Camilo Casadiego es heredero único ,de los CASADIEGO con una gran responsabilidad, Pero sin intenciones de dejar herederos, su padres intervendrán para asegurar su legado.
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adiós al pasado
Soleiny miró por la ventana del automóvil.
—Detente aquí —le dijo al conductor.
—¿Ya llegamos, señorita?
—Realmente no. Tomaré un taxi desde aquí.
—Pero, señorita, el joven Camilo indicó que debía llevarla y acompañarla.
—Sí, lo sé —respondió con calma—. Pero no es realmente necesario. Te llamaré cuando vaya a regresar; quizás me demore un poco.
—Está bien.
Soleiny salió del lujoso auto. Aún se encontraba en un barrio de clase alta. Tomó un taxi y se dirigió hacia el suroeste de la ciudad.
Se bajó frente a una casa grande, pero con las pinturas desgastadas. Tocó la puerta.
Una señora salió.
—Soleiny, pensé que llegarías más temprano. Ya tengo a alguien que quiere tomar el arriendo de tu habitación. Tú sabes cómo son estas cosas —dijo con una leve sonrisa.
—Tranquila, señora Marta. La entiendo muy bien. No me demoraré. ¿Podría facilitarme unas bolsas para la basura? Olvidé comprar. Se las pagaré.
—Sí, hija, tranquila. Ya te busco unas.
Soleiny tomó las bolsas que la señora le entregó. Luego se dirigió a un patio amplio y subió una escalera de metal oxidada. Caminó por un pasillo con varias puertas hasta detenerse frente a una que estaba asegurada con un trozo de alambre a modo de candado.
Giró el alambre para soltarlo y abrió la vieja puerta de madera que rechinó al moverse.
Frente a ella apareció una habitación fría y oscura.
Buscó en la pared el interruptor y encendió un bombillo que apenas iluminaba el pequeño espacio con una tenue luz amarilla.
Había una vieja mesa con una caja de cartón donde guardaba su única muda de ropa, unas pantuflas descoloridas y una sábana de retazos que extendía en el suelo cuando dormía.
Debajo de la mesa había una vieja valija de cuero desgastado. Era el único lugar donde podía haber algo que le interesara.
Se inclinó un poco, la sacó con la mano izquierda y se sentó en el suelo para abrirla.
Dentro encontró algunos vestidos viejos de su mamá que ya no usaría. También había una muñeca de tela de unos cincuenta centímetros de alto, casi nueva. La conservaba muy bien.
La tomó entre sus brazos, cerró los ojos… y vio la escena.
—Mami, mami… ¡qué grande es la ciudad! Mira, mamá, qué hermosa muñeca. ¿Puedo tenerla?
—Quizás más adelante, hija —respondió su madre.
Luego apareció otra imagen: la niña haciendo sus tareas, un poco mayor, de unos nueve años.
Ya era tarde y la pequeña permanecía sola en casa. Su madre trabajaba mucho para sostenerlas: lavaba, planchaba y cocinaba para otras familias.
La casa era pequeña: dos habitaciones, cocina, sala y un pequeño patio para el tendedero. Pero era de ellas.
Después de pagar la última cuota del banco para comprarla, su madre se permitió comprarle algo a su hija. Un día, al pasar por una calle, vio aquella muñeca que la niña había querido cuando tenía cuatro años, cuando recién habían llegado a la ciudad.
También estaba la pulsera de semillas de ojo de buey rojo que su padre le había hecho cuando empezó a caminar, como un amuleto.
Y unas fotos envejecidas, de tono amarillento: sus padres y ella cuando era bebé.
Recordó el día de la tragedia.
La lluvia torrencial.
Ella tenía apenas cuatro años. Jugaba con algunos utensilios de cocina mientras su padre había salido al campo a cosechar arroz.
La tormenta comenzó. Los rayos caían uno tras otro.
Recordaba estar sentada hasta muy tarde en un banco, mirando el horizonte, esperando su regreso.
Pero no sucedió.
Un vecino llamó a su madre. Ella lloraba desconsoladamente. La pequeña solo observaba, sin entender lo que había ocurrido.
Luego vino el entierro.
Y después, el camino hacia la ciudad.
También había una foto con su madre el día de su graduación de la escuela.
Las lágrimas recorrieron el rostro de Soleiny.
Suspiró.
Tomó la caja de cartón sobre la mesa y vació su contenido en una bolsa de basura. Luego tomó la muñeca, el amuleto y las fotos, y los colocó con cuidado dentro de la caja.
Desechó la vieja valija.
Se levantó del suelo, salió al pasillo y buscó una escoba que todos usaban. Barrió el polvo de la habitación que apenas medía nueve metros cuadrados.
Bajó las cortinas descoloridas y tiró todo.
Luego bajó las escaleras con la caja en una mano y la bolsa de basura en la otra.
Se detuvo frente a la señora Marta.
—Ya está desocupada. Puede revisarla.
La mujer subió apresuradamente la escalera. Unos minutos después volvió a bajar.
—Bien, hija. ¿Y adónde vives ahora?
—No se preocupe, señora. Estaré bien. Gracias por sus cuidados y por todo. Cuando pueda le enviaré algo. Agradezco cada desayuno que me guardó. Las cosas han mejorado.
—Me alegra escuchar eso. No te preocupes, hija. Sabes que te ayudé con gusto. De verdad deseo que todo te vaya bien.
Se dieron un cálido abrazo.
Soleiny dejó la bolsa de basura en un contenedor a una cuadra de la casa. Llevaba la caja de cartón. Unas cuadras más adelante compró una bolsa de supermercado y guardó allí sus recuerdos, desechando la caja.
Luego fue a la parada de autobuses, tomó uno y se dirigió al otro lado de la ciudad.
Bajó en un parque.
Con su bolsa en la mano se sentó en una banca y se quedó perdida en sus pensamientos. Suspira profundamente. De verdad deseaba que todo en su vida mejorara, aunque lo veía imposible.
Su madre quizás muera pronto y ella ha sido todo su mundo.
Limpió sus lágrimas y llamó al conductor para que la recogiera en el parque.