Para asumir el mando de la mafia, Alessandro debe estar casado.
Implacable y hecho para la violencia, el príncipe de la mafia de Monreale nunca mostró bondad. Hasta que su camino se cruza con el de un joven llamado Nicolò, que despierta en él una obsesión peligrosa.
Y al descubrir las marcas dejadas por años de abuso y crueldad familiar, algo cambia en él. Aunque su instinto de posesión ya lo hace ver a ese extraño joven como su propiedad, se atreve a plantearse un desafío:
Antes de revelar la verdad y llevarlo al altar, quiere que Nicolò se enamore de él.
—Tu cuerpo ya me pertenece, aunque no lo sepas, pero también quiero tu corazón. —A. Morreale
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Capítulo 23
Mientras Alessandro caminaba manteniendo la calma de alguien que no se inmutaba con nada, Nicolò limpiaba la casa y preparaba un envío de mermeladas. Lo bueno era que la casa estaba completamente vacía, lo que le permitía cumplir con sus obligaciones sin preocuparse.
Aun estando solo en casa, no conseguía disipar la sensación de estar siendo observado. Llegaba a ser aterradora la sensación de que si se giraba hacia atrás o miraba a un rincón, estaba seguro de que encontraría a alguien allí.
"Debe ser el sueño o me he vuelto loco de una vez...", pensaba tras verificar por vigésima vez si las ventanas estaban cerradas y no había nadie detrás de las cortinas.
Él continuó con su rutina y cuando terminó todo, subió al piso de arriba, donde se dio un baño y aprovechó para echar una siesta. Por primera vez en mucho, pero mucho tiempo, tuvo sueños buenos. Soñó con Alessandro, ellos juntos caminando de la mano por algún lugar que Nicolò no reconoció.
Nicolò se despertó con el corazón extrañamente ligero, como si aquel sueño hubiese dejado un resquicio de paz que él no estaba acostumbrado a sentir. Se quedó algunos minutos mirando al techo, intentando aferrarse a las imágenes que ya comenzaban a disolverse. La sensación de la mano de Alessandro entrelazada a la suya aún parecía demasiado real para ser solo imaginación. Aquello lo asustaba casi tanto como lo confortaba.
Se levantó despacio, se estiró y bajó las escaleras lentamente. Mientras bajaba, oyó voces allá abajo y por algún motivo sus piernas se trabaron donde él estaba. Él pudo reconocer la voz de Matteo y Teresa, pero también había otras dos voces que él nunca había escuchado antes, una era femenina y la otra masculina.
Insistió en bajar algunos escalones más y una vez más se detuvo al escuchar su nombre.
—¿Nicolò? ¿Entonces ese es el nombre del novio del Don Alessandro? — Nicolò pudo escuchar la voz masculina diciendo.
Matteo rió en seguida y entonces Nicolò percibió que había sido avistado.
—¿Por qué no vienes a conocer a mis amigos, hermanito? — habló sarcásticamente.
Nicolò quedó algunos segundos sin reacción, pero la curiosidad para saber si había entendido bien lo hizo bajar los escalones que faltaban.
La pareja miró a Nicolò de arriba abajo.
—No creo que Don Alessandro lo haya elegido a él — dijo la mujer con gran desprecio al pronunciar el "él".
—Ruby, no seas tan mala — habló riendo el hombre.
—Ah, Max... — dijo ella, aún evaluando a Nicolò.
Nicolò estaba comenzando a sentirse un pedazo de carne ante las miradas y comentarios que él aún no había comprendido completamente.
—¿De... De qué están hablando? — preguntó con la voz trémula y baja.
Max se aproximó a Nicolò, con una expresión que mezclaba desprecio y algo que recordaba mucho a la envidia. Él dio una vuelta en torno a Nicolò, aumentando el desconfort del muchacho.
—¿Él realmente no lo sabe? — preguntó Ruby, a Matteo, que balanceó la cabeza.
—Hasta el momento no.
"¿Qué está sucediendo? ¿De qué están hablando?"
—Creo que deberíamos contarle... — dice en tono provocativo, Max. — Me gustaría saber que estoy saliendo con el heredero de la mafia más poderosa de Italia...
—¿Q... qué?
—Es en serio, ¿pero qué le vio Alessandro? — cuestionó Ruby.
Teresa, que había ido hasta la cocina en algún momento, retornó con una sonrisa burlona.
—Me he hecho la misma pregunta… — dijo Teresa, con una sonrisa sesgada.
Nicolò sintió el estómago revolver. Había algo errado en aquella conversación desde el inicio, algo que escapaba a su comprensión, pero que claramente todos allí ya sabían y él, aunque parte perteneciente directamente a aquello todo, no tenía la menor idea de qué se trataba.
—Yo… yo no estoy entendiendo... ¿De qué ustedes están hablando? — murmuró, la voz casi fallando.
Ruby soltó una risa corta, sin humor.
—¿En serio que no sabe quién es el Don Alessandro? — Su mirada recorrió a Nicolò con desprecio abierto.
—Él no lo sabe — respondió Teresa.
Max rió bajo, aún con una mirada evaluadora, de aquellas que usamos para evaluar un producto.
—Sabes que viéndolo bien, hasta entiendo el juego del jefecito... Alguien que no sabía quién era él sería interesante para jugar a ver hasta dónde iba... Y, déjame adivinar, ¿está enamorado de él? ¿No es así?
Las palabras de Max eran afiladas y dichas de una forma muy calma, lo que solo dejaba todo más irritante y confuso para Nicolò.
—Pero ¿quieres un consejo, ragazzo? — dijo Max, aproximándose bien a Nicolò, como una serpiente a punto de dar el golpe.
Nicolò se estremeció levemente con aquella proximidad. Era cosa demás para procesar y parecía tener mucho más.
—A él le encanta una buena performance en la cama, ¿sabes? Y, si no da la talla, bueno, digamos que él sabe ser bien p\#n1t1v0...
Había una onda creciente de desesperación y angustia formándose dentro de Nicolò.
—Yo, en tu lugar, daría una manera de quedarme bien lejos de él... — completó Ruby, con una sonrisa cínica.
—¿Y para dónde iría? Ese ahí no tiene ni dónde caerse muerto... — dijo Teresa.
—Qué va mama, él tiene unos veinte euros, que encontré en su mochila.
Teresa encaró a Nicolò, dando un paso al frente y dándole una bofetada.
—Y aún es un ladrón...
Los que acompañaban la escena, apenas rieron. Cada uno allí tenía un interés diferente en alejar a Nicolò de Alessandro: Teresa no quería perder al sirviente, que por más que ella odiara y despreciara su existencia, le acaba siendo una existencia útil; Matteo, por su parte, gustaba de tener a alguien a quien mandar, desmandar y hacer lo que le viniera en gana; Max y Ruby solo querían el dinero de Alessandro y la buena vida que podrían tener, desde que Alessandro no continuara tan interesado en otra persona.
Ellos ya habían planeado todo, desde revelar de la forma más sórdida posible sobre el casamiento, dejando claro que todo no pasaba de un juego para Alessandro, hasta la parte del dinero. Después, Matteo iba a guardar el dinero junto con otras economías, para más tarde Nicolò tomar todo e intentar huir. Cuando él saliera, Matteo y Teresa darían una manera de despistar a los hombres de Alessandro, s3qu3str4r14n a Nicolò y lo mantendrían pr3s0, para trabajar con las mermeladas, cuidar de la casa y de los caprichos de Matteo, además de que pretendían pr0stit\#1rlo para algunos conocidos. Pero aún tenía algunos detalles para ajustar.
—La ficha aún no ha caído, ¿no es así? Entonces, déjame dibujar para ti. — Ruby estaba bien cerca de Nicolò, que estaba con la espalda apoyada en una pared.
Ruby continuó:
—Alessandro, o mejor, el Don Alessandro, te vio por ahí, pensó que sería genial divertirse con tu cara y se propuso un desafío: aprovechando que tú no sabías quién era él, decidió conquistar ese tu pobre corazón. Lo que, aparentemente, salió perfecto. Pero, para él poco importaba si iba a conquistarte o no, porque él decidió que quería casarse contigo. ¿El por qué? Permanece una incógnita para nosotros, pero tampoco importa.
—N-no...
—¿No nos crees? ¿Ya notaste que la casa anda vigilada diariamente? Él está garantizando que no escapes de él. Tú eres una presa y él un cazador — dijo Ruby por fin.
—Él no te ama, dulzura. — completó Max de forma sarcástica.
—Max, tenemos que irnos — dijo Ruby, yendo a despedirse de Teresa y Matteo.
Después que los dos salieron, Matteo fue a guardar el dinero de forma que Nicolò viera dónde era.
La cabeza de Nicolò giraba y estaba muy confusa. Alessandro lo había engañado desde siempre. Él nunca más quería ver a Alessandro, pero si todo lo que hablaron era verdad, él no tenía ninguna oportunidad.
Mientras limpiaba el cuarto de Teresa, encontró un anuncio dejado propositalmente allí para que él lo hallara, de una vacante para trabajar en un restaurante en Milán. No necesitaba experiencia, tenía alojamiento y lo más importante, el transporte partiría aquella noche... Era su oportunidad, y como el anuncio traía el valor del pasaje, él sabía que iba a necesitar dinero.
"¡Eso es! Hoy me largo de este infierno", pensó con lágrimas corriendo por su rostro. No eran lágrimas por abandonar lo que conocía, sino porque su corazón había sido partido de una forma horrible y despreciable.
Pero, aún estaban los hombres de Alessandro que él necesitaba despistar. Pero ¿cómo despistar algo que tú no sabes dónde está y ni quién es?