leo tiene razón, ¿sabes?

—¿Sobre qué?

—Sobre los amigos de verdad. Los que se quedan.

Dorius lo miró.

—Yo no pienso irme a ningún lado.

—No lo sabes. La gente siempre se va.

—Yo no.

Kael se detuvo. Lo miró fijamente.

—¿Me lo prometes?

Dorius dudó un segundo. No sabía qué estaba prometiendo exactamente. Pero las palabras salieron solas.

—Te lo prometo.

Kael sonrió. No la sonrisa afilada. No la del instituto. Una diferente. Más suave. Más real.

—Bien.

Siguieron caminando. Cuando llegaron a la casa de Kael, pidieron pizza, vieron una película. En un momento dado, Leo bajó con una duda de otro problema y Kael se lo resolvió con la misma paciencia de antes.

Dorius observaba la escena. Kael con su hermano. Kael explicando matemáticas. Kael siendo simplemente Kael.

Y pensó que quizá, detrás de todas las máscaras, había alguien que valía la pena conocer.

Alguien que ya estaba conociendo.

Alguien cuyo calor aún sentía en la espalda.

1
no tengo dinero pa terapia😌
me da pena🥺
no tengo dinero pa terapia😌
💪eso vv
no tengo dinero pa terapia😌
JAJAJA ni que fuera perro😭
no tengo dinero pa terapia😌
hagan trio yo apoyo y Sonia tambien😭
no tengo dinero pa terapia😌
yo tambien soy negra no te preocupes💪🥺
no tengo dinero pa terapia😌
se le junto el ganado a Kael
⭐~ELISA~⭐
¡Ahhhhh! siiiiiiiiiii lo besó
Jimminie
a dónde tan romántico? 🤭
⭐~ELISA~⭐
noooooo pensé q si le iba a decir😭
⭐~ELISA~⭐
sabes por q mi papá pensaba lo mismo?
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
⭐~ELISA~⭐
se que es personal pero eso sí me pasó a mí ,si se siente feo pero con el paso del tiempo te acostumbras y lo vas dejando atrás y no le tomas importancia
⭐~ELISA~⭐
Dorius es muy listo
⭐~ELISA~⭐
me gusta la manera en la q poco a poco Adán se hace cada vez más competitivo por su amor hacia kael,eso le da más entusiasmo al leer
⭐~ELISA~⭐
ai q lloro😭
⭐~ELISA~⭐
q bonito🤭
⭐~ELISA~⭐
si la verdad es muy bonito
⭐~ELISA~⭐
zi JAKSJAK
⭐~ELISA~⭐
ponle otorrinolaringólogo
⭐~ELISA~⭐
cuál bonito
Bello, hermoso.😻
⭐~ELISA~⭐
ai q belloo😻
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