Grace, estancada en el desempleo y la monotonía, decide arriesgarlo todo por una conexión virtual de años. Junto a su mejor amiga, cruza la frontera para conocer a Noah, un dedicado estudiante de medicina que vive consumido por la exigencia de sus guardias hospitalarias. Aunque Noah queda cautivado al ver que ella es más hermosa en persona de lo que imaginó, no está dispuesto a comprometerse: su carrera es su única prioridad. Sin embargo, la química física y emocional pronto desbarata sus planes. ¿Podrán construir un futuro real o simplemente el trabajo consumirá a un lado?
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Parte 22
Noah
Llegar a casa había sido un respiro de tranquilidad. Mi madre me había ayudado a limpiar un poco y, sin avisar, había comprado una cama mucho mejor. Antes no me importaba demasiado dónde dormir; casi nunca estaba aquí. Pero ahora todo era distinto. Ya no debía preocuparme solo por mí, ahora debía pensar en ella... en Grace, y en el pequeño ser que venía en camino. Este lugar dejaba de ser el rincón de un doctor soltero sin familia, y debía transformarse en un verdadero hogar.
—Vamos a cambiar de lugar. Estoy buscando una casa o un apartamento cerca del trabajo —le dije a Grace mientras dejaba las bolsas en la puerta.
Ella caminaba un poco mejor, su recuperación era evidente. Estaba sana, fuerte, y verla así me daba paz. Mis compañeros de trabajo habían estado pendientes de todo, apoyándonos en cada detalle, incluso Laura.
—No te preocupes —respondió ella con una sonrisa tranquila—, este lugar está bien y es barato.
Negué despacio.
—Necesitamos un lugar más grande para el bebé. Además, no gano tan poco, y tengo las vacas, y todo lo demás... Esta es una buena ocasión para invertir.
En ese momento recordé el papeleo que debía organizar. Suspiré mientras buscaba mi celular para pedir algo de comer.
—¿De qué tienes antojo? —le pregunté.
Grace giró hacia mí con una gran sonrisa, y de pronto dijo:
—Arroz chino.
No pude evitar soltar una carcajada. De todas las respuestas que esperaba, esa era la última.
—No te rías —protestó, haciendo un puchero que se me clavó en el corazón.
Me dieron unas ganas enormes de besarla. Dios, cómo deseaba hacerlo. Pero no sabía si debía. No quería que nada la alterara, no quería que se agitara con emociones fuertes. Me contuve, pensando que ya habría tiempo para desquitarme... y un mes sonaba a una eternidad.
—No pensé que dirías eso... sonó bastante tierno —le respondí, intentando disimular lo mucho que me derretía verla así.
Ella me lanzó esa mirada. Esa que ambos conocíamos. Esa que me ataba sin remedio. Tuve que desviar los ojos porque sabía que, si me quedaba un segundo más, terminaría olvidando todo mi autocontrol.
Se sentó en el sofá y prendió el televisor. Se había vuelto un poco adicta a las pantallas grandes, y verla tan cómoda ahí me arrancó una sonrisa. Eso me recordó que debía comprar otra para la habitación: tendría que trabajar desde ese lugar, y las sillas normales le harían doler la espalda. Mil cosas pendientes en mi cabeza... pero en ese instante lo único que importaba era disfrutar de ella.
Cuando terminé el pedido, me acerqué y me dejé caer a su lado. Ella apoyó la cabeza sobre mi pecho, y entonces lo sentí: mi corazón latiendo a mil por hora.
Carajo... nunca pensé que terminaríamos así. Nunca. Pero ahora que la tenía tan cerca, con ese calor suyo invadiéndome, su respiración suave y su confianza plena... sentí algo que no había sentido en años: felicidad.
Me gustaba su presencia, me gustaba tenerla conmigo. Y mientras la abrazaba en silencio, solo esperaba que ella también lo sintiera así.
Ninguno dijo nada para no arruinar el momento. Al llegar la comida, seguimos sentados, compartiendo en silencio y viendo la serie que ella había puesto. Ese día marcaba el inicio de mis vacaciones adelantadas: una semana completa para cuidarla, para estar pendiente de cada detalle. Después, comenzaría con mi investigación para graduarme más rápido y, finalmente, dar los pasos correctos en el mundo laboral.
—¿Entonces toda esta semana no trabajas? —me preguntó mientras la llevaba a la cama. De reojo, pensé nuevamente que debía comprar rápido ese televisor para la habitación.
—Sí, esta semana estaré contigo —respondí con firmeza—. ¿Eres capaz de ir a mercar o mejor pido en línea?
Sus ojos brillaron con un entusiasmo inocente, como si acabara de decirle a un niño que íbamos a ir de paseo.
—¡Vamos, yo te acompaño!
Sin poder contenerme, me incliné y le di un beso en la frente. Sonreí. Ella, en cambio, me hizo un dulce puchero que me arrancó otra sonrisa.
—Está bien, pero recuerda que no puedes caminar mucho. Apenas te sientas cansada, te sientas, ¿me oíste? —dije con ese tono serio que escondía más ternura que autoridad.
Grace asintió con una sonrisa grande, mientras en su celular —el nuevo que había comprado porque el anterior quedó destruido en el accidente— empezaba a hacer una lista de compras con total concentración. Me encantaba verla tan enfocada en lo simple, en lo cotidiano.
—¿Mañana quieres desayunar algo especial? —pregunté mientras me acomodaba para dormir.
—Huevos revueltos con pan —contestó sin dudar, apartando un segundo la vista de la pantalla. Sus ojos brillaron, como si fuera la mejor idea que había escuchado en semanas—. Con chocolate.
Sí... esto se sentía natural. Como si siempre hubiéramos sido así. Nada que ver con el pasado, cuando cada quien vivía en su propia burbuja. Yo había sido un niño, un cobarde. Ahora entendía lo que era ser hombre: tener valor, responsabilidad, presencia.
—Está bien, todo lo que te haga feliz —le aseguré con una sonrisa.
Nos quedamos hablando un rato de los chismes del hospital, esos que ella había observado con su ojo curioso.
—Yo no sabía que ese doctor y la enfermera estaban casados... porque él se queda mirando mucho a una de las internas —comentó con gesto intrigado.
Solté una risa leve.
—Sí, nena, todos notamos esas miradas. No sabemos si la enfermera no quiere aceptarlo o si simplemente cree que él no sería capaz de algo así. Además... a la mayoría de los doctores les gustan jovencitas.
Ella me miró entrecerrando los ojos, acusadora, y no pude contener la risa.
—Dije la mayoría, no yo. Yo no entraría en esa categoría... ¿cómo podría perder algo tan lindo, tan hermoso como lo que estamos construyendo, por algo tan vacío y casual?
Ella suspiró, bajó un poco la mirada y con una sonrisa que intentaba ser ligera pero estaba cargada de miedo, murmuró:
—Hombre no es gente... —y luego soltó una risita nerviosa. Sin embargo, su rostro se puso serio al instante, casi suplicante—. No me hagas daño, Noah. No cambies tu actitud... no podría soportarlo. Por favor.
Sentí cómo su voz me atravesaba como un cuchillo. Su súplica no era ligera, no era un simple comentario. Era un ruego que venía del fondo de su corazón, de las cicatrices que todavía cargaba.