Hola, soy CubeThings.
Me gusta escribir historias que se sienten… más que solo leerse. Historias que mezclan fantasía, romance y emoción, donde los personajes no son perfectos, pero sí intensos.
Amo los mundos tipo anime: yokais, magia, destinos entrelazados… y amores que no se construyen de un día para otro.
Mis historias suelen ser slow burn, con tensión, misterio y personajes que se marcan entre sí de formas que no siempre entienden.
Si te gustan las historias que te hacen sentir, que te envuelven poco a poco… entonces estás en el lugar correcto.
NovelToon tiene autorización de Cube Things para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Último Viaje
El camión arrancó con un leve estremecimiento, como si también le costara avanzar.
Hikari se acomodó junto a la ventana, apoyando la frente contra el vidrio frío. Afuera, la ciudad comenzaba a alejarse poco a poco… edificios altos, anuncios luminosos, gente caminando con prisa.
Todo seguía igual.
Como si nada hubiera pasado.
Apretó la mochila contra su pecho.
Dentro, cuidadosamente envuelta, estaba la urna.
Era extraño…
El mundo no se detenía cuando alguien se iba.
El camión giró en una avenida amplia, y poco a poco el paisaje comenzó a cambiar.
El concreto se transformó en calles más estrechas.
Los edificios dieron paso a casas pequeñas.
Después… campos.
Verde.
Demasiado verde.
Hikari siguió mirando por la ventana, pero ya no estaba viendo realmente. —Siempre miras como si buscaras algo —le había dicho su abuelo una vez. Ella había fruncido el ceño.
—No estoy buscando nada.
Él había sonreído, como si supiera algo que ella no.
—Entonces… es porque aún no lo encuentras.
Hikari cerró los ojos por un momento.
Ese tipo de cosas decía siempre.
Cosas que no tenían sentido…
hasta que ya era demasiado tarde para preguntarle.
El camión avanzaba ahora por una carretera solitaria.
Las montañas se alzaban a lo lejos, cubiertas de neblina.
El cielo se veía más amplio… más silencioso.
Sintió algo extraño en el pecho. … como si algo dentro de ella reconociera ese lugar antes de que sus ojos lo hicieran.
No exactamente tristeza.
No exactamente vacío.
Algo… que no sabía nombrar.
Bajó la mirada hacia la mochila.
Sus dedos se aferraron a la tela.
—¿Por qué ahí…? —murmuró apenas.
No entendía por qué su abuelo había insistido tanto.
Un templo.
Un lugar que ni siquiera aparecía en mapas claros.
Un pueblo perdido.
"Cuando llegue el momento… llévame ahí."
Su voz seguía sonando tan clara en su cabeza…
como si no se hubiera ido.
Hikari tragó saliva.
—Ni siquiera sé qué voy a encontrar…
El camión redujo la velocidad.
El conductor anunció algo que apenas escuchó.
Última parada.
El vehículo se detuvo con un suspiro largo.
Hikari abrió los ojos.
El pueblo era pequeño.
Demasiado tranquilo.
Calles de tierra.
Casas bajas.
Pocas personas… que miraban el camión como si no fuera algo común.
Por un instante… dudó.
Pero luego se levantó.
Porque ya no había a dónde regresar.
Hikari bajó del camión con cuidado, ajustando la mochila contra su pecho antes de dar el primer paso sobre la tierra firme.
El aire era distinto.
Más limpio. Más ligero… pero también más silencioso.
Observó a su alrededor.
El pueblo era pequeño, pero bonito.
Las casas de madera estaban bien cuidadas, con detalles sencillos que les daban calidez. Algunas tenían macetas con flores en las ventanas, otras pequeños faroles colgando en las entradas.
No había prisa.
No había ruido.
Solo… vida tranquila.
Algunas personas caminaban por la calle principal. Al verla, varios voltearon a mirarla con curiosidad, pero no de forma incómoda… sino como si fuera raro ver a alguien nuevo por ahí.
Hikari bajó un poco la mirada, sintiéndose fuera de lugar.
No sabía exactamente a dónde ir.
Ni siquiera sabía si el templo seguía existiendo.
Apretó la mochila.
Tenía que intentarlo.
Mientras dudaba, una pequeña anciana se acercó lentamente, apoyándose en un bastón de madera. Sus pasos eran suaves, pero seguros.
—No eres de aquí —dijo con una sonrisa tranquila.
Hikari levantó la mirada, un poco sorprendida.
—No… vengo de la ciudad.
La anciana la observó unos segundos más, como si estuviera leyendo algo más allá de sus palabras.
—Ya veo… —murmuró.
Hikari dudó un instante antes de hablar.
—Disculpe… ¿sabe dónde está el templo…?
Hizo una pausa, recordando apenas las palabras de su abuelo.
—El… Santuario Kurotsuki.
El nombre se sintió extraño en su boca.
Como si no le perteneciera.
La expresión de la anciana cambió apenas.
No fue miedo.
Pero sí algo… más serio.
—Hace mucho que nadie pregunta por ese lugar —respondió.
El viento sopló suavemente entre las casas.
Hikari sintió un ligero escalofrío.
—¿Sigue ahí…? —preguntó.
La anciana asintió despacio.
—Sigue ahí.
Hizo una pequeña pausa, y luego señaló hacia el camino que salía del pueblo, bordeando los árboles.
—Pero no es un lugar al que la gente vaya.
Hikari siguió la dirección con la mirada.
El sendero se perdía entre el bosque.
—¿Está lejos?
—Lo suficiente.
La anciana volvió a mirarla, esta vez con más atención.
—¿Vas sola?
Hikari dudó apenas.
—Sí.
La mujer guardó silencio unos segundos.
Luego suspiró suavemente.
—Entonces escucha bien.
Su voz ya no era tan cálida como antes.
—Cuando entres al bosque… no sigas todo lo que veas.
Hikari frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo?
La anciana sonrió otra vez… pero ahora había algo extraño en esa sonrisa.
—Ese lugar… no siempre muestra el mismo camino.
El corazón de Hikari latió un poco más rápido.
—¿A qué se refiere…?
Pero la anciana ya estaba retrocediendo, apoyándose nuevamente en su bastón.
—Si realmente tienes que ir… lo entenderás cuando llegues.
Se dio la vuelta, caminando de regreso hacia el pueblo.
—Y si escuchas algo… —añadió sin girarse— no respondas.
Hikari se quedó ahí, inmóvil.
El viento volvió a soplar.
Y por un instante…
el pueblo ya no se sintió tan tranquilo.
Apretó la mochila una vez más.
Luego miró hacia el sendero.
Y comenzó a caminar.
El sendero comenzaba justo donde terminaban las últimas casas del pueblo.
Al principio era un camino sencillo, de tierra firme, rodeado de pasto alto que se movía suavemente con el viento. Aún podía escuchar, a lo lejos, el murmullo de la gente, algún perro ladrando, el sonido de una puerta cerrándose.
Pero con cada paso que daba… esos sonidos se iban desvaneciendo.
Como si alguien bajara lentamente el volumen del mundo.
Los árboles comenzaron a hacerse más altos.
Más densos.
Sus copas se entrelazaban arriba, dejando pasar apenas la luz del sol en pequeños fragmentos que caían sobre el camino como manchas doradas.
El aire se volvió más fresco.
Más húmedo.
Y entonces… lo vio.
Un pequeño torii de madera, a un lado del sendero.
Antiguo.
Inclinado ligeramente, como si el tiempo hubiera intentado derribarlo sin éxito.
Estaba cubierto de musgo, ese verde espeso que crece lento, silencioso… reclamando lo que alguna vez fue humano.
Hikari se detuvo un momento.
No sabía por qué.
Pero ese lugar… se sentía importante.
Continuó caminando.
Más adelante, comenzaron a aparecer estatuas.
Primero una.
Luego otra.
Y otra más.
Eran figuras de piedra, algunas apenas reconocibles, erosionadas por el tiempo. Rostros suaves, casi borrados, cuerpos cubiertos de grietas finas donde el musgo crecía sin prisa.
Algunas tenían pequeñas ofrendas a sus pies.
Flores secas.
Monedas antiguas.
Listones descoloridos atados con cuidado.
Como si alguien… aún recordara.
Hikari pasó junto a una de ellas.
Por un instante, tuvo la extraña sensación de que la estatua la observaba.
Se detuvo.
Giró ligeramente la cabeza.
Nada.
Solo piedra.
Solo silencio.
Frunció el ceño, negando con suavidad, y siguió caminando.
El sendero se volvió más estrecho.
Las raíces de los árboles comenzaban a sobresalir de la tierra, obligándola a mirar bien dónde pisaba. A los lados, pequeñas linternas de piedra aparecían a intervalos irregulares, algunas caídas, otras cubiertas casi por completo de vegetación.
El tiempo ahí… no se sentía igual.
No sabía cuánto llevaba caminando.
Minutos.
Horas.
Era difícil saberlo.
El sonido de sus propios pasos parecía demasiado fuerte en comparación con todo lo demás.
Y entonces…
escuchó algo.
Un susurro.
Su nombre.
—Hikari…
Se detuvo en seco.
Su corazón dio un salto.
Esa voz…
Era exactamente la voz que quería escuchar… y por eso mismo, no podía ser real—
Apretó los labios.
No.
Recordó las palabras de la anciana.
“No respondas.”
El viento sopló entre los árboles, haciendo que las hojas susurraran entre sí.
Hikari cerró los ojos un segundo, tomando aire.
Por un instante… sintió que no estaba sola.
Como si alguien la hubiera estado esperando desde mucho antes de que ella decidiera venir.
—No es real… —murmuró para sí misma.
Y siguió caminando.
Sin mirar atrás.
El bosque se volvió aún más denso.
La luz… más tenue.
Y al fondo, entre los árboles, apenas visible…
algo comenzaba a tomar forma.
El templo.